JOSÉ MARÍA ROSENDO

Juan esa noche no podía dormir, era una noche de vigilia, y en esa vigilia le resultaba imposible encontrar una posición, ya no para poder dormir, sino para encontrarse cómodo acostado en esa cama, que más que una cama en ese momento le parecía un lecho de prisión. Todas las vueltas dadas y el desvelo lo hicieron levantar.

Fue hasta la cocina y se calentó un café, era lo que necesitaba para despistar el insomnio que se le hacía muy pesado aguantarlo. Se sentó y como siempre pensó, que lo que le sucede les pasa a todas aquellas personas que conviven con la soledad. Cuando reflexionaba sobre estos temas, se preguntaba porque un joven de treinta y dos años está solo, es muy simple de explicar: se dijo a sí mismo.  Desde muy chiquito sus padres le hicieron sentir que no valía nada. Ya de grande entendió que fueron padres fortuitos. Jamás pensaron en tener hijos. Desde que Juan tuvo uso de razón, siempre, cada día sin faltar uno, le reprochaban que tenían que alimentarlo, que no veían la hora de que crezca. Juan entendió que ese anhelo era para que dejara la casa familiar. Pero cuando un deseo que persiste reiteradamente, se logra hacerlo realidad. Al terminar la secundaria, compartió un departamento chiquito con un compañero de escuela. Ese amigo y Juan eran dos almas gemelas, los dos padecían tragedias familiares muy similares. Mientras convivían, no se molestaban, no hablaban, y solo se veían alguna vez cuando ya era de noche. Pero lo que le quedo gravado a Juan, fue su ida de la casa familiar. No hubo despedida, ni abrazos, ni consejos, no existió nada de nada. Al salir de su casa fue como si nunca hubiera estado viviendo en ese hogar. Eso que recordaba fue hace muchos años. Tenía por entonces diecisiete años.

Nunca  pudo contrarrestar ese polvo dañino que penetra y deja un dolor sordo que no se puede expresar, y menos si no se tiene a nadie para hacerlo. Este siempre fue un pensamiento que le hacía descargar interiormente porque era un tipo taciturno. Eso lo hacía pensar que la culpa era de sus padres; pero era consciente que si ellos tenían culpa, él tenía el mismo peso de lo que le hicieron sentir. No tuvo, o mejor llamarlo: la valentía de superar el desánimo, la tristeza de no ser portador de nada de lo que se llama amor, o algo más simple: cariño. Lo careció hasta el día de hoy. Frente al tazón de café, miro el efluvio del humo y pensaba que podría haber cambiado su vida si se hubiese enamorado. Pero no era un experimentado en asuntos del amor. La soledad y la calle le enseñaron que la experiencia esta intercomunicada a cuatro estados mentales, que se conectan a partir del pensamiento, o sea, que, para pensar se necesita un objeto: la comunicación, necesita el interés: la reflexión, de la crítica; y la meditación, de las imágenes. En esa medianoche de desvelo se descompuso todos los adjetivos con que se compone el pensamiento que estaban incorporados a su mente y todos se dirigían hacía Inés.

Empezó a tener problemas con ella, como siempre lo tuvo con todas las mujeres que estuvieron cerca de él. Todo pasa por que tiene una economía demasiado frágil, y no soporta el peso que Inés pretende que haga lo que ella quiere. Es que no puede solventar sus gustos, son caros para sus bolsillos famélicos, y eso, la enfurecía. Cada vez que se encontraban en vez de disfrutar terminaban en una discusión violenta. Bueno pensó: la que grita es solamente Inés. Él no abría la boca, porque sabía que todo lo que diga: su explicación, y o, excusa como se quiera llamar no lo iba a entender.

Hay días que no le alcanza para comprar cigarrillos, porque si lo hace, no puede ir al trabajo. Sabía que había llegado al fondo del abismo, y estaba seguro de que ya no hay más profundidad donde pueda seguir hundiéndose. No lo pensó más, se vistió y decidió salir a caminar, necesitaba sentir ese frío nocturno porque despejaba todos los razonamientos confusos que circulaban por su cabeza. En ese paseo nocturnal y el viento golpeando su cara lo hacía hablar solo. Era una costumbre que cada día la llevaba más arraigada, y no la podía evitar.

Entro a un pasaje solitario donde no había una luz encendida en ningunas de las casas que iba pasando y menos la iluminación de ese pasadizo por donde caminaba. Todo estaba en silencio; todos dormían. Los envidiaba a todos, que dormían sin pensar en lo que podría pasar el día de mañana.

Al llegar al final del pasaje, cuando iba a entrar a la calle principal del barrio. Un hombre corpulento, con sus ropas desarregladas lo lleva por delante tirándolo al piso. Juan se quedó estático, no comprendía que paso, vio al grandulón  parado junto a él, mirando desesperadamente hacía la esquina opuesta donde estaban los dos. Juan no sabía que actitud tomar, quería gritarle, pero no se animaba, el sujeto era el doble de grande que él. El tipo parado junto a Juan lo miro con desprecio, como algo que es descartable.  Juan vio en su cara una mueca de asco. En una mano lleva una pistola empuñándola fuertemente, le dio la sensación de que en cualquier momento dispararía. Sintió miedo; en la otra mano lleva asida también con mucha fuerza una talega de color negra, bastante grande para andar con semejante equipaje a esa hora de la noche. Él individuo se agacho, lo tomo de la solapa de su saco y lo alzo como si fuera una pluma. Con un tono más que amenazador le dijo.

–    Decime tu nombre. ¡Rápido idiota o te cago a tiros!

–    Ju…Juan Ventura.

–   ¡Donde vivís marmota!- Le grito pegado a la cara de Juan.-

–    En M al 1510.

–    Lo volvió a mirar y le dijo: llévate este bolso, mañana lo pasó a buscar. Volvé  por donde viniste. Por este trabajo te voy a dar diez lucas verdes ¿Me entendiste? Si te pasas de listo, te encuentro y te destripo estado consciente. Hace una seña pelotudo que comprendes lo que te dije.

Le contesto con movimiento de cabeza que si comprendía lo que le había dicho. El sujeto lo soltó, le puso el bolso en su mano.

–    Ahora ándate y no te pares en ningún lado, anda derecho a tu casa, que cuando salga de un pequeño problemita te voy a visitar. ¡Ah! Dame el número de tu teléfono.

* * *

Juan no sabía para donde rumbear, el encontronazo y el bolso que el grandote le había dado bajo amenaza de destriparlo, lo saco de todo el raciocinio que en esos momentos le quedaba. Cuando pudo normalizar su razonamiento, continuó camino a su departamento. Al llegar abrió la puerta y apoyo en ella su espalda como descargando toda la tensión de esa noche. Camino despacio hasta la cocina, fue a prepararse un café, cuando se dio cuenta que todavía no había soltado el bolso. Lo miro con extrañeza de quien mira algo espantoso. Lo dejo sobre la mesa y sintió un endurecimiento en sus dedos.

Sentado tomando café, miraba la talega en el otro extremo de la mesa, no quería tenerla cerca, pero la curiosidad comenzó a carcomer su mente. Se levantó y fue a sentarse junto a la cartera. La tomo despacio, como con miedo a romperla. Su mano temblaba mientras iba bajando el cierre. Cuando llego al final tuvo que hacer fuerza para poder abrirlo, como si sus lados estuvieran cosidos. Al separar los extremos no podía creer lo que sus ojos estaban mirando. Pilas y pilas de fajos de dólares. Volvió a sentarte y cuando tomo la taza de café la sostuvo con las dos manos, porque el temblor incontrolable no le permitía mantenerla  quieta, bebió su café derramando parte del líquido.

Fue cubriendo la superficie de la mesada con los fajos de dinero, y era algo que Juan pensó que jamás iba a ver algo semejante. Cuando miró el reloj ya estaba en plena mañana. El sujeto le había dejado un bolso con cuatrocientos mil dólares. Lo primero que pensó es que fue un robo, sino no porque tenía un arma lista. Volvió a colocar el dinero como pudo, pero no logro ingresarlo todo. Con una bolsa de supermercado cubrió el resto. No sabía dónde ponerlo. Pero pensó que en lugar que lo ocultase, cualquier malandra de quinta, lo iba a encontrar en ese cuchitril en que vivía. Lo dejo dentro del placard, y fue a  la ducha. No quería llegar tarde al trabajo. El jefe de personal lo tenía marcado por varías llegadas tardes. En el banco donde Juan trabajaba la puntualidad era una virtud que los jerarcas del banco elogiaban mucho. A veces había un pequeño sobresueldo al que cumplía las normas fijadas por las autoridades del banco. Por supuesto que él jamás recibió tan alta distinción. Todos los compañeros del trabajo, lo ignoraban de tal forma, que hasta le esquivaban el saludo que Juan les hacía. Pero eso a él no le hacía mella en nada; había nacido con ese estigma de la soledad.

Parado en el micro camino al trabajo pensaba: que habría hecho el grandulón para tener esa cantidad de dinero. Por otro costado de su cerebro, otro pensamiento cruzaba por su mente: Por este trabajo te voy a dar diez lucas verdes le dijo el malandra. Eso reconfortaba en su ánimo, jamás tuvo o toco esa cantidad de dinero, exceptuando la plata del banco. Entro al trabajo a horario. No saludo a nadie y ocupo su lugar en la caja. De regreso a su casa compro el diario, para enterarse si había algo que tuviera que ver con lo que el guardaba en su departamento.

Al llegar lo primero que hizo fue arreglar el desorden que había dejado esa mañana. Luego se preparó un sándwich. Mientras comía  ojeaba las noticias policiales. Pero no había ni una pequeña seña que le indicara el origen de ese dinero. El sonar del teléfono lo hizo sobresaltar. Se quedó sentado sin moverse, no se atrevía a levantar el auricular. Solamente de escucharle la voz al grandote ya temblaba. Pero pensó que lo mejor era atender. Caminando lentamente descolgó el auricular, y con una voz trémula dijo.

–    Ho…hola.

–    Quiero saber si vas a llamarme algún día o no querés saber más nada conmigo.

Cuando escucho la voz de Inés la calma retorno a su cuerpo.

–    Te estaba por llamar, pero me quedo trabajo atrasado y tuve que terminarlo, y eso me llevo tiempo, por eso es que no te llame.

–    Mira no sé si creerte.

–   ¿Por qué me preguntas?

–   Te lo voy a decir. Porque en el banco te manejan como si fueras un trapo de piso. Con vos limpian lo que ellos ensucian.

Juan se quedó callado, no quiso responderle. Hacía ya tiempo que la relación con ella solapadamente se iba disolviendo, y este tipo de contestación confirmaba lo que juan ya sabía desde el principio de la relación. Tuvo que haber cortado antes, pero el saberse solo prefería aguantar a una víbora como Inés. Hubo unos instantes de silencio y luego corto. Fue hasta el placar y de la bolsa del supermercado saco dos mil dólares. Lo tomaba a cuenta de la comisión que le iba a pagar el grandote. Ese dinero lo necesitaba. Tenía que cambiar su imagen. Hacía años que no compraba vestimenta nueva. Pensó en cambiar los dólares en una casa de cambio. No quería que nadie sospechara de donde los había conseguido un pelafustán como él. Se dijo que mañana mismo saldría hacer compras después de la salida del banco.

Al terminar de cambiar los dólares, fue al banco más cercano y  solicitó alquilar una caja de seguridad. Tener todo ese dinero en  la casa no era seguro se dijo. Si algo saliera mal; como le hacía entender al forajido que se lo habían robado. Era hombre muerto. Llego tarde al departamento, pero en esa tardanza se había comprado comida y vino. Hacía tanto tiempo que no tenía un banquete como ese: lo pensó mejor, y no recordó si alguna vez había comido ese tipo de manjares que compro. Confirmo su pensamiento: nunca.

En la sobremesa estaba eufórico por la magnífica cena, y pensó que se volvería a repetir. Mientras saboreaba su malbec, un pensamiento nada placentero entro en su cerebro. Como podía estar seguro que el grandulón no lo mataría en cuanto le entregara el dinero. Porque lo iba a dejar con vida, era un testigo peligroso. En ese instante sintió una puntada en pleno estómago, como si la comida le hubiera caído mal. Se sirvió otro vaso de vino y pensó que podría hacer para no tener contacto con el malandrín. Tendría que mudarse a otro lugar. Sabía que si lo hallaba lo masacraría, era un sujeto violento y asesino. Pero también pensó que si lo encontraba en el departamento también lo haría, tal vez más rápido que lo que le había dicho de destriparlo. Se sintió por primera vez con fe de que podría salir de ese embrollo que lo metieron sin el pedirlo, y ni tener participación en los hechos de donde habían surgido ese montón de dinero. Además morir por diez lucas verdes o por cuatrocientos mil, la muerte no hace distinción de cantidades; la muerte es siempre la misma, de una manera u otra.

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