ALICIA NORMANDA

Amanecí observándola. Ella iba casi sin ropa, en lencería y un abrigo abierto que mostraba más que proteger, y yo la veía indestructible y frágil, ajena y cercana. De alguna manera me parecía familiar verla caminar, huyendo entre el tráfico de las mañanas en Nueva York.

El perseguidor salió a buscarla y yo me fui detrás de ellos, esperando que la chica pudiera escapar, deseando oscuramente que le diera alcance; no podía evitar imaginarme en la piel de una u otro, huyendo y persiguiendo. Los seguí a corta distancia, en corpiño y pantaleta como heroína de cómic saltando entre azoteas, de un canal de YouTube a otro, de Wikipedia a Pinterest, de aquí a 1994 cuando grabaron el video; luego a 1998, cuando papá ponía Mtv en la tele y me preguntaba si quería que me tostara otro pan o un poco más de leche antes de llevarme al colegio; cuando decía que el noticiero no era opción para nosotros porque iba hacernos pesimistas.

Tal vez por eso, cuando papá se fue sentí un tremendo vacío en la casa. El silencio se nos fue colando en el alma, como el agua entre las tablas de un barco herido. Alguna tarde puse Mtv en el cable intentando combatir tanto silencio, pero lo único que no salía eran videos. ¿A donde se había ido la música?

Papá me habría preguntado lo mismo al verme navegando en Pinterest, hurgando entre imágenes bonitas y ajenas para hallar algo con qué darle sentido a mi excitación patológica concentrada en mi dedo corazón. «¿A dónde se fueron los artículos de esta revista, Alicia?». Él habría querido saberlo de seguir aquí, de no haberme abandonado “involuntariamente”, como se deja a los hijos cuando llega el momento de saltar del barco familiar, cuando se asciende a capitán a cualquiera que dice que sabe nadar.

El video se termina por enésima vez, y como era de esperarase la modelo se queda caminando entre los coches; como yo, que persisto en la sutileza de sobarme sobre el algodón de mis bragas haciendo círculos y círculos; como el perseguidor, que se ha quedado aullando para siempre, preguntando si alguien ha visto a su chica, ésa que ha estado huyendo de él, y que huye de mí también.

Amanece con el sonido del mouse haciendo clics, con el scroll infinito de imágenes contándose solas, mostrando a Mick Jagger y sus escandalosas camisas, sus gabardinas costosas, sus pantalones de cuadritos femeninos como los de Ariana Grande; que de tan bonitos me hacen desear arrancárselos y arrojarlos al tapete. Y tenerlo de pie frente a mí, que bajaría los pies de mi sillón para alcanzarlo, para quedar a la altura del diminuto pene que dicen que tiene, para sobarlo con toda mi mano sobre la trusa.

Y lo sobaría, como me sobo a mí. Lo tomaría como este lapicito que cojo entre mis dedos y lo llevo hacia mí del lado del borrador, hacía aquí, justo así. Lo dejaría ocupar mi sillón para treparme en él sin mucha pasión, lo dejaría entrar en mi cuerpo haciendo a un lado apenas mis bragas y las sostendría con mis dedos, para no hacer la menor fricción, para recibirlo sin embates ni violencia porque estoy cansada pero necesito correrme, porque el sol se está asomando por la ventana.

Me dejaría follar por Mick, como aspiraban los chicos a cogerte en la prepa: a la menor oportunidad y sin besos, sin palabras, ni caricias; porque estoy sola y mi cuerpo no está para engaños. Lo dejaría terminar adentro. Volvería a sentarme en mi sillón con los pies recogidos entre mis manos, para mirar entre mis piernas y contemplar su semen asomarse en mi vagina, corriendo hacia afuera, cayendo en el sillón; y yo dejándolo ahí, para que venga el sol a secarlo, a entibiarme la piel porque la imagen de mi amante se ha diluido en el aire.

Mick se ha ido y me deja sola estallando en mis propios dedos, jadeando contra el silencio que rebota mi voz como un eco, como un himen invisible y necio que se resiste para no dejarme convertirme en otra más; que termina cediendo a mi grito y se estrella, se quiebra estruendoso hasta dejarme con la frente arrugada, con la nariz encogida y buscando normalizar mi respiración.

La modelo del video me observa desde la pantalla con cierta complicidad porque he tomado su lugar, porque me he dejado alcanzar y el perseguidor se ha ocupado de mí. Cierro YouTube y Pinterest, dejo atrás las fotos de las otras amantes de Mick, las de su pandilla de adultos mayores, tan llenos de años y testosterona. Apago Firefox.

La mañana ha terminado de entrar y me saca de mi naufragio. Me acomodo las bragas cuidando no lastimarme porque me he irritado; mejor me las saco. Me pongo de pie y sigo el caminito de luz solar que se ha formado en el piso y llega a la cocina. Cargo la cafetera, preparo la ducha. Quizá ahora pueda dormir.

alicianormanda.wordpress.com

Un comentario sobre “Persecución

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