ANNABEL VÁZQUEZ

De vuelta a casa   

Me miré frente al espejo. Tenía los ojos enrojecidos tras haber estado llorando gran parte de la noche, se veían aún más distintos que de costumbre. Me pasé las manos por el pelo, intentando peinarlo y me recoloqué el flequillo hacia una lado, para poder recogerlo detrás de la oreja.

Había llegado el momento de ir en busca de Edgar. Le daban el alta hospitalaria y sabía que volver a casa resultaría difícil.

El tiempo que había permanecido en el hospital me había afanado en adaptar la casa, no cambié demasiadas cosas, solo aquellas que suponían un obstáculo para el desplazamiento. Steve me había recomendado un tutor itinerante que acompañaría a Edgar los primeros meses y le enseñaría estrategias que le facilitarían la autonomía. Era un tipo encantador, vital y con energía con el que congenié de inmediato. Él fue quien me ayudó a adaptar la casa para que estuviera a punto para su llegada.

—¡Eh! ¿No serán lágrimas eso que veo en tus ojos, verdad?

Sonreí fugazmente a Matt, el tutor.

—Es que no sé qué va a pasar, tengo miedo por primera vez desde que vine a Escocia, ¿te lo puedes creer? –reí de lo absurdo– Me han pasado cosas malas y he vivido situaciones que… –negué con la cabeza, intentando desterrar el recuerdo– pero es justamente esta tontería lo que me aterra: volver a convivir con Edgar.

Matt se sentó en el sofá y palmeó uno de los cojines con la mano para que le acompañara. Me senté a su lado y dejé que me cogiera de las manos.

—¿Tienes idea de la de veces que he hecho esto? Me refiero a la cantidad de personas que he conocido que han perdido la visión de la noche a la mañana –recalcó Matt–. Hay dos tipos de personas: las que nunca lo superan; pueden llegar a convivir con la discapacidad pero la nostalgia por todo lo que ya no pueden hacer pesa más y es como una sombra que les acecha constantemente y les impide reír, soltarse, volver a ser ellos mismos… Y los que tienen una fortaleza interior increíble y encuentran nuevas formas de seguir haciendo todo lo que hacían antes sin ningún obstáculo que se lo impida. Con esto no estoy diciendo que este segundo grupo no tenga momentos de debilidad, estoy diciendo que su fuerza de voluntad les ayuda a superar sus limitaciones.

Le contemplé en silencio un rato, analizando en mi mente las palabras que había dicho.

—Edgar pertenece al segundo grupo –continuó con seguridad–. No está en su naturaleza rendirse, encontrará la forma de salir adelante, siempre. Así que no temas, volverás a ver en él el hombre que recuerdas.

Los ojos volvieron a llenarse de lágrimas, ¿esperanzados tal vez?

—Podrías equivocarte.

—Podría, pero no lo he hecho, ya lo verás.

Suspiré y volví a sonreírle, sus palabras me hicieron sentir mejor, era justo lo que necesitaba escuchar en ese momento.

—Cuando le veas bloqueado y quieras halar con él, cógele de las manos –sostuvo nuestras manos unidas en el aire, para que supiera a lo que se refería–, esto relaja y no olvides que es así como te nota realmente próxima. El contacto es fundamental, así que no le sueltes y todo irá bien.

Me aferré a ese consejo como si fuera mi único salvavidas en mar abierto. Pasara lo que pasara no iba a soltar a Edgar. Jamás.

 

—Encantado de conocerle señor Walter, me llamo Matt y si le parece bien, me quedaré con usted un tiempo.

—Oh, por favor, no tengo bastante con ser ciego que me han puesto un niñero a tiempo completo.

—Dale una oportunidad a Matt, me cae bien –alegué y el susodicho me guiñó un ojo– Y ahora vamos a entrar en casa, hace frío aquí fuera.

Sostuve la mano de Edgar y la coloqué por encima de mi codo derecho, como me había indicado Matt, y caminé lentamente hacia la casa, guiándole.

Podía advertir que estaba nervioso, indeciso por regresar a su hogar y sentirlo de forma diferente. Fui yo la que guié sus pasos hasta cruzar el umbral de la puerta.

—Mira, Edgar, hemos puesto unas cintas aterciopeladas en la pared para que puedas guiarte con tan solo colocar tu mano.

Llevé su mano hacia la pared y él tocó la cinta adhesiva. Seguidamente la repasó con los dedos, desplazándose con lentitud.

Suspiró y se detuvo en seco.

—Quiero ir a mi habitación, estoy cansado.

Alegó girando el rostro en nuestra dirección.

Miré a Matt con la pena plasmada en el rostro; este solo era el principio de lo mucho que faltaba por venir.

 

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