ANNABEL VÁZQUEZ

Aprendiendo

Los días siguientes fueron tan duros como me había imaginado. Edgar estaba poco participativo en las lecciones de Matt, pero ni su tutor ni yo nos resistíamos a dar la causa por perdida.

Al parecer estaba pasando un duelo, adaptándose a las nuevas circunstancias e intentando vivir de forma distinta a como estaba acostumbrado. Tantos cambios le saturaban, pero entre esos cambios había uno positivo, del que apenas había sido consciente.

Salí del baño y volví a entrar en la habitación a hurtadillas, eran las doce del mediodía y seguía dormido, como un niño. Hacía quince años que no dormía tan plácidamente y eso se debía a que ahora no le dolía la cabeza. Se acabaron las jaquecas, las excursiones al sótano a media mañana, sus días de encierro, las medicinas para controlar la infección…

Me acerqué despacito a él y me metí en la cama. Me pegué a su espalda y aspiré su nuca, enseguida me embriagó ese olor familiar que causaba estragos en mi corazón.

Emitió un leve gruñido y aproveché a enroscar mis brazos todavía más fuerte a su alrededor.

—Diana… –empezó con voz pesarosa– ¿no tienes nada que hacer hoy?

Le di un beso en la nuca y me incorporé un poco para susurrar en su oreja:

—No. ¿Y tú?

—No quiero levantarme.

—Pero son más de las doce –me quejé.

Se giró lo suficiente para reposar su espalda contra el colchón.

—No sé qué sentido puedes encontrarle a esto, no sé por qué sigues aquí, la verdad, no lo entiendo.

—Ya lo sabes, te lo dije en el hospital; estoy aquí porque te quiero.

Emitió un suspiro y negó con la cabeza.

—No puedes querer a medio hombre. No te mereces esto.

—En eso tienes razón –constaté con humor–, yo merezco un hombre que me quiera, con el que pueda conversar, reír, jugar… Lo estás poniendo muy difícil, lo sabes, ¿verdad?

—No puedo darte nada más, no me encuentro bien y te lo creas o no, no pasa un solo día en el que no me despierte esperanzado, pensando que has cogido tus cosas y te has ido definitivamente. Haces que me odie a mí mismo por no poder ser la persona que quieres.

Fruncí el ceño. Ciertamente debía molestarme todo lo que había dicho, pero nada más lejos de la realidad, me había mentalizado para ese tipo de comentarios hirientes, de hecho, ahora que lo pienso, toda nuestra trayectoria no había sido más que un entrenamiento de lo que estaba por venir, así que sus palabras producían el mismo efecto en mí que el agua en el aceite.

—Pues es una lástima. No voy a irme de tu lado, cuanto más intentes alejarme, más me acercaré. No tenemos elección.

—Tú sí la tienes.

Negué con la cabeza y rodé hasta él subiéndome encima, dejando su cuerpo presionado debajo del mío.

—No, no la tengo –le besé muy suavemente en los labios–, te quiero, cabeza de alcornoque.

Sonrió levemente.

—¡¿Cómo puedes quererme?!, después de todo lo que he hecho, lo que te he dicho, lo que me ha pasado… –sostuvo mi rostro con sus manos y pareció como si me mirara directamente a los ojos, su ojo izquierdo seguía conservando el color turquesa que tanto me gustaba.

—Te quiero por lo que me transmites, por lo que me haces sentir. Porque estaba realmente perdida hasta que te encontré. Ahora sé lo que quiero en mi vida.

—¿Y qué quieres?

Sonreí y volví a besarle, esta vez con más intensidad. Sus manos dejaron mi rostro para acariciar mi espalda. Me incorporé sentándome a horcajadas encima de él y como si estuviéramos sincronizados, él leyó las señales de mi cuerpo con sus manos y fue ascendiendo la tela del camisón desde las nalgas. Su respiración empezó a agitarse, hacía mucho que no nos tocábamos, a mí me parecía toda una eternidad y mi cuerpo entero lo anhelaba.

Me recosté nuevamente encima de él para besarle con una apremiante necesidad. Sus manos masajearon mi cintura y fue incorporándose hasta terminar sentado frente a mí. Presioné mi frente contra la suya, intentando sosegar mi agitada respiración.

Aprovechó mi pausa para besarme el cuello, lo giré, permitiéndole el acceso a cada rincón. Su rostro fue siguiendo las pautas que marcaban mis movimientos mientras sus manos pasaban suavemente por mi espalda, erizándome el vello.

Me estremecí y supe que él lo había notado por la sonrisa que se dibujó en su rostro.

Con lentitud llevé mis manos a la espalda para atrapar las suyas y retirarlas con cuidado.

Ascendí levemente las caderas y me di la vuelta ofreciéndole la espalda. Volví a sentarme a horcajadas sobre él y fui colocándome hasta apoyar la cabeza sobre su hombro. Cerré los ojos un instante, dejando que sus manos volvieran a tocarme, pasaron por mis pechos que subían y bajaban debido a mi desacompasada respiración, luego descendieron hasta alcanzar el pubis. Gemí de deseo cuando sentí el calor de su contacto entre los muslos.

No podía dejar de mover las caderas, encajando su erección. Me producía placer sentir la presión de su miembro debajo de mí.

Utilicé las manos para retirar su calzoncillo sin necesidad de moverme, lo arrastré por sus muslo y él alzo las caderas soportando mi peso para que pudiera retirárselos. Nos ayudamos de las piernas y los pies para desprendernos de la ropa que nos sobraba, manteniendo en todo momento nuestros cuerpos pegados.

Su mano ascendió en un suave barrido por mi cuerpo hasta alcanzar mi cuello, inevitablemente volví a gemir.

Uno de sus dedos invadió mi boca y lo chupé con avidez al tiempo que, sintiéndome dominada por un deseo superior, me movía juguetona sobre su palpitante miembro, duro y caliente. La presión se hacía casi insoportable y el balanceo tentaba a ser penetrada, sin llegar a conseguirlo.

Su respiración, fuerte y ronca me indicaba que lo que hacía le gustaba. Estaba utilizando su miembro para darme placer y pronto mis movimientos se volvieron más insistentes mientras sus manos presionaban partes estratégicas de mi cuerpo para llevarme al éxtasis. Entonces sentí la fuerte necesidad de sentirlo dentro, quería que me llenara, sentirle todavía más profundo y no lo dudé, me alcé un ápice y, sosteniendo su miembro con la mano, fui introduciéndomelo lentamente, sintiendo como me dilataba la vagina con su falo centímetro a centímetro hasta alcanzar el útero.

De su garganta brotó un jadeo de satisfacción al tiempo que sus manos rodeaban mi cintura desde atrás con una fuerza desmedida.

Me había empalado a él completamente y casi no podía moverme, tan solo balancearme de delante hacia atrás, acompañando el son que marcaban sus manos.

—Diana… no puedo más –prácticamente gimió.

—Yo tampoco… –reconocí con la voz ronca.

Me moví un poco más fuerte, y justo en el momento en el colocó el pulgar sobre mi clítoris, llegué al orgasmo. Como las veces anteriores sentí la electricidad correr por mi cuerpo hasta llegar a la punta de los dedos de los pies.

Edgar volvió a susurrar mi nombre y se dejó ir con un gutural gemido contra mi cuello.

No quería que parara nunca.

Nuestras respiraciones erráticas indicaban que estábamos exhaustos, demasiado cansados para movernos y permanecimos así un buen rato, sin atrevernos a hablar.

Perdí la noción del tiempo.

—Voy a ducharme –anuncié tumbándome a su lado.

Tenía los músculos agarrotados tras el esfuerzo.

—¿Por qué, si no hemos acabado todavía?

Se colocó encima de mí y llevó su mano hacia mi rostro. Lo acarició hasta encontrar mis labios. Una vez localizados, se inclinó para besarme. Mordí tiernamente su labio inferior.

—Estás muy activo esta mañana –comenté con humor.

Se echó a reír.

—Tengo la sensación de que he despertado de una larga hibernación.

Le devolví el beso y por increíble que parezca volví a excitarme.

—Tú has hecho lo que has querido –susurró sobre la base de mi mandíbula– ¿me dejas a mí tomar el control esta vez?

—Adelante –le animé extendiendo los brazos sobre la cama a modo de cruz.

Edgar siguió besándome, descendiendo por mi cuerpo hasta llegar a la altura del ombligo. Sentí su mano sobre el pubis, acariciándome y separando los labios con suavidad. Percibió la humedad en mí y el exceso de lubricación tras el sexo.

—Date la vuelta –pidió.

Así lo hice.

Edgar siguió trazando su particular camino de besos, esta vez por mi espalda, las nalgas, la parte trasera de las rodillas… ascendía y descendía a placer hasta que sus manos fueron orientando mi cuerpo. Colocó una de ellas bajo el vientre indicándome que me levantara. Luego se pegó a mi espalda y me acarició los brazos para que los despegara del colchón. Los llevó hasta la barra horizontal que formaba parte del cabecero de la cama para que me agarrara a él.

Entonces sentí el peso de su cuerpo sobre mi espalda, los dos de rodillas sobre la cama, sin vernos pero sintiéndonos muy cerca.

Las manos de Edgar volvieron a acariciarme el sexo, esta vez desde atrás y mi cuerpo se movía hacia delante, obligándome a mantener el equilibrio mientras me agarraba con fuerza al cabecero.

Gemí próxima al orgasmo por la pericia de sus dedos, que entraban y salían de mí en un sensual masaje que me estaba llevando al límite de mis fuerzas. Entonces se cuadró detrás de mí y de una sola estocada, me invadió entera.

De su garganta brotó un gemido y empezó a moverse rápido, enérgico, con mucha fuerza. Mi cuerpo se agitaba balanceando los pechos mientras me aferraba a la barra de acero con todas mis fuerzas, intentando mantener la postura.

Pasaron largos minutos en los que los dos perdimos el control, simplemente nos dejamos llevar por el son que marcaban nuestros cuerpos, buscando su propia liberación. Cuando llegamos al clímax nos desplomamos sobre el colchón con la respiración agitada.

Sonreí con picardía.

—¿De qué te ríes?

Me giré extrañada.

—¿Cómo sabes que lo estoy haciendo?

Se encogió de hombros.

—Puedo percibirlo. Es raro, porque al no verte, mi atención se centra en otro tipo de cosas. ¿Sabías que cuando llegas al orgasmo dejas de respirar?

Me puse roja como un tomate.

—¡No digas tonterías!

Su risa fue la que provocó que volviera a mirarle.

—¿Es vergüenza eso que detecto?

Retiré la sábana que había debajo de él para hacerlo rodar hacia el lado opuesto.

—No sé si me conviene que te hayas quedado ciego, antes no eras tan suspicaz.

Se le escapó la risa.

Sus manos recorrieron el espacio que nos separaba hasta encontrar la mía y llevársela a la boca para besarla.

Unos golpecitos en la puerta rompieron la calma que nos envolvía y los dos nos pusimos en tensión.

—¿Qué pasa? –demandó Edgar algo molesto.

—Señor Walter, soy Matt, es hora de nuestros ejercicios.

—¡Por el amor de Dios! –bramó poniéndose en pie de un salto y buscando a tientas su ropa interior en el suelo– No pienso hacer nada hoy, ni mañana, ni siquiera la semana que viene, así que ya puedes irte de mi casa.

—¡Edgar! –le reprendí pero fui ignorada.

—Bueno, en eso no puedo complacerle, ¿así que por qué no mueve el culo, me deja entrar y le enseño cómo afeitarse y orientarse en su propio baño?

—¡Esto ya es pasarse! –gritó alterado– ¿quién coño se cree que es para hablarme así?

Se dirigió hacia la puerta, con una mano en alto para no chocar, y abrió de un brusco estirón.

—Veo que ha funcionado –dijo Matt con una sonrisa–. Buenos días Diana, ¿me lo dejas un rato?

—¡Desde luego! –exclamé cubriéndome con la sábana. Me acerqué a ellos y tiré levemente de Edgar para ofrecerle un discreto beso en los labios– Pero no me lo canses mucho, que luego es mi turno.

Mi comentario consiguió relajar a Edgar y hacerle sonreír. Abrí la puerta que separaba ambas habitaciones y me concedí un momento de intimidad.

 

Edgar empezó a aceptar la ayuda de Matt. Cada mañana le ayudaba a asearse, le enseñaba cómo guiarse en la habitación, los pasos que debía dar hasta la pared más próxima y así tocarla para desplazarse a cualquier otro punto del espacio. Poco a poco Edgar empezó a integrar sus enseñanzas, se orientaba bien por cada rincón de su casa sin necesidad de utilizar las manos. Juntos ordenaron su armario, clasificaron la ropa de forma estratégica para él supiera qué ponerse en cada ocasión. También impartían clases de braille, incluso lecciones para utilizar el bastón en los espacios abiertos. Con frecuencia iban a pasear largas horas por la finca, les observaba por la ventana y para qué negarlo, se me escapaban las lágrimas.

—¿Por qué lloras, cariño? –miré a María.

—No lo sé –reconocí–, Edgar está bien, parece que se está acostumbrando a vivir en la oscuridad y que cada vez le resulta más fácil, pero verle así, con un bastón para poder desplazarse… me pone triste.

María me abrazó desde atrás, mirando como yo a través de la ventana.

—Me temo que no solo debe acostumbrarse él a esta nueva forma de ver el mundo que le rodea, nosotras también.

 

A la hora de la cena nos sentamos frente a la mesa, María preparó una exquisita parrillada de verduras y carne a la plancha. Matt estaba de buen humor debido a los progresos de Edgar, prácticamente estuvieron hablando durante toda la cena acerca de los avances que habían hecho, pero yo no me encontraba demasiado bien, así que me limité a escucharles y reír de vez en cuando de sus ocurrencias. María me miraba con frecuencia, preguntándose por qué estaba tan ausente y al parecer, no había sido la única que se había percatado de mi abstracción.

—¿Qué pasa, Diana? ¿Qué va mal?

Di un respingo en mi silla.

—No me pasa nada –alcé mi mano para alcanzar la de Edgar, que estaba sobre el mantel.

Mi respuesta no pareció satisfacerle, pero decidió no volver a preguntar, se guardó para él sus dudas y fue Matt quien intervino, desviando nuestra atención.

—Y ahora… es hora de hacer algo con esto.

Se dirigió hacia la parte trasera del sofá y descubrió la guitarra que había dejado escondida.

—¡Tachán! –exclamó acariciando las cuerdas.

Edgar descendió el rostro.

—¿Qué pasa? –preguntó Matt.

—Antes solía tocar, pero ahora…

—Ahora lo harás mucho mejor –afirmó acercándose a él–, ya verás, prueba.

Edgar negó con la cabeza.

—No puedo hacerlo, no sin ver las cuerdas.

Matt le contempló perplejo.

—¿De verdad no sabes que la guitarra se toca mejor si solo utilizas el oído?

—No lo sé, pero la verdad es que no me apetece.

—Pues a nosotros sí, adelante –le hizo entrega de la guitarra.

—¡Vamos! Seguro que te sabes mi canción de memoria– le animé.

Edgar suspiró y armándose de valor, sostuvo la guitarra entre sus manos. Casi sin ser plenamente consciente empezó a tocar, la melodía salió sola.

María aplaudió con energía tras la canción y se levantó para abrazar a Edgar.

—¡Toma ya! –alabóMatt impresionado, aunque el primer sorprendido de haberlo conseguido fue el mismo Edgar– Y también he visto que tienes un piano.

— Nunca he sabido tocar el piano –se adelantó Edgar.

—Pues no es tarde, da la casualidad de que yo sí sé un poco.

Empezaron a hablar de música, de cuándo podían iniciar las clases de piano y la verdad es que no tardé en desconectar. Al día siguiente teníamos una visita rutinaria en el hospital con Steve, y pese a que no era nada importante, estaba nerviosa.

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