ALBERTO MORENO

Fue en domingo, por la mañana. Aviñon miró a Mirtha y le gustó. Ella no dijo nada. Sus ojos solo recogieron la mirada del hombre.

Aviñón propuso ir al malecón y tomar un refresco. La mujer aceptó.

Andaban juntos, a la par, despacio, no se tocaban pero se percibían.

– ‘¿Vives en la ciudad? Mirtha  asintió con la cabeza y siguió muda.

De talle fino y cuerpo armonioso, los pechos exultantes iban recogidos en una blusa blanca anudada con dos picos al cuello.

Su tez pálida como de terracota, parecía una campesina que nunca hubiera usado maquillaje.

Sus ojos miraban a Aviñon somnolientos. Parecía asustada. Hablaba poco. Presentía que su verbo no era apreciado. Mirtha era tímida y rondaba por entonces los 40 o algo más.

Fueron y vinieron por todas las cantinas del malecón. Aviñon bebia aguardiente y cuantas copas fue encontrando. Estaba exultante. Mirtha se dejaba coger por el talle.

Las horas se marchaban fugaces del reloj. El tiempo era un estupido cero flotando en el aire dulzón y cálido del cielo de la ciudad.

Ya de noche, cenaron de pie en el mostrador de una cantina y se perdieron después por las calles de la música.

Mirtha bailaba con un ritmo natural, precioso, que Aviñón miraba hipnotizado.

En la esquina oscura de la pista, se besaron mientras bailaban un “pingo”.

Aviñon sintió un pálpito, en ese mismo momento supo, que esa misma noche dormirían juntos, y que otras muchas noches, posiblemente casi todas las noches de su vida dormiría con la mujer.

El quería seguir bebiendo y ella por primera vez en todo el día se atrevió a llevarle la contraria.

– ‘¡No bebas mas, te hará mal!

Aviñon retiro la copa de sus labios, puso las manos en sus hombros y la beso de nuevo.

Bailaban milongas, merengues, bachatas, rumbas, pingos y cuanto ritmos se terciaban.

Siempre agarrados, sin perder comba, fundidos en una sola materia. Como si fuesen una nueva molécula tejida y amasada aquella noche.

En el camino de vuelta, entrelazados, Mirtha pregunto una obviedad: ‘¿ Vienes a dormir a casa?

Andaron como tres cuartos de hora. Ella vivía en una casa baja, achaparrada, sencilla, al final de la calle Facundo Arrieste, en el numero 90.

La casa tenía un pasillo, un dormitorio, una cocina y un patio diminuto con una parra y varias macetas en los salientes.

No encendió la luz, conducía a Aviñon de la mano, a oscuras.

La pieza tenia un armario, una mesita de  noche, una silla y una cama de matrimonio muy ancha que ocupaba casi todo el espacio.

Se desnudaron el uno al otro de forma atropellada.

Ella encendió un instante la lámpara para encontrar algo.

Estaba ya desnuda. Su cuerpo armonioso parecía el de una muchacha joven. Su piel morena era tersa, sin un solo atisbo ni asomo de vello.

Su pubis estaba rasurado.

Abrió la ventana. Hacía calor. Al través entró algo de aire y de luz.

El aguardiente y todo el alcohol estaban haciendo estragos en la virilidad de Aviñon. Nervioso acariciaba y volteaba a Mirtha sin tener éxito.

Ella no decía nada. Exhaustos, cansados, el ardor fue decayendo. Se quedaron quietos, callados. El dormitorio seguía a oscuras.

Aviñon debió dormir como una hora. Soñoliento, notó una imperiosa necesidad de orinar.

Se levantó. Salió al patio desnudo. Todavía no había empezado la lluvia pero corría un aire caliente como dulzón.

Meó como un caballo, un rato interminable.

A su regreso a la pieza sintió en un instante como un disparo en el cerebro. Su espina dorsal se había envarado. Al mismo tiempo su miembro se había vuelto duro, rotundo.

Se deslizó en la cama. Mirtha  entre dormida y despierta lo percibió.

Dio media vuelta, se coloco boca arriba entreabrió las piernas y con manos de guajira mañosa, manejo aquello con una destreza mortal.

Estaba húmeda, como había estado toda la noche, desde el mismo momento que el la beso en el baile.

Aviñon la penetró frenéticamente.

Mirtha con sus brazos atenazo el cuello del hombre y comenzó a gemir.

Primero imperceptiblemente y luego de inmediato con un increscendo que fue aumentando por segundos.

La mujer acercó los labios al oído del hombre y deslizó en él las palabras mas tiernas   que jamás había oído Avión en su vida.

– ¡Mi amor vamonos!, ¡Mi amor vamonos…!

Fuera, la lluvia del trópico ponian la musica de fondo. Golpeaba el suelo del patio con rafagas furiosas, intermitentes que duraban instantes.

El olor a tierra  mojada penetraba en la pieza a través de la ventana y se mezclaba con el olor a sexo.

A las cinco, el dormitorio y el patio habían enmudecido. El sueño inundaba el cerebro de Aviñon y las palabras de Mirtha se gravaban en lo mas profundo de su ser.

Entrecortadas, suplicantes, gozosas. Como un placer que parecía un dolor.

Mi amor, vamonos!, ¡Mi amor, vamonos…! 

                                                   -Fin-

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