SLAVEOFDESIRE

El primer mes con Miriam fue muy tranquilo. Cada uno tenía su horario y pronto nos compaginamos. Yo trabajaba a diario y al menos un fin de semana al mes me tocaba quedarme por la noche, pero a cambio la semana siguiente la tenía libre. Miriam por su parte tenia clases de lunes a jueves por las mañanas y trabajaba los fines de semana desde las 10 hasta las 7 y algún día de diario en un bar del mismo dueño del pub en el que trabajaba. Debido a esto no compartíamos tanto tiempo como a mí me hubiera gustado pero sí que solíamos cenar juntos a diario, viendo alguna peli, programa serie, etc. Estaba muy cómodo con ella siempre, me reía mucho y hablaba de mis mierdas sin reparo. Sin embargo no me atrevía a lanzarle ninguna indirecta por varias razones. La primera que soy pésimo ligando, la segunda que sí me rechazaba seria un marrón y la tercera que tenia novio. Si, es cierto, no le amaba, pero estaba en contra de mis principios meterme en una relación. Mi tía, que en paz descanse, me inculcó que no debía hacer aquello que no me gustaría que me hiciesen a mí. Por todo ello me refrene de flirtear con Miriam.

De todos modos, ella no se cortaba en pasear por la casa ligera de ropa, darme abrazos improvisados por la espalda o apoyar su cabeza en mi hombro cuando veíamos una peli. A mi todo eso me volvía loco, no sabía si eran indirectas o era que simplemente era así de cariñosa con la gente. En cualquier caso no paraba de masturbarme pensando en ella. Imaginaba que lo hacíamos en el sofá, en su habitación, en la mía, en la encimera de la cocina, en la mesa en la que comíamos, en la ducha… Imaginaba que hacíamos el amor de forma cariñosa y que follabamos con rabia. Imaginaba una cosa distinta cada día mientras me la machaba hasta correrme.

La cosa fue así hasta que un viernes fui a salir con unos compañeros del curro a cenar. Miriam por su parte trabajaba así que se había ido a ducharse. Le dije que me avisara cuando acabara en el baño mientras yo veía un programa aburrido en la tele.

– ¡Juan! ¡Ya!

Me levanté y me encaminé hacia el baño. Cuál fue mi sorpresa que Miriam aun seguía dentro. Estaba desnuda y cubierta por una tolla atada encima del pecho.

– Perdón, pensaba que ya estabas fuera – dije muerto de vergüenza y evitando hacer contacto visual.

– Tranquilo hombre, te he llamado porque necesito que me hagas un favor…

– ¿Un favor? le pregunté por fin atreviéndome a mirarla. Tenía el pelo mojado y mirada de no haber roto un plato. Me dio la espalda y me dijo:

-¿Te importaría echarme crema en la espalda? – dijo al tiempo que me ofrecía el bote.

Me quedé a cuadros. Con una mano se sujetó la toalla en el pecho y la otra la llevo a la parte trasera de la toalla, la agarro y bajo hasta sostenerla justo donde acaba la espalda, mostrándomela completamente desnuda. Ni siquiera pude contestar, agarré el bote aun en estado de shock y me acerqué a ella. Apenas conseguí abrir la dichosa tapa de lo nervioso que estaba. Me eché crema en la mano y me lancé a ello.
Mi mano semiembadurnada por fin entró en contacto con sus hombros. Hasta entonces me había abstenido de tocarla, siempre había sido ella quien iniciaba el contacto, que me abrazaba, quien me empujaba o me daba pellizcos, etc. Jamás imaginé que su piel fuera tan suave como pálida. Esparcí la crema por sus hombros y me recree acariciándolos y masajeándolos con ambas manos. Pronto escuche unos tímidos “mmm” por parte de Miriam, puede que no fuese el más hábil a la hora de ligar pero según mis parejas sabia dar buenos masajes. Gane confianza en mí mismo al ver que disfrutaba de mi masaje, mis manos eran firmes y a la vez delicadas. Trabajé sus hombros un rato y luego fui bajando por sus dorsales y llegué a la parte baja de su espalda. Entonces Miriam dejo caer un poco más la mano de su espalda revelándome casi la mitad de su culo. Nuevamente me entró el pánico, toda la confianza que había ganado se desvaneció como el humo y mis manos titubearon hasta quedar casi inmóviles.

– Mmm venga sigue – me conminó mi musa.

Me armé de valor y baje mis manos un poco más, esparcí crema por sus hoyos de venus mientras me imaginaba sujetándolos mientras me la… ¡Dios! ¡Otra vez me había puesto palote! Estaba nerviosísimo, pero tenía que seguir, este era el momento. La yemas de mis dedos entraron por fin en contacto con el inicio de su culo. Solo tenía que bajar un poco más, acariciar con firmeza esas nalgas e introducir unos dedos en su…

– Mmm muchas gracias, dijo de repente subiéndose la toalla hasta quedar cubierta de nuevo. Me seco el pelo y te dejo el baño libre, ¿Vale? Me dijo sin siquiera mirarme.

Salí caminando como un sonámbulo y volví a sentarme en el sofá. No podían haber sido imaginaciones mías. Le había estado tocando casi el culo, aquello tenía claramente una finalidad sexual. Y sin embargo, la forma de cortarlo todo y despacharme sin prestarme atención me había dejado completamente rallado.
Estuve un rato en el sofá intentando encontrarle el sentido a lo que acababa de pasar. Entonces Miriam salió completamente arreglada.

– El baño es todo tuyo, me voy corriendo que voy pillada al curro. Abrió aprisa la puerta y antes de desaparecer por ella se volvió a mí y me dijo:

– Por cierto, tienes muy buenas manos. Me guiñó el ojo y se fue dejándome tan confuso como cachondo.

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