ANNABEL VÁZQUEZ

Aliciente

Había llorado lo suficiente como para llenar un pozo muy profundo y me había prometido no llorar más.

Cogí una enorme bocanada de aire y estampé mi rúbrica en los documentos que aparecieron en mi mesilla de noche. Desde ese momento estaba legalmente divorciada y las condiciones eran inmejorables. Edgar había depositado una gran suma de dinero en mi cuenta, al parecer era la parte proporcional a los ingresos que había adquirido en los negocios el tiempo que habíamos permanecido casados, aunque eso no me importó demasiado. La realidad era que tenía tanto dinero que podía permitirme el lujo de vivir una buena temporada sin preocupaciones económicas. Eso sin mencionar los gastos de las operaciones de Marcos y la enfermera particular de mi padre, que cobraban puntualmente sus cheques en promesa a la deuda que había contraído con él a cambio de nuestro matrimonio. Matrimonio que Edgar había decidido romper voluntariamente y así se reflejaba en los documentos.

Negué con la cabeza, enfadada. Esos papeles no me importaban lo más mínimo, estar casada o divorciada no tenía ningún valor para mí, pues jamás tuve la sensación de ser realmente su esposa. En cambio, lo que jamás le perdonaría era que echara por tierra todo lo que había hecho por él sin ánimo de lucro, que pisoteara los sentimientos que le había demostrado haciendo añicos mi ego.

Lo cierto es que en los últimos días tuve que convivir con el odio y el resentimiento. Nunca hubiera dicho que una sola persona tuviera el poder de infundirme tanto.

 

Edgar pasó la última semana encerrado en su despacho. No quise verle. Había decidido cerrar los ojos de una vez por todas y darlo todo por perdido. El momento más difícil fue cuando María vino a hablar conmigo, suplicándome con lágrimas en los ojos que arrancara a Edgar de la mazmorra en la que se había recluido, alegando que apenas comía y se estaba quedando muy delgado. Mi respuesta no fue otra más que llamar a Steve y que él se hiciera cargo.

Así lo hizo. Durante la última semana, prácticamente pasó más tiempo con él que en el trabajo.

Respecto a Edgar, qué más podía añadir. Seguía sufriendo en silencio por lo que pudo haber sido, pero empezaba a pensar como él y sabía que si le veía en ese lamentable estado, no le haría ningún bien. Así que aguanté estoicamente las ganas de bajar al sótano, de haber cedido a la tentación, no hubiese podido seguir adelante con el plan estipulado y me habría quedado.

Suspiré con resignación. Pese a mi inminente marcha, tenía la sensación de que jamás conseguiría irme del todo, puede que una parte de mí se quedara en Escocia para siempre. Sin lugar a dudas, yo también echaría de menos cada detalle acontecido entre esas paredes, cada mirada, cada palabra dicha… Nada volvería a ser lo mismo después de eso.

Acabé de empaquetar mis cosas y miré desde un rincón de la habitación mis escasas pertenencias; nunca había tenido mucho y tampoco me había ido tan mal; teniendo poco hay menos por lo que preocuparse.

Llamaron a la puerta y puesto que estaba cerca, la abrí con ímpetu.

Me sorprendió encontrarme cara a cara con Steve.

—Hola –esbozó una sonrisa tibante. Le conocía lo suficiente para saber que no se sentía cómodo.

—¿Has venido a despedirte?

—Bueno…, sí, –volvió a sonreír sin demasiado entusiasmo– al final te vas, ¿eh?

Me encogí de hombros. Ni siquiera me apetecía hablar con él, lo cierto es que una parte de mí quería salir de ahí cuanto antes y olvidarme de todas y cada una de las personas que me recordaban a Edgar. Necesitaba tranquilidad y pensar para volver a orientarme.

—¿Cuándo te vas?

—Puede que el viernes.

—Ah. Bien –pasó sus manos por la cabeza, pero el gesto no me pareció natural.

—¿Qué pasa?

Emitió un fuerte suspiro y me cogió de las manos para llevarme hacia la cama con premura. Ahí tomó asiento, incitándome a hacer lo mismo.

—Joder, necesito hablar con alguien o voy a explotar.

—Está bien, te escucho. Habla –le animé.

—No sé cómo manejar estos asuntos, lo cierto es que me sobrepasan.

Cogí aire hasta cargar mis pulmones y lo exhalé con lentitud.

—Respira, Steve. Respira…. –repetí el gesto–, inspira…

Se rió como un lunático y se puso en pie de un salto. Luego se planchó la camisa con las manos proporcionándole a la tela movimientos enérgicos antes de volver a sentarse. Nunca le había visto así y estaba empezando a asustarme.

—Sé que lo hemos hablado y quiero que sepas que tienes mi apoyo incondicional respecto a la decisión que tomas.

—Vale… –dije arrugando el entrecejo, no sabía qué quería decir exactamente tras esas palabras.

—También lo he hablado con Edgar y él lo entiende, tú lo entiendes, yo lo entiendo… ¡Todos lo entendemos! –exclamó eufórico, exaltándome.

—Joder, Steve, ¿cuántos cafés te has tomado?

—Oh, bueno –bufó como si eso no fuera nada–, llevo un par de noches sin dormir y por si no lo sabes eso no me hace ningún bien. Mañana operamos a Edgar.

Arqueé las cejas por la sorpresa. Edgar nos había ocultado ese detalle tanto a María como a mí, alejándonos de su lado en los momentos difíciles, como hacía siempre.

—¡Vaya! Ha ido mucho más rápido de lo esperado –observé con preocupación.

—No era la idea que fuese tan pronto, pero en los últimos días se ha extendido una infección que no sé si seré capaz de controlar. Para que te hagas una idea –empezó gesticulando con las manos– tengo que abrir, extraer el pedazo tocando lo menos posible, aspirar la infección sin dañar la masa cerebral y cerrar. Es… ¡genial! –espetó con ironía–. Solo Dios sabe lo que realmente me encontraré cuando abra.

Me mordí el labio inferior. Me había prometido no entrometerme, pero me costaba tanto alejarme sin más sabiendo que algo podía fallar y lo perdería para siempre… Puede que nunca volviéramos a estar juntos, pero la simple idea de que dejara de existir, era demasiado insoportable.

—Pues a lo que iba –carraspeó Steve, incómodo–. Tú te vas a España, estás en tu derecho. Edgar decide operarse sin ti, no quiere que estés presente y hasta ha decidido acabar con vuestro matrimonio, me parece algo curioso, por cierto –dijo en tono cantarín–, en fin –negó con la cabeza, como un loco– ¿quién soy yo para opinar? Pero lo más jodido de todo es que yo no puedo enfrentarme a una operación de tal calibre si tú no estás presente. Es como si necesitara una cara amiga, ¿entiendes? Alguien que, al igual que yo, se preocupe por Edgar y esté ahí. ¡Joder! –exclamó llevando las manos al cielo– ¡Esto es un puto infierno! Estamos inmersos en una especie de triangulo extraño y tengo la sensación que ninguno de los tres sabe exactamente hacia dónde tirar.

—Pero Edgar no está solo, María es la cara amiga que necesitas –argumenté con la boca pequeña.

Rió fuera de sí. ¿Por qué se comportaba de ese modo?

—Peeeero –alargó la palabra todo lo que pudo–, conozco demasiado a Edgar y sé que ese cabezota obstinado está completa y perdidamente enamorado de ti y decide acabar con todo, justo ahora. Puedo abrir su cabeza y volverla a coser, pero me sigue frustrando la carencia de ese aliciente. Verás –sopló y se tocó las sienes intentando ordenar sus pensamientos–, le comenté que debido a la infección se había añadido una dificultad más a la operación y ¿sabes qué fue lo que me dijo?

Negué con los ojos desorbitados.

—Que acabara cuanto antes con esto y que no me preocupara si le dejaba en la mesa de operaciones, que lo estaba haciendo por complacernos y fuera cual fuera el resultado, si todo se hacía demasiado complicado encontraría la forma de desaparecer.

—¿Cómo? –pregunté con incredulidad.

—Diana… –extendió los brazos y echó la cabeza hacia atrás, destrozado– Todo sería tan fácil si le amaras, si os hubieseis conocido en otro contexto, si él fuera menos orgulloso… tal vez entonces la ceguera no supondría un obstáculo tan grande.

—Y no lo es –me afané en interrumpirle–, no para mí, al menos. Estaba dispuesta a eso y más, y le entregué mi corazón, pero no dudó en aplastarlo con el puño tantas veces que, al final, dejé de sentir.

Me miró contrariado.

—¿Entonces hubo un tiempo en el que le quisiste?

Asentí, avergonzada.

—Pero ya he tocado fondo, Steve. Una persona no puede luchar constantemente, es demasiado cansado.

—¿Ya no queda nada de eso? –preguntó, esperanzado.

Agaché la cabeza, sin responder. Eso le llevó a pensar que en mi corazón quedaba algún rescoldo que, con el viento adecuado, podría volver a arder.

—Porque si es así, si aún queda un ínfimo atisbo de esperanza, ¿qué importa intentarlo una última vez más?

Suspiré, cansada. Pero no podía decir que en el fondo yo no deseara hacerlo. Necesitaba tener algún pretexto para desobedecerle e inmiscuirme deliberadamente en su vida, otra vez. ¿Steve me lo estaba dando?

Le miré durante unos minutos que parecieron interminables, hasta que al final hablé:

—¿Y qué propones?

Sonrió ligeramente, parecía mucho más tranquilo en vista de que podía ceder.

—Ven mañana al hospital, que te encuentre al despertar, y ahí, habláis las cosas. Joder, Diana, ni te imaginas el peso que me quitas de encima –de repente parecía mucho más animado–. Venía dispuesto a suplicar que te quedaras, a revelarte que ese enorme cabezota susurra tu nombre en sueños, prácticamente no puede vivir sin ti y si pudieras posponer tus planes durante un tiempo, al menos hasta que salga de esta, yo también estaría en deuda contigo.

Sonreí de lo absurdo de su comentario.

—No , por favor, no más deudas.

Reímos al unísono, y en un impulso irrefrenable, Steve me abrazó con fuerza, agradecido.

—Muchas gracias por tener tanta paciencia con él y ese corazón de oro.

Reí.

—No me hagas la pelota, Steve, si quieres que te diga la verdad, antes de irme mi siguiente paso hubiese sido enterarme del día de la operación e ir a verle, al menos para cerciorarme de que todo ha ido bien antes de poner tierra de por medio.

Sonrió con sinceridad por primera vez desde que entró en la habitación.

—Todo va a salir bien, ahora estoy seguro. Y créeme, no es demasiado tarde para arreglar lo vuestro, puedo asegurarte que nunca he visto a Edgar tan atraído hacia una mujer como lo está contigo. Ahora que está vulnerable, su subconsciente le traiciona más de lo que desearía y… bueno… estar todo el día escuchando Diana esto, Diana lo otro… Ha sido agotador.

Volví a reír.

—Me lo puedo imaginar.

—No –negó divertido con la cabeza–, creo que no puedes. ¡Estos últimos días a su lado han sido un calvario! Y todo giraba en torno a ti. Cuándo le pregunté por qué se había separado si sentía todo eso citó una frase de algún erudito que decía algo como: “si quieres a alguien déjalo marchar” ¡Yo no podía creérmelo! ¡¿Qué clase de idiota dejaría marchar a quien realmente ama? Se debe pelear para retenerlo, ¿no?

Me encogí de hombros. Obviamente Edgar no pensaba igual.

—Bueno, Diana –zanjó poniéndose en pie–, ahora sí debo irme, necesito dormir. Mañana será un día largo.

Acompañé a Steve hacia la puerta, sonriendo para mí por su cambio drástico de actitud.

—Gracias por venir a hablar conmigo.

Steve sonrió de nuevo y me miró mostrando una gratitud inmensa. En cuanto se fue, emití un fuerte suspiro y volví a pensar en Edgar.

«No puedes dejarme marchar, ¿eh? Te cuesta tanto como mí. ¿Cuándo vas a reconocer que no hay vuelta atrás, y aunque nos pese, estamos hechos el uno para el otro?»

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