ANA MARÍA OTERO

 

Los dos observaron la entrada a la residencia del Gran Señor agazapados detrás de unos arbustos.

—Andrú, lo hemos planificado todo. Todo menos como haremos para librarnos de la Guardia.

—Eso déjamelo a mí.

Emilio lo miró con los ojos abiertos como platos, cuando su don le reveló las intenciones de Andrú.

— ¿Estás loco?

Emilio observó cómo su compañero se transformaba en una hermosa mujer que sensualmente caminó hacia el interior.

El corazón de Emilio se aceleró cuando poco después lo vio acercarse acompañado por un miembro de la Guardia, convencido de que la joven a la que acompañaba era una dama de compañía.  Emilio lo observó todo desde pocos metros de distancia.

— ¿Y quién decís que os envía?

Andrú dudó unos instantes.

—Mardomín de Siluéns. ¿Quién sino?

—Ahora comprendo. Os envía como pago de la apuesta, ¿verdad?

—Así es.

El hombre sonrió y se acercó a Andrú, el cual le hizo una seña a Emilio cada que se aproximara.

—Sois muy hermosa —Emilio corrió hacia su amigo—, verdaderamente hermosa.

El hombre se acercaba con intención de darle un beso, cuando Emilio se precipitó sobre él, cubriéndolo con la capa. Calló dormido al instante.

— ¡Pensé que no ibas a llegar a tiempo!—exclamó Andrú, recuperando su apariencia habitual.

Emilio se vistió con el uniforme del Guardián.

—Ahora debes seguir tú solo, chico. Te deseo toda la suerte del mundo.

Se dieron un fuerte abrazo. Emilio, gracias a su capa tomó la apariencia del Guardián y antes de entrar, Andrú le habló:

—Recuérdalo, Emilio: siempre que me necesites estaré cerca.

No sin temor, Emilio emprendió la marcha.

Cruzó la entrada. Varios miembros de la Guardia que custodiaban la zona miraron con indiferencia a Emilio, el cual se dirigió hacia el interior del palacio.

Estaba decorado de un modo suntuoso y frío, propio de una mente calculadora y maquiavélica.

Se  cruzó con numerosas personas, en su mayoría miembros de la Guardia, que lo saludaban cortésmente, creyendo que era aquel del cual había adoptado la apariencia.

Éste es el cuarto del Gran Señor—dijo para sus adentros—. Éste es, y él está en su interior.

Llamó a la puerta y entró. El Gran Señor lo miró. Era un hombre maduro, con una fría mirada capaz de paralizar de temor a cualquiera que se le opusiera.

— ¿Qué es lo que quieres, Nodeo?  —Emilio lo miró con arrogancia—. No comprendo tu silencio. Sabes que siempre has sido mi favorito de entre todos los miembros de mi Guardia personal.  Siempre que me has pedido algo, yo te lo he concedido. ¿Es lo que deseas ahora algo tan inalcanzable que no tienes valor ni para decírmelo?

—Deseó a una mujer.

—Es absurda esa petición. Sabes que cualquier mujer que esté bajo mi techo será tuya con un simple chasquido de tus dedos.

—Es alguien muy especial.

— ¿Quién? ¿Salién, Moreta, Isbenda…?

Emilio  respondió sin vacilar:

—Lorena.

El Gran Señor se volvió hacia él sorprendido. Pudo ver como el que él había confundido con Nodeo, su favorito de la Guardia, se transformaba. Lo miró horrorizado, aunque sin perder la calma.

— ¿Es esto una broma?

—No. Yo, Emilio Sastre, caballero del mundo exterior, he venido a por Lorena. No pretendemos hacerte ningún mal. Si liberas a mi amiga, no volverás a saber de nosotros.

Primero guardó silencio y lo miró fijamente, para después comenzar a reír  a carcajadas.Eran unas carcajadas terroríficas que lograron que un escalofrío recorriese la espalda de Emilio.

— ¿Quién eres tú para darme órdenes? ¿Crees que porque posees el don podrás vencerme? Permíteme que lo dude.

Emilio abrió su capa y el Gran Señor pudo ver la daga brillando en su cintura y como se coronaba a sí mismo. Pudo apreciar como el Gran Señor palidecía, incluso observó un atisbo de terror dibujarse en su rostro cuando se acercó a él empuñando la daga.

En la parte inferior derecha  del abdomen. Si se la clavo ahí no morirá—le había revelado su don.

Se abalanzó hacia su enemigo, el cual se movió en el preciso instante en el que Emilio comenzaba a atravesar su carne. El Gran Señor cayó al suelo sobre el charco de su propia sangre. Emilio observó como el brusco movimiento de su adversario había logrado que la daga le hiriese un poco más arriba del lugar que se había propuesto.

Salió de la alcoba del Gran Señor y comenzó a correr hacia las mazmorras, guiado en todo momento por su don.

Curiosamente no había nadie para impedirle el paso. Bajó las escaleras, y con el corazón en un puño comenzó a gritar el nombre de su amiga.

—Lorena. Lorena, contéstame. ¡Lorena!

Creyó morir de alegría cuando pudo escuchar su dulce voz.

— ¿Emilio?

Corrió hacia la celda en la que estaba y ayudándose con la daga, logró abrir la cerradura. Pudo verla. Ambos se quedaron inmóviles, mirándose a los ojos. Se abrazaron con fuerza mientras Emilio luchaba porque sus ojos no se llenasen de lágrimas.

—Gracias por no abandonarme.

—Sabes que por ti daría mi vida—se besaron—. Tenemos que salir de aquí para que puedas regresar a casa.

En el palacio se había armado un verdadero revuelo tras descubrir que el Gran Señor había sido agredido. Aprovechando la confusión, abandonaron el palacio.

— ¿Cómo lo has hecho, Emilio? Me aseguraron que sería imposible que alguien lograse superar todos los obstáculos.

Andrú se acercó a ellos. Emilio se sobresaltó cuando su don le reveló la razón de su llegada.

—Espero poder contártelo algún día.

— ¿Qué quieres decir con eso?

—Lorena, me alegro de verte, pero tienes que volver a tu mundo ya—intervino Andrú.

—No, espera. Emilio, ¿a qué te referías con…?

—Quiero que sepas que te quiero como nunca he querido a nadie—la interrumpió—. Lo eres todo para mí, por eso he hecho lo que he hecho. ¿Y sabes qué? Aunque haya salido mal, ha merecido la pena si a cambio he salvado tu vida—sus ojos se llenaron de lágrimas y la abrazó con fuerza—. Anda, despiértate.

Lorena, confusa, trató de concentrarse. Emilio vio como comenzaba a desdibujarse.

— ¡Te quiero!—gritó ella antes de desaparecer completamente.

Andrú lo abrazó mientras lloraba.

—Lo que más me duele es pensar en no volver a verla. No sé porqué no tuve más cuidado.

—Tranquilo, chico. Ahora serénate. Te están esperando.

Entraron en el palacio. Todos los presentes hicieron una respetuosa reverencia. Un miembro de la Guardia se acercó y comenzó a hablar:

—La ceremonia de coronación tendrá lugar dentro de dos días.

—Aquí hay una terrible confusión. Yo no quiero ser coronado como Gran Señor.

—Ha matado a nuestro Gran Señor, lo que le convierte en su indiscutible sucesor.

—Os aseguro que yo no quería matarlo, sólo quería liberar a mi amiga para poder regresar a mi mundo.

—Ahora este es su mundo. Todos aclaman ahora a Emilio Sastre, caballero del mundo exterior, como nuestro Gran Señor.

Parecía que todas las súplicas de Emilio eran en vano. Ahora sí que estaba todo perdido para él. Sabía que nunca regresaría a su mundo.

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