ANA MARÍA OTERO

Aquellos eran los momentos más difíciles que Emilio había vivido en toda su vida. Cuando llegase el amanecer, sus esperanzas de regresar a su mundo se esfumarían.

Antes de ser nombrado Gran Señor se vería obligado a cerrar la puerta que le permitía entrar y salir, condenándose a morar para siempre en aquel mundo al lanzar su llave al Lago sin Fondo.

Pensó en Lorena. No volvería a verla. ¿Y Joe? ¿Sería él el que consolara su pena tratando que lo olvidase dándole su amor?

También pensó en su padre, en su madre y en ese bebé al que nunca conocería. Siempre había deseado tener algún hermano, aunque fuese hijo de Pablo. En aquellos momentos de desesperación incluso no veía a esté tan horrible como antes.

Sentía pasar las horas que se esfumaban llevándose las pocas esperanzas que le quedaban.

¿Quién podría haberlo imaginado? Atrapado en sus sueños, pero sin tener a aquella que lo había inspirado para originarlos. Tal vez ella pudiese volver a reunirse con él pero, ¿qué conseguiría con ello? No podía pedirle que viviese sólo para anhelar soñar con el chico que la amaba.

 

Cuando la aurora le sorprendió, una idea asaltó su mente. Tal vez hubiese encontrado la solución.

Entró en la gran sala. Todos, incluido Andrú, hicieron una solemne reverencia.  Se  disponían a salir de la sala para emprender el camino a la Cueva de Paso, cuando Emilio se dirigió a todos los presentes:

—Me gustaría decir una cosa que creo es de gran importancia para todos los habitantes de este mundo: yo no soy el más indicado para regirlo. Sé lo que pensáis, que yo he vencido al Gran Señor y todo eso, pero os equivocáis.

Un murmullo inundó la sala. Un hombre alzó la voz.

—Eso no podéis negarlo. Yo escuché como os identificabais y yo os vi salir de la alcoba del Gran Señor con la daga ensangrentada en la mano.

—Eso no puedo negarlo, sí. Por un error yo maté al Gran Señor cuando realmente sólo quería dejarlo fuera de combate durante el tiempo suficiente para liberar a mi amiga. Si no, decidme: ¿por qué le ataqué con la daga del poder en lugar de hacerlo con cualquier otra? Pero realmente, ¿creéis que puedo ser un buen gobernante si tengo que permanecer en este mundo a la fuerza?

— ¿Y quién más que vos podría hacerlo?—se aventuró a decir uno de los presentes…

—Si yo he logrado todo esto ha sido gracias a un hombre que ama a este mundo más que al suyo de origen, al cual renunció voluntariamente hace tiempo ya. Él fue mi guía y sustento en toda esta aventura y creo que yo sólo nunca hubiese vencido al Gran Señor. Si él acepta, le cederé gustoso el privilegio de regentar este mundo.

— ¿Y quién es éste?—se interesaron.

—Su nombre es Andrú de Martuned.

Todas las miradas se dirigieron hacia el nombrado. Andrú se acercó a Emilio.

— ¿Estás seguro de lo que haces?

—Yo amo a mi mundo tanto como tú amas a éste. No creo que nadie pueda gobernarlo mejor que tú. Además, me parece que en una ocasión mencionaste que en algún momento te planteaste enfrentarte al Gran Señor.

—Eso es cierto pero…

—Permíteme que yo regrese a mi mundo, regentando tú éste al que amas tanto como yo al mío—pidió Emilio tomando la mano de Andrú y mirándolo suplicante a los ojos.

—Gracias, Emilio.

—No, gracias a ti—se abrazaron mientras todos aclamaban a Andrú—. No dudo que serás un buen gobernante.

—Te pediría que te quedaras a mi coronación, pero imagino que estás deseando regresar.

Emilio asintió.

Caminaron hacia la puerta, pero antes de atravesarla Emilio preguntó:

—Andrú, antes de llegar aquí, ¿tu nombre era Andrés Martínez?

Andrú miró hacia él sonriendo, al tiempo que negaba con la cabeza.

—Entonces yo era José Antonio Areta.

  • ¿Y de dónde sale Andrú de Martuned?

—Esa es una historia que os contaré a Lorena y a ti la próxima vez que nos encontremos por aquí.

—Eso será pronto, te lo aseguro.

—Así lo espero— se despidió Andrú.

Emilio abandonó el palacio. Se sentó junto a un árbol y trató de concentrase. Miró a su alrededor, mientras sentía cómo se iba desdibujado.

 

Lentamente fue abriendo los ojos. Estaba en una habitación que no era la suya. Sintió dolor en su cabeza y comenzó a recordar todo lo que había ocurrido: se había caído por las escaleras cuando trataba de subir una caja con libros a su habitación de la casa nueva.

Junto a la cama, su madre dormitaba en una silla. Cuando se dio cuenta de que Emilio estaba consciente, unas lágrimas rodaron por sus mejillas. Comenzó a hablarle: 

  —Cariño, pensé que te habíamos perdido.

  —Fue un accidente. 

La puerta se abrió y al otro lado apareció Pablo.

  —Hombre, ya estás aquí—indicó sonriendo—. Oye, Emilio, cuando regreses a casa debemos entablar conversación sobre todo lo que ha ocurrido en los últimos meses. Esto que ha sucedido me ha obligado a meditar sobre mis actos. Tal vez he sido duro en exceso contigo. 

Emilio recordó sonriendo el sueño que había tenido. ¡Aquellas sí habían sido unas faenas gordísimas! Comparadas con ello, las constantes discusiones o el jaleo que había montado cuando había tenido que repetir curso, le parecieron peleas de niños.  

  —Ahora debes descansar, cariño—su madre le dio un beso en la mejilla—. Pablo y yo iremos a casa un momento, pero no te preocupes, dentro de un rato volveremos. Además, hay una persona que está deseando venir a visitarte. Estoy segura de que no tardará en llegar. 

Salieron de la habitación. Sin duda ese visitante al que se refería su madre era su padre.

Trató de descansar. 

“Espero que papá no tarde en llegar”, se dijo. 

Estaba casi dormido cuando escuchó el sonido de la puerta que se abría. Permaneció con los ojos cerrados, hasta que alguien se sentó junto a él sobre la cama y pronunció suavemente: 

  —Hola. 

Cuando la vio no podía creerlo. ¡Era Lorena! 

  —Creí que…

  — ¿Que lo habías soñado?—comenzaron a reír. 

Pudo recordar cómo poco después de tomar las pastillas perdiólas fuerzas golpeándose con algo antes de caer. ¡Eso explicaba el dolor en su cabeza! 

  —Sé lo que pretendías hacer para poder quedarte en el sueño durante tanto tiempo. Eres un temerario. 

  —Tal como te dije antes de que regresaras, ha valido la pena. 

  —Tu padrastro ha hablado conmigo. Me ha pedido perdón por haber sido tan brusco. Se siente culpable. Cree que trataste de suicidarte por su culpa. Él sabe mejor que nadie que esas pastillas de pega que te proporcionó no te matarían y que el extraño virus que supuestamente nos afectó a ambos fue el único responsable de que también tú entraras en coma, pero a pesar de todo, no puede perdonarse que tú pretendieras suicidarte tomando unas pastillas que, teniendo en cuenta la cantidad que tomaste, de ser reales efectivamente hubiesen tenido efectos dramáticos— Emilio miró atónito a Lorena—. Lo que escuchas: eran meras pastillas placebo. Algo a lo que tu madre me confesó que recurrieron al considerar tu insomnio como algo meramente psicológico.

  —Pero al tomarlas me entraba sueño— Lorena negó con la cabeza —. Parece que olvidas que con esta sobredosis dormí durante todo el tiempo preciso para…

  —Está claro que desconoces las capacidades de tu don, querido durmiente mío— apuntó Lorena antes de besar suavemente los labios de Emilio, el cual se sentía más confundido que nunca.

  —Lo que no sé es lo que voy a decir al respecto. Pero, bueno:¿qué más da eso ahora que ya se ha arreglado todo?

  —Mejor. Así no tendremos necesidad de volver a ese mundo 

  —El Gran Señor se llevaría un disgusto porque espera nuestra visita. 

  — ¿Qué dices? 

  —No está bien que te olvides así de un amigo que ha ayudado a salvar tu vida. 

Lo miró extrañada. 

  — ¿Andrú? ¿Es Andrú el Gran Señor? 

  —Afortunadamente sí, porque de no haber aceptado el cargo, ahora estaría yo condenado a serlo. 

  —Creo que la historia que tienes que contarme es mucho más larga de lo que imaginaba. 

  — ¿Te has dado cuenta, Lorena? Mi sueño se ha hecho realidad. 

  —El tuyo no, el mío. 

  —Por si no lo recuerdas, habíamos decidido compartir el sueño. ¿Vamos a empezar a discutir como cuando todo esto comenzó?—se echaron a reír. 

  —Tienes razón, éste siempre ha sido y será nuestro sueño.

FIN

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