ALICIA NORMANDA

No había vuelto a soñar a Elena desde que era niña, hasta esta noche. No hubo nada especial en el sueño, no recuerdo ninguna acción ni nada; solo el hecho de que era ella. Sería la impresión de estarla soñando que me despertó. Y me encuentro atrapada en el mismo punto en el que estaba antes de dormir, con las mismas imágenes en mi cabeza de Julio, revolcándose con aquella mujer.

De verlo, Julio es inocente, durmiendo como niño. Y trato de evocar el sueño pero está vacío; como si hubiera soñado sola la imagen de Elena, como una manera de distanciarme de la realidad, del dolor, de mi indecisión. Julio se mueve en la cama y no puedo evitar taparlo con la sábana, porque lo quiero; sí lo quiero, pero no sé si lo deba perdonar, ni si pueda hacerlo. Y prefiero recordar a Elena.

Elena estuvo en el colegio la segunda mitad de la primaria y entró ya avanzado el año escolar. Como no se sentaba en mi fila, y en el recreo jugaba a correr con sus hermanas, nunca cultivamos una amistad. Por ello, no tuvo ninguna lógica para mí haberla soñado. Podrían haberme dicho que era algo normal, que una sueña a la gente más inesperada; pero nadie lo hizo, porque aquel sueño no lo conté. Es de las cosas prohibidas que habrá leído mi abuela cuando empezamos a hurgar en nuestros diarios, pero que nunca mencionó a mis padres, ni tomó partido, ni juzgó.

Aquella vez soñé que habíamos ido a casa de mis primos, porque mi tía Teresa estaba enferma. Nos salimos al jardín a jugar con una pelota y mi mamá se quedó adentro, platicando con ella. Yiyo y Manuelito empezaron a patear la pelota para hacerla rebotar contra las paredes, contra los macetones, las plantas, los muebles de terraza y lo que quedara a su paso; luego, resolvieron que sería divertido estrellarla contra mí. Paulatinamente la pelota me pasaba más y más cerca, y yo les pedía que no la golpearan con tanta fuerza; pero a ellos lo que les divertía, era justamente ver cómo crecía mi desesperación.

Corrí para alejarme de mis primos, cubriéndome la cabeza con mis manos y tratando de ignorar los pelotazos. Me salí del jardín y entré a un patio pequeño, que en la vida real no existía. Había muchas macetas chiquitas y de colores. Y ahí estaba Elena. No recuerdo qué ropa llevaba, sólo que traía puesto mi suéter blanco y su cabello recogido, peinado igual como lo usaba en el colegio. Abrió sus brazos ofreciéndome refugio, y corrí a ella. Me abrazó. Aspiré el olor de mi suéter, y en un primer momento sentí que era mi abuela; pero no, era Elena, cuya mirada me penetraba como si algún conocido suyo habitara en mí.

No sé si te haya pasado, pero yo tenía un vínculo muy fuerte con ese suéter. Me lo había tejido mi abuela con un estambre grueso que me hacía sentir protegida del mundo. Cada vez que lo aspiraba, en el olor de los hilos hallaba su imagen, la sensación de sus manos en mi piel, los sonidos de su casa. Que Elena llevara ese suéter era como si trajera consigo la combinación de la caja fuerte de mi alma.

Y era ella. Su cabeza estaba a la misma altura que la mía, nuestro abrazo era justo, de nuestro tamaño. La opresión de sus manos contra mi espalda era la de una niña; y sobre todo, la sensación de su cabello era distinta. Mi abuela siempre llevaba el pelo recogido, pero lo tenía tan ensortijado que se le salía del peinado y le quedaba un resplandor que la hacía parecer recién levantada. Abrazar a mi abuela era morirme de risa por las cosquillas de sus chinos rozándome; y abrazar a Elena, en cambio, era una sensación delicada, distinta. Su cabello era largo y lacio, y su espalda pequeña y arqueada, como las bailarinas que veíamos en la tele.

No pude evitar tocar con mis dedos su peinado endurecido con spray. Se sentía más real que toda mi vida junta. Elena me besó en la mejilla, lo que no era raro entre mis amigas; pero en esa situación adquiría otro significado. Y yo lo sabía, porque empecé a exaltarme, me sentía emocionada. Entonces ella se acercó de nuevo, puso sus labios frente los míos y apenas me tocó; pero un beso en la boca era un beso en la boca. No fue más allá de los labios, pero esa húmeda sensación me hizo sentir fuera de mí; como si Elena llamara a una conciencia anterior a la mía, una memoria añeja que me reducía a un vehículo sensorial de sentimientos que no era capaz de entender.

Me aferré a ella del suéter. Quería que me besara de nuevo, que me mirara con ese interés fuera de mi mundo, que le diera sentido a toda esa emoción que yo sentía. Se acercó otra vez. Me besó en una oreja haciéndome estremecer —como me hacía mi abuela— y me dijo: ya duérmete, mi niña. La apreté contra mi cuerpo y desperté llorando.

Sentí miedo de que hubiera sido mi abuela en realidad en una especie de despedida, que hubiera fallecido durante la noche. Pero aún estaba oscuro y no me atrevía a despertar a mis padres. No podría ser Elena despidiéndose, no éramos amigas siquiera. Necesitaba que se hiciera de día para llamar a mi abuela, para buscar mi suéter blanco guardado en el clóset alto de la ropa de invierno, para correr al colegio a esperar a Elena en la ventana que daba a la calle, a que apareciera la minivan negra de su madre apeándose.

Pero el reloj no se movía y yo no podía dormirme otra vez. No podía dejar de llorar, de sentir una opresión en el pecho que me hacía jalar aire. Y me repetía en voz alta que eso era amor, que eso tenía que ser amor; porque si no tendría que ser muerte.

Me levanté tratando de no hacer ruido. Y con todas mis fuerzas arrastré un buró de mi cama frente al clóset. Encendí la luz y lo trepé. Abrí la puerta corrediza poco a poco hasta que se atoró y ya no quiso correr más. No alcanzaba a ver qué era lo que la tapaba. Traté de indagar al tacto pero estaba muy alto. Entonces hice fuerza y nada, hice más fuerza… y en lugar de mover la puerta desequilibré el buró que cayó de lado y fui a dar al suelo yo también.

Mientras caía cerré los ojos y sentí un golpe en la barbilla que me cimbró la cabeza completa y me hizo ver relámpagos blancos. Fue un ruidajal tremendo. Me quedé quieta para no hacer más ruido. No se oía nada. Entonces traté de levantarme pero no podía, entró mi papá con un palo en la mano queriendo saber qué había sucedido.

Entre sus gritos, los de mi madre, mi llanto y mucha confusión me pusieron una bata y un abrigo encima para llevarme a la Cruz Verde porque estaba sangrando mucho. Les pedí que llamaran a mi abuelita, nada más para saber si estaba bien; se los supliqué, me emberrinché, me regañaron y finalmente les conté que la había soñado despidiéndose. Tras mirarse un momento la llamaron y confirmaron que estaba viva y ahora despierta. Me tranquilizó saberlo y tener la certeza de que lo que sentía, entonces, era enamoramiento. Mi papá me miró en silencio cuando se lo dije y arrancó el coche.

Me dieron cuatro puntadas, dolorosísimas. Me revisaron el corazón y el médico dijo que fuera del golpe sólo estaba ansiosa. Me dieron Tempra sabor frambuesa, pero falló el doctor, porque no caí redondita como dijo que haría.

Cuando estuve sola en mi cuarto de nuevo, saqué un cuaderno de la mochila y empecé a garabatear de manera catártica lo que había soñado y lo que sentía. Nunca había trazado antes más de cinco palabras juntas si no era por razones escolares; aun sin experiencia previa, esa noche escribir se volvió mi hábito.

Le escribí una larga carta a Elena. Le pedí que le diera sentido a mis emociones. Le supliqué que me dijera si ella había soñado lo mismo, si había sentido placer en sus labios al besarme; y si le hervía el alma por dentro como a mí. Le puse mi nombre, la doblé y la metí en mi mochila. Y tal como planeé toda la noche, al llegar al colegio me senté a esperarla en la ventana del salón.

Al llegar pasó por mi lado, y apenas reaccionó asintiendo cuando le dije “buenos días”. Le extendí la carta, se detuvo extrañada y se la llevó a su lugar. Ninguna de las dos llevaba mi suéter blanco, faltaba el elemento que nos unía y eso me puso nerviosa. Pensé ir a pedirle que me la regresara, pero ya se había sentado a leerla. Entonces fui a darle una explicación, porque repentinamente me di cuenta de que no era tan buena idea después de todo; pero me detuve a la mitad del camino. No me atreví a acercármele, y cada día se fue haciendo más difícil, porque Elena no me buscó para hablar, ni respondió mi carta ni nada.

Mi escribidera se hizo algo íntimo, secreto; y mi devoción por llenar libretas y diarios me fue alejando poco a poco de mis amigas y del mundo. El suéter blanco, hiciera frío o no, se volvió imprescindible para mí, para sintonizarme con mi lugar en el tiempo y en el espacio. Sólo mi abuela pareció entenderlo y me tuvo listo otro rojo cuando el blanco ya era una tela vieja y percudida.

Julio se mueve de nuevo. Tomo la orilla de la sábana, pero decido no taparlo y la suelto.

Mi primer amor fue por Elena, fue gay y no correspondido pero me introdujo en la literatura —de clóset—; y mi último amor, tampoco parece que vaya a terminar bien. Pero me ha dejado un crío hermoso sobre quien flotan nubarrones de dolor, de mudanzas, divorcio e incertidumbre.

El teléfono de Julio suena, ha de ser ella, la morena piernona que lo quiere sacar de mi cama de nuevo. Me levanto y rodeo la cama casi corriendo. Julio se despierta, me mira pero no reacciona a tiempo porque ya tengo el celular en la mano. Leo en la pantalla para responder y veo que quien marca es mi padre. Julio me arrebata el teléfono, lo responde; y siento frío en los huesos.

Se apodera de mí una ansiedad fortísima que me jala el aire, que me trae el recuerdo de Elena abrazándome, cuidándome de Yiyo y de Manuel. Y empiezo a llorar y a repetir en voz alta que esto es amor, que esto tiene que ser amor. Mantengo los ojos abiertos porque siento que me hundo en un agujero oscuro. Extiendo mis manos buscando de qué asirme y Julio me pesca. Julio me abraza, me sienta en la cama y me dice que mi abuela, La normanda, ha muerto.

alicianormanda.wordpress.com

2 comentarios sobre “Adiós, normanda

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