ALBERTO ROMERO

Por las calles de Madrid
Josefa salió corriendo de la pastelería como alma que lleva el diablo, en cuanto
escuchó las sirenas de la policía. Marta y Antonio se quedaron en el suelo, maniatados
y sangrando, apenas podían moverse.
Un coche de policía llegó en apenas un segundo y, casi en marcha, bajó Aguirre
a la carrera. Entró en la pastelería y se encontró a los dos hermanos en el suelo.
Se agachó a ayudarlos y estos le dijeron que Josefa acababa de salir corriendo de
la tienda.
—Vienen refuerzos. Ellos os ayudarán. ¡Tengo que atrapar a esa bruja! —gritó
Aguirre mientras daba media vuelta y salía corriendo del local.
Al final de la calle vio a Josefa corriendo en dirección sur a gran velocidad. Corrió
tras ella sacando la pistola y gritándole para que se detuviera. Lejos de hacerle
ni el más mínimo caso, Josefa mantuvo la velocidad para que el policía no le alcanzase.
El inspector había perdido el fondo físico de la juventud, cuando corría medias
maratones, y alcanzaba a los ladrones de joyerías de un zarpazo. La falta de entrenamiento,
y los años sin persecuciones pasaban factura. Ya no podía correr tanto
como entonces, ni tan rápido.
Mientras corría tras Josefa se sorprendió del ritmo que llevaba la señora, brutal
para su edad. Estuvieron casi diez minutos corriendo por las calles de Madrid, sin
aflojar ni un segundo.
Josefa trataba de dar esquinazo al policía metiéndose por todas las bocacalles,
pero no había manera de despistarlo. Aguirre gritaba y amenazaba con dis2
pararle, pistola en mano. Josefa también gritaba, y se reía como una desquiciada.
El policía, turbado por aquella macabra risa, no entendía nada.
Llegaron al final de una calle que desembocaba en una parada de metro. Unos
metros mas allá solo había un muro que cerraba el paso, una especie de plazuela
sin salida. Josefa trató de camuflarse tras una cabina de teléfono, jadeando como
una gacela africana en la sabana, sin mucho éxito. El inspector estaba cada vez
más cerca.
Sin pararse a pensar Josefa se lanzó escaleras abajo, cuchillo en mano, internándose
en el metro. La gente que a aquella hora entraba y salía del metro se giraba
sorprendida al ver aquella persecución de película.
Aguirre siguió los pasos de Josefa, pero se tropezó con una pareja, y bajó las
escaleras del metro rodando. El golpe que se llevó fue enorme y se levantó dolorido
y cojeando, tratando de no perder de vista a Josefa. Si se perdía en el metro sería
muy difícil localizarla, y estaba demostrado que era muy escurridiza.
Josefa atravesó el túnel que llevaba hacía la conexión de la línea tres con la
diez, tratando de despistar al policía, que la seguía cada vez más cerca. Corrió por
una estación en la que apenas había tres o cuatro personas y frenó en seco cuando
llegó al final del andén.
Se volvió mirando a Aguirre, que entraba en aquel instante en el andén por el
lado contrario. Se escuchó el ruido de cuando entra el tren en la estación.
Sin pensárselo un segundo se lanzó a las vías en el momento que el primer vagón
entraba en la estación, aún a gran velocidad. Josefa se estampó en la cristalera
del tren como un mosquito, y el cuerpo calló bajó las vías, pasando los vagones
por encima haciendo un ruido terrible, a punto de descarrilar por el golpe. Se oyeron
gritos en el andén. Aguirre se quedó quieto, con la respiración contenida, con
la mandíbula desencajada por lo que acababa de suceder. El tren frenó más adelante
de lo habitual, dejando a la vista el cuerpo aplastado de Josefa sobre las vías.
El inspector saltó junto al cuerpo de Josefa, que había muerto en el acto. Destrozada
por el impacto, y salpicada por su propia sangre, quedó tendida entre las
dos vías. Su cara, completamente deformada, conservaba su sonrisa malvada y los
ojos abiertos. Aguirre comprobó que no tenía pulso, y se levantó frustrado y desesperado
por el final desastroso que se acababa de producir.
Una docena de policías entraron corriendo en la estación con las armas preparadas,
dispuestos a atrapar a la fugada. Era demasiado tarde. Josefa se había lanzado
al tren, muriendo en el acto. Un final a la altura de su personaje.
Aguirre, aún con la pistola en la mano, subió de nuevo al andén y se dirigió a
la salida de la estación cabizbajo y sin decir nada. Los servicios de emergencia se
cruzaron con él en el camino.

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