SLAVEOFDESIRE

Cuando me di cuenta de lo que estaba pasando, el cansancio, el dolor de cabeza, la sequedad de mi boca, cesaron de golpe. Todo se desconectó, como si viviera una experiencia extra corpórea. No sentía nada, solo oía los gemidos de Miriam. Mi cuerpo se levanto de la cama como un autómata, se puso las zapatillas y salió de la habitación haciendo el menor ruido posible. Había una extraña calma, como si el mundo fuera de la casa no existiera, no se oían coches, o pájaros. Ni siquiera niños que se hubieran levantado temprano para jugar en el parque o alguna vecina entrada en la cuarentena que se hubiera levantado temprano para pasar la aspiradora mientras el perro de la vecina de arriba ladrara sin cesar como respuesta a la maquina. Nada. Solo los crecientes gemidos de Miriam. Gemidos que siempre había imaginado y que por fin escuchaba.

Mi cuerpo se arrimó como varias veces antes a la puerta de su habitación para escuchar mejor el recital que se desarrollaba dentro. El frió contacto de la madera contra mi oreja me devolvió mi cuerpo con todo lo que ello conllevaba. Volví a sentir el sudor frió que me recorría la espalda, mi piel de gallina, mi respiración agitada, mi corazón a punto de salirse del pecho y sobre todo el dolor que provoca saber que la chica por la que bebes los vientos está siendo follada por otro tío, que esta gimiendo por el placer que le da otro tío. Esos gemidos que siempre había deseado escuchar y ahora deseaba no escucharlos pero al mismo tiempo era incapaz de apartar el oído de la puerta.

– ¡Diooooos que gustazo! Oí de repente. El placer que estaba sintiendo ella era un puñal que se clavaba en mi pecho. No solo podía oír sus gemidos, oía perfectamente el choque de sus caderas, fuera quien fuese el que estuviera ahí dentro con ella le estaba dando una follada que seguramente no le habría dado Hugo en mucho tiempo.

Hugo, pobre chaval, fue el primero en vaticinar que esto podría pasar pero yo estaba tan coladito por Miriam que no la veía capaz, que gilipollas nos volvemos cuando nos pillamos por alguien. Unos fuertes resoplidos masculinos me sacaron de mi ensoñación, la frecuencia de los choques de cadera aumento y los muelles de la cama chirriaban con fuerza.

– ¡Ah! ¡Aaah! ¡AAAAH! SIIII! -Miriam no se cortaba lo mas mínimo en gemir, seguramente ni se acordaba que yo estaría durmiendo en la cama de al lado, estaba completamente entregada a su amante. Pero aun así estaría equivocada, yo no estaba durmiendo la mona, estaba pegado a su puerta, con mi polla dura como la piedra pidiendo salir de su jaula de tela, toda la sangre de mi cuerpo bombeada hacia mi entrepierna por mi corazón, mi roto corazón. Y ese roto corazón era el que me impedía hacerme una paja, un último acto de rebeldía de un órgano moribundo.

Perdí la noción del tiempo, solo me quede allí parado, oyendo los gemidos que iban in crescendo, ¿Cuánto tiempo paso? ¿Diez minutos? ¿Veinte? No tenia forma de saberlo, no me importaba saberlo y a la vez no podía irme de allí, estaba hipnotizado a la vez que horrorizado por lo que estaba pasando ahí dentro. Imagine a Miriam a cuatro patas sobre la cama, sus tetas bamboleando por las embestidas, su melena agarrada por el semental que la estaba percutiendo desde atrás, la sabanas arrugada y empapadas en sudor.

Entonces la follada tomo un cariz endiablado, Miriam ya no gemía, gritaba literalmente, la cama sonaba como si se fuera a partir en dos, aunque más bien a quien estaban partiendo en dos era a mi compañera de piso. Entonces pude por fin oír al desconocido amante.

– ¡Aaaah! ¡Jodeeeeer, tomaaa, AAAAAH! Gritó marcando el final de ese polvo salvaje. Poco a poco los gritos pasaron a ser jadeos de dos animales exhaustos y se fueron apagando hasta recobrar un tono de respiración normal, inaudible desde donde me encontraba. Si se dijeron algo más yo no pude oírlo Me retire sin más, el espectáculo había acabado y ya no tenía nada que hacer allí. Volví a mi habitación y me tumbe en mi cama bocarriba con las manos en mi regazo. Mi polla aun permanecía erecta, formando una tienda de campaña, era tal la erección que me llegaba hasta doler pero el dolor físico no era nada comparado con el emocional. Me la saque y me quede sorprendido, tan absorto había estado con el polvo que no me había dado cuenta de la humedad de mis calzoncillos, no, no me había corrido pero el liquido preseminal que había soltado podría haber engañado a cualquiera. Dicen que los tíos tenemos un cerebro en la polla, puede que los biólogos lo nieguen pero es incuestionable que la mía por lo menos pensaba por su cuenta. Daba igual lo abatido que me sintiese en ese momento, mi polla no entendía de eso, mi polla sudaba, nunca mejor dicho, de lo que sintiera.

No iba a pajearme, la última vez que lo hice tras escuchar a Miriam acabe asqueado de mi y llenando las bragas de mi compi con mi semen, y aquello no fue nada comparado con cómo me sentía ahora. La deje así, castigada, erecta, palpitante y chorreante y cerré los ojos, pensé que no me podría dormir así con el corazón roto y la polla al descubierto pero las últimas 12 horas me habían demostrado lo mucho que podía llegar a equivocarme.

Cuando abrí los ojos estaba extrañamente sereno, mi polla ahora descansaba flácida sobre mi vientre, mire mi móvil y vi que eran la una y media. Me subí los pantalones y salí de mi habitación. La habitación de Miriam permanecía cerrada, ni un susurro salía de su interior, por el contrario el mundo de exterior volvía a existir, lleno de vida, ajeno lo que había pasado o a como me sentía. Me daba asco. Todo me daba asco en ese momento. Fui al baño a expulsar de mi cuerpo a través d mi polla el alcohol ingerido esa noche. Joder, hasta mi propia polla me daba asco en ese momento. Me adecenté como pude y me fui al salón, mi estomago rugía, otro órgano al que le daban igual mis sentimientos, empezaba a ver un patrón en todo ello.

No estaba para cocinar, tan solo quería comer algo para que mi tripa se callase de una vez, por suerte quedaba tortilla de patata en la nevera que hice hace unos días con Miriam. Miriam. La causante de mi estado, la muy… ¡Puta! La odiaba en ese momento, tanto como me odiaba a mí, dios que patético sueno, ¿Verdad? Como decía me senté en la mesa del salón e ingerí lentamente y en silencio la fría tortilla. Al rato me puse en alerta pues la puerta de la habitación de Miriam se abrió y unos pasos que cada vez sonaban más cercanos rompieron el silencio. Del pasillo surgió el chaval de la camisa blanca de ayer, como no, completamente vestido pero despeinado, me saludó con una sonrisa de autosuficiencia y siguió caminando hacia la puerta, tras él salió Miriam vestida únicamente con un camisón y con el pelo totalmente alborotado, iba con la cabeza agachada evitando mirarme. Le acompañó hasta la puerta ante mi atenta mirada y él se dio la vuelta.

– Me lo he pasado genial – sus manos fueron a la cintura y la cara de Miriam haciendo que mi compañera le mirase a los ojos.

– Si, yo también – Respondió ella con un tono desprovisto de cualquier tipo de emoción.

– Hablamos ¿Vale? -Dijo mientras se acercaba a besarla. Otra puñalada a mi corazón.

– Sip – Respondió ella con un casto pico. Él se sorprendió pero su única respuesta fue una sonrisa, abrió la puerta y se despidió.

– Chau. Se despidió ella finalmente y cerró la puerta quedándose apoyada en ella.Yo seguí mirándola mientras un trozo de tortilla era triturado dentro de mi boca, Miriam suspiró, se dio la vuelta y por fin alzo la mirada mirándome directamente a los ojos.

– Juan…

Un comentario sobre “Mi compañera de piso (11)

  1. El relato tiene morbo, pero pierde atractivo al ser el tipo tan indeciso. La web esta llena de boludos y consentidores. La mina esta en su casa, el tiene que poner las condiciones. esto que pasó se veia venir, si lo deja pasar es un boludo mas y en su propia casa. Ahora que está desencantado la tiene que castigar. O la hecha a la mierda y le cuenta todo a su novio o la somete, pero nunca dejarlo pasar

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