ANNABEL VÁZQUEZ

La última decisión

—¡Gracias a Dios que habéis venido! ¡Nunca le había visto así, no sé qué hacer!

María nos abordó nada más abrir la puerta. Escuchamos un enorme estruendo en el piso superior. Steve y yo cruzamos una mirada de preocupación y sorpresa.

Ascendimos las escaleras con premura, al llegar al descansillo de la segunda planta vimos que todo estaba revuelto, parecía como si hubiera pasado una estampida. Me agaché para recoger una de mis camisetas que yacía próxima a las escaleras. El corazón empezó a latir con fuerza al escuchar los gritos de Edgar que provenían de su habitación. Tuve que apoyarme en la pared porque sentí como la cabeza empezó a darme vueltas.

—¿Qué coño está pasando aquí?

—No necesito tus sermones, Steve, solo quiero acabar con todo de una maldita vez.

—¿Y crees que esta es la mejor manera?

—¡No quiero nada que me recuerde a ella! ¿No lo entiendes? No necesito que nadie esté conmigo por pena, que me diga lo que quiero oír y me anime a hacerme ilusiones. ¿Qué necesidad había de hacerme pasar por eso?

—¡Edgar! –le llamé recobrando las fuerzas para encararle.

—¿Qué estás haciendo aquí? ¡Vete! –rugió en mi dirección.

—Cálmate, estás perdiendo los papeles –intervino Steve, colocando una mano sobre su hombro.

—¡No quiero calmarme!, odio todo esto, ¡os odio a todos por hacerme pasar por este calvario! Yo debería estar muerto –sus lágrimas de ira corrían rápidas por su mejilla hasta perderse en el suelo.

Le contemplé con tristeza. Todo se estaba viniendo abajo sin control, nada podía frenarle.

Empezó a golpear con tanta fuerza la pared que Steve tuvo que contenerle.

—¡Iros de una maldita vez, dejadme solo! –gritó.

Steve intentó retenerle unos segundos inmovilizando sus brazos, pero Edgar se revolvió inquieto hasta tirarlo al suelo.

Cuando Steve logró ponerse en pie, caminó hacia mí y me cogió de la mano con decisión, su rostro reflejaba una rabia palpable.

—Déjale, no sabe lo que dice, te llevaré a mi casa.

—¡Así que era eso lo que tramabas!

Los dos nos giramos en la dirección de Edgar.

—¿Cómo dices? –preguntó Steve desafiante. Empezaba a cansarse de los desvaríos de su amigo.

—Querías a Diana desde el principio, no lo niegues, ella te gusta. No te culpo –añadió con fingida indiferencia–, este es tu momento, contigo podrá llevar una vida normal.

Le contemplé boquiabierta; ¿había perdido la cabeza? Steve parpadeó preso de la incredulidad.

—Algún día te arrepentirás de esto, solo espero que no sea demasiado tarde.

—¡Oh, vamos! No finjas que te preocupas por mí, seguro que esta ha sido tu estrategia desde el principio y debo admitir que has sido muy astuto. En ningún momento tuve la más mínima sospecha de que me apuñalarías por la espalda.

Vi el telón del odio cubrir el rostro de Steve. Se acercó a Edgar dando enormes zancadas y sin mediar palabra le empujó hacia atrás con ímpetu.

—No tienes ningún derecho a tratarnos así y no pienso consentírtelo.

—¡Steve! –le llamé desde el otro extremo de la habitación, pero no pareció escucharme.

Edgar embistió hacia delante y le agarró de la camisa, escuché el repicar de sus botones al caer al suelo. Su cuerpo se movió tan rápido que apenas me dio tiempo a ver la sucesión de movimientos que hizo que la espalda de Steve quedara contra la pared.

En ese momento se acabó la paciencia de ambos y se desató una encarnizada pelea que ni mi llanto ni mis protestas lograron detener. Los puñetazos volaban mientras sus cuerpos chocaban contra los muebles y objetos; no iba a acabar bien.

Hubo un momento en el que Steve se deshizo de Edgar y le propinó un puñetazo en la cara que lo tumbó.

—Te lo mereces por gilipollas –terminó Steve llevándose una mano a la cara.

Observé cómo se limpiaba una gota de sangre de la nariz y no lo pude evitar; decidí tomar cartas en el asunto.

—No me lo puedo creer, ¿os estáis viendo? ¡Sois amigos! –enfaticé con lágrimas en los ojos– Y os estáis peleando por una estupidez.

—No te metas –intervino Edgar, levantándose del suelo.

Steve frunció los labios y en el momento en que su amigo se ponía en pie le dio una fuerte colleja que resonó entre las paredes. Edgar saltó sobre él como un león hambriento, y esta vez, corrí para ponerme en medio de ambos, separándolos con todas mis fuerzas.

—¡Dejadlo de una maldita vez! ¡Os comportáis como críos!

Miré la cara de Edgar y también estaba magullada, tenía un arañazo a la altura del pómulo.

—En eso tiene razón –constató Steve– nos estamos comportando como adolescentes, ¿a quién pretendemos engañar? Ni siquiera tenemos fondo físico para una pelea.

Edgar se tambaleó hacia atrás, intentando recobrar el aliento tras el esfuerzo.

—Habla por ti, siempre has estado algo fondón.

—¿Fondón, yo? –preguntó con incredulidad– Supongo que por eso la pelea no ha ido a más, yo estoy en baja forma y tú no ves una mierda.

Steve rió, pero a mí no me hizo gracia su comentario.

—Sé que necesitabas desahogarte –continuó Steve, muy serio–, solo era cuestión de tiempo que estallaras, te veía demasiado entero tras la operación, no era normal, pero para otra vez, intenta no meter a Diana en esto, las discusiones deben quedar entre tú y yo.

Edgar se llevó la mano hacia su herida y se manchó los dedos de sangre.

—Eso no cambia las cosas. Necesito estar solo, así que si me disculpáis…

—Espera un momento, voy a por el maletín y te curo eso.

—Déjalo, no me importa.

—Insisto.

Steve bajó las escaleras sin hacer caso a las quejas de su amigo.

—Deberías irte con él, Diana. No quiero que permanezcas aquí ni un minuto más.

Mis ojos se abrieron como platos. Parecía como si me estuviera mirando directamente mientras me desterraba de su vida. Una vez más.

Aguanté estoicamente las ganas de desatar el llanto, pero cada vez me quedaban menos fuerzas; no podía seguir luchando constantemente y eso me llevó a pensar que tenía que tomar una decisión, la última de mi vida por el bien de ambos: seguir adelante con o sin él. Y decidiera lo que decidiera, no habría vuelta atrás. Si decidía irme sería para siempre y no recaería en la tentación de interesarme por él, empezaría una nueva vida lejos de su recuerdo. Si me quedaba seguiría a su lado como he hecho hasta la fecha, pero para ello Edgar debería aprender a controlarse, a aceptar los cambios y adaptarse.

Bajé lentamente las escaleras sin decir nada, confusa, intentando decantarme hacia uno de los dos caminos.

Cuando llegué abajo vi que Steve entraba con el maletín en la mano y una idea cruzó rápida por mi cabeza.

—Déjame a mí –le dije arrebatándoselo.

—¿Estás segura?

Asentí, convencida.

Volví a ascender y entré en la habitación de Edgar. Ahora estaba mucho más tranquilo, sentado sobre la cama, pensando en sus cosas.

Me acerqué a él y deposité el maletín a su lado. Lo abrí y cogí algodón y desinfectante. Fui dándole pequeños toquecitos en el pómulo, borrando los restos de sangre. No le hizo falta preguntar, sabía que era yo la que estaba a su lado, pese a que aún no me había pronunciado.

Suspiró hondo y se dejó hacer, parecía haberse rendido por completo.

—Una vez me dijiste que yo nunca querría estar contigo si no tenías nada que ofrecerme –empecé con tranquilidad, concediéndome mi tiempo para reflexionar sobre lo que le iba a decir.

Edgar emitió un bufido.

—En aquel momento no supe verlo pero ahora me doy cuenta de que tenías razón.

—Ahora eso ya da igual.

—Yo creo que no, a decir verdad sí necesito algo que solo tú puedes ofrecerme. Es la única forma para que esto pueda funcionar, de lo contrario, no vale la pena todo este esfuerzo, esta dedicación… Si no vas a darme lo que te pido, entonces, me iré para siempre y no volverás a verme, te lo prometo.

—Tal vez ahora soy yo el que no quiero que te quedes. Te lo dije en su día y te lo repito ahora, Diana, esta no es vida para ti. Que estés a mi lado en estos momentos no nos hace ningún bien a ninguno de los dos.

—Yo sé lo que quiero, no decides tú lo que me conviene, decido yo y no tengo dudas. Ahora la pregunta es si tú estás completamente seguro de querer echarme de tu vida, que no se trata de ningún arrebato. Si es realmente lo que deseas, si estás convencido de que nuestras diferencias son insalvables y que tus limitaciones son un insuperable obstáculo, entonces, tal vez, tengas razón y debamos separar para siempre nuestros caminos.

Como imaginaba no contestó. Se quedó en silencio porque entendió que en su respuesta estaba el empujón definitivo para mí y que a partir de lo que dijera yo actuaría en consecuencia. Esta vez no habían dudas, ni siquiera me quedaban fuerzas para seguir insistiendo, luchar a contracorriente e intentar hacerle cambiar de parecer. Respetaría su decisión fuera cual fuera, después de todo, todas las personas tenemos un límite de desprecios y yo acababa de sobrepasar el mío; no iba a consentir que siguiera tratándome de ese modo, así que, o estaba conmigo bajo mis condiciones o sin mí.

—Veo que no tienes nada que añadir –observé, escondiendo una triunfal sonrisa.

Descendió el rostro, avergonzado.

—Sé que aunque digas lo contrario, en el fondo no quieres que me vaya, y eso es justo lo que necesito para quedarme.

—Pero regresas a España –me recordó.

—Sí, la idea era hacer un viaje, pero distes por sentado que era para alejarme de ti y no es esa mi intención –fruncí el ceño– ¿Por qué después de todo lo que te he dicho, de todo por lo que hemos pasado, de todo lo que he hecho por ti… sigues teniendo tantas dudas? ¡Con la de veces que te he dicho que te quiero, con las muestras que te he dado!

Edgar suspiró, desviando nuevamente el rostro.

—Supongo que nunca ha tenido sentido que me quisieras. No he hecho las cosas bien, prácticamente te he arrastrado a una relación que no querías y…

Llevé mis manos hacia su rostro.

—Eres tonto, ¿lo sabías?

Rió por lo bajo. Sus manos trémulas buscaron mi rostro hasta dar con él y acariciarlo. Descendió el pulgar por el pómulo y siguió hasta la comisura de los labios, los pinceló levemente y detuvo sus manos al palpar la herida que había dejado grabada en mi labio inferior.

—¿Esto te lo he hecho yo?

Asentí.

Sus manos se congelaron en mi rostro un rato, luego se apartaron de mí.

—Por favor, Diana, perdóname, nunca he querido hacerte el menor daño.

Su disculpa fue sincera, parecía tan arrepentido que incluso llegó a conmoverme.

—Ya lo sé, no te culpo. Pero esto no tiene que volver a pasar, ¿me oyes? Nunca.

—Por nada del mundo –confirmó.

—Quiero que me des tu palabra respecto a que siempre controlarás tu genio, jamás volverás a perder los estribos, por muy mal que lo estés pasando. Quiero que me ofrezcas una vida tranquila, que me ofrezcas risas y cariño. Quiero encontrar en ti un hombre con el que poder hablar de cualquier cosa, que me apoye cuando quiera librar una batalla perdida, que me consuele cuando tenga días malos, que me ofrezca una salida cuando esté frustrada… Quiero tantas cosas de ti…

Suspiré y cogí sus manos.

—Puedo intentarlo, pero no te aseguro que pueda conseguirlo.

—Necesito garantías, Edgar, necesito saber que vas a poner de tu parte para cubrir mis demandas, aunque si estas te han parecido muy exigentes, aún no te he dicho la más importante de todas.

—¿Hay más?

—Mucho más –confirmé.

Ladeó el rostro, intrigado.

—¿Qué quieres, Diana?

Expiré con fuerza por la nariz. Miré a mi alrededor, buscando algo, no supe exactamente el qué hasta que lo encontré en el maletín de Steve.

Cogí el sofisticado fonendoscopio y me senté en la cama a su lado. Se lo coloqué con delicadeza en los oídos, él se mostró reacio hasta que palpó lo que era y se relajó. Ascendí un poco la camiseta y llevé la campana del aparato hacia mi vientre.

—¿Qué haces?

No hablé. Empecé a mover el aparato de un lado a otro de mi vientre hasta que su rostro cambió de repente. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y llevó su mano hacia el aparato orientándolo hacia el sonido.

—No puede ser… –susurró con voz ronca.

—Necesito tener garantías de serás un buen padre. Ahora ya no se trata de ti o de mí, hay más personas en juego.

—¿Cuánto hace que lo sabes?

—Casi dos meses.

—¿Por qué no me lo has dicho?

—No era el momento, con todo por lo que hemos pasado…

Cerró los ojos y percibí el dolor en su rostro.

—¿De eso hablabas con Steve en el hospital?

—Tuve que contárselo –reconocí con un suspiro–, él me realizó el test de embarazo que confirmó mis sospechas. Quería que te lo dijera, pero con tantos cambios en casa no me pareció oportuno.

—No sé qué decir… –titubeó–, leí tu historial médico y ponía que tomabas pastillas anticonceptivas, no imaginé que…

Apreté el puente de la nariz con el dedo índice y pulgar.

—Olvidé que lo sabías todo de mí –contesté–, no te equivocabas, las tomaba para regular el ciclo menstrual pero al poco de llegar aquí se me acabaron y prescindí de tomarlas. Supongo que en el momento de… –tragué saliva, incómoda–, me dejé llevar sin acordarme siquiera de ellas y… lo siento –me disculpé–. No pretendía que esto sucediera.

Volví a sentir esa sensación nostálgica que me hacía sentir vulnerable.

—Supongo que yo tampoco me preocupé de tomar precauciones.

Suspiré, algo triste.

—He sido un gilipollas, Diana –se masajeó la sien con una mano.

Obvié su comentario y continué.

—Planeaba ir a España y comunicárselo personalmente a mi hermano, es una noticia importante y no quería dársela por teléfono. Tengo la certeza de que le animará saber que va a ser tío… Aunque antes debía encontrar el momento para decírtelo a ti, pero entonces leí estadísticas que exponían que los primeros meses de embarazo son delicados y que con frecuencia se interrumpen de manera natural, así que no quería crear falsas expectativas por si acaso había algún contratiempo de de última hora. Así que le pedí a Steve, encarecidamente, que no dijera nada hasta estar seguros.

Descendió el rostro con pesar y cerró los ojos. Podía adivinar cómo se encontraba en ese momento: arrepentido, emocionado, culpable, ilusionado, avergonzado, feliz, preocupado… tatos sentimientos contradictorios eran difíciles de encajar y un nudo se atascó en su pecho, impidiéndole reaccionar.

—Así que necesito una respuesta: ¿vas a permanecer junto a nosotros o a apartarnos para siempre de tu vida? Elige bien Edgar, porque esta vez no habrán segundas oportunidades.

Llevó las manos hacia sus ojos para impedir que cayeran las lágrimas; fue inútil. Entonces se armó de valor y chocó contra mí abrazándome con fuerza.

Le devolví el abrazo, sellando con nuestros brazos el acuerdo al que acabábamos de llegar; no podía ser de ningún otro modo.

Los dos nos fundimos en ese emotivo abrazos y lloramos descargando las emociones que se agitaban con fuerza en nuestro interior.

Lo había conseguido. No pude evitar pensar en nuestros inicios y revivir fotograma a fotograma a cámara rápida todo lo que había acontecido en este último año. Cómo llegué a Escocia siendo una niña atolondrada e ingenua, sin intención de implicarme más de lo estrictamente necesario y fui sumiéndome cada vez más en un mundo que me superaba y atraía a partes iguales. Desde fuera podía parecer que Edgar era quien tenía el control de la situación en todo momento, quien imponía sus normas y me obligaba a acatar sus demandas, pero no fue hasta ese último abrazo, donde comprendí que quien había tenido la sartén por el mango todo este tiempo era yo, y siempre había sido así.

 

Desde ese día pusimos punto y aparte en nuestras vidas para empezar un nuevo capítulo, y lo cierto es que resultó más sencillo de lo que esperábamos. Edgar se entrenaba durante el día junto a Matt, a mí me dedicaba todas las noches, sin saltarse una mientras mi barriga no dejaba de crecer. El embarazo nos abrió más como pareja, pues eso hizo que aparcáramos los problemas y nos centráramos en cosas más importantes, como en la ilusión de vivir una experiencia única por primera vez en nuestras vidas. Aunque no fue el hijo que se gestaba en mi vientre lo que nos mantuvo unidos, fueron los sentimientos que habían surgido y proliferado entre nosotros.

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