ANNABEL VÁZQUEZ

Tras el cristal

Los blancos e interminables pasillos del hospital no consiguieron calmar mi nerviosismo.

Seguí a Steve mirando cada puerta que dejábamos atrás, preguntándome cuál de ellas nos conduciría a la agónica sala de espera. María estaba a mi lado, prácticamente no habló durante todo el camino, no solo estaba preocupada, además, tenía un profundo miedo por lo que pudiera ocurrir y sin ser consciente, consiguió trasmitírmelo.

—Bien, ya estamos –Dijo Steve, abriendo la última puerta del pasillo– . Están a punto de sedar a Edgar y he conseguido este espacio para vosotras.

La sala era pequeña, pantallas colgaban de la parte alta de las paredes, tenía una mesa en medio y varias butacas situadas frente a un enorme ventanal. Miré a través de él y vi que justo debajo se encontraba la sala de operaciones, donde ya estaban preparando todo el instrumental que iban a utilizar. María y yo nos giramos súbitamente en la dirección de Steve.

—Esta es la habitación que utilizamos para que los estudiantes puedan seguir las operaciones, desde aquí podéis ver cómo va el proceso. Los auriculares permitirán que podáis escuchar y las pantallas os pueden ofrecer un primer plano de la operación, aunque no creo que queráis ver eso…

María abrió la boca con preocupación.

—¡Madre mía Steve! Si no es mucho pedir, yo esperaré fuera. No puedo ver algo así.

—Por su puesto, María –se apresuró a responder–. Podéis sentaros fuera, es que pensé que os quedaríais más tranquilas si podíais verle y constatar que está bien.

—Yo prefiero quedarme –alegué dirigiéndome hacia la enorme cristalera.

Si me ponía de pie podía ver todo sin perder detalle, eso me parecía mejor que esperar en otra sala, aguardando en angustioso silencio a que alguien venga a ofrecer noticias.

Steve se encogió de hombros.

—Dejaré esta puerta abierta, podéis hacer lo que queráis.

Miré a María y capté en el acto sus pensamientos. Estaba ausente, repasando en su mente todos los imprevistos que podrían surgir. Entendí perfectamente su preocupación y como único consuelo solo se me ocurrió abrazarla.

—Te diré cómo va todo –la tranquilicé.

—Gracias, cariño. Solo quiero que esto acabe pronto.

Me apretó con tanta fuerza que casi me dejó sin respiración. Cuando nos separamos, me sentí insegura. Pero no era momento ni lugar para mostrar debilidad, me acerqué a la ventana y respiré hondo.

Edgar entró en la habitación sobre una camilla y completamente desnudo, tan solo cubierto por una sábana verde. Varios médicos y enfermeras le acompañaban y parecían hablarle, informándole del proceso que iban a seguir. Me fijé que habían rapado su precioso cabello oscuro y eso bastó para desbordar el torrente de emociones que llevaba un tiempo intentando ocultar. Mis ojos se llenaron de lágrimas y no di a basto restañándolas con la mano.

Al ver que se movía, me quedé un poco más tranquila, aún no estaba dormido, así que me pegué literalmente al cristal, deseando que pudiera verme una última vez más.

De pronto, Edgar alzó el rostro y reparó en mi presencia. Su boca se entreabrió por el asombro.

Puse las manos sobre el cristal, necesitaba tiempo, un instante al menos para decirle todo lo que había callado. Pero el anestesista estaba a punto de actuar, y desde esa altura tenía pocas opciones de comunicarme con él.

De pronto me invadió el miedo: ¿Y si algo salía mal? ¿Y si no volvía a despertar sin saber todo lo que sentía por él?

Miré frenéticamente a mi alrededor y reparé en unas hojas en blanco que habían en la mesa central de la sala. Las cogí junto a un bolígrafo olvidado y me apresuré a escribir todo lo que quería que supiera.

En cuanto terminé, corrí de nuevo hacia el ventanal y me enganché a él esperanzada.

Estaba convencida de que podía leerme, para ello había preparado varias hojas escritas con letras grandes y fui acercando una a una al cristal, marcando una secuencia para que le diera tiempo a leerlas:

 

Solo quería decirte…

que no puedes borrar

todo lo que ha ocurrido.

Ha tenido que pasar esto

para hacerme ver que…

TE QUIERO,

 

Esperé unos segundos más antes de mostrarle la última hoja:

 

cabezota petulante.

 

Sonreí y su sonrisa se convirtió en un eco de la mía. Había tanto sentimiento plasmado en sus ojos claros, que me odié al instante por no habérselo hecho saber antes.

Steve empezó a hacer señas con la mano, indicándome que presionara un botón de la pared. Miré por todas partes y cuando vi una especie de dispositivo lo accioné sin más.

—Bien, así podéis escuchar todo lo que pasa aquí abajo –aclaró. Su voz se escuchaba alta y nítida por los altavoces–, solo nos escucharéis a nosotros, el altavoz es unidireccional. Por si no lo sabéis, esta operación no se puede efectuar con el paciente completamente dormido, administraremos anestesia local e iremos haciendo preguntas para descartar cualquier daño cerebral, una vez concluida la operación, le sedaremos completamente para asegurarnos ese momento de reposo que necesita el paciente. Así que… ¿estás preparado Edgar? Y ten cuidado con lo que digas a partir de ahora, Diana te está escuchando.

—Adelante Steve, deja de dar rodeos y acaba de una maldita vez.

Steve soltó una risotada.

—¡Ese es mi chico!

Uno de los ayudantes de Steve extendió la venda que iba a utilizar para cubrir sus ojos.

—¡Espera! –le detuvo Edgar.

Sus ojos se cerraron un instante antes de volver a mirarme, clavó literalmente su mirada en mí, parecía incluso que era capaz de atravesar el cristal y tocarme. Cuando sintió que había tenido suficiente le dedicó con un movimiento de cabeza que podía continuar. El ayudante vendó sus ojos y me pregunté si yo también sería la última vez que vería esa mirada viva, capaz de erizar el vello de todo mi cuerpo.

El anestesista le aplicó la anestesia local y mientras esperaban a que hiciera efecto, Steve y Edgar se pusieron a hablar.

—¿Qué hace ella aquí? ¿Qué le has dicho?

Steve volvió a reír.

—Le he dicho la verdad, ya lo sabes. Que eres un terco cabezota capaz de dejar marchar lo único que de verdad te ha importado en la vida.

Edgar suspiró.

—Ahora será peor para todos, si algo sale mal…

—¿Tan poca fe tienes en mí? Te recuerdo que soy el mejor neurocirujano que existe sobre la faz de la tierra.

—Eso es mucho suponer, ¿no crees? –preguntó riendo.

—Cálmate, sabes que estás en buenas manos. Y ahora, por favor, no te muevas.

Retrocedí un paso en el momento en que Steve hundió la hoja del bisturí en la parte de atrás de su cabeza, no podía mirar, era incapaz. Bajé la mirada pero permanecí a la escucha. Steve hablaba en su habitual tono de broma, haciendo diferentes peticiones a Edgar, desde que cantara mi canción favorita, hasta que le dijera la tabla del dos sin saltarse un número. Era inevitable soltar una carcajada de tanto en tanto, Steve se lo estaba pasando bien, aunque también era su forma de relajarnos, mostrando que lo tenía todo bajo control.

Mi curiosidad hizo que alzara el rostro para volver a mirar a través del cristal. Lo único que vi fueron las cabezas de los profesionales actuando sobre el cuerpo inmóvil de Edgar. Justo en ese momento, Steve depositó el diminuto trozo de esquirla en una bandeja de acero, vi la sangre en sus guantes y me puse en pie de un salto, alerta.

El corazón me iba a mil por hora, incluso me temblaban las piernas.

Steve miró fugazmente hacia arriba y alzó el pulgar para tranquilizarme, seguidamente se dio la vuelta y continuó trabajando.

Ya había pasado la parte más delicada de la operación y ahora el anestesista acabó de dormir a Edgar. Me entró miedo al verle tan callado sobre la camilla, tuve la misma sensación de estar observando a un cadáver, y ese pensamiento bastó para desatar el llanto.

La espera me pareció interminable. Fueron largas horas de angustia sin entender del todo lo que pasaba y lo que hacían, ahora que Edgar no estaba consciente, la operación se llevó en riguroso silencio, tan solo mencionaban tecnicismos médicos que no entendía. Confieso que hubo un momento en el que perdí la noción del tiempo encerrada en ese cuarto, no sabría decir si era de día o de noche, pero no quise apartar los ojos de la enorme cristalera en ningún momento, aguardé con el corazón en un puño hasta que algunas de las enfermeras empezaron a abandonar la estancia.

Steve se quedó un rato más, ayudando a vendar la herida. Cuando el camillero se llevó a Edgar, volvió a mirarme. En esa ocasión se quitó la mascarilla verde y me dedicó una sonrisa radiante. Solo entonces volví a tomar aliento.

 

Horas después Edgar tenía el aspecto de cualquier ser humano después de una larga y agotadora operación: como si nunca volviera a despertarse. Su cabeza estaba envuelta en blancos vendajes, y la quietud de la sala de recuperación se rompió cuando María empezó a llorar.

—¿Te encuentras bien, María?

Se enjugó las lágrimas con un pañuelo.

—Se podría decir que ahora mismo soy muy feliz, sé que Edgar va a ponerse bien, pero… –sus ojos volvieron a hacer aguas– Edgar odia la idea de quedarse ciego y verse en la necesidad de depender de los demás, no sé cómo…

—María –cogí aire y suspiré–, ¿Está vivo, no? Es lo único que importa.

Giró el rostro apenada, estaba en su naturaleza preocuparse por Edgar y sí, tal vez habían motivos, pero ambas sabíamos que esta operación era algo inevitable.

—Creo que iré a por un café –alegó poniéndose en pie–, ¿quieres uno?

Negué con la cabeza y volví a mirar a Edgar.

María se ausentó y yo aproveché para recostarme en su cama.

El leve movimiento del colchón hizo que se dibujara una fugaz mueca en su rostro. Incluso con parte del rostro y la cabeza vendados, seguía siendo muy guapo. Recosté mi cabeza sobre su pecho y me concentré en seguir el ritmo de los latidos de su corazón, en ese momento me pareció el mejor sonido del mundo.

Suspiré aliviada por ver que todo había salido bien, el mundo no podría perderse a alguien como Edgar, era demasiado excepcional.

Cogí una de sus manos y empecé a acariciarla. La alcé y la contemplé desde todos los ángulos, parecía tan grande al lado de la mía… No pude refrenar el impulso de acercármela a los labios y besarla con ternura.

—¿Diana? –preguntó con voz muy débil.

—¡Edgar! –elevé el tono debido a la euforia– ¿Cómo te encuentras?

—Pues no sabría decir… –contestó e intentó incorporarse un poco.

—¡No te muevas! –le previne– Voy a llamar a Steve para decirle que ya te has despertado.

—No, espera un momento.

—Pero él dijo que si te despertabas…

—Diana… –susurró y movió levemente su mano intentando encontrarme.

—Estoy aquí –cogí su mano y la apreté cuidadosamente.

—Me has desobedecido –continuó con voz queda.

Puse los ojos en blanco.

—No es la primera vez, no sé por qué te sorprendes.

—Pero, debes volver a Barcelona, a tu hogar.

Apreté los labios.

—Por más que me cueste admitirlo, mi hogar ahora es este. Allí tan solo queda el recuerdo de lo que fue mi infancia. Las cosas han cambiado mucho para mí.

—Puedes volver a empezar, eres joven.

—Ya lo sé, podría volver a empezar, conocer gente nueva, volver a formar un hogar… pero no me apetece dejar este.

Edgar giró la cabeza y pareció mirarme a través de los vendajes.

—Tengo miedo, Diana.

Apreté aún más fuerte su mano y la llevé junto a mi corazón antes de volver a  besarla.

—Dicen que tener miedo es bueno, significa que tienes cosas que perder.

Sonrió.

—Sigo pensando que deberías irte.

—Y yo pienso que debo quedarme, amor mío.

De nuevo sus ojos vendados parecieron posarse en los míos.

—¿Qué has dicho?

—Te quiero, Edgar. No sé cuál fue el momento exacto que me hizo inclinar la balanza del odio hacia el amor pero… ya no hay vuelta atrás.

—Diana… –sus dedos buscaron los míos a tientas para entrelazarlos– ¿me compadeces?

Se me escapó la risa.

—¿Compadecerte? –me burlé– ¡Me compadezco de mí misma! Voy a tener que aguantarte los próximos cincuenta o sesenta años. Arrogante, controlador, bipolar… ¡Menuda vida me espera!

—No te estoy pidiendo que te quedes –remarcó él, muy serio.

—Lo sé, tal vez por eso quiero quedarme. Y ahora… –me separé de él para pulsar el botón y avisar al médico– ha llegado la hora de que te vea Steve.

 

Nuestro amigo no tardó en entrar en la habitación con energía. Parecía pletórico de que todo hubiese salido tan bien, pero aún quedaba lo más delicado: retirar los vendajes de Edgar y ver realmente si sus nervios ópticos habían quedado tan dañados como para vivir en las sombras, o tal vez había ocurrido un pequeño milagro, ese uno por ciento del que hablaba Steve de que siguiera conservando la vista.

Por alguna razón aferrarnos a las posibilidades más remotas forma parte de nuestra condición de ser humano, tal y como dicen, la esperanza es lo último que se pierde y eso fue lo que hizo que mi corazón se acelerada mientras Steve retiraba cuidadosamente los vendajes de su rostro.

Apreté con fuerza su mano; tenía que salir bien, creía en las probabilidades, por ínfimas que fueran, y estaba convencida de que volvería a verme con su habitual admiración y esta vez todo sería distinto. Ya no tendría que colarse en mitad de la noche en mi habitación para observarme, ni dibujarme a escondidas, yo le invitaría a entrar y posaría para él las veces que hicieran falta, porque habían dejado de existir las barreras entre nosotros.

En cuanto sus ojos quedaron libres, los abrió con lentitud y pude ver el nítido color azul cielo de su ojo izquierdo. Parecía el mismo de siempre y eso me hizo contener la respiración a la espera de una señal. Lo único que me faltaba para dar botes de alegría era constatar que podía vernos.

María me sostuvo la mano con mucha fuerza, al igual que yo, empezaba a creer en los milagros.

Mi cuerpo se tornó rígido cuando su rostro se ladeó y me miró con atención.

—¿Y bien? –preguntó Steve, esperanzado.

Edgar cerró los párpados con lentitud y aguardó un par de segundos antes de volver a abrirlos.

Al igual que antes pareció enfocarme.

Seguimos a la espera mientras repasaba la habitación con la mirada.

—Nada, Steve. No veo nada.

María se tapó la boca para amortiguar el llanto. Incluso Steve suspiró con amargura.

Me acerqué a la cama y cogí la mano de Edgar con firmeza.

—¿Y qué tal la cabeza? ¿Te duele?

Pareció como si Edgar mirara el techo de la habitación.

—Es curioso, no recuerdo lo que es vivir sin la constante presión en mi cabeza, debo adaptarme a esta sensación.

Sonreí.

—Esto es una buena señal. Me alegro de que no vuelva a dolerte la cabeza. Se acabó la medicación, encerrarte en tu despacho…

—Y se acabó ver –concluyó mi discurso con desánimo.

—Ya sabíamos que eso pasaría –confirmó Steve–, pero por otro lado no sabes los progresos que hay en el campo de la medicina. Los trasplantes, células regenerativas… investigaré a fondo sobre el tema, te lo aseguro. Mientras tanto… yo me sentiría afortunado, sigues con nosotros y la herida está cicatrizando estupendamente. No se puede pedir más.

Me acerqué a su rostro y le di un tímido beso en los labios.

—Gracias Steve –comenté sin separarme de Edgar–, has hecho un buen trabajo.

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