LU

Hoy he decidido que voy a ser escritora, así que después del funeral de mi mejor amiga Nadya he ido a la tienda de Samir, he comprado este cuaderno de tapas grisáceas como mis ojos y me he sentado en la cama a emborronar la primera página que luego tendré que pasar a limpio.

Lo he decidido porque mientras miraba la tumba de mármol donde han metido a mi amiga y pensaba en el frío que debía de hacer dentro, la madre de Nadya me ha abrazado muy fuerte y me ha dicho que el asesinato de su hija quedará impune y olvidado. Me apretujaba tanto que me costaba respirar, pero no me he quejado ya que cuando lloro y hablo a la vez me sale una voz ridícula, de pollito hambriento. Yo luego le he preguntado a mi padre qué significaba impune y, ahora que lo entiendo, sé que tiene razón; aquí, en Palestina, todo queda impune y olvidado.

Hace dos días, Nadya y yo estábamos en mi casa pensando cómo hacer un trabajo para el cole: teníamos que construir un modelo del sistema solar. Como no se nos ocurría nada, le pedimos a mi hermano mayor el móvil y nos sentamos en las escaleras que hay detrás de la cafetería para robar wifi. Alucinamos con el primer tutorial de una maqueta giratoria y no vimos más; queríamos irnos de allí cuanto antes por el olor a podrido de los contenedores. Apuntamos lo que necesitábamos y fuimos a la tienda de Samir. Es un local con dos pasillos estrechísimos repletos de bártulos, lo tiene tan desordenado que cuesta horrores encontrar lo que buscas y terminamos por preguntarle. No había ni la mitad de los materiales; para excusarse dijo que usáramos la imaginación, que es muy importante; apuntó en la cuenta de mi padre el dinero, nos regaló una golosina y nos despidió con su sonrisa bromista y la famosa frase que le dice a todos los niños: «Hasta luego, futuro».

De camino a mi casa nos encontramos con el papá de Nadya, que compartía un narguile con sus amigos en la terraza del café y nos invitó a un batido de fresa. Mientras yo lo devoraba y les contaba el proyecto con detalle, Nadya se alejó a acariciar un gato atigrado que dormitaba sobre la acera con esa cara de gusto que ponen los gatos cuando les da el sol. A partir de entonces sucedió todo muy deprisa.

Recuerdo que escuché los sonidos por este orden: acelerón, grito de mujer, chirrido de neumáticos, grito de hombre, golpe seco y acelerón. El padre de Nadya y sus amigos salieron corriendo detrás del coche, la gente se apelotonó alrededor del cuerpo y yo me quedé paralizada sin saber qué hacer. Luego recuerdo luces: las de la ambulancia, las de la policía israelí y las de una linternita que me enfocaba en los ojos un médico.

Lo siguiente que recuerdo es que estaba en mi habitación y todo me daba vueltas, parecía que me habían dado un mazazo en la cabeza. Me dolía la lengua y la boca me sabía a sangre, debía de haberme mordido. Oí a mi familia susurrar, salí dando un portazo y grité: «¿Creéis que no me entero? ¡Dejad de hablar como si fuera un bebé, tengo doce años!». Estaban sentados a la mesa del comedor: mi madre, mi padre, mi hermano y mi abuelito; me miraban atónitos porque yo nunca había tenido un arrebato así. El olor a café recién hecho me reconfortó, me senté en la silla que quedaba libre y rompí a llorar. Con la voz de pollito hambriento les dije que no entendía por qué nos odiaban tanto y mi hermano respondió lo de siempre: «Quieren que nos vayamos para quedarse con nuestras tierras», a lo que contesté: «¿Y ese es motivo para matar niñas?». Todos se echaron a llorar, incluido mi abuelito, al que yo nunca había visto soltar ni una lágrima y oírle gimotear de aquella manera tan gutural me provocó un agujero infinito en el pecho.

Al colono asesino se lo llevó su policía; dicen que lo van a juzgar, pero todos sabemos que es mentira.

Mi madre no quiere que salga a la calle de momento. A mí no me da ningún miedo, así que después del funeral he ido a la tienda de Samir a por este cuaderno, le he contado mi intención de que las injusticias no caigan en el olvido y le he preguntado por qué no había venido a despedir a Nadya. Me ha mirado con los ojos húmedos y me ha dicho muy bajito: «Hasta luego, futuro».

Relato ganador del Premio Internacional de Narrativa Joven “Abogados de Atocha” 2018

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