ANA MARÍA OTERO

 

Andrú y él caminaron hasta que la noche cayó. Decidieron descansar unas horas en aquel lugar.

Encendieron un fuego y comenzaron a hablar.

—Sigo pensando que te has arriesgado demasiado.

—No puedo abandonarla.

—Cabe la posibilidad de que no logremos rescatarla, y al tomar tú todos esos somníferos también estás arriesgando tu vida.

—Creo que vale la pena intentarlo. Y tú, ¿por qué cerraste tu puerta? ¿Cómo lo hiciste?

—Es una historia muy larga.

—Tenemos tiempo.

—Te aseguro que es muy aburrido.

—Me encantan los bodrios.

—Veo que no tengo más alternativas.

Andrú comenzó a relatarle su historia:

—Cuando tenía veinte años era un chico solitario, poco hablador, en fin, bastante introvertido. Una noche llegué aquí y entonces fue cuando la vi. Su nombre: Emiva. Una mujer como nunca antes había visto. No sólo su aspecto, sino también la dulzura de su voz, sus sinceros pensamientos… Después de vernos durante varias noches seguidas, me explicó todo lo que debía saber sobre este mundo.

Yo, al despertar creía que esto, lógicamente, era un sueño. Pero una noche Emiva me regaló el medallón que llevaba al cuello, diciendo que tenía el poder de viajar con el que lo llevara a cualquier mundo. Y cuando desperté, en efecto, sobre mi pecho descansaba el medallón.

Por aquel entonces mi vida no valía nada. Yo no tenía familia y los amigos escaseaban para mí. Sólo vivía para estar con Emiva. La conocía desde hacía ya dos años. Una noche, Emiva me confesó que estaba embarazada. Yo me sentía dichoso. La mujer a la que amaba me iba a dar un hijo.

Poco a poco su vientre se iba abultando.

Es el fruto de nuestro amor— decía.

Andrú bajó los ojos. Tras unos segundos de silencio, reanudó su relato.

—Yo pensé en la criatura. No era justo que Emiva la criase sola. Comencé a investigar y una anciana de habló de la puerta que yo  había abierto gracias a mi don. También me explicó como cerrarla. Corrí a contárselo a Emiva. Sus ojos brillaron de alegría. Emprendí mi misión. Tendría que conseguir una de las llaves custodiadas por el Supremo. Logré burlar a éste arriesgando mi vida. Ahora tenía que entrar en la Cueva de Paso. Un lugar en el que confluyen todas las dimensiones, y cerrar mi puerta particular. Después tendría que arrojar la llave al Lago sin Fondo.

Cerré mi puerta.

Antes de ir hacia el Lago sin Fondo pasaría por mi casa para coger provisiones y ver a Emiva, que no tardaría en dar a luz. Cuando llegué llevaba ya seis horas de parto. A pesar de que trataron de impedírmelo, tras tres horas de espera entré a verla, en el preciso instante en el que el doctor llevaba en sus manos a mi hijo muerto. Había nacido con el cordón umbilical enrollado en el cuello. Tomé la mano de Emiva. Me miró. Estaba pálida y ojerosa. El parto se había complicado y apenas sí tenía fuerzas para hablar.

—No tires la llave. Abre nuevamente la puerta y regresa a tu mundo—susurró débilmente.

—No, yo quiero estar siempre a tu lado.

—Pero yo voy a morir.

— ¡No digas eso!

—Aunque no lo diga ocurrirá igualmente.

Yo miré al doctor y en sus ojos leí la cruda verdad.

Estuve junto a ella hasta el último momento. Al amanecer galopé sobre mi caballo. Cuando llegué al cruce dudé. El camino de la derecha me llevaría al Lago sin Fondo. El de la izquierda, nuevamente a la Cueva de Paso. Tomé el de la derecha. Cuando llegué junto al Lago sin fondo miré la llave en mi mano. Si la lanzaba, ya nunca podría recuperarla. Permanecería para siempre en este mundo. Dudé, pero me di cuenta de que en mi mundo no había nada que me retuviese, pero en éste había sido más feliz que nunca antes. Así que lancé la llave y desde entonces trato de ayudar a la gente con problemas.

— ¿Y tu cuerpo? ¿Qué fue de él?

—La anciana me explicó que al lanzar la llave al lago si fondo rompía todo lazo de comunicación con mi mundo y con todo lo que allí dejaba. Eso incluía a mi cuerpo. ¿Qué ha sido de él? Tal vez murió, tal vez se desintegró… No lo sé, y tampoco me importa.

Llevo aquí más de seis años y he decidido no pensar en ello. De hecho, no quiero recordar nada de mi mundo.

—Has tenido mucho valor para hacer lo que has hecho.

—Yo soy feliz aquí. Nací en el mundo equivocado, pero tuve la suerte de llegar a éste y conocer a Emiva.

Le enseñó el medallón que llevaba al cuello.

—Esto es lo único que me queda de ella.

Lo miró en silencio.

—En mi vida ha habido otras mujeres, pero ninguna me ha dejado una huella tan profunda como Emiva.

—Por ejemplo, aquella noble por la que te perseguían cuando nos conocimos, ¿no?

Andrú comenzó a reír.

—El padre de aquella joven me contrató para que protegiese a su hija mientras él estaba fuera de su mansión, viajando a lejanas tierras.

Todo ocurrió sin premeditación por mi parte. Ella insistía en que para protegerla mejor debía estar cerca de ella. Muy cerca. En fin, demasiado cerca para el gusto de su padre. He de reconocer que fue estupendo—guardó silencio durante unos segundos, saboreando el recuerdo de aquel encuentro—. Pero desgraciadamente su padre llegó antes de tiempo y nos encontró in fraganti. El resto de la historia ya lo conoces.

 

 

Hasta la tarde siguiente no llegaron a Casenda. A lo largo del camino habían planificado toda la actuación que iban a desarrollar para lograr su objetivo.

—No digas nada y si te preguntan corrobora todo lo que yo diga.

Ambos entraron en una especie de taberna y ocuparon una mesa. Emilio se sorprendió cuando Andrú se colocó frente a él, ya que su  apariencia era ahora distinta. Su rostro tenía un tono pálido,  sus ojos negros, eran ahora azules, y su cabello oscuro y liso, era ahora claro y ondulado. Una hermosa mujer se acercó a ellos

—Apuesto joven, ¿qué deseáis?

—Me gustaría tomar shabé.

— ¿Y vuestro amigo?

—No es mi amigo, es sólo un sirviente y no desea nada.

La mujer miró a Emilio con compasión cuando éste bajó los ojos fingiendo aflicción.

—Pero yo desearía algo más: la compañía de una dama.

—Podéis disponer de mí.

—No, desearía a otra, vos no… —Andrú dejó sin determinar la frase y Emilio pudo apreciar cómo la mujer se sentía ofendida—. Me han hablado de una hermosa joven llamada Llolet. ¿Está disponible?

—Iré a ver—contestó con despecho, yendo hacia el interior.

Regresó  al cabo de unos minutos.

—En un momento se reunirá con vos.

—La esperaré en el cuarto. Que sea ella quien me suba el shabé. Y tú, sirviente, en mi ausencia no te metas en líos o te moleré a palos.

Comenzó a subir las escaleras con arrogancia.

—Algún día me las pagará—pronunció Emilio con tono vengativo—. Si pudiese encontrar el modo de resarcirme por todos sus desprecios…

—Tal vez ya lo hayáis encontrado—susurró la mujer que se sentía dolida por el modo en que la había despreciado aquel hombre—. El padre de Llolet mataría a cualquiera que pretendiera amancebarse con  su única hija a la que absurdamente considera virginal.

— ¿Cómo podría localizarlo?

La mujer le dio instrucciones precisas para llegar junto al padre de la chica.

 

 

El lugar no estaba demasiado lejos de allí y tras unos minutos de carrera alcanzó su objetivo.

Llamó a la puerta y un hombre grande y robusto salió.

— ¿Quién es?—preguntó con una atronadora voz.

—Quien soy carece de importancia. He venido para advertidos sobre vuestra hija.

— ¿Qué le ha ocurrido a mi Llolet?

—De momento nada, pero un hombre pretende obtener sus favores.

Notó cómo se encolerizaba.

— ¿Dónde se encuentra ese futuro cadáver?

—En la taberna.

El hombre salió corriendo.

No había sido difícil sacarle de allí. Ahora tenía que trabajar rápido. Se  concentró y trató de que actuase su don.

Andrú aguardaba en un cuarto sin dejar de pensar en Emilio. Sabía gracias a su don que la mujer le había indicado cómo llegar a la casa del padre de Llolet. Éste adoraba a su hija, y si llegaba a sospechar que alguien pretendía deshonrarla, ya que la creía pura y casta, se olvidaría de todo, incluido su deber como Guardián de la mágica Coraza.

Emilio pudo abrir la trampilla bajo la cual estaba la Coraza. Nunca podría haber sospechado donde se encontraba de no ser por su don, ya que era imposible distinguirla del resto del suelo. Descendió por el hueco abierto. Ninguna luz iluminaba aquella estancia, pero el destello irradiado por la Coraza lograba que pareciese que la luz del pleno día llegaba a aquel lugar. Sabía que para poder separar la corona del resto de la Coraza debía utilizar una llave pero no había rastro de ella. Seguramente el Guardián la llevaría siempre encima. ¿Qué iba a hacer ahora?

Inesperadamente escuchó una voz que le hablaba:

—Emilio, utiliza tu don y no necesitarás la llave.

Se sorprendió cuando se dio cuenta de que la voz de Andrú no provenía del exterior. Era una especie de comunicación telepática.

En ese preciso instante su don le reveló unas palabras que siendo pronunciadas cumplirían la misma función que la llave. No sin miedo exclamó:

—Por el poder que mi don me otorga, yo, Emilio Sastre, caballero del mundo exterior, te ordeno me otorgues la corona y la daga del poder.

No ocurría nada y Emilio pensó que todo estaba perdido, pero unos segundos después se incrementó el destello que desprendía la coraza. La corona de ésta se elevó y fue a caer en las manos de Emilio. La daga la siguió y se enganchó en su cinturón. Sin perder tiempo salió de la casa del Guardián. Escuchó un caballo acercándose.

¡ElGuardián!— pensó Emilio y comenzó a correr. Si le alcanzaba estaba perdido.

Corría lo más rápido que sus piernas le permitían, pero cada vez escuchaba al caballo más cercano a él. Ya lo tenía encima. Una mano vigorosa agarró su camisa y lo subió al caballo.

La he cagado—se dijo Emilio.

— ¿Lo tienes?

Alzó la vista y comprobó que el que así hablaba era Andrú.

— ¡Pensé que eras el Guardián!—suspiró aliviado—. Sí, lo tengo. ¿Cómo lograse librarte de él? Es un tío grandísimo.

—La capa me ayudó. Cuando llegó se quedó atónito al ver a su hija sobre la cama. Yo aproveché este hecho para abalanzarme sobre él y cubrirle con la capa. No tardó en caer dormido, del mismo modo que su hija dormía desde el momento en el que había subido a la habitación.

 

 

La noche no tardó en caer. Andrú y Emilio se dispusieron a descansar unos instantes.

—Tenemos la corona y la daga. ¿Y ahora qué?

—Nuestro objetivo es llegar al palacio del Gran Señor. Una vez allí nos enfrentaremos con la parte crucial de nuestra misión. Tendremos que lograr burlar a toda su Guardia para que tú puedas introducirte en sus aposentos. Una vez allí deberás atacarle con la daga. Tu don te revelará donde debes clavársela para dejarle fuera de combate el tiempo suficiente, sin llegar a matarle, algo que complicaría de sobremanera las cosas. Después de esto, localizar a Lorena te resultará fácil. Una vez que la saques del palacio, podrá regresar al mundo exterior.

—Del modo en que lo dices parece fácil.

—Confío plenamente en tus posibilidades.

—Respecto a la puerta… Si las cosas son tal y como tú dices, no resultaría difícil para el Gran Señor librarse de cualquiera de mi mundo cerrando su puerta.

—Te equivocas. Tu propia puerta sólo podrás encontrarla tú. Cualquier otro que lo intente, actuará en vano.

—En ese caso, estoy seguro de que Lorena no les dirá como llegar a la suya.

—Lo dirá. El Gran Señor utilizará su poder de para obligarla a que lo haga.

—Pero, ¿por qué matarnos?

— ¿Aún no te has dado cuenta? Te teme. Si una persona tiene un poder suficiente como para lograr traer a otra a este mundo, este poder podría derrocar al Gran Señor. No creas que nunca he pensado en enfrentarme a él. Pero al final siempre me he echado atrás—Emilio se quedó sin palabras—. Si ya has recuperado fuerzas para emprender la marcha, adelante. El camino es largo.

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