ANA MARÍA OTERO

Emilio miró el reloj. Eran las tres y media de la madrugada. En menos de ocho horas tendría uncontrol de historia del arte que haría media, igual que todos los que realizaran antes del examen oficial, con la nota obtenida en éste. Estos controles eran unaspeliagudaspruebas con un formato al que el señor Cuentas se refería como de todo o nada, puesto que en ella se presentaba una única imagen, en esta ocasión de una catedral, seleccionada de entre todas las vistas, que cada alumno debía identificar para después contar todo lo que pudiera sobre ella. No faltaban quejas de los alumnos referidas a este tipo de examen que la mayoría consideraba diseñado para acumular suspensos, ante las cuales el exigente señor Cuentas se excusaba recordando a los que las pronunciaban, que era obligación delalumnado estudiar toda la materia, algo que él pretendía lograr con este tipo de exigentes pruebas que obligaban, si uno pretendía aprobar sin confiar ciegamente en la suerte, a hacerlo cada día, algo que aquel año, a diferencia del anterior, Emilio procuraba hacer tanto con ésta, como con todas las demás asignaturas. A pesar de lo cual no negaba lo inseguro que se sentía ante la próxima prueba.

Se encontraba cansado y decidió acostarse. Pronto se quedó dormido.

Soñaba nuevamente con el camino. Lorena no tardó en aparecer.

— ¿Qué tal, Emilio?

—El examen me tiene negro. ¿Qué tal lo llevas?

—Supongo que bien—Lorena desvió la mirada antes de, en cierta medida dubitativa, seguir hablando—. Esto es sólo un sueño así que no pierdo nada si te cuento algo que… Bueno, digamos que alguien a quien conozco vio el examen. No me preguntes cómo lo hizo porque eso es algo que esa persona no quiso compartir conmigo.

— ¿Sabes lo que va a caer?

Él observó atónito como ella asentía.

—Una de las imágenes de la fachada principal de la catedral de Burgos.

—Gracias por decírmelo.

—De nada. De todos modos estoy muy nerviosa. El señor Cuentas es muy exigente y…

—No debes preocuparte. Sabes que eres una de las mejores de la clase.

Permanecieron un buen rato hablando hasta que Emilio pudo observar algo: Lorena se iba desvaneciendo.

— ¡Oh! Olvidé decirte que había puesto el reloj a las cinco de la mañana para repasar antes que ir a clase. Suerte.

—Suerte—susurró Emilio.

Ahora estaba solo. Cerró los ojos y deseó con todas sus fuerzas despertarse. Cuando abrió los ojos estaba en su habitación. Su reloj marcaba las 5:02.

¡Qué sueño tan absurdo! Estaba tan nervioso por culpa del examen, que hasta había soñado con él. Ya que estaba despierto, comenzó a repasar la materia, prestando absurdamente una especial atención a todo lo referido a la catedral de Burgos.

 

 

Llegó a clase. Ricardo ya estaba allí.

— ¿Nervioso?—preguntó éste.

—Un poco.

El profesor entró en el aula.

—Buenos días. Guarden sus apuntes. Sobre la mesa sólo quiero ver los bolígrafos. En la hoja tienen el espacio suficiente para hablar sobre laobra reflejada en la imagen.

Comenzó a repartir las hojas y cuando Emilio observó la que le había proporcionado a él, su pulso se precipitó. No había duda: aquella era la catedral de Burgos.

Se quedó helado. Mil ideas se agolparon en su mente.

Bueno tío, ahora céntrate en el examen. Ya meditarás más tarde sobre tu premonición—se dijo.

 

 

Llegó a casa. Su padrastro lo llamó:

—Emilio, ven aquí— y allí fue, preguntándose qué pasaría ahora—. Siéntate —pidió—. Tu madre está muy preocupada por ti.

— ¿Por mí? ¿Por qué?

—Por tu carencia de sueño.

¿Ahora era eso?

—Duermo lo suficiente.

— ¿Son cinco horas suficientes para un chico de casi diecisiete años?  —lo cierto era que escasas noches lograba dormir tantas horas.

—Pues yo no me siento cansado.

—Pero hace algún tiempo que no presentadas un buen aspecto.

Había que seguirle la corriente.

—Está bien. Trataré de dormir más.

—Tu madre me ha explicado que te resulta difícil conciliar el sueño y cómo cuando lo consigues es tan ligero que enseguida te despiertas.

—No es para tanto.

—Le he contado tu problema a un médico amigo mío y me ha proporcionado esto—explicó enseñándole un bote con pastillas—. Debes ingerir una o dos cuando te acuestes. Pero nunca más de dos. Recuérdalo.

— ¿Mi madre sabe qué…?

—Naturalmente que lo sé—dijo ella que acababa de entrar en el salón—. Emilio, hijo, estoy preocupada por tu salud.

—Está bien—dijo—. Subiré a mi cuarto. Tengo deberes que hacer.

Cuando llegó a su habitación dejó sobre la cama los libros y se sentó. Miró el bote de píldoras. Estaban locos si pensaban que iba a depender toda su vida de pastillas para dormir. Las dejó sobre la mesilla.

Durante la cena le recordaron que las tomara, pero él no lo hizo.

 

 

Abrió los ojos y estaba en el bosque. Lorena lo esperaba. Tenía que hablar con ella seriamente.

—Lorena, la imagen del examen…

—Era la que me dijeron. ¿No fue estupendo?

—Lorena, eso es lo que me preocupa. Tal vez lo que soñé ayer fuera una premonición, pero…

— ¿Qué quieres decir?

—No lo sé realmente. ¿Te has parado a pensar en lo extraño que es todo esto?

—Emilio, es un sueño.

—Sí, pero dime: ¿tuyo o mío?

— ¿Me tomas el pelo?

—Lorena, estoy seguro  de que cuando te despiertas  dices, vaya, hoy  he vuelto a soñar con el nulo de Emilio, del mismo modo que yo digo al despertarme, soy afortunado: aunque no la tenga en la vida real, está conmigoensueños.

—Es cierto que pienso en ello al despertar, pero no con esas palabras. No pienso que seas un nulo. Al contrario.

—Llámame loco, pero ¿no te has parado a pensar que tal vez…?

— ¿Que tal vez soñemos lo mismo?—lo interrumpió—. La verdad es que sí. Pero, ¿cómo saberlo?

—Mañana tenemos que hablar en clase. Es la única manera.

—Está bien.

 

 

La tarde siguiente llegó a su casa malhumorado. Aunque estaba decidido a hablarle, no había sido capaz. Estaba comenzando a preguntarse si no estaría loco.

—Emilio—escuchó a sus espaldas. Se trataba de Pablo—. ¿Qué tal has dormido anoche?

—Muy quien.

—Las pastillas hicieron su efecto, ¿no?

—Naturalmente—contestó con desgana.

Subió a su cuarto.

Antes de acostarse abrió el bote de las pastillas y sacó cuatro. Conocía a su nuevo papá. Estaba seguro de que contaría las pastillas que quedaban. Iba a tirarlas, pero las guardó. Tal vez algún día podría necesitarlas.

Se acostó y cuando abrió los ojos estaba junto a Lorena que le dijo:

—Al final no nos atrevimos.

—Lorena, cuando amanece sólo puedo creer que soy un loco.

—A mí me ocurre lo mismo.

Permanecieron una semana entera pactando acercarse en clase, pero cada noche regresaban sin haberlo logrado.

Un día Emilio tuvo una idea.

—Tengo un plan que no puede salir mal. Mañana, cuando termine la clase no te levantes de tu silla. Yo me acercaré a ti y te pediré los apuntes de filosofía. Tú, sin mirarme, me preguntarás si quiero los del lunes o los del martes, a lo que yo responderé que los del martes. Entonces tú te levantarás de tu silla y me dirás que no tienen buena letra, a lo que yo añadiré que sabré entenderlos. Así si el otro sigue el diálogo de este modo, sabremos que esto no es irreal.

 

 

Emilio estaba más que nervioso. Por lo menos podía estar seguro de que con ese diálogo no quedaría como un imbécil si todo aquello era una locura suya.

Cuando terminó la clase se armó de valor y se acercó hacia ella que continuaba sentada.

—Lorena, perdona un momento. ¿Serías tan amable de prestarme los apuntes de filosofía?

— ¿Los del lunes o los del martes?—preguntó sin dejar de guardar sus cosas en la mochila.

El corazón de Emilio se aceleró.

—Los…,  los del martes.

Lorena se levantó y mirándole a los ojos dijo:

—No tienen una letra demasiado buena.

—Tranquila, sabré entenderlos.

Emilio no podía creerlo. Si hubiese tomado alguna de las pastillas para dormir que le habían dado pensaría que estaba teniendo alucinaciones. Ahora sí que estaba confuso. ¿Qué significaba todo aquello?

Salieron del colegio y comenzaron a caminar hacia la parada del autobús.

—Ahora sí que estoy hecho un lío—confesó.

—Yo no estoy mejor. ¿Por qué nos pasará esto? ¿Por qué soñamos el mismo sueño?

—No lo sé. Esta noche tendremos que averiguarlo. No sé cómo, pero debemos hacerlo.

Llegó el autobús. En ese instante, Lorena susurró:

—Te veré en mis sueños—y sonrió.

Emilio subió al autobús deseando que llegara la noche.

 

 

Durante la cena estaba perdido en sus divagaciones.

—Emilio—llamó su padrastro—, te noto ausente. ¿Te sientes bien?

—Sí, pero estoy un poco  sopa.

— ¿Sopa?

—Quiero decir que estoy  sobao, que tengo sueño.

—Ciertamente,  estas jergas juveniles son incomprensibles— Emilio pensó que la  jerga que utilizaba su nuevo papá, en ocasiones también era incomprensible—. Tal vez esa somnolencia que padeces este ocasionada por las pastillas. El doctor me indicó que los primeros días de ingestión podría suceder.

—Será eso—dijo.

¿Por qué se le había ocurrido decir que tenía sueño, si en realidad se sentía más despierto que nunca? Por lo menos de esta manera ellos pensarían que realmente sí estaba tomando esas píldoras.

Se acostó, pero a pesar de todo tardó más de una hora en dormirse. Estaba nervioso. Los otros días pensaba que era un sueño suyo, pero ahora sabía que todo lo le dijera, Lorena lo recordaría al amanecer.

Cuando se reunió con ella:

— ¡Por fin! Me acosté pronto, pero parecía que nunca ibas a llegar.

—Me acosté hace una hora, pero no era capaz de quedarme dormido.

El sonido de los cascos de un caballo les alertó. Un chico algo mayor que ellos descendió de su montura.

— ¿Por qué narices no me acordé de la capa?—se lamentó antes de dirigir hacia ellos una súplica—. Ayúdenme, por favor. Finjan no haberme visto, o mejor: digan que me han visto pasar a toda pastilla hacia allí—pidió señalando hacia la derecha de donde ellos se encontraban, lugar hacia donde como por arte de magia, su caballo huyó después de que él colocara suavemente la mano sobre el lomo de éste, al que no tardaron en perder de vista. El desconocido se escondió tras unos arbustos y en pocos instantes, unos miembros de la Guardia se acercaron a ellos.

— ¿Han visto pasar a un hombre a caballo?

—Sí. Huyó por allí—indicó Lorena señalando hacia la dirección que había seguido el caballo.

Los hombres reemprendieron raudos la marcha.

Cuando los cascos de los caballos fueron apenas audibles, el joven salió de su escondite.

— ¡Uff! Gracias, gracias, gracias…

— ¿Se puede saber a quién diablos hemos salvado la vida?—inquirió Emilio.

—A un pobre muchacho acusado de haberle arrebatado la honra a la hija de un acaudalado noble.

— ¿Y hay algo de cierto en tal acusación?

—Que quede entre nosotros, pero lo cierto es que cuando estuvo conmigo la dama poca honra poseía ya. Pero aún no nos hemos presentado. Mi nombre es Andrú.

—Yo soy Emilio y ella Lorena.

—Vuestros nombres son extraños. ¿No sois de por aquí?

—Yo soy una durmiente—respondió Lorena tratando de mantener la calma.

— ¡Sois del mundo exterior, bella dama! ¿Y vuestro amigo?

—Yo soy su antena—afirmo espontáneamente Emilio— Joder, ¿pero qué estoy diciendo? Yo soy su receptor, sí, su receptor—trató de enmendar su fallo.

—Uf, la verdad es que ahora me resulta difícil creeros—Lorena y Emilio se miraron asustados—. Tranquilos, tranquilos que vuestro secreto estará a salvo conmigo que reconozco sentir cierta simpatía por las parejas de durmientes.

— ¿Qué os lleva a suponer que ambos seamos durmientes?

—Hay cosas para las que tengo un olfato infalible y para vuestra tranquilidad puedo asegurar que después de haberme salvado la vida así porque sí, no podría tener nada en vuestra contra.

—A ver, si tú puedes sacarnos de dudas: ¿qué demonios nos está pasando?—preguntó Emilio—. No entendemos qué es lo que nos sucede. Sólo sabemos que nos encontramos en nuestros sueños.

— ¿Os ha ocurrido más veces?

—Sí, aunque hemos confirmado hoy que éste es realmente un sueño compartido—contestó Lorena.

—Me parece que voy a ayudaros.

— ¿Ayudarnos? ¿A qué?

—Bella dama, está claro que vos no conocéis las normas de este mundo. Cuando los de vuestro mundo soñáis, algunos podéis visitar el nuestro. Es raro que dos personas que se conozcan aparezcan juntas, y si esto ocurre no suelen darse cuenta de nada. Sólo una persona con un gran poder tendría la capacidad de lograr controlar sus sueños. Tened cuidado, viajeros. Si el Gran Señor averigua lo que ocurre, no sé lo que os haría.

— ¿Por qué?

—Si una persona tiene esa capacidad,andando por aquí podría obtener aquello que anhela.

— ¿Pero acaso los sueños no son eso?

—Emilio, ¿no te das cuenta de que normalmente uno no puede soñar lo que quiere?

—Vuestra amiga tiene razón. Está claro que nadie puede descubrir que los dos sois durmientes, pero no olvidéis que tenéis a vuestro favor el don.

— ¿Quién de nosotros lo posee?

—Eso tendréis que averiguarlo.  ¿Quién de los dos deseó con fuerza estar al lado del otro?

A Emilio se le puso un nudo en la garganta. Lorena lo miró sorprendida.

— ¿Tú deseabas…?

Emilio palideció.

—Yo…, en fin, sí.

—Bien, ya sabemos que es él quien posee el don.

— ¿Y en qué consiste?

—Por ejemplo, en más de una ocasión sentiréis que sabéis lo que va a acontecer.

—Alguna vez pude salir airoso de alguna situación peliaguda sin saber porqué. ¿Recuerdas cuando en la taberna supe  lo que debía decir para salir indemnes? Es más: el otro día cuando tú te marchaste, fui capaz de despertarme cuando quise. ¿Todo esto tiene algo que ver con ese don que dices que poseo?

—Así es.

— ¿Puede ella aprender a despertarse también?

—Naturalmente, pero le resultará más difícil.

Debo partir, eso sí, no sin antes agradeceros lo que habéis hecho por mí, recordad que os debo la vida. Si algún día os encontráis en apuros, preguntad por Andrú de Martuned y gustosamente os devolveré el favor. Y por favor: guardad con cuidado vuestro secreto.

Haciendo una reverencia, comenzó a alejarse.

Cuando estuvieron solos, Emilio sentía como el nudo de su garganta se apretaba más y más.

—Todo esto parece absurdo—pronunció.

— ¿De veras deseabas tanto estar conmigo?

—Eso parece, ¿no?

— ¿Y por qué nunca me hablaste en clase?

—Porque supuse que creías que era un imbécil.

— ¿Por qué?

—Siempre eres cortante con conmigo, como si me odiases desde el día que llegué.

—Lo siento. Mi carácter es algunas veces demasiado frío. Afortunadamente tuvimos esta oportunidad para conocernos.

— ¿Sabes? Me siento como un completo idiota.

—No quiero volver a oírte decir nada parecido. He de reconocer que los primeros días me resultaba indiferente soñar o no contigo, pero te aseguro que últimamente deseaba encontrarte en mis sueños.   Eres un chico muy especial.

— ¿Debo en entender eso como un no estás mal?

—Entiéndelo como quieras.

Se miraron a los ojos y cuando Emilio quiso darse cuenta, la estaba besando.

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