MARYCRUZ HERNÁNDEZ
La chica del anuncio

Minerva estaba sentada en el colchón inflable. Sostenía el teléfono entre el hombro y la oreja, mientras rayoneaba distraídamente el anuncio del periódico. Llevaba más de una hora en la línea, igual que los dos días anteriores, sin obtener resultados. Era la tercera vez que le pedían que esperara, y la musiquita de fondo la tenía harta.
Furiosa, arrugó el periódico y lo lanzó al suelo. Finalizó la llamada, y se tumbó boca abajo, abatida.
No conformes con haber publicado su anuncio en la categoría equivocada, se negaban a darle una solución real. Se preguntó si su estricto presupuesto le permitiría publicar de nuevo, en un periódico distinto, pero de inmediato se dio cuenta de que no sería posible si quería cumplir su itinerario al pie de la letra. Lo único que le quedaba ahora, era esperar a que algún despistado encontrara el aviso mal clasificado, y publicarse una vez más en internet, a pesar de que en las dos ocasiones anteriores no había tenido éxito; por lo menos, era gratuito.
“Debe haber alguien que quiera ir conmigo” pensó, sin embargo, incluso su pensamiento sonaba inseguro. “O tal vez termine largándome sola…” Molesta, tomó el celular, eligió una canción y subió todo el volumen. Se levantó de la cama y se dispuso a contar su dinero, por enésima vez en la semana. A excepción del colchón, una cobija, una lamparita vieja, dos maletas, y cinco cambios completos de ropa acomodados en el ropero, el cuarto estaba vacío. Incluso sus cortinas blancas favoritas, habían sido sustituidas por cartones recortados a la medida de la ventana, los cuales colocaba y retiraba a su gusto.
Afuera, en la cocina y la sala, la escena era similar. Prácticamente todo aquello que poseía, había terminado ofertado en páginas de internet y grupos de venta. Cuando Paco, el casero, le había preguntado, con tono suplicante, si pensaba volver, ella había respondido tajantemente que no; a pesar de ello, Paco le había prometido esperarla por un mes, antes de rentar de nuevo el departamento. A Minerva le causaba cierta ternura, pues sabía que Paco estaba enamorado de ella desde la preparatoria. Fueron buenos amigos entonces, y una vez, a mitad de una fiesta de fin de curso, habían estado a punto de besarse, de no ser por un compañero ebrio que los interrumpió. Después de esa fiesta, habían estado en grupos separados, y se distanciaron aún más al ingresar a la universidad. Minerva conoció ahí a su novio, Daniel, y cuando fue a ver los
departamentos del edificio, sin saber que su antiguo amigo era el casero, él la acompañaba. Paco, que nunca la había olvidado del todo, se dio cuenta inmediatamente de que no tenía oportunidad alguna contra Daniel.

Minerva canturreaba en voz baja, mientras clasificaba su dinero en pequeños fajos previamente etiquetados por rubros: “Comida, día 1”, “Hospedaje, día 2”, “Gasolina, día 3”, “Emergencias”. La canción se interrumpió, y el teléfono comenzó a sonar, sin embargo la llamada finalizó de inmediato. Extrañada, Minerva miró la pantalla sin reconocer el número. Pensó en devolver la  llamada, pero optó por terminar primero lo que hacía. Una vez clasificado su dinero, tomó un gran mapa del país y lo extendió en el piso. En él, tenía marcadas 3 posibles rutas para llegar a su destino. Aunque no era un viaje de placer enteramente, existían ciertos lugares en los que quería parar por unas horas. Dichos sitios, estaban marcados con pequeñas flechas de colores. Después
de corroborar que todo se encontraba en orden, guardó los billetes en sobres individuales etiquetados acorde al número de día, dobló cuidadosamente el mapa, y metió todo en una pequeña mochila, donde se encontraba la cámara que le había regalado Daniel. Sonrió. Si todo salía de acuerdo a sus planes, en 5 días como máximo, estarían juntos. Se recostó en el colchón con ese pensamiento en la cabeza, y se quedó profundamente dormida.
Despertó, sobresaltada, al escuchar su teléfono sonar. Eran las 6 de la tarde, había dormido todo el día. Se frotó los ojos y contestó con voz ronca.
“Hola, buenas tardes” dijo una voz masculina, al otro lado de la línea “vi un anuncio en el periódico…”
“Claro, claro, soy Minerva, ¿cómo te llamas?” se puso en pie, tomó la pluma con la que había estado rayoneando el periódico, y se dirigió a la cocina.
“Soy Pablo… eh… tu anuncio estaba en la sección de…”
“Si, ya sé” interrumpió ella, tomando un pequeño bloc de la barra desayunadora, y anotando el nombre de su interlocutor “los del periódico con unos idiotas. Sólo busco alguien que me acompañe, compartir algunos gastos, turnarnos para manejar… Distraernos… Por lo menos ir acompañada la mitad del camino… ¿Sólo eres tú? ¿Irás conmigo hasta Mexicali? ¿Tienes alguna parada planeada?”
“No voy solo, viajo con mi esposa… Te acompañaremos todo el viaje, y…” dudó un momento “es posible que debamos parar antes de llegar… no sé bien dónde… y me gustaría hacerte unas preguntas, si te parece bien.”
“Claro, adelante” Minerva sabía que eso pasaría. Desde su punto de vista, tenía absolutamente todo planeado. Incluso podía intuir qué preguntas le haría Pablo a continuación.
“Primero, ¿por qué quieres hacer un viaje tan largo, y por carretera?”
Minerva sonrió. Primer acierto. “Me encontraré allá con mi prometido, se llama Daniel. Tuvo que partir por trabajo. Quiero ir por carretera porque, la verdad, le tengo pánico a los aviones… y porque esa será como mi despedida de soltera… tengo planeadas algunas paradas… ”
“¿Sabes de verdad cuánto tiempo es de camino?”
Segundo acierto. “Calculo llegar en 5 días, como máximo, haciendo pausas para comer, dormir, tomar algunas fotografías…”
Se oyó una voz tenue al fondo, al parecer de una mujer. Minerva supuso que estaba en altavoz, y que la mujer era la esposa de Pablo.
“No estoy loca, ni voy a secuestrarlos, si ese es tu temor.” Bromeó. Sabía que probablemente era su única oportunidad. “Sólo quisiera ir acompañada, es un viaje demasiado largo. Dividiremos los gastos del auto en dos, ustedes pagarán sus alimentos y hospedajes. Tengo una lista de lugares donde comer y dormir a buen precio, puedo enviarte toda la información, el mapa de las rutas que tengo, puedo darte mis datos personales, si quieres te doy mi dirección, es la calle…”
“No, no te molestes. Eh… dame un segundo, por favor” Se escucharon algunos murmullos lejanos. Minerva esperó pacientemente, temiendo ser rechazada. Contó cuatro minutos, tras los cuales el hombre al otro lado de la línea al fin dijo:
“Cuenta con nosotros, ¿cuándo nos vamos?”.

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