ANA MARÍA OTERO

Cuando Emilio se despertó se sentía fatal.

— ¡Qué mala cara! Parece que tienes fiebre—dijo su madre al verlo—. ¿Has cogido frío?

—No lo sé.

¡Vaya si lo sabía! Acababa de averiguar que lo que le ocurriera en el sueño traería repercusiones a su vida real.

Se quedó en la cama. Le dolía el cuello, y cada vez que tragaba saliva sentía como si le arañaran en la garganta.

Se quedó dormido. Allí también era de día. Observó que continuaba con sus ropas empapadas. Así que se desnudó y colocó las prendas mojadas sobre una roca. Buscó la capa para cubrir su desnudez, pero también estaba mojada y la extendió junto a las demás ropas con la esperanza de que no pasase ninguna persona por allí.

De pronto escuchó a sus espaldas una dulce voz.

—Bonito trasero—se tapó con la empapada camisa y se dio la vuelta. Ante sus ojos se encontraba una mujer de mirada fría y enigmática—. ¡Caramba! ¡Qué pudoroso sois, caballero!

— ¿Quién sois vos?—preguntó ruborizado.

Comenzó a acercarse mientras él caminaba hacia atrás, hasta que topó contra el ancho tronco de un árbol y no pudo seguir.

— ¿Por qué os escapáis de mí? Sólo quiero veros. Vuestro cuerpo es hermoso, o eso creo. Si no fuera por vuestro absurdo pudor podría comprobarlo.

Su corazón latía más que rápido. Aquél era el acoso más descarado que uno podía echarse a la cara. La mujer agarró la camisa con la que se tapaba Emilio y tiró de ella. Él la sujetó aún con más fuerza. Ella volvió a tirar y en esta ocasión no encontró resistencia. Emilio era víctima de una especie de hechizo y aunque él lo sabía gracias a su don, no podía evitarlo.

—Buen chico, buen chico—susurró la mujer dejando caer al suelo la camisa.

¿Qué le ocurría? Deseaba apartarse de ella, gritar que le dejara en paz, pero no podía, incluso fue incapaz de articular palabra cuando ella comenzó a acariciar sus partes nobles. Cuando ya había perdido totalmente el dominio de su voluntad, escuchó una voz que le resultaba familiar.

—Apártate de él, Furia Carroñera. Esta vez te has equivocado de víctima.

La mujer se apartó de Emilio. Emitió un terrorífico graznido, y se alejó convertida en un buitre.

— ¡Andrú!—exclamó volviendo a taparse con la camisa.

—He llegado en el último momento.

— ¿Último momento? ¿Para qué?

—La Furia Carroñera hubiese acabado contigo.

— ¿Tú crees?

—No lo creo, lo sé. La Furia Carroñera se aparea y después mata, arrancándole el corazón al que ha sido su amante para después comerlo.

—No la hubiese dejado llegar tan lejos.

—Claro que sí. No podrías evitarlo,  del mismo modo que no pudiste evitar sus caricias. Ahora dime: ¿por qué te quitaste tus ropas?

—Porque están empapadas. Gracias a esa mojadura, cuando me desperté tenía un gripazo de aúpa

— ¿Te refieres a un constipado?— fingió desconocer aquella palabra de sobra conocida para él.

—Eso mismo.

—En ese caso, te dejaré unas prendas que llevo en mi macuto.

—Y tú, ¿qué haces por aquí?—se interesó Emilio una vez estuvo vestido.

—Voy a la feria de Manderís. ¿Y tú?

—Lorena y yo estamos explorando las posibilidades de mi don—comenzó a explicarle sus aventuras.

—Has tenido suerte con la capa mágica.

—Lo que no entiendo es por qué me la dio si sabía que tenía ese poder.

—Lo más probable es que supiese que tú la ibas a necesitar más que él. En este mundo hay mucha gente con algún tipo de magia.

—Jo, me siento afortunado. Ayer no la palmé gracias al regalo de un desconocido y hoy apareces tú cuando estaba a punto de convertirme en el almuerzo de la bicha ésa.

—Te lo debía.

—Ahora ya estamos en paz.

—No sé en tu mundo, pero en éste cuando una persona le salva la vida a otra, ésta estará por siempre en deuda con su salvador.

—Eso está realmente bien. En  mi mundo no es así. Incluso  puedes hacer  algo por  alguien y  no recibir  a cambio ni un simple gracias.

— ¿Y dónde está tu amiga Lorena?

—Supongo que en clase.

—Tú te has librado por el constipado, ¿no?

—Lo cierto es que no. Me han expulsado hasta el lunes próximo por culpa de una pelea con un tío de mi clase—Emilio comenzó a guardar su ropa y la capa—. Voy a intentar despertarme. Con entrenamiento, tal vez llegué a dominarlo algún día.

—En ese caso, hasta la vista.

—Chao. Un momento, Andrú. No le digas nada a Lorena sobre el episodio con la Furia Carroñera, ¿vale?

—Tranquilo, mis labios estarán sellados.

Emilio se concentró y cuando abrió los ojos estaba ya en su habitación.  Su madre entró en ese momento.

— ¿Cómo estás?

—Cansado.

—Pues llevas dormido cuatro horas— ¡cuatro horas! Aquello no era normal—. ¿Quieres comer algo?

—No tengo hambre.

—El médico ha dicho que bebas mucha agua y que si te sube mucho la fiebre tomes una pastilla de éstas—indicó dejando una caja en la mesilla.

— ¿Has llamado al médico por una simple gripe?

—Pablo insistió.

—Tengo que llamar a papá.

—Ya lo he hecho yo.

— ¿Y qué ha dicho?

—Que te llamaría la próxima semana.

— ¿Por qué Pablo es así conmigo?

— ¿Por qué eres tú así con él?—Emilio desvió la mirada y guardó silencio—. Ahora descansa. Si necesitas algo avísame. De todos modos vendré dentro de un rato para ver cómo te encuentras—sonrió tiernamente y salió de la habitación.

¿Qué le ocurría? Últimamente dormía mucho más de lo acostumbrado y ya no le costaba conciliar el sueño tanto como antaño. Si hubiese tomado las pastillas para dormir que le había proporcionado Pablo podría comprenderlo.

Tal vez estuviese comenzando a dominar su don y por eso casi siempre podía tanto despertarme como dormirse cuando quería.

 

 

Aquella noche Emilio le  habló a Lorena sobre su resfriado, al que él quiso quitar importancia asegurando que no era ni mucho menos el peor que había sufrido, y también sobre aquellas meditaciones sobre su don que él había tenido.

—Pues me alegro, porque yo siempre he sido bastante dormilona y así podremos estar más tiempo juntos.

—Eso es cierto. Oye, ¿continuamos con nuestro camino?

— ¿Realmente te sientes con fuerzas para hacerlo?

— ¿Crees que una gripe leve es más poderosa que yo?—inquirió fanfarrón, comenzando a caminar tirando de la mano de su amiga.

Emprendieron la marcha hacia Manderís.

—Andrú también irá a Manderís. Por lo visto hay una feria.

— ¿Cuándo viste a Andrú?

—Esta mañana.

—Claro, tu estuviste por aquí de turista, mientras los de la clase soportábamos el mal genio del señor Dalma, el cual se puso de un humor de perros al comprobar que como casi siempre, más de la mitad de la clase no tenía las tareas de inglés hechas.

—Si hubiese ido a clase cabe la posibilidad de que fuese uno más de los infractores—indicó sonriendo a pesar de que llevar a diario los ejercicios hechos, era una tarea que tras repetir se había propuesto llevar a rajatabla.

— Un momento—exclamó parándose en seco.

— ¿Qué pasa?

—Tengo una nueva visión. Déjame que me concentre… Sí, ahora lo veo claro. Veo que un chico te va a besar. Y por lo que parece es el chico más guapo en cientos de kilómetros a la redonda—la abrazó y la besó.

—Muy bien, pero aún tienes que perfeccionar tu don.

— ¿Por qué?

—Porque tú no eres el chico más guapo en cientos de kilómetros a la redonda—afirmó Lorena y los dos comenzaron a reír—. Eres un tonto. ¿Sabes el susto que me has dado? Creía que estábamos en peligro.

Siguieron caminando.

— ¿Puedes saber si Manderís está muy lejos de aquí?

Emilio se paró y trató de concentrarse.

—Creo que aún nos queda un buen trecho. Supongo que hasta mañana no llegaremos.

Cuando Lorena se marchó él se despertó también.

Se encontraba bastante mejor que el día anterior, pero aún así se sentía un poco débil. Salió de su habitación y se dirigió a la cocina. Ahora sí que tenía hambre. Cuando entró en el comedor, Pablo estaba desayunando.

— ¿Cómo te sientes?

—Psss… —respondió acudiendo los hombros.

— ¿Debo entender que adviertes mejoría? ¿Tu temperatura es ahora normal?

—Creo que sí.

—Ayer por la mañana cuando tu madre fue a verte se alarmó muchísimo puesto que tu temperatura era muy elevada—“tal vez, eso haya ocurrido cuando la Furia Carroñera comenzó a darme aquel masaje íntimo”, pensó y tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no comenzar a reír delante de Pablo—. Creo que sería conveniente que te abrigaras.

—Pero en esta casa hace mucho calor.

—Siempre llevando la contraria. ¿Es que nunca te corregirás, jovencito?

Terminó su desayuno y sin decir una sola palabra subió a su cuarto.

¡Cuánto aborrecía a aquel hombre! Sí, era cierto que desde que su madre y él se habían casado no les faltaba nada. En ese sentido su madre había sabido escoger, casándose como un hombre con una buena posición económica, pero él sabía que el dinero no lo era todo. Añoraba aquellas discusiones con su padre sobre fútbol. A Pablo no le gustaba demasiado este deporte y mucho menos hablar sobre él. También echaba en falta aquellos paseos de los domingos, los tres juntos. Necesitaba a su padre. Lo necesitaba de verdad.

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