ALBERTO MORENO

 

Estrabon Fernández Cabeza de Vaca, falleció el 29 de Febrero.

Aquel año era bisiesto.

Ocurrió a media mañana, fue un inprevisto, el hombre, ni se dio cuenta.

De hecho siguió viviendo sin cuerpo entre los vivos.

El día había amanecido desangelado, inhóspito, parecía estar envuelto en una vitola de orfandad.

Debía ser, la ausencia humana, aquella mañana, Estrabon, de camino a un menester, antes de morir, solo se cruzo con una cuadrilla de galafates que venían borrachos de la parranda de la noche anterior. Todavía, intentaban entonar una canción sin musculo, que debieron estar tatareando toda la fiesta.

Se perdieron en dirección contraria por el camino de tierra, que rodeaba los campos y por el cual Estrabon había salido de casa y se dirigía al menester que le ocupaba.

Nadie mas. La mañana estaba deshabitada

El hombre, al morir, fue directamente al Limbo.

Como las almas viajan a la velocidad de La luz, todos los días volvía a la Tierra. Era una costumbre, San Pedro no ponía objeciones. ¡Ya se acostumbrara!, decía cada vez que emprendía el viaje, incluso le hacia algún encargo.

¡Trae dos cajas de cerillas y me haces una recarga, ya sabes que a Dios  no le gustas los celulares!

Cuando cruzaba el firmamento a la velocidad de la luz, camino de la tierra,divisaba los agujeros negros de Stephen Hawking, ¡Serán los cementerios de las estrellas muertas!¡Habría que bajar con una escala celestial! se decía para si.

En la Tierra,sus parientes y amigos que vivían en otra lugar no tuvieron conciencia de su óbito. El, siete meses después, tampoco sabia que estaba muerto.

Una cierta liviandad, si comenzó a sentir. Por las tardes, antes de volver al limbo, el aire que soplaba del mar, le producía frío. Algunos días cuando arreciaba, decía que eran alisios boreales.

En el Limbo no había espejos. Estrabon no los echaba en falta, cuando tenia cuerpo, apenas los usaba. Se afeitaba mientras desayunaba, con una mano sostenía la taza de café y con la otra recorría su rostro con la maquilla. Tampoco había olores, el aroma dominante, monocorde, era el del trigo candeal macerado. Los sonidos eran simulados, las trompetas de los querubines eran mudas.

Había una calzada principal que servía de avenida o promenade en el tramo que lo atravesaba. Allí, las almas practicaban el “socialaizing”, hablaban de su etapa anterior, de cuando tenían cuerpos, echaban en falta sus emociones.

Había un idioma común que aprendían el primer día de llegada. Estrabon, como era un alma inquieta y apenas paraba en el limbo no conocía a nadie, salvo a San Pedro.

La calzada, hacia arriba, hacia el norte, conducía a la Gloria. Allí moraba una clase privilegiada, Dios a veces, conversaba con ellos, se interesaba por el grado de confort y por la comida que era a la carta. En el Limbo se comía menú.

En la Gloria, tenían postre y bebida, zumo de frambuesas o néctar del fruto de la pasión, a este, le añadían unas gotas de fluoruro para controlar la libido.

Aquellas almas, la de los justos, las que se desprendieron del cuerpo en estado de gracia, ni si quiera se despeinaban. Los querubines y los serafines, amenizaban por las tardes el final de la jornada con cánticos de cabello de ángel. No había cena. El Hacedor, argüía que sin cuerpo, el alma se retiraba mas liviana a sus moradas. Eso si, no cenaban, pero rezaban solos o en pequeños comités,buenas y generosas porciones de tiempo celestial.

Hacia abajo, hacia el sur, la calzada, como a dos jornadas, conducía  a las Calderas de Pedro Botero. Los del Limbo nunca se aventuraban por aquellas lindes.

Sin embargo, a veces, los cirros traía impregnados  restos  de músicas y risotadas procedentes de las Calderas de Botero.

En el Limbo, circulaba un rumor clandestino, que las almas en aquel lugar se divertian a diario y sus emociones se mantenían intactas. Hasta se llegaba a decir, que el amor se prodigaba, un día si y otro también. Y el vino era de marca. Aquellos ecos sonoros se sintonizaban con fruición y deleite, a escondidas, en todo el Limbo.

Estrabon, sin embargo, no reparaba en estas cosas.  El, al percibir los amaneceres, raudo, emprendía regreso a la tierra.

Aquella mañana, cumplimentaba en el estanco el encargo de San Pedro.

¡Deme dos cajas de cerillas y me hace una recarga de celular!.

Una señora entro en el recinto, con un papel en la mano. ¡Señor”! se dirigió a Estrabon, ¿Me haría el favor de indicarme esta dirección?.

Estrabon miro la nota y aunque la claridad del estanco era escasa consiguió descifrar la caligrafía manuscrita: “Funeraria la Eternidad”, calle de la Higuera, 55.

¡Me queda de camino!, exclamo el hombre, ¡Venga conmigo, yo le llevo!.

Salieron juntos a la calle, -¿Qué quiere hacer allí?, inquirió Estrabon.

¡Mi marido falleció hace siete meses y cuatro días, fue de improviso, no lo esperábamos!,¡Quiero encargar una lapida de mármol para poner en su tumba, fue todo tan rápido que no tuve  tiempo de nada!.

Continuaron juntos caminando, a Estrabon aquella mujer le resultaba familiar, sus facciones le recordaban a alguien, pero en los entresijos de su memoria no conseguía asociar ni encontrar vestigios de aquella cara.

¡Ahí , enfrente tiene la funeraria, cruce la calle, la puerta esta abierta!.

La mujer lo miro detenidamente, a ella también le parecía familiar, pero no dijo nada.

¡Gracias señor!,

Aquel día, se demoró  más tiempo en la Tierra, en realidad, oscureció y todavía no había regresado. Había estado vagando sin motivo por zonas de la ciudad que no frecuentaba. El encuentro con la mujer volvía al cerebro a cada instante. -¡Yo he visto a esta señora, pero no recuerdo cuando ni donde!. Al emprender la vuelta, la noche había llegado.

Sintió por primera vez un atisbo de miedo, era una sensación de que algo malo le iba a ocurrir, era un temor que iba increscendo. Constato que la oscuridad era la causa.

Cuando entrego las cerillas a San Pedro, se guardo una,  como si fuese un talismán. ¡Si me sorprende la oscuridad, podre encenderla!, se dijo para si.

En la jornada siguiente no viajo a la tierra, se quedo paseando por la promenade, aquella avenida central donde las almas platicaban entre si. Vadeo varios corrillos, que de pie, en el idioma del limbo parecían comentar  aspectos nimios del orden rutinario en el Limbo, casi todos hacían referencia a la comida del día anterior, al parecer fue estupenda. Les encantaron las alitas braseadas en barbacoa con algas de guarnición. no sabían a ciencia cierta si eran de mamífero, de ovíparo,de batracio o procedentes de la huerta marina que el Hacedorcultivaba como hobby.

Estrabon continuo su paseo, agoto el tramo de la avenida principal y la calzada le estaba conduciendo a las Calderas de Pedro Botero. Nunca se había aventurado por aquella ruta.

Los querubines del puesto de guardia le indicaron que a la frontera faltaba solo una legua.

Hizo repaso mental y censo las nuevas sensaciones. Ingravidez y liviandad, frio, especialmente por las tardes, en ocasiones como si una culebrina le recorriese la espalda y últimamente el miedo. También a veces se sentía desangelado, como si flotara entre los cirros y los cúmulos.

A medida que avanzaba, al olor a trigo macerado que impregnaba  el limbo, le invadían unas oleadas de tufo a basura chamuscada. A Estrabon le pareció incluso distinguir una humareda blanquecina en el cercano horizonte.

¡A estas horas todos los días huele igual!, dijo el querubín senior, ¡Pedro Botero hace piras con las almas rebeldes, las que sorprende rezando en las catacumbas, debajo de las calderas!. ¡Al parecer, reniegan de su condición de condenados!”.

El andarín Estrabon volvió sobre sus pasos.

¿Quién será la mujer de la nota manuscrita?, la pregunta se repetía en su cabeza.

Durante varios días no volvió a la Tierra, dedico el tiempo a recorrer el Limbo que apenas conocía, a punto estuvo de pedirle a San Pedro una escala celestial para bajar a los agujeros negros y al final no se atrevió.

Después de explorar la promenade y la ruta de las Calderas de Botero, entablo amistad con los querubines.

-¿Vosotros vais a la Tierra en alguna ocasión?, inquirió Estrabon. ¡No tenemos permiso! le contestaron.

¡El arcángel San Gabriel nos vigila a todas horas!.

Al final la curiosidad pudo con la prudencia, invitaron a San Pedro y este sorpresivamente dijo que iría . Cuatro querubines y el santo apóstol decidieron acompañar a Estrabon.

Al día siguiente, con el amanecer, salieron los seis.

Nada mas llegar, llevaron a San Pedro a unos almacenes para comprarle una túnica nueva, la que traía estaba echa una pena. Después, en un salón de estética, se recorto la barba, le rizaron dos mechones de pelo, le cortaron las uñas de los pies y en unos baños públicos lo zambulleron durante una hora. Parecía otro,¡Esto me recuerda el lago Tiberiades, dijo Pedro. Los querubines se compraron gafas de sol y dos paquetes de chicle.

Estrabon llevo a San Pedro al estanco, recargaron el celular, hicieron acopio de cerillas y el estanquero le regalo al apóstol un Cohiba. ¡Don Pedro, fúmeselo en la Gloria! Había confundido  el Don con  el San, la falta de costumbre.

En la Tierra, no suelen encontrarse los Santos por la calle.

Continuaron. Los querubines querían comer hamburguesas y San Pedro un par de huevos con cebolla fritos. Estrabon como un avezado guía turista les fue conduciendo por los sitios pertinentes.

Por la tarde, regresaron.

¡Todos los meses, cuando cobremos, nos daremos una vuelta!, convinieron todos.

Pasaban los días en el Limbo y Estrabon seguía repitiendo en su nueva memoria las palabras de la mujer que ayudo a encontrar la funeraria.

Decidió averiguar aquel enigma. Pidió permiso a san Pedro y solo, se dirigió

a la Tierra. Fue tan fulminante el viaje, que apenas tuvo tiempo de urdir un plan. ¡Iré a la funeraria y preguntare por ella!, se dijo para si.

Aquella mañana el cielo plomizo, grisáceo parecía querer desplomarse de un momento a otro sobre las rectangulares salinas de la marisma, el día estaba feo y profetizaba tormentas. Estrabon dejo atrás la trocha y por un atajo desemboco en la calle de La Higuera, encaminándose al numero 55.

La funeraria estaba abierta. Habían transcurrido apenas cinco semanas del día que acompaño a la extraña mujer.

Empujó la puerta, no había nadie, ni en el mostrador ni en la mesa escritorio. Echo una mirada a su alrededor y diviso una estantería con varias lápidas de mármol en una de las paredes del recinto, una de ellas tenia terminada la inscripción: “Estrabon Fernández Cabeza de Vaca, falleció el 29 de Febrero, descanse en paz”, “Su Esposa y Familia”. Una minúscula foto del finado había sido incrustada en la losa. Volvió a releer las cuatro breves líneas.

Su cerebro se paralizó, busco asideros donde apoyarse, el cerebro recorría un sinfín de idas y venidas a la velocidad de la luz, sin entender nada.

Poco a poco, una terrible sospecha comenzó a golpear sus sienes.

¡Estrabon Fernández, soy yo!, consiguió articular. El empleado apareció procedente de la trastienda.

¡¿Qué se le ofrece?, inquirió.

¿Podría decirme quien encargo esta lapida, lleva mi mismo nombre?. El hombre , perplejo,consulto el cuaderno de encargos.

¡Milagros Virtudes Moreira, vendrá esta mañana a recogerla!.

La confusión mental era indescriptible, sintió en una sucesión frenética todas las nuevas sensaciones que en los últimos tiempos había empezado a percibir, liviandad, ingravidez, frío y especialmente miedo, este en realidad se había convertido en terror.

¡Milagros Virtudes, es mi mujer!, el grito desgarrado salio de lo mas profundo de su ser.

Despavorido, emprendió la vuelta al Limbo.

Nunca mas volvió de visita a la Tierra.

Y nunca se atrevió ni tuvo el valor de descubrir si estaba muerto o estaba vivo.

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