JOSÉ MARÍA ROSENDO

Habían pasado cuatro meses desde el encuentro con el grandulón y nunca tuvo noticias mientras vivía en el antiguo departamento. Una mañana mientras atendía al público en la caja, sintió una voz que le dijo que quería cambiar doscientos dólares. Le llamó la atención el sonido gutural de esa voz, creyó haberla escuchando anteriormente. Cuando levanto la vista se encontró con la mirada del gigante, que lo miraba con una ferocidad que daba pavor. Cuando le entrego los doscientos dólares junto al dinero le dejó una nota. Hizo el cambio y se guardó el papel envuelto en su pañuelo, sin que ningunos de sus compañeros lo estuvieran mirando. La nota decía que quería todo el dinero. Él enorme se dio vuelta y vio que no había nadie detrás de él. Lo miro como siempre: fijamente y muy despacio le dijo que a la salida del banco quería verlo en el bar de la esquina. Se había hecho la ilusión de no verlo más, desde que se cambió de domicilio. Pero era la primera vez en su vida que a pesar de correr peligro su vida, no tenía miedo. Ese dinero en la caja de seguridad le pertenecía pensó. Solo tenía que idear un plan para zafar del grandulón. A la salida se dirigió al café. Mientras llegaba al bar, no tenía idea de lo que le diría, pero la improvisación es lo mejor en estos casos pensó. Cuando entro vio al malandra sentado en un lugar apartado de la entrada y donde no había ningún parroquiano junto a él. Se acercó y lo miro a los ojos, como diciéndole aquí estoy, y no te tengo miedo. El sujeto lo miro con desprecio y le hizo una seña para  que se sentara.

–    Nos volvemos a encontrar Juan. ¿Pensaste que no iba a parecer nunca más no?

–     Mire, yo no sé quién es usted y a que se dedica. Tampoco me interesa, pero ya que piensa eso, es verdad, pensé que ya no estaba entre los vivos.

–    ¡Pelotudo! ya ves que estoy vivo y coleando. Y quiero mi dinero; y cuando digo que lo quiero, eso significa que hoy mismo me lo das. Paso por tu nueva casa y me lo das como un buen pendejo, y aquí no ha pasado nada.

–      Dígame ¿Como hizo para saber dónde vivo, y donde trabajo?

–     Pendejo de mierda, con quién crees que estás hablando, con un principiante. Te puedo encontrar tanto aquí como en la china. Pero sin cambiar de tema hoy a la 18hs paso por el lugar donde vivís. Eso lo entendiste. Te lo vuelvo a repetir porque sos bastante limitado.

–    Si entendí, pero hay un pequeño problema.

Cuando Juan dijo problema, el golpe en la mesa con el puño cerrado hizo que la taza de café saltara de la mesa. Y los pocos clientes que había, se dieran vuelta para ver de dónde provenía ese golpe seco y fuerte.

–    ¡Qué carajo me estás diciendo! ¿De qué problema me hablas?

–    Como usted lo dijo recién, pensé que estaba muerto y no iba a tener tanto dinero en el lugar donde vivo.

–    Por tu bien, espero que no digas ninguna boludez, porque te hago mierda aquí mismo tarado.

–    Mire, no siga insultándome porque no va a conseguir nada con eso. Si no me interrumpe puedo decirle que hice con el dinero.

–    ¡Con mi dinero querés decir!

Juan no dijo más nada, se quedó mirándolo fijamente sin decirle una sola palabra. Juan noto en la expresión del gorila por primera vez, que en sus ojos no había llamas de odio. Solo le hizo una seña con la mano para que continuara. Juan se tomó unos segundos para continuar y fabricar una mentira creíble.

–    Le sigo comentando que hice con SU DINERO. Al pensar que ya no lo volvería a ver. Me pareció lo más prudente invertirlo y obtener de esa manera un incentivo que además hace acrecentar el capital invertido.

–    Te doy cuarenta y ocho horas para que lo recuperes, y me lo entregues con los intereses incluido.

–    Entonces retiro las diez lucas verdes que me iba a dar por el trabajo. De eso se acuerda ¿no?

–    Sí, eso lo veremos cuando tenga el dinero en mis manos. Sé que seguís teniendo el mismo número de tu celular. Ténelo siempre prendido. Y no te pases de listo. No me hagas enfurecer; esto te lo digo por tu bien.

Juan, se levantó y salió del bar sin saludarlo. Mientras iba camino a su casa pensaba, que estaba en lo correcto, jamás iba a darle las diez lucas y encima lo iba a matar. Tenía que tener una vía de escape y pronto pensó. Apagar su celular, eso era algo que tenía que hacer hace tiempo. No tenía a nadie que lo llamara, ahora sí, el mastodonte. Enseguida pensó en Laura una de las secretarias de la sección en cuenta corriente. Tuvo por primera vez después de tantos años en el banco, el primer acercamiento con alguien de la misma clase laboral. Siempre se encontraban cuando le hacían el relevo e iba al lugar donde podían tomar café, té, y o agua. Y le había dejado el número de su celular, no quería tenerlo apagado. Juan tenía ahora dos ventajas con relación a los compañeros de trabajo. Una: contaba con suficiente dinero para obrar de otra manera, y la otra era su cambio físico. Ya no lo ignoraban como antes, algunos ya comenzaban a saludarlo e inclusive a invitarlo a tomar unos tragos a la salida del banco. Ese dinero hizo que cambiara totalmente su actitud frente a los demás. Recibió el incentivo como el mejor empleado del mes. Ese trato con los demás empleados le dio la oportunidad de conocer a Laura. Esa misma noche la había invitado a cenar; y pensó que justo se encontró con la bestia; pero eso no lo amilano, pensaba disfrutar de la velada con Laura. Después vería que sigue. Desde el comienzo sabía que eso le podía costar la vida, y estaba convencido de lo que hacía, de otra forma, moriría lentamente en la miseria, y en la ignorancia de los semejantes que lo circundaban.

* * *

–    Hola Laura, estas preciosa.

–   Gracias Juan sos muy amable. Tenés algún lugar pensado, o vamos sin rumbo hasta encontrar alguna cantina y poder cenar tranquilos.

–    Mira tengo el auto estacionado en la esquina, no había sitio más que en ese lugar. No te importa caminar.

–    No para nada. -le dijo mirándolo a los ojos con un interés que Juan se percató lo que significaba esa mirada.

–    Mira con el auto me gustaría recorrer el barrio T. ¿Qué te parece?

Encontraron un pequeño y bohemio restaurante, en una esquina. Ambos se miraron y aprobaron la elección. Entraron y se ubicaron en un lugar donde un viejo reloj de pared, hacía más acogedor ese sitio que habían ocupado. Los dos estaban eufóricos. No paraban de hablar y en la conversación Juan no quiso contarle la verdad de todo lo que había pasado hasta no hace mucho tiempo. Solo corrigió esos momentos por los que siempre había soñado tener: los hizo en ese instante realidad. Supo de ella, todo lo que un hombre quiere conocer de la mujer que ama, o en este caso, que le gusta mucho. Mientras conversaban Juan en un movimiento involuntario de su cabeza ve al mastodonte sentado en diagonal a su mesa mirándolo fijamente. Los dos no bajaron la mirada. Laura se percató de que algo estaba pasando. Laura miró al hombre que Juan estaba observando.

–    ¿Juan sucede algo?

En ese instante desvía la vista y mira desconcertado a Laura.

–    No…No pasa nada Laura.

–   Tu cara esta lívida, ¿Juan qué pasa? hay algo que no puedo saber, si es así, no insisto más. Pero me preocupa verte de esta  manera, cuando hace un instante tu rostro tenía el semblante de la despreocupación.

Juan no le contesto, por primera vez no tenía ningún argumento que despejara la preocupación de Laura. Era consiente que su estado había preocupado a Laura y algo tenía que decirle, pero pensó que la verdad la ahuyentaría de su lado y no sabía el riesgo que podría tener ella sí le contaba la verdad. No se le ocurrió que decirle. Ella volvió a mirar donde se encontraba el ogro y el lugar estaba vació.

–    Juan ya se fue.

Cuando termino de decirle que se había ido, le agarro su mano y la apretó fuerte contra su mano.

–    Juan, creo que desde que nos conocimos, sentimos algo por separado de lo que uno piensa del otro. Yo te voy a decir lo que siento; desde que te vi por primera vez, tú mirada me hechizo, y de ahí en adelante, durante todos los días que nos encontrábamos, pensaba este es el día que me va a invitar a salir. Paso un tiempo y hoy dijiste la palabra mágica que tanto esperaba. No sé si esto que te estoy diciendo puede atenuar la preocupación que llevas encima, porque te confieso que te quiero y por ese sentimiento estoy contagiada de lo mismo de vos.

Corrió la silla al lado de ella, y beso su mano. La miro y vio que sus ojos estaban formando hilos límpidos de lágrimas. La fue secando con su mano al instante que le decía que el sentía lo mismo por ella. No le dijo nada, se levantaron y se fueron. Juan manejaba tranquilo pero su mirada estaba esquiva a la ojeada de Laura., no quería decirle nada, tenía más miedo por ella, que por él.

* * *

Cuando le fue desabrochando el vestido, vio sus pechos túrgidos y se agitaban  cuando su mano tocaba sus pezones. Ella le quitaba la camisa y sentía el olor característico a la sudación sexual del hombre. Eso la excitaba y no podía contener esa sofocación que le hacía murmurar cosas al oído. El placer que sentía era pleno, profundo. Cuando sintió la penetración de él, se aferró con fuerza a su cuerpo como para que no se fuera, era el momento que más lo necesitaba. Cuando terminaron estaban los dos todavía con la agitación del placer que había compartido.

Laura dormía cuando la miraba embelesado. En ese momento se preguntaba como una chica como ella, que podría tener un hombre mil veces mejor que él, se fijara en un sujeto de su estatura. Se levantó y fue a la cocina, se sirvió un café y se sentó apoyando toda su osamenta sobre la mesada de la mesa, como si un peso sobre cargado de penurias lo hiciese recostar sobre la mesa. Tenía dos preocupaciones: una tenía que dejar a Laura fuera de esto, la segunda ver cómo se podía zafar del ciclope. Estaba en esas cavilaciones cuando sintió la mano de Laura abrazándolo mientras lo besaba despaciosamente, como para no lastimarlo. La hizo girar, la sentó arriba de él, que al mismo tiempo iba bajándole la tanga diminuta que a Juan lo enardecía cuando se la veía puesta. Al terminar pensó que esa cogida inesperada fue una satisfacción inesperada y hermosa que fue provocada por Laura.

* * *

–    Juan créeme cuando te digo que me preocupa lo que te está pasando desde que viste a ese hombre en el restaurante. Quizás si me lo contaras, podemos encontrar una solución ¿no te parece?

Juan le contó con todos los detalle desde que se encontró con el bárbaro montañés. Trato de que lo que le decía, ella lo entendiera para que no le quedara ninguna duda.

–   Laura, vestite, te llevo a tu casa, no quiero que estemos juntos hasta que arregle este asunto. Con él bestia, corres tanto peligro vos como yo. Eso es lo último que quiero que pase.

–    Pero si estamos juntos va a ser mejor, podemos hacer algo para que no nos moleste más.

– Sí, entregarle el dinero, y a continuación estamos los dos muertos. No, tengo que encontrar la manera para acabar con esta escoria. Vamos a cambiarnos y te llevo.

Cuando regreso al departamento y quiso abrir la puerta, esta estaba semiabierta. La fue abriendo despaciosamente. Todo estaba oscuro. Cuando prendió la luz, todo el departamento estaba totalmente revuelto, cajones abiertos, libros tirados por el piso, todo lo que hay en un placard, estaba por el suelo. Le daba la sensación que no tocaba el piso al caminar. Cada paso que daba lo hacía sobre el desbarajuste que estaba esparcido por toda la superficie del departamento. Se quedó parado, desorientado, no sabía por dónde empezar y tampoco tenía ganas de acomodar un solo objeto. Miro la cama que había estado con Laura, y estaba despedazada. El colchón abierto y los travesaños laterales rotos a patadas. Se sentó en la única silla que había quedado sana, y pensaba como iba hacer para salir de ese embrollo en que se había metido, pero en su interior no notaba ningún arrepentimiento, sino todo lo contrario, esto que había hecho, fue para él una liberación a su comportamiento retraído. Cuando el teléfono sonó. Se sobresaltó y fue como si mil hormigas lo hubiesen poicado a la misma vez. Buscó el teléfono que estaba apoyado pero no descolgado sobre el piso.

–    ¡Hola! ¡Hola!

–  Juan se te acabo el tiempo, viste como te deje el departamento, bueno así vas a quedar vos si mañana no me entregas el dinero.

–   No había necesidad de hacer esto en el departamento. Porque no me llamo por teléfono y le daba información de lo que usted busca.

–    Sos un pelotudo, de eso no cabe la menor duda. Qué carajo crees que estoy buscando.

–    Ya hable con el banco y recién mañana a la tarde liberan el dinero. Solo son cuarenta y ocho horas más de demora. No tengo otra forma de encontrarme con la plata. Para retirarla es una operación que lleva su tiempo. Al estar colocada no es como tener una cuenta corriente y se retira la plata por caja. Mire, haga lo que usted quiera, pero tiene dos opciones: la primera es esperarme a que me entreguen el dinero: la segunda, si usted me destripa, la plata no la ve más. Está en usted lo que quiera hacer.

–    Pendejo, escúchame bien, yo mañana te llamo a la tarde para combinar la entrega para pasado mañana. Si hay otro problema, me cago en la guita y te destripo como te dije. Eso lo entendiste.

–    Si, lo entendí muy bien. Así quedamos. Clic´

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