SLAVEOFDESIRE

 

– Juan…

Volví a centrar la mirada en el plato de tortilla. Puede que fuera por lo que estaba pasando pero me estaba dando verdadero asco comerme esa tortilla.

– ¿Qué? Pronuncie con la boca llena carente de modales.

– ¿Que tal ayer?

– Bien. Respondí de forma seca.

– ¿A qué hora te fuiste? No te despediste…

No entendía la charla irrelevante que estábamos teniendo, la tensión se podía cortar con cuchillo y ella se empeñaba en preguntarme cosas triviales sobre la fiesta de ayer sin atreverse a hablar sobre el tío que se había traído a MI casa para follárselo a grito pelado.

-No me acuerdo, iba bastante perjudicado – insistí en darle largas. La verdad es que no quería hablar con ella, ni siquiera soportaba mirarla.
– Es que anoche vino Teresa a preguntarme por ti, no sé qué hora seria, decía que no te encontraba…
Mire mi móvil y en efecto, tenía varios whatsapps y llamadas perdidas de Teresa. Hugo también había vuelto a escribirme. Deje a ambos como vistos y volví a bloquear la pantalla.

– Me encontraba mal y me fui. Sin más.

– ¿Y ya estas mejor?

– Si, gracias por preguntar. Quería sonar frió, indiferente, pero claramente se notaba la rabia en mi voz. Definitivamente se me daba fatal mentir.

– Me alegro… Oye, lo de este chico…

– No me interesa Miriam. De verdad, no quiero meterme en tu vida – le dije volviendo a mirarla. Pude notar un cambio en su mirada, no era de vergüenza, era otra cosa, ¿Tristeza? ¿Decepción? No sabría decirlo.

– Lo sé, se que nunca has querido meterte en mi vida, pero eres alguien especial para mí y necesito contártelo.

Especial, bonita forma de decir “Me gusta calentarte la polla y que guardes mis secretos pero nada más, chaval”

– Lo de este chico… No estaba planeado, ni lo busque, simplemente surgió. Lo conocí hace unas semanas y ha estado viniendo al club de vez en cuando, pero para mí no significa nada.

– Eso deberías decírselo a Hugo.

Miriam se quedo callada, no se esperaba que contraatacara de esa manera, por primera vez no me sentía un juguete en sus manos sino que estaba por encima de ella, al menos moralmente hablando. Agachó la cabeza y dijo casi sollozando:

– Tienes razón. La he cagado, mucho. Tengo que confesárselo. No se merece lo que le he hecho.

Ahora era yo el sorprendido, me había parecido muy fácil que claudicara, quizás mi cabreo con ella me había hecho verla como un demonio que juega con los hombres pero quizás mis sentimientos estaban nublando mi juicio, después de todo ¿Quien no comete un error? ¡No Juan! ¡No seas idiota, está jugando contigo desde el principio, se fuerte COÑO!

– No, no se lo merece. Tú sabrás lo que haces.

– Cuando venga el próximo fin de semana se lo contaré. Yo supe perdonar su infidelidad, espero que el pueda perdonar la mía.

– ¿¡Qué!? ¿Él te puso los cuernos?

– Si, no te lo había contado, me da mucha vergüenza, igual que lo de hoy… Le costaba mirarme a los ojos, su mirada se dirigía hacia cualquiera parte y cuando se enfrentaba a la mía la rehuía como alguien que toca un hierro ardiente, estaba visible mente nerviosa

No podía ser verdad, ¿Como podía alguien engañar a un pivón como Miriam? Además, ¿Como seria ella capaz de perdonarle? Yo no podría…

– ¿Como fue?

– En unas fiestas del pueblo, discutimos esa noche, ni me acuerdo de porque, fue una tontería, yo me fui a beber y a bailar con mis amigas. Luego fui a buscarlo porque me sentía mal y le encontré enrollándose con una del pueblo de al lado. Tuvimos una pelea muy fuerte y estuvimos a punto de cortar pero acabamos arreglándolo a medias.

– ¿A medias?

– Si, porque después de eso no volví a sentirme igual con él, toda la ilusión todo el cariño se rompió desde entonces, y yo me forcé en seguir con esa relación y ni sé porque, ¿Por miedo a estar sola, por tantos años juntos? No lo sé, pero ahora veo que debería haber cortado con esto antes.

Me estaba dejando atónito, la forma en la que lo contaba, llorando desahogándose con la voz quebrada mientras las lagrimas caían por sus mejillas, ahí de pie en medio del salón sin atreverse a mirarme. Maldita sea la odiaba pero aun así quería estrecharla entre mis brazos y comérmela a besos. Esta chica me estaba convirtiendo en un bipolar.

– Wow, no… No sabía que estaban las cosas así entre vosotros.

– Pues si, ya ves, debes pensar que soy lo más gilipollas jaja. – Dijo mientras se secaba las lagrimas con las manos.

– No eres gilipollas Miriam, – dije levantándome para acercarme a ella, simplemente has cometido errores, todos cometemos errores.

– Pero yo más gordos que nadie, parece que solo se hacer daño a quien me quiere. Sé que a ti te he decepcionado.

– No, Miriam yo…

– Si Juan, lo veo en tu mirada, esperabas mas de mi, que fuera mejor persona pero no lo soy, ojala fuera tan buena persona como tú que eres un chico maravilloso.

– Miriam, no es así, nadie es perfecto, yo tampoco lo soy, de hecho, también he hecho cosas reprochables por culpa de una tía, – evidentemente esa tía era ella – aunque no se merece que le echa la culpa, todos somos responsables de nuestros actos.

– Eso es verdad… Gracias por escucharme y entenderme.

– No hay de … – No llegue a terminar la frase, Miriam se abalanzo hacia mi y me abrazo con fuerza mientras seguía sollozando. La vi tan pequeña, triste y delicada que literalmente se me olvido que hacia unas horas se había follado a otro tío. La estreché entre mis brazos como si no quisiera volver a soltarla nunca. Ambos necesitábamos ese abrazo, curioso porque la persona que me había hecho daño era ahora la que me reconfortaba. Estuvimos como 10 minutos abrazados sin decirnos nada, su cabeza enterrada en mi pecho y mi cara contra su cabeza, aspirando el aroma de su cabello, mis manos acariciaban su espalda y su nuca con delicadeza. Finalmente aflojamos el abrazo y le miró a los ojos, nunca me habían parecido tan bonitos.

Se puso de puntillas y acerco sus labios a los míos.

Cerré los ojos, ya podía saborear sus dulces labios.

Y me besó en la mejilla.

– Gracias otra vez Juan, de verdad, no sabes cómo te lo agradezco.

– No hay de que…

– Voy a la ducha. No tardo.

La vi marchar sin saber cómo sentirme con mi camiseta húmeda por sus lagrimas. Pero una cosa estaba clara, si creía que iba a pasar página estaba equivocado, seguía totalmente atrapado en las redes de Miriam.

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