ALBERTO MORENO

Santa Pilar de Águeda y de la Buena Esperanza fue subida a los altares el 26 de diciembre de 1844 a instancias del incipiente gobierno de la nueva República, estrenada hacia  un año.

Roma vió con buenos ojos la iniciativa. El gobierno argüía que los santos de fuera, los de siempre, eran poco conocidos por la gente y vistos como extraños, forasteros, de otro país.

Para frenar el empuje de las nuevas santerías convenía tener santos de la tierra. No importaba que alguno fuese negro. Había que tener santos de pobres y santos de ricos. Santa Pilar, era blanca y estaba destinada a ser la santa de los ricos.

Visto y hecho., ocupó el lateral derecho del altar de la iglesia del Perpetuo Socorro y del Espiritu Santo  de la capital. Había fallecido hacía solo 6 meses.

Allí, en lugar tan principal era poco transitada. Tenían mas trasiego los santos colocados en los lados de la nave central, mas accesibles a la gente. Estos, eran los santos de los pobres, Santa Pilar era la preferida de los creyentes adinerados.

Su cepillo rendia como cinco veces la cuantia de todos los otros sumados y multiplicados.

Era la Santa rica de la Iglesia.

Sin saber porque, aquella mañana del 26 de diciembre, de 1920 justo 76 años después de su santificación, se bajó de la columna donde había estado de pie todo el tiempo y salió andando por una de las puertas laterales del templo.

La primera que la echó en falta fue Prudencia, la mujer mulata que limpiaba y tenía las llaves de la iglesia. Vió el capitel vació y se encogió de hombros. – ¡Será un milagro!, dijo para sí. Se habrá ido a Roma a ver al Papa.

Santa Pilar convino que su manto estaba sucio. Se sacudió con la mano lo que pudo y un asqueroso polvo celestial como de estrellas blanquecinas fue cayendo al suelo y dejando un diminuto reguero en la calzada.

Unos pasos mas adelante, cayó en la cuenta que la parte alta de su espalda y de sus hombros, deberían tener los excrementos de las palomas que anidaban en el campanario.

Y que en verano realizaban vuelos rasantes por la nave de la Iglesia y terminaban posándose en sus espaldas.

Con la mano se golpeó los hombros como pudo. Las cagadas, secas, momificadas se desprendieron en gran parte sin mayor esfuerzo.

Seguía de todas formas , hecha una santa guarra.

Prudencia, la mulata, la mujer que mantenía la limpieza del templo, tenía preferencia por los santos varones, en especial los que tenían el torax y los muslos al descubierto. Estos, relucían como los chorros del oro.

A las Santas, “que las zurzan”. En voz baja murmuraba “¡A saber lo putas que debieron ser con las caritas de mosquitas muertas que tienen todas!”

Santa Pilar abrió el cepillo y fue deslizando los billetes y las monedas en el bolsillo interior del manto.

En el fondo de la caja metálica halló un collar de pedrería fina que debía valer un cojón. Lo guardo en el otro bolsillo y tiro el cepillo.

Al andar sintió ganas de aliviarse,de hacer pis, de mear. Llevaba 76 años sin hacerlo.

La ciudad se le había vuelto desconocida, solo algunos tejados, las cúpulas de las iglesias y para de contar. El resto era nuevo para ella. La ciudad había cambiado en todo aquel tiempo que había permanecido inmóvil en los altares de la iglesia.

En el primer parque que encontró, se apoyo en la rama de un árbol, se abrió de piernas, recordó que las santas no llevan bragas y un hilillo caliente, amarillento, fluyó entre sus piernas.

Sintió placer.

Y de este placer sintió ganas de cagar. Apretó los mofletes, hizo fuerza con los glúteos y un reguero de bolitas marrones se fueron esparciendo por la pradera del parque.

Se sintió repleta y llena de dicha . Y como la materia de las santas y de los santos es incorrupta, pensó que no tenía que limpiarse el ano.

Y así debió ser. En todo aquel desembarco no se desprendió olor alguno. Y este milagro le reafirmó que su condición de santa, seguía impoluta.

Su rostro cuando pasaba por la calle principal resultaba conocido a  los transeúntes. Volvían la cara, pero no relacionaban la santa de la iglesia con aquella mujer desconocida.

Después de deambular por toda la ciudad estaba cansada. Busco un hotel. Recordó los 76 años siempre de pie y le dio gusto pensar en una cama mullida, tierna, ancha.

Lo pensó y lo hizo.

En vida había sido siempre una mujer de acción. De hecho catecatizó a los indígenas del interior a hostia limpia y al final la iglesia de su parroquia siempre estaba llena los domingos. Santa Pilar de Águeda los tenía para bien o para mal, gordos y bien puestos.

Entró en el hotel.

El encargado registró a la santa con el nombre de Pilar de Águeda y de la Buena Esperanza. le preguntó por su equipaje y contestó que no llevaba.

Entro en su habitación y decidió bañarse.

Su cuerpo, aunque incorrupto, olía a chinches, a polvo viejo, a vela chamuscada y a todos los olores podridos que anidan en una iglesia de mas de 200 años.

Sus muslos ya no eran pétreos, habían vuelto a ser de carne. De la carne, de cuando habitaba  este mundo y su cerebro comprobó que preservaba y guardaba la memoria.

El camino de los recuerdos, se dirigió a hechos nunca confesados, que no figuraban en su curricula de santa, ni en los pergaminos que se mandaron a Roma. Tampoco se recogían en su santoral.

Prefirió no seguir indagando en su pasado remoto. Mujer de acción, resoluta, de prontos, cortó el reguero de sus pensamientos, se enjabonó, se enjuagó, se secó y salió del baño.

Cenaría en la habitación y al día siguiente tiraría el manto y compraría ropa nueva.

A la mañana siguiente,después de despertarse, desayuno y salio a la calle a comprar prendas nuevas y a tirar el manto marrón tan puerco y tan sucio que llevaba.

Se dirigió al mercadillo de los domingos. Eligió un pantalón vaquero colombiano, que le ajustaba mejor el culo y los muslos , dos blusas estampadas de colores chillones y una guayabera de punto que le protegiera del fresco del invierno ya llegado.

En el puesto siguiente compro los zapatos y una falda criolla que se probo en la trastienda y que dejaba al descubierto sus rodillas carnosas.

Arramblo con otro pantalón color miel y una pulsera de marfil, volvió al hotel a cambiarse y a probarse  todo el vestuario.

Eligió la minifalda y la blusa estampada de pequeños girasoles amarillos.

Los zapatos de tacón aumentaron su estatura y a  la blusa le dejo sin abrochar los tres últimos botones. Al andar, sus pechos pugnaban por salirse de la blusa. ¡Mejor! –se dijo para si-.

Andaba resuelta y decidida. Las calles estaban empedradas y la ciudad le estaba seduciendo. En los 76 años que había pasado en los altares de la iglesia, había cambiado a bien. No había polvo ni barro en las calzadas y los carruajes y algún que otro engendro del averno que hacia un ruido desconocido,circulaban en orden.

A medida que caminaba se sentía mejor.Al hacer inventario de su resucrrección, en aquel su segundo día, le pareció que la condición humana era mas divertida y reconfortante que la divina. Y eso, que no había hecho casi nada.

Sintió ganas profundas de beber y apurar el cáliz de las emociones intensas.

En su paseo, se encamino al malecón y trabo  palique con un grupo de mulatos color café con leche, que trasegaban cerveza en un boliche.

Pregunto por la parte de la ciudad donde estaba el jolgorio y la bulla.

El mulato mas alto del grupo ,que llevaba la voz cantante, le inquirió que tipo de parranda buscaba.

Santa Pilar, contesto a las bravas:!-La que después de las farras se va una directa  al infierno¡¡.

Convinieron en ir todos juntos. Antes,la santa pago una ronda de cervezas en el boliche y se marcharon  resueltos, en dirección a las farras que condenan a los buenos y reconfortan a los malos.

Llegaron.

Las “bachatas”, las bailaba descalza como una posesa, soltaba a uno y se enganchaba a otro.Los zapatos de tacón los había guardado en los bolsillos del pantalón. Parecían dos revólveres tejanos.

El tiempo se esfumaba como si no existiera. A las doce de la noche, dos muchachos se pusieron a vomitar en la calle, otro se orinaba en las esquinas.

En fila india, cogidos de los hombros, entonando las estrofas del himno nacional, guiados por Santa Pilar de Águeda y de la Buena Esperanza, subían las escaleras del Hotel Imperial, camino de la habitación de la santa.

De lo que allí ocurrió, mejor no levantar acta ni dejar constancia. Parece que permanecieron una semana y que  un piquete de soldados fue necesario para desalojar a los facciosos del hotel.

Al pedestal vacío de Santa Pilar de Agueda, tres meses después, el Obispo hizo la mudanza de San Pancracio de Aranea patrón de los desaparecidos.

 

                                         

 

Un comentario sobre “La santa

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