ANNABEL VÁZQUEZ

Momentos felices

—¿Preparada? Adelante, camina, pero no abras los ojos.

Me mordí el labio inferior y di un paso hacia delante. Mi mano se clavó en la pared y fui deslizándola lentamente, mientras me desplazaba. Tenía miedo de chocar contra algo, pero la voz serena de Edgar me ayudaba a continuar sin hacer trampas. Me guié por la habitación como le había visto hacer a él en infinitas ocasiones, pero por muy bien que intentaba hacerlo no logré desprenderme de la inseguridad, que se había apoderado de mí.

—Ahora abre la mano, voy a darte una cosa.

La abrí con ilusión, nerviosa por saber a qué se debía tanto misterio. Incluso el bebé de mi vientre dio una patada contagiado por mi estado.

—Bien, es todo tuyo.

Depositó sobre la palma un objeto circular, cálido y ligero. Lo sostuve entre los dedos, palpándolo. Parecía una anilla de madera.

—¿Sabes lo que es? –preguntó, llevando sus manos hacia las mías para coger con delicadeza el objeto que sostenía.

Entonces separó mis dedos y sostuvo el anular para, a continuación, pasar el aro de madera sobre el dedo a modo de anillo.

Abrí los ojos y me quedé en silencio un rato, contemplándolo.

—¿Te gusta?

Era un sencillo aro de madera sin valor alguno, le di la vuelta y vi que tenía una inscripción. Conocía demasiado bien el sistema de puntos que componían el alfabeto braille como para saber que en el anillo había grabado nuestras iniciales. Se me escaparon las lágrimas y le abracé con fuerza, enterrando la cara en su cuello.

Edgar sonrió y me separó ligeramente para sostener mi rostro entre sus manos. Pasó el pulgar sobre mis labios en un gesto que me resultó familiar.

—¿Quieres casarte conmigo?

Me enjugué las lágrimas como pude.

—Había olvidado que firmamos el divorcio –contesté admirando el anillo que había en mi dedo; era la joya ideal para mí.

—Debió ser así la primera vez, debería haberte invitado a cenar e iniciar un largo noviazgo contigo antes de pedirte matrimonio. Por suerte he aprendido la lección y ahora tú tienes la última palabra.

Sonreí.

—¿Tendremos una boda de verdad? –quise asegurarme.

—¿Vestido blanco, flores, damas de honor y testigos? ¡No espero menos! –contestó desatando la risa.

Me uní a sus carcajadas y le besé en los labios; aunque no era así cómo quería celebrar mi boda, me alegraba verle de tan buen humor.

—¡Pues claro que me casaré contigo!, lo estoy deseando.

Edgar me abrazó con fuerza alzándome del suelo; su alegría se propagó por el aire, fundiéndonos a ambos.

—Desde ahora todo lo que tengo pasa a ser tuyo, yo no quiero nada, solo me conformo con estar junto a vosotros.

Acarició mi vientre con sus manos transmitiéndome todo su amor. Edgar era el mismo hombre de siempre, sonreí al constatar de qué forma tan astuta me había pedido matrimonio, no es que no deseara casarse conmigo, era una forma sutil de dejarlo todo bien atado por si alguna vez le pasaba algo; no quería dejarnos desprovisto a su hijo o a mí si legalmente estaba en su mano poder evitarlo. Él era así, teniendo todo firmemente controlado lograba relajarse.

 

¿Qué es la felicidad?

Según la Real Academia Española, la felicidad es un “estado de grata satisfacción espiritual y física”.

Benjamin Franklin explicó que la felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días.

Friedrich Nietzsche expuso que el destino de los hombres está lleno de momentos felices, toda la vida los tiene, pero no de épocas felices.

He reflexionado mucho sobre la felicidad y su significado durante todo este tiempo, he leído a autores importantes, viso películas y hablado con personas que creen haberla encontrado, pero para mí es levantarte cada día sin saber lo que va a ocurrir, dejar simplemente que la vida te sorprenda, desear que los días no terminen porque estás justo donde quieres estar. Cierto es que la felicidad es un estado de la mente y el espíritu que no dura siempre, se compone de pequeños momentos que hacen que tu corazón estalle, que tu sonrisa se expanda y crezca algo dentro de ti. Pero ahora me doy cuenta de que no fue hasta el momento en el que puse un pie en Escocia, que experimenté la verdadera felicidad.

 

 

Hacía un día claro y despejado. El sol entraba por la ventana iluminándolo todo. Acerqué una silla al cristal y me senté a contemplar la idílica imagen que se representaba fuera. Edgar estaba tumbado sobre el césped recién cortado, mientras Briana corría alrededor de su padre, saltaba y le esquivaba esperando a que la atrapara. Los observé largo rato en silencio, ese era el puro ejemplo de la felicidad, Edgar no podía estar más orgulloso de tener una hija tan valiente e inteligente y ella amaba a su padre con locura. Era entrañable ver como llevaba sus manitas hacia las de su padre para mostrarle aquello que le interesaba y sabía que él no podía ver, había una complicidad espectacular entre ambos, con tan solo tres años de edad, se había forjado un vínculo inquebrantable.

Sentí una presencia a mi espalda, llevé la mano hacia un lado y esperé a que me la cogiera sin despegar la vista de la ventana.

—¿No temes que Bri se esconda y su padre no pueda encontrarla, o que quede atrapada en algún foso o sufra algún daño y él sea incapaz de atenderla?

Sonreí y negué con lentitud.

—No conoces a Edgar. Jamás dejaría que su hija se alejara lo suficiente como para no intuir en todo momento por donde anda. Confío en él más que en mí misma.

Marcos suspiró y se colocó a mi lado para seguir el juego de su sobrina en el jardín.

—Esa pequeñuela nos ha robado el corazón a todos.

Volví a sonreír.

—Nos ha acercado más –miré a mi hermano con cariño–, su llegada se produjo en el momento preciso, ni habiéndolo planeado hubiese sido tan acertado. Consiguió que Edgar encontrara la motivación y el empujón definitivo para hacer frente a sus problemas y hallar soluciones. Logró que mi terco hermano quisiera estar bien para poder jugar con ella, quererla y mimarla como lo hizo conmigo en mi niñez, hizo que María encontrara a la hija que nunca tuvo y se sintiera realizada teniendo a alguien con quién experimentar peinados, tejer calcetines o gorritos de lana y vestir como a una muñequita. Incluso animó a Philip a querer ser padre, por no olvidar a Steve, que desde que la conoció no pasa ni un solo día que no venga a verla. Briana ha cambiado nuestras vidas en todos los sentidos.

—Y no va a ser la única –Marcos me acarició la barriga de ocho meses y puse mi mano sobre la suya, orientándola hacia el movimiento del bebé que llevaba dentro.

—He pensado ponerle el nombre de papá –miré a Marcos con complicidad.

—Él estaría orgulloso.

Descendí la mirada, el recuerdo de mi padre me entristeció. Una noche se quedó dormido junto a mí en el sofá y jamás despertó. No tuvo la suerte de conocer a Bri y contagiarse un poco de esa felicidad infantil que solo ella podía proporcionarnos.

Marcos me abrazó y besó mi cabeza intentando borrar los malos pensamientos.

 

Si tuviera que elegir un momento mágico, sería el día que nació mi hija.

Mi hermano estaba discutiendo conmigo, porque no le gustaba el nombre que había elegido. No es muy común, pero es escocés y me gusta el significado que tiene: Mujer valiente, fuerte e independiente; justo lo que yo siempre he querido ser. Esta niña sería perfecta y por lo tanto, tendría el nombre ideal para ella.

Edgar estaba leyendo unos apuntes en braille, ajeno a la disputa sobre el nombre de Bri, pese a ser el padre, tenía poco qué decir, me dejó a mí la responsabilidad de ponerle el nombre porque sabía que eso me hacía feliz, aunque sospecho que en realidad fue porque era consciente de que mi cabezonería no dejaría que nunca llegáramos a un acuerdo.

Me levanté y fui hacia la cocina a por un vaso de agua y ahí lo sentí, una vez más, un pinchazo en la espalda que me obligó a quedarme quieta. Llevaba toda la mañana con molestias pero no fue hasta ese momento, cuando el dolor se hizo tan insoportable que no tuve más remedio que pedir ayuda.

Cuando llegamos al hospital, Steve acudió enseguida, pese a que traer niños al mundo no formaba parte de su competencia, no quería perder esa oportunidad, pues era algo que le hacía mucha ilusión. Me daba vergüencita que fuera precisamente él quién tuviera que verme desnuda y de esa guisa, pero luego pensé en Edgar. Unas semanas atrás Steve había estado dándole clases prácticas con un muñeco y una vagina de silicona de la facultad para que supiera cómo debía colocar las manos para ayudar a nacer a Bri. Era la única manera en la que un hombre ciego podría “ver”, por decirlo de alguna manera, el nacimiento de su hija y no quería estropear ese momento. Solo a Steve se le ocurriría la descabellada idea de dejarle asistir mi parto sobre su atenta mirada y por ello los dos estaban emocionados, practicando una y otra vez con un muñeco, preparándose para el gran momento.

Fue inevitable no reír de sus juegos, era algo digno de ver.

Lo curioso es que, mientras los veía comportarse como críos jugando a las casitas de muñecas, no sentía miedo. Era algo nuevo para mí y debería estar preocupada por la forma en la que iba a llevar mi parto, sin embargo, fui incapaz de decir nada al respecto. No quería chafar sus ilusiones y Steve me había dicho que si percibía cualquier indicio de complicación actuaría de inmediato. Por lo demás, solo debía confiar en que llevaría un parto normal, tal y como apuntaban las últimas ecografías.

Y así fue. Fue un parto rápido, controlado y sin complicaciones.

—Déjame tus manos, Edgar, ya se ve la cabeza.

Steve orientó sus manos y dejó que Edgar pusiera en práctica todo lo que había aprendido.

—Rodea su cuello con los dedos y aprovecha un empujón de Diana para extraer la cabeza. ¿Preparada, Diana?

Me mordí el labio inferior y apreté con fuerza, empujé hasta quedarme sin aire en los pulmones.

—Ya lo tienes, ahora espera un momento.

Steve me ordenó empujar mientras introducía los dedos para sacar los hombros mientras Edgar seguía sosteniendo la cabeza de Bri entre sus manos.

Cuando me di cuenta, ella ya estaba fuera. Edgar llevó su cuerpecito y la depositó sobre mi pecho.

Lloré de emoción en cuanto la tuve entre mis brazos. No podía dejar de mirarla mientras reptaba por mi cuerpo hasta alcanzar el pecho. Edgar cortó el cordón umbilical con la ayuda de Steve antes de venir junto a nosotras y recostarse en la cama.

En ese momento éramos una auténtica familia. No nos faltaba nada. Desvié la mirada para encontrarme con él y vi sus ojos brillantes, la emoción aún seguía patente en su rostro. Se inclinó despacio y me besó la cabeza, supe en ese instante, que me daba las gracias por no abandonarle en el peor momento de su vida y seguir a su lado, demostrándole que no estaba todo perdido, que aún podía hacer grandes cosas y vivir grandes momentos.

 

“Había llegado incluso a pensar que la oscuridad en que los ciegos vivían no era, en definitiva, más que la simple ausencia de luz, que lo que llamamos ceguera es algo que se limita a cubrir la apariencia de los seres y de las cosas, dejándolos intactos tras un velo negro”.

Ensayo sobre la ceguera. José Saramago.

Pero es más que eso, los seres y las cosas siguen existiendo bajo el velo negro y actuando en consecuencia, lo único que cambia es la manera de percibir el mundo. El propio José Saramago también expuso que la ceguera es vivir en un mundo donde se ha acabado la esperanza. Y eso es algo que yo siempre he tenido claro desde el principio; por muy malas cartas que nos reparta el destino, jamás debemos perder la esperanza de que todo va a mejorar, cueste lo que cueste, tarde lo que tarde.

 

 

 

FIN

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