ANA MARÍA OTERO

Lorena y Emilio salieron de clase. Era uno de esos horribles lunes del mes de abril en los que llovía sin pausa. Toda la mañana había estado igual y no había expectativas de mejoría.

Unos metros delante de la salida esperaban Joe, Dani, David y Héctor.

— ¡Hombre! Aquí viene mi amigo del alma—exclamó el primero con sorna. Emilio fingió indiferencia—. Oye imbécil, estoy hablando contigo.

—Pasa de mí, Joe.

Continuaron caminando, pero antes de poder salir del recinto Joe empujó a Emilio que cayó al suelo embarrado. Lleno de ira se levantó y se precipitó sobre Joe. Los dos chicos rodaron por el suelo sin cesar de golpearse. Los amigos de Joe no permanecieron impasibles. Estaban a punto de unirse a la pelea, cuando el señor Ibáñez, su tutor, hizo acto de presencia. Separó a los dos chicos y agarró a cada uno por un brazo.

—Esto ya es demasiado, jovencitos. Ahora mismo irán al despacho del director. Y ustedes—dijo refiriéndose a los otros cuatro—, ¿qué hacen todavía ahí? Márchense de una vez si no quieren acompañarme también a ver al director.

Los dos chicos recogían del suelosus cosas llenas de barro cuando Emilio apreció la seña que le hacía  Lorena y con la que ella quería darle a entender que esa noche lo esperaba en sus sueños.

 

 

Emilio aguardaba frente al despacho del director. Éste había llamado a sus casas. En ese momento Joe y su padre hablaban con él. Pablo no tardaría en llegar. No quería ni imaginar lo que diría al verle con aquella facha. Estaba completamente cubierto de fango y  suponía que su cara no ofrecía un panorama mucho más agradable. Sangraba por el labio inferior. El señor Ibáñez le había proporcionado un pañuelo de papel para que taponara la herida. Cuando Pablo llegó, Joe y su padre aún no habían salido del despacho.

— ¿Me quieres decir que es lo que está ocurriendo?

—En este momento nada. Lo bueno ya terminó hace un rato.

—Encima mófate de mí. Ésta es la segunda vez que el director de esta escuela se comunica conmigo debido a tu conducta desviada.

Joe y su padre salieron del despacho acompañados por el director. La nariz de Joe se veía taponada por un trozo de algodón. Tenía el ojo izquierdo enrojecido e hinchado. Al día siguiente luciría un llamativo morado fruto de un puñetazo bien dado.

—Pueden pasar—indicó el director.

A Emilio aquella situación le recordó a la consulta del dentista. Tal vez fuera por la sensación de angustia que sentía en el estómago.

Les indicó que se sentaran.

—Señor Fuentes, gracias por haber acudido con tanta celeridad

¿Eran imaginaciones suyas, o hablaba exactamente igual que su  nuevo papá?

—Viendo el aspecto de Emilio he de suponer que se ha visto envuelto en otra disputa.

—Así es. Lamentablemente ese chico al que vio salir de mi despacho junto con su padre es  José Genaro Segismundo SantanaRobles, el mismo con el que se enfrentó en la ocasión anterior— ¿José Genaro Segismundo? Emilio suponía que Joe no era su verdadero nombre, pero José Genaro Segismundo… —. Está claro que estos dos jovencitos tienen algún conflicto que resolver —no había que ser un lince para llegar a esa conclusión—. José Genaro Segismundo no ha querido explicarme de qué se trata — ¿qué le iba a decir?, ¿que Emilio no le había entrado por el ojo derecho y por eso pretendía hacer aún más complicada su patética existencia?—. Emilio, ¿sería usted tan amable de relatarme lo que está ocurriendo?—se le pasó por la cabeza decir aquello de sólohablaré en presencia de mi abogado, pero la situación era ya bastante desfavorable como para complicarla aún más—. ¿Debo entender su silencio como una negativa al diálogo?

—Si él no ha hablado, no seré yo quien lo haga.

—Emilio, este pacto de silencio entre ambos no es bueno para ninguno—intervino Pablo.

Tal vez debería cantar como un jilguero, pero no, no lo haría. El problema era entre él y Joe. ¿O debía decir entre él y José Genaro Segismundo?

—En ese caso no veo otra solución. Cumplirá el mismo castigo que su compañero. Ambos quedarán expulsados de la escuela durante una semana.

 

 

Cuando llegó al bosque Lorena aún no estaba allí. Aquella noche era fría y oscura. Se sentó junto a un árbol a esperar.

—Perdone, joven—escuchó. Frente a él se encontraba un hombre—. ¿Sabe cómo llegar a Manderís desde aquí?

Emilio no había oído jamás hablar de aquel lugar.

—La verdad es que… —de pronto tuvo una especie de visión—. Tiene que caminar todo recto en la misma dirección en la que va. De este modo llegará al Arroyo de Cristal. Manderís está al otro lado.

—Gracias joven. No debería quedarse ahí con este frío. No es aconsejable.

—Gracias por el consejo, pero he de esperar a alguien.

—En ese caso permítame que le entregué esto—indicó proporcionándole una especie de capa—. Le ayudará en los momentos difíciles.

Y dejándola junto a él, continuó caminando.

—Gracias—dijo Emilio sin saber que pensar.

¿Cómo había podido saber aquello? Aunque no entendía por qué, estaba seguro de que aquél era el camino.

Lorena no tardó en llegar. Le explicó lo que le acababa de ocurrir.

—Tal vez sea por tu don. ¿No recuerdas lo que nos contó Andrú?

—Lo había olvidado.

— ¿Qué ocurrió esta tarde con el director?

—Una semana de expulsión para Joe y otra para mí.

—Y tu padrastro, ¿qué te ha dicho?

—No se lo ha tomado demasiado bien. Me soltó un sermón que duró más de una hora. Me ha dejado sin paga durante un mes y durante toda esta semana no podré salir de casa más que para acompañarle a él o a mi madre.

—Tranquilo, nos quedan nuestros sueños.

—Sí, nuestra dimensión particular.

— ¿Por qué no vamos a comprobar si tu premonición es cierta?

—Está bien. Pero ponte esto—indicó colocando la capa sobre los hombros de Lorena.

Después de más de dos horas, llegaron a un arroyo.

—Éste debe ser el Arroyo de Cristal. ¿Cuál será la mejor manera para cruzarlo?

Emilio guardó silencio.

—No lo sé.

—Venga, puedes hacerlo.

—Todo esto es nuevo para mí.

—Inténtalo.

Se sentaron junto al arroyo.

—Cuando hablé con aquel hombre fue algo extraño. Todo ocurrió en un segundo, pero ahora…

—Tómate tu tiempo—dijo compartiendo la capa con Emilio que estaba tiritando.

—Gracias—la abrazó y comenzaron a besarse.

De pronto Emilio exclamó:

— ¡Ya lo tengo!—en ese preciso instante comenzó a desdibujarse—. Mañana cruzaremos—pudo decir antes de desaparecer.

Eran las siete menos veinte de la mañana. Parecía como si el tiempo transcurriera de un modo distinto en aquel lugar. Algunas veces daba la impresión de que estaban juntos muchas horas y en cambio en otras parecía que los dos acabaran de encontrarse y generalmente sus encuentros tenían siempre la misma duración.

 

 

Aquel día se le estaba haciendo eterno. Deseaba que llegara la noche para así poder cruzar el arroyo. Pero aún eran las seis de la tarde.

Sonó el teléfono y Emilio contestó.

— ¿Diga?

—Hola hijo, soy yo.

— ¡Papá! ¿A qué se debe tu llamada?

—Quería hablar con tu madre. ¿Está en casa?

—No. ¿Quieres que le diga algo cuando vuelva?

—Dile que quiero que pases el sábado conmigo.

— ¡Genial!

—Cuando se lo hayas contado llámame y así vemos a qué hora paso a recogerte.

Aquello era estupendo. Actualmente su padre vivía en la ciudad donde había vivido él durante toda su vida, hasta que Pablo comenzó a formar parte del juego. Ahora les separaban más de seis horas de viaje. ¡Hacía tanto tiempo que no estaba con él…! Antes de mudarse se veían todas las semanas, pero desde que vivía aquí, sólo podía hablar con él por teléfono.

Cuando entraron por la puerta, Emilio les puso al corriente sobre la llamada.

— ¿Olvidas, jovencito, que estás castigado?

—Venga, Pablo. Esto es distinto. Se trata de mi padre. Mamá, dijo que le llamases para ver a quéhora pasa a buscarme.

— ¿No has escuchado mis palabras? Te he dicho que estas castigado.

—Hace mucho que no estamos juntos y…

—Pablo tiene razón, Emilio.

— ¡Eso, ponte de su parte!

Subió a su habitación hecho una furia. En el reloj de su mesilla vio que eran las diez menos veinte.

—Tal vez Lorena ya esté dormida.

Cerró los ojos y se quedó dormido en pocos segundos. Algo poco corriente en él.

 

 

— ¿Qué tal tu primer día de castigo?

—Horrible—le contó el episodio que acaba de protagonizar—. ¿Y sabes lo peor? Que no he cenado y aunque esto sea un sueño, tengo hambre.

—Debemos cruzar el arroyo. Si llegamos a Manderís allí seguro que conseguimos algo de comida. ¿Cómo podemos cruzarlo?

—Tenemos dos maneras. La primera consiste en rodear todo el arroyo, lo que supondría más de seis noches de camino. La segunda sería confiando en el hechizo. El arroyo se cristalizará si confías en que lo hará—Lorena le dirigió una mirada extraña—. No me mires así. Eso es lo único que sé.

— ¿Estás seguro?

—No. Como tampoco estaba seguro de cómo llegar aquí, y hemos llegado, ¿no? Si tú no te fías, yo cruzaré primero.

Caminó hacia la orilla del arroyo. Confía. Confía en la magia, se repetía. Tragó saliva y comenzó a caminar con los ojos cerrados.

— ¡Es cierto!—gritó de pronto Lorena.

Emilio abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba a unos tres pasos de la orilla. El agua del arroyo era ahora como una lámina de vidrio.

—Ahora cruza tú, Lorena. Sólo piensa que es cierto, créetelo. ¿No me ves a mí?

Lorena comenzó a caminar tratando de dejar atrás sus temores. Si dudaba, el suelo se volvería agua a sus pies. Cuando llegó junto a Emilio, éste la agarró de la mano y caminaron juntos hacia la otra orilla. Ya en tierra firme, se abrazaron.

—El don, es cierto que es grandioso—reconoció Lorena.

—Espera un momento. ¿Dónde está la capa?—exclamó de pronto Emilio.

—Ya no me acordaba. Cuando ayer te fuiste la escondí tras aquellas rocas para que nadie se la llevara mientas no llegaba otra vez la noche—explicó ella señalando hacia éstas.

—Iré a buscarla.

Corrió hacia el lugar que Lorena indicaba y cuando tuvo la capa nuevamente en sus manos emprendió el camino de regreso. Había avanzado ya algunos metros cuando tuvo una nueva visión: el hechizo desaparecería si cruzaba el arroyo por segunda vez en la misma dirección. El suelo empezó a quebrarse bajo sus pies. A duras penas lograba mantenerse a flote. Lorena gritaba desesperada. De pronto, Emilio sintió como la capa adquiría consistencia. Se agarró con fuerza a ella y logró tranquilizarse. Comenzó a nadar hacia Lorena, la cual lo ayudó a salir del agua.

— ¿Qué ocurrió? ¿Dejaste de creer en la magia?

—No. El hechizo se rompe si cruzas dos veces seguidas el arroyo en la misma dirección.

—Afortunadamente eres un buen nadador.

—Te equivocas. Menos mal que la capa se endureció como si fuese un madero o hubiese acabado en el fondo. Era como si una fuerza extraña me empujase hacia el interior de las aguas.

—Estás empapado. Si no te cambias de ropa te pondrás enfermo.

—Pero no tengo nada que ponerme y por aquí no parece haber ninguna casa en la que puedan dejarme algo.

—Pues no puedes quedarte con esas ropas.

—No pasará nada. Esto es un sueño, ¿no?

Comenzaron a caminar.

—Cuando uno que los dos se despierte, el otro debe esconder la capa en algún sitio seguro—sugirió Lorena—. Ayer cuando me quedé sola pensé que si la dejábamos a la vista, cualquiera podría cogerla y hoy tenemos una razón aún más poderosa para protegerla, porque realmente es mágica.

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