ANNABEL VÁZQUEZ

Hablar de más

Esa mañana llegamos a la hora indicada a la consulta de Steve. Era la primera vez que Edgar acudía al hospital para someterse a un chequeo sin hacer un drama. Viniendo de él, era todo un progreso.

—¿Cómo te encuentras? ¿Mareo? ¿Dolor de cabeza?

Edgar negó con la cabeza.

—No ha vuelto a dolerme.

—Eso son buenas noticias.

—¿Y cómo llevamos los cambios?

Suspiró.

—Depende del día.

Steve soltó una discreta risita y me miró.

—Matt está haciendo un buen trabajo, ha conseguido que Edgar vuelva a tocar la guitarra y, además, quiere darle clases de piano –intervine orgullosa.

—¡Eso es fantástico! Yo también puedo ayudarte con eso, ya va siendo hora de que toques ese fantástico Seiler.

—Bueno… eso son palabras mayores, prefiero ir poco a poco, ya sabes que la frustración no la llevo demasiado bien…

Se echó a reír.

—Doy fe. Bueno –dio una palmada y se levantó de la silla con energía–, ahora iremos a hacer un escáner para ver que todo cicatriza correctamente, así que será mejor que vayas a la habitación contigua y te desnudes mientras yo hago unas cuantas visitas. Mi compañero vendrá a recogerte.

Nos dirigimos a la habitación de al lado y corrí enérgicamente la cortina para ofrecer algo de intimidad, pese a que estábamos solos y no hacía falta. Ayudé a Edgar a desvestirse y le entregué la bata blanca con la que debía cubrirse.

—¿Estás nervioso? –pregunté mientras esperábamos.

—La verdad es que no. No me asusta lo que pueda decirme.

—Pues yo si lo estoy, no lo puedo evitar.

Llevó la mano en la dirección de mi voz y me afané a cogérsela. La apretó fuerte contra las suyas.

—No tienes por qué, la verdad es que me encuentro bien. Se me hace raro no sentir dolor de cabeza, me acostumbré a convivir con él.

—Por suerte ya todo ha terminado, ahora las cosas solo pueden ir a mejor.

Sonrió por lo bajo, desviando el rostro.

—Señor Walter –los dos dimos un respingo.

—He venido a recogerle, ¿se tumba en la camilla, por favor?

—Nos vemos de aquí un rato.

Corrí hacia él y le di un fugaz beso en los labios antes de que se lo llevaran.

—Hasta ahora.

 

Pasé un buen rato en el despacho de Steve comiéndome las uñas. ¿Y si encontraban algo extraño y tenían que volver a abrirle? ¿Soportaría otra operación? ¿Le quedarían más secuelas? Era inevitable ponerme en lo peor, una parte de mí se negaba a admitir que todo hubiera resultado tan sencillo.

Steve entró en su despacho horas después, canturreando una canción.

Me levanté de la silla en el acto.

—Oh, no –me hizo un gesto con la mano–, puedes sentarte.

Puso una carpeta amarilla sobre la mesa.

—Estos son los resultados del escáner –me los enseñó–, su cerebro se ha repuesto estupendamente.

—Menos mal –suspiré aliviada–, no podría soportar una mala noticia más.

—No seas tan derrotista, ¿tan poco confías en mí? –rió.

—No, sé que tú haces bien tu trabajo, es solo que… si algo malo pasara…

—Eh, –retiró las carpetas de la mesa para acariciar mis manos– ¿está siendo muy duro lidiar con Edgar y su ceguera?

—¡Oh, no! –hice una mueca– Las primeras semanas se hicieron insufribles pero poco a poco va haciendo, a veces no me doy cuenta y le trato como si todavía pudiera verme, me cuesta recordar ya que no es así.

Sonrió.

—Seguro que eso le hace sentir de maravilla. La verdad, Diana, no sé cómo agradecértelo; todo lo que le estás ayudando… Sin ti no hubiera sido lo mismo.

Descendí la mirada.

—¿Y tú? ¿Cómo estás? –me preguntó de repente.

—Bien.

Entrecerró los ojos, evaluando mi respuesta.

—Solo quiero la verdad, jovencita –me reprendió con humor–, así que dispara.

Me encogí de hombros.

—Es que desde la última vez que hablamos no hay novedades.

—¿Ninguna? –preguntó decepcionado.

—Ninguna –confirmé.

—¿Y cómo van los trámites?

Suspiré. Sabía que estaba buscando una excusa para abordar el tema. Steve se convirtió en mi confidente tras la operación de Edgar, era el único con el que podía hablar de lo que ocurría en casa, de sus progresos y todo cuanto me ocurría o se me pasaba por la cabeza. Descubrí en él a un amigo leal, con el que podía hablar de todo.

—De momento no he buscado nada.

—¿Quieres que te ayude? Puedo encargarme yo de reservarte un vuelo.

Negué con la cabeza.

—Lo haré yo, gracias.

—Todavía no se lo has contado, ¿no?

—Es complicado –reconocí.

—Pues no debería serlo.

—Verás, ahora todo está bien y no me gustaría complicar las cosas, necesito encontrar el momento adecuado para hacerlo.

—¿Tu hermano tampoco sabe nada? ¿No le has comentado que vas a España?

Hice una mueca.

—No quiero que se haga ilusiones, antes de decirle que voy, debería tener al menos una fecha. Aún no he decidido nada al respecto.

—No te demores. Cuanto antes lo hagas, mejor para todos. Ya sabes lo que opino de estas cosas, es como aplicarte cera en las piernas, el tirón debe ser rápido, sin rodeos, así duele menos.

Reímos de su ocurrencia, pero nuestra risa duró poco. Un ruido en la habitación contigua, tras la cortina, nos alteró. Steve se apresuró a abrirla y empalidecí al encontrar a Edgar sentado en la camilla con la ropa aún en las manos.

—Así que vas a dejarme –afirmó con el rostro serio.

—Edgar… –me quedé literalmente sin aire en los pulmones.

—No puedo decir que no me lo esperara, aunque no sé por qué has tardado tanto. ¿Qué sentido tiene prolongar lo inevitable? ¿Qué pretendías con la demora?

—Espera un momento…

Le di un codazo a Steve, para que no dijera nada.

—¿Alguna vez has escuchado algo de lo que te he dicho? ¡No voy a dejarte!

—Diana no me mientas. He estado atento a toda la conversación, sé que regresas a tu hogar, así que ya no hace falta que busques el momento adecuado –se levantó de la camilla–, puedes irte tranquila.

—¡Pero Edgar! –exclamé herida.

Se puso a caminar en dirección a la salida.

—No os acerquéis –advirtió extendiendo su mano mientras buscaba un punto de apoyo.

—Edgar, amigo, deja que te explique.

—¿Y para qué?

Dio un paso al frente y chocó contra la estantería, algunos libros se cayeron al suelo, otros le golpearon el cuerpo.

Corrí hacia su lado para ayudarle, pero él extendió su mano para impedir que le alcanzara justo en el momento en el que estaba frente a él. Me golpeó con fuerza el labio inferior y degusté el sabor metálico de la sangre en la boca.

—¡Quieres tener cuidado! –espetó Steve separándome de él.

—¡He dicho que no os acerquéis, no quiero nada de vosotros, no necesito vuestra ayuda!

Con paso errático llegó al pasillo.

—¡Joder, Diana!

—Ve con él –le dije sin dar importancia a mi labio partido.

—¿Seguro que estás bien?

—¡Ve! –le ordené mientras me encaminaba al baño para lavar mi herida.

 

Edgar regresó a casa sin esperarme, así que fue Steve quién tuvo la gentileza de acompañarme. Durante el trayecto hablamos de Edgar, siempre estaba presente en cada una de nuestras conversaciones, pero en aquél momento ninguno de los dos era consciente del infierno que estaba por venir.

 

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