ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

Estaba muy entusiasmado con el proyecto cuando el arquitecto me trajo los planos. Sobre el espacio desperdiciado del patio se iba a edificar un gran cobertizo con chimenea, donde podría pasar largos ratos de cháchara y vino al calor de la lumbre.

Cuando me quedé solo salí al patio y, sobre el futuro emplazamiento de la construcción, empecé a imaginar qué cosas colocaría en cada lugar: Junto a la chimenea pondría una televisión; al lado un armario para el menaje; a la derecha, donde ahora está el parral, iría un equipo de música y un mueble-bar; frente a la televisión, una mesa grande, donde comer y debatir y, tras ella, justo donde está la higuera, un largo sofá.

Entonces, apoyado en la higuera que crece tranquila en el patio, ajena a mis planes de construcción y modernización de aquel lugar, me di cuenta de que estaba equivocado y de que me había dejado llevar por un instinto depredador, expansionista y consumista que era capaz de pasar por encima de todo para conseguir sus fines.

Bajo la higuera que tenía frente a mi habían jugado, siendo niños, varias generaciones de mi familia, que habían aprendido a subir por sus ramas para alcanzar el delicioso manjar que, año tras año y generosamente, nos regala: los higos, ese fruto que al separarse de la rama suelta una lágrima de néctar azucarado, y cuya sabrosa carne no tiene parecido con ningún otro sabor.

Mentalmente me transporté a mi niñez, cuando, junto a mi padre, me levantaba casi de madrugada para ir al campo, pues había que aprovechar el día antes de que el calor nos impidiese movernos. Antes de marchar, solíamos llenarnos la tripa y el paladar con algunos higos maduros. ¡Qué buenos estaban a esa hora y en ese tiempo tan lejano!

La evocación de los higos del pasado me arrancó varios suspiros y humedeció mis pupilas.

Qué gratos recuerdos me trae esta higuera y este patio, donde aprendí a pasar las tardes de verano leyendo y dibujando mientras mi padre sesteaba bajo el parral, donde yo ahora quiero poner un equipo de música y un mueble-bar. Si cierro los ojos, soy capaz de rememorar aquellos días, cuando el zigzaguear de las avispas por entre las uvas y los ronquidos de mi padre se perdían por un aire que estaba lleno de los dulces olores que salían por la ventana de la cocina, donde mi madre, escuchando la radio, preparaba mermeladas de frutas y conservas de tomate.

La emoción me hizo sentarme junto a la higuera, protegido del sol por sus anchas hojas. Había estado a punto de cambiar un patio de higos y uvas, de sombras y siestas, por un cobertizo cuyo techo negaría a mis ojos la visión del cielo azul del verano o de las nubes espesas del invierno, y cuya construcción cortaría el cordón umbilical de mi pasado, separándome de los recuerdos de aquel lugar, que son la historia de mi familia y, por ende, la mía propia.

Al día siguiente cancelé el proyecto de construcción y fui a comprar una hamaca para sestear bajo la parra, llenándome la vista de inmensidad y el olfato del olor a higos y uvas maduras, dejando que la puesta de sol me sorprenda en este patio, cuyo espacio no está, para nada, desperdiciado.

https://antoniolopezvallejo.wordpress.com/

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