ALBERTO ROMERO

La despedida
Aguirre se daba cabezazos contra los azulejos de la ducha, mientras el agua caliente
le caía encima con fuerza. Había soñado muchos días con el interrogatorio a Josefa,
y dándose la enhorabuena por haberla atrapado. Se hubiera quedado en
aquella ducha para siempre, sin volver a la realidad, pero no quedó otro remedio
que hacerlo.
Aquel sueño se había desvanecido en un instante, en un salto al vacío, en un
impacto brutal contra un vagón de tren. El final del caso que le había vuelto a recordar
sus años jóvenes había acabado demasiado mal.
Cuando en la comisaría revisó el bolso de Josefa y el cuchillo de veinticuatro
centímetros que portaba cuando saltó, reflexionó sobre el género humano, y como
se pierde el norte en un abrir de ojos, cambiando el futuro y el presente para siempre.
Aquel trastorno psicológico mal controlado había ido muy lejos, y se había
convertido en algo demasiado personal para la propia Josefa, que no distinguía la
realidad de sus propias alucinaciones.
Lo único positivo, de aquel final tan trágico, fue que la familia por fin pudo descansar
en paz. Meterla en la cárcel hubiese sido una satisfacción personal, y un
gran orgullo, para el inspector Aguirre, pero hubiese salido tarde o temprano. Satisfecho
a pesar de todo, recogió sus cosas y se despidió de Antonio y Ana antes
de subirse al tren que lo devolvería a su vida rutinaria en Barakaldo.
—Gracias por acompañarme hasta el tren —dijo Aguirre dando la mano a Antonio
y a Ana—. Qué vaya muy bien el parto. Ya os llamaré a ver que tal fue todo.
—Gracias a ti por todo. Siempre te llevaré en mi corazón, por ayudarme a conocer
mis verdaderos orígenes, como si o fuese de su propia familia —dijo Ana muy
emocionada—¡Cuídate mucho!
Antonio, aún con el brazo izquierdo en cabestrillo por la puñalada, le abrazó
mientras le daba las gracias también. Ambos levantaron la mano despidiendo a
Aguirre mientras el tren comenzaba a alejarse.
De camino a casa, de vuelta a la realidad, sin más sobresaltos a la vista, se
abrazaron antes de montar en el coche. Ana se abrochó el cinturón de seguridad
con dificultad y justo cuando iba a arrancar el vehículo tuvo una fuerte contracción.
Se llevó las manos a la tripa y sonrió a Antonio mientras este le miraba asustado.
Otra contracción se sucedió al instante.
—Uff, creo que alguien quiere salir ya —dijo Ana retorciéndose por el dolor de
las contracciones—. Mejor llamamos a un taxi.
—¿En serio? Joder, joder —dijo Antonio mientras la ayudaba a salir del coche y
levantaba el brazo para buscar un taxi que los llevase al hospital.
Tras seis largas horas de parto Ana dio a luz a un bebé muy sano de tres kilos y
cuatrocientos gramos. Antonio salió del paritario medio mareado. Se había hecho
el valiente, queriendo acompañar a Ana en el nacimiento, pero casi se desmaya al
ver como salía el bebé.
En la sala de espera estaban Deyan, Marta, Miguel, Adela y Martín. Al ver a Antonio
todos se levantaron emocionados y corrieron a abrazarle.
—Ha sido un niño —dijo llorando de nervios y emoción.
Todos aplaudieron felices y preguntaron como estaba la madre, cuanto había
pesado, que medidas tenía y mil detalles más.
Unas horas más tarde todos querían entrar a ver al bebé y a Ana en su habitación.
Deyan y Marta fueron los primeros en hacerlo, y fue la propia Marta la que
tiró de Martín para que los acompañara también.
Ana estaba agotada, pero feliz con su bebé en brazos, y se puso muy contenta
al verlos a todos. Se abrazaron ilusionados y llenos de emoción.
—¿Quieres cogerlo? —dijo Ana dirigiéndose a su hermano que miraba al bebé
extasiado.
—Claro, pero no sé si sabré —rió mientras hacía maniobras raras para sostenerlo.
—¿Habéis pensado un nombre? —preguntó Marta mientras le acariciaba las manitas.
Antonio y Ana se miraron y ambos sonrieron contestando casi al unísono.
—Se llamará Diego.
Martín reaccionó con emoción al oír el nombre de su padre. Los tres se abrazaron
para siempre, como una familia unida.

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