ALBERTO ROMERO

Instrucciones al pie de la letra
—Venid aquí y tumbaros en el suelo boca abajo, los dos —gritó Josefa señalando la
zona despejada delante del mostrador—. No hagáis tonterías porque también llevo
una pistola en el bolso.
Antonio y Marta salieron de detrás del mostrador despacio y con las manos en
alto. Se pusieron donde Josefa les estaba indicando y siguieron sus instrucciones
con sumisión.
—Átale con esto —dijo Josefa a Marta lanzándole un cordón de zapato para que
atara las manos de Antonio a la espalda.
Antonio temblaba temiendo por su vida y la de su hermana. Era tarde, no había
gente en la calle y su familia sabía que tardarían en llegar. La mala bestia de Josefa
había elegido el momento adecuado con sumo cuidado, dispuesta a eliminar
a los dos culpables de que su vida estuviese patas arriba.
Marta estaba tan nerviosa que no pudo reprimir las lágrimas y se puso a sollozar.
Josefa la mandó a callar de inmediato mientras le pisaba un pie con los zapatos
de charol granate escogidos para la ocasión. Sacó otro cordón del bolso y maniató
a Marta en la misma posición.
—¿Donde llevas el móvil? —dijo Josefa acariciando con el cuchillo el cuello de
Antonio. Este levantó la cabeza tratando de indicar que lo tenía en el bolsillo del
pantalón. Josefa le dio una patada y le prohibió levantar la cabeza.
—Vais a hacer lo que yo diga, sin tonterías. Si os movéis, os rajo. Y sino también
—dijo riéndose.
Sacó el teléfono de Antonio del bolsillo derecho de este y le obligó a decirle el
código de desbloqueo. Miró la agenda en busca del número de Ana y lo marcó
llevándose el aparato a la oreja.
—Hola cariño. ¿Vais a llegar muy tarde? —dijo Ana al descolgar el teléfono.
Josefa escuchó la voz de su hija en silencio. No respondió nada.
—¡Antonio! ¿Me oyes? —repitió Ana.
—Soy tu madre, hija mía —dijo por fin Josefa con voz triste.
El silencio se apoderó de la conversación. Ana no podía creer que la voz que
sonaba en el teléfono de Antonio fuese la de Josefa. Se quedó sin sangre al momento.
—Lo siento hija. Siempre te he querido, y aunque no lo creas, he tratado de darte
la mejor vida posible, librándote de cualquier obstáculo que te impidiera avanzar
en la vida.
—¿Dónde estás?, ¿Por qué me llamas desde el teléfono de Antonio? —acertó a
decir Ana, presa del pánico.
—Eso da igual. He venido a liberarte de las dos personas que son un obstáculo
en nuestras vidas. Tu hijo, tú y yo seremos felices de nuevo. Seremos la familia que
siempre fuimos, sin interrupciones. ¿Estás contenta? —dijo Josefa con voz dulce,
pero sin soltar el cuchillo, y manteniendo el pie de Marta atrapado bajo su zapato.
Antonio y Marta comenzaron a gritar tratando de que Ana descubriese que estaban
en grave peligro. Josefa los mandó a callar de un alarido y Ana, que escuchaba
al otro lado horrorizada, solo acertó a intentar calmar a su madre adoptiva.
—Mamá, esto se puede solucionar sin que nadie salga herido. Voy a ir a hablar
contigo, lo solucionaremos juntas.
—No, hija mía. No hace falta que vengas. Lo soluciono yo en un momento y voy
para casa. Siempre lo he hecho así. Estate tranquila, todo va a ser mejor. Te quiero
—dijo Josefa mientras colgaba.
Lanzó el teléfono contra la cabeza de Antonio y este perdió el conocimiento
por el golpe. Marta chilló asustada y Josefa apretó más el tobillo que tenía atrapado
de esta, haciéndola aullar.
Antonio, inconsciente, permanecía inerte sobre el suelo de la pastelería. Marta,
a su lado, lloraba sin moverse, aterrorizada por las amenazas de la suegra.
Josefa dio una vuelta alrededor de los cuerpos y se agachó junto a Antonio a
cámara lenta.
—Esta por mamá…—dijo poniendo voz dulce; y le insertó una puñalada en el
hombro izquierdo, por la espalda. Antonio revivió por la cuchillada y gritó de dolor,
aturdido.
—Esta por papá…—repitió Josefa agachándose con rapidez y apuñalando a
Marta en el mismo lugar. Marta puso los ojos en blanco de dolor, revolviéndose.
Josefa le golpeó por moverse sin su permiso.
Al fondo de la calle se oyeron sirenas de policía acercándose.

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