DAVID SARABIA

Festejando a mitad del baile, sentada en una mesa junto con sus amigas, Ella sabía que iba a ser la mejor noche de su vida. Aunque su madre estuviera totalmente en desacuerdo, quien desesperada, le había contado por centésima vez la misma historia de miedo para persuadirla de no salir: no salgas, el pueblo ya no es un pueblo, sino una ciudad que ha crecido como monstruo, la cual devora a sus habitantes… esta ciudad ya nos desconoce. Ya no es el lugar tranquilo que era cuando éramos pocos. Ahora está infestado de migrantes, quienes se trajeron sus costumbres y su violencia… ésta, es una ciudad desalmada que asesina a sus mujeres… recuerda lo que te he contado, lo que sucedió en Ciudad Juárez: las Muertas de Juárez…

— ¡Mamá, ya vas a empezar con tus cosas!, te digo, que a mí no me va a pasar nada — le dijo horas antes en casa, guiñándole un ojo y dándole un beso, para después seguir acicalando su largo cabello frente al espejo; –te lo vuelvo a repetir: ¡voy a salir con las plebes! No voy a estar sola.

— Estando allá en el baile — proseguía su madre angustiada, -no andes hablando y bailando con desconocidos. Y mucho menos salgas con alguien a quien nunca has visto. ¡Recuerda lo que te he contado, porque parece que aquí, está sucediendo!

Valentina puso los ojos en blanco y dijo:

—Eso fue hace muchos años mamá.  Yo ni nacía; las muertas de Juárez, ¡hasta parece título de película de terror!  Aquí no pasa nada de eso.

Ella dejó el peine sobre el tocador. Tomó el labial y comenzó a pasarlo suavemente sobre la tierna carne de sus labios  dando trazos verticales como si se tratase de un fino pincel, a la vez que revisaba y mandaba con gran habilidad mensajes en la pantalla táctil de su celular.

—Hija —, insistía colocando una mano sobre su hombro — ya han desaparecido varias.  Acuérdate que una amaneció muerta en un lote baldío, y otra en la periferia. Aparte, no me gusta esta noche de viento, ya que por ratos aúlla muy feo.

—Han de andar de cabronas mamá. Yo conocí a tres que se fugaron con el novio: ¡esas son las desaparecidas!  Lo de las muertas la gente le mete de su cosecha. Son gente que le gusta el chisme porque esta ciudad sigue siendo un pueblo, pero grandote… ah, ¡y olvídate del viento!

La discusión finalizó. Su madre, resignada, cerraba los ojos y elevaba una plegaria al Altísimo para que iluminara la rebelde cabeza de su hija, la cual, ciega por su belleza y juventud pretendía tener una sabiduría artificial con la que anhelaba devorarse al mundo y salir avante sin rasgar un trozo de su alma.

Ella, Valentina, con apenas cumplido los dieciocho años, pretendía perder su virginidad esa misma noche de fiesta. Quería ser parte del grupo, aunque lo fuera, pero como si no, debido a que todas estaban despojadas de la membrana que era el sello de garantía para un hombre inseguro, que era malo en la cama y con un miembro corto. Vamos Valentina, anímate, ya piérdelo, le animaban y gritaban al unísono haciéndose escuchar entre el gentío: para qué la quieres, para dársela a un pendejo se burlaban otras: ya estás grande, ya sabes lo que haces, y brindaban en medio de la mesa con brandy y whisky. alzaban las copas, bebían a fondo y las aventaban vacías en medio de la pista, donde decenas de cuerpos apretujados y cubiertos de sudor las pisaban, quebrándolas al compás de la música banda que entraba por sus poros: una música que los cargaba de energía sensual e infinita que invitaba al acto sexual…

Sexo: el solo imaginar las cuatros letras mágicas alineadas formando la exquisita palabra que estaba por conocer en carne propia, la inundaba de placer. Y esta sensación aumentó cuando miró a un chico rubio, alto y con ropa a la moda, moviéndose entre la gente, mirando de reojo como un cazador furtivo entre los cuerpos que bailaban y los que estaban quietos charlando en medio del estruendo. Ella había tomado una decisión que trascendería esa noche, porque era su noche, y le pertenecía por derecho propio, debido a que ya era una mujer con sueños y deseos, la cual quería soñar despierta. Quería esa misma noche: bailar, abrazar, besar, conocer el aroma y el sabor de un hombre, al que había escogido desde el baile anterior, mediante un cruce de miradas que invitaban al extraño a no serlo: chico rubio acércate que no muerdo. Y el chico rubio, la primera vez titubeó, como quien gana un premio y no lo cree,  y pide que lo golpeen para despertar y saber que tan solo era una ilusión engañosa. Decidió pasar de largo para perderse en la multitud y conversar con los amigos, y quizá pedir un consejo de los más experimentados.

Esta noche es la noche, pensaba ella. Y sin importarle, ubicó a su rubio admirador que miraba con la pretensión de ser descubierto; sus miradas se encontraron y Ella lo invitó a avanzar a la vez que lanzaba su hechizo de mujer.  El rubio guapo al sentirse pillado por los ojos negros de la bella chica, caminó abriéndose paso entre los cuerpos que ondulaban, quebraban y vibraban en parejas, copulando mentalmente entre besos y  miradas al calor del baile y del alcohol. La banda tronaba con sus sonidos de viento y metales, lanzando notas al aire, las cuales caían como brisa, desvaneciéndose al contacto de las parejas que limpiaban con sus suelas la pista de baile.

El grupo de mujeres alardea y barre con la mirada al hombre parado frente a su mesa. El rubio sólo contempla a una sola.

-¡Anda Valentina, que es todo tuyo! – le vitoreaban, y ella se levantó para ser tomada por la mano y la cintura, llevada con premura al centro de la pista  para perderse con su acompañante entre los cientos de cuerpos que olían a sudor y humo de tabaco; a bocas con salivas secas y feromonas que escapaban embravecidas  de los poros de sus dueños.

La música no dejaba de tocar. El sonido era incesante, infinito, con una cadencia rápida, donde ella giraba sobre sus talones y era tomada por la cintura para después ser juntada a un tórax amplio, fuerte y oloroso a madera. El rubio guapo acercaba su boca a su oído y dejaba escapar su fuerte aliento de hombre en medio de palabras que la embrujaban. Y ella, feliz se sentía envuelta en frases que la convertían en una reina dentro de ese espacio exclusivo para ellos.

No supo si ya era hora de que el baile se acabara. La gente seguía bailando y bebiendo. Pero Ella salía con prisa por la puerta grande hacia la calle, con el rubio guapo, dejando a sus amigas sentadas en la mesa, borrachas y perdidas en sus propios espejismos.

Sentía una inmensa euforia y placer electrizante, ambas sensaciones recorrían su cuerpo acariciándolo y haciéndolo tremolar de emoción.  El rubio guapo tomó su mano y después abrió la puerta del copiloto de su auto deportivo negro y la hizo entrar como toda una dama. Después, ambos partieron alejándose con prontitud, dejando atrás el baile y a sus amigos alcoholizados y perdidos en el mar de sus deseos.

 

***

 

El, no sabía qué hora era. La noche en su profunda oscuridad, junto con el viento frío que soplaba barriendo calles y envolviendo casas dormidas, hacía imposible calcular el tiempo exacto del momento. Y al fin y al cabo; ¿Para qué ocupaba saberlo?

El tiempo va, el tiempo viene. Para él, quien vivía suspendido en su propia burbuja mental, todos los días eran el mismo. El sol aparecía en el Este, asomándose detrás de los cerros de la lejana sierra para después alzarse majestuoso en el medio día y quemar con sus rayos la arena de las calles de los barrios pobres. Barrios donde él caminaba de aquí para allá sin sitio fijo donde habitar. Después, el sol se ocultaba en el Oeste, durmiendo detrás de las montañas de La Rumorosa. Y cuando la noche caía, él se metía a dormir en cualquier sito abandonado; ya fuera en un patio lleno de maleza y basura. O en el mejor caso, en una casa aislada y en ruinas. Siempre sorteando que tal casa no fuera un picadero de drogadictos, aunque en la actualidad eso ya era casi imposible. Eran pocas las que estaban fuera de peligro, despejadas de malvivientes y delincuentes.

Conocía una casa; su casa. Donde nadie entraba, salvo él. Y en ella dormia aunque la gente dijera que estaba embrujada.

Pensaba que la gente era rara al evitar el lugar más seguro de la ciudad. La gente le tenía miedo a los muertos, y no a los vivos. Extraña paradoja. Aunque en realidad, por lo que escuchaba en medio de los murmullos urbanos, no existía un lugar seguro.

El pueblo había crecido dejando atrás a toda aquella gente alegre y tranquila. Ahora, era una ciudad en decadencia, donde en cualquier esquina acechaba el peligro atisbando como felino a la caza de su presa. Su antes pueblo era ya tan sólo la pizca de un recuerdo que se desvanecía. Ahora, otra era la realidad: El miedo se respiraba en el ambiente.

¿Era una ciudad trastornada? La delincuencia reverberaba a plena luz del día. Y en la noche, un asesino se paseaba sosiego e impune por las solitarias y oscuras calles. Eso decía la gente.

El viento… Algo raro tenía. Aullaba diferente.

Soplaba llevando dentro de sí, una lúgubre melodía en un solo tono cacofónico, ululaba lastimero, como la voz de la ciudad que gemía por sus muertos. Y en especial por sus desaparecidas.

En su mente, la imagen de las fotografías de mujeres y jovencitas que había visto durante días, fijos en los postes de luz; aparecían como fantasmas queriendo comunicarse. ¿Por qué lo miraban? Si sólo eran imágenes de papel.

De repente, una ráfaga de aire frío lo abofeteó con una ola de granos de arena, provocándole un escalofrío. Sintió cómo la temperatura bajaba de súbito, como si se hubiera metido dentro de un congelador. Metió sus manos en los bolsillos de sus pantalones rotos y caminó con urgencia a su casa, que se encontraba a unas calles. Tenía sueño, había mendigado todo el día bajo el sol del desierto, obteniendo unos cuantos pesos con los que había comprado un pan, el cual había devorado de unos cuantos mordiscos. Ahora quería olvidarse de él mismo, del mundo y de los rostros femeninos que lo miraban con ojos vivos desde sus imágenes fijas en carteles con nombres y apellidos, acompañados de un número telefónico.

Apresuró sus pasos a la vez que ignoraba a las imágenes. ¿Quién era él para que lo atormentaran? Si también era una víctima de esa ciudad de mirada ausente y oídos sordos, que daba la espalda y lo dejaba a su suerte. El, quien tenía años sin saber su edad. El único recuerdo que le quedaba era cuando cumplió dieciocho años: había sido una jovial fiesta llena de desenfreno, cerveza, mujeres y drogas deambulaban como ángeles sin alas. Un vaso, y después otro, los bebía con el apremio de quien quiere demostrar que ya es hombre.

Una botella, después cigarros. Mucha algarabía, cantos y gritos de júbilo indomable, acompañados de una larga raya de polvo blanco. Yerba verde, pastillas y jeringas, explosivo coctel de grandes. Mucha cerveza y vino a raudales, ahogándoseen licor para armarse de valor y aspirar a profundidad de nuevo el polvo blanco. Confusión, una blanca luz cegadora, llamas infernales dentro de su cráneo. Turbación, mareo, mente atrapada. El ya no era él. Y esa noche, ninguna mujer fue de él…

¿Cuántos años tenía? Quizá los mismos dieciocho, y el tiempo sólo estaba girando congelado, suspendido en un mismo espacio. Él era un joven, aunque el reflejo de los charcos y la imagen de los cristales de los escaparates le mostraban a un viejo de mirada ausente.

¿Qué hora era en ese momento? No había modo de saberlo… y no importaba.

El viento aumentó su fuerza, trayendo consigo el miedo y la pena que se desprendía de las casas y calles. La ciudad dormía, pero con un ojo abierto y otro cerrado, convirtiendo a su gente en seres de insomnio de la noche eterna.

La casa abandonada de dos pisos donde iba a refugiarse, se encontraba a tan solo una calle. Al tenerla a la vista, se detuvo en seco. Algo vio. No era una patrulla municipal o el auto oficial de algún agente de la policía estatal investigadora. Era un auto deportivo negro con el motor encendido, el cual aguardaba con misterio afuera de la casa. Un hombre emergía por la puerta principal de la residencia, dejando atrás la negrura para después dirigirse al auto, subir y largarse a toda velocidad.

Seguramente había orinado su santuario. Daba igual, ya estaba acostumbrado a revolcarse dormido sobre viejos periódicos malolientes. Él, quien era el tiempo perdido de sus propias manos, era el dueño del despojo humano que respiraba durante las tristes madrugadas.

La casa sin puertas y ventanas mostraba su oscuridad total, la cual le daba la bienvenida, esperándolo con ansia para engullirlo y acurrucarlo en sus entrañas hechas ruinas.

Al estar de pie ante la casa, volteo a ver la barda que estaba de frente cruzando la calle, sobre su superficie una advertencia escrita con aerosol negro anunciaba: NI UNA MAS… CIUDADANOS VIGILANDO… tenían poco tiempo aquellos trazos, porque la última vez que durmió en la casa embrujada, las letras no estaban… en realidad no recordaba bien ¿fue la otra noche? ¿Hace una semana? ¿El día de su cumpleaños dieciocho?… imposible forzar su mente, ya que creía con firmeza que todos los días eran el miso día.

Antes de entrar, miró una fotografía en papel pegada al poste de luz, mostraba un rostro borroso, debido a que el alumbrado  apenas acariciaba esa área de la calle. El rostro era una oscura silueta que lo miraba.

Mejor decidió ignorar a esa mujer de papel que no conocía, y entrar para buscar un rincón apartado para acurrucarse y dormir si era posible, para siempre.

 

***

 

Ella lloraba con un sentimiento ahogado.

Acurrucada en un rincón oscuro, con los brazos cruzados y recostados sobre sus rodillas, temblaba de frío. Adentro, en ese extraño y lóbrego rincón de la casa, el viento entraba arremolinándose, levantando polvo y papeles. ¿Qué había sucedido? Se preguntaba con desesperación. Quería gritar y llorar a pulmón abierto, pero algo se lo impedía. Era como estar viviendo una pesadilla impregnada de intensas realidades.

Las imágenes de los sucesos horas atrás, se proyectaban como una película en cámara lenta y sin sonido. Su madre dándole consejos para que no saliera, el baile, las amigas, el rubio guapo, el auto negro, el paseo por la ciudad, la botella, y… algo había sucedido. Silencio, oscuridad, mareo, algo dolía detrás de sus ojos provocándole somnolencia; el rostro del rubio guapo se agrandaba y se achicaba, se distorsionaba y después ondulaba en emisiones vibratorias.

Algo me echó en la bebida pensó con furia. Quiso reclamar, pero no pudo, su boca no había respondido a su mandato. Sólo recordaba una potente y aterradora parálisis, que únicamente le permitía ver a un asustado rubio guapo que manejaba a gran velocidad, metiéndose en callejones y calles oscuras evadiendo la luz para pasar desapercibido. Había visto el miedo en los ojos de él, a la vez que ella sentía una inmensa angustia.

Sin saber el tiempo transcurrido, el auto se detuvo en un barrio de mala muerte. Sintió como los fuertes brazos de él,  la sacaban fuera del auto. Quiso moverse para golpearlo y huir, pero sus músculos no respondían. Lo último que recordaba era haber sido depositada ahí, en ese rincón.Sola a su suerte.

Pasos.

Alguien entraba a la casa abandonada, tambaleándose, con un andar inseguro. Tanteando en una oscuridad que devoraba sin fauces.

Miedo, ¿Quién sería? ¿Sería el rubio guapo que regresaba por ella arrepentido? ¿O un vagabundo con malas intenciones?

 

***

 

Él se detuvo en seco. Un llanto de niña rompía el silencio al fondo del rincón. Miró el bulto agazapado y se acercó con cautela. Al estar a varios pasos de la misteriosa silueta arrinconada, esperó unos segundos para que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad.

Ella, sentada con las manos en los tobillos y su rostro pegado a las rodillas, alzó su cabezacon temor.

Y Él, cuando se adaptó a la penumbra, miró unos ojos negros enormes y asustados. Ella hizo lo mismo, sosteniéndole la mirada, provocando un choque de miedo y curiosidad; dos almas perdidas que se encontraban en un el laberinto infinito para compartir juntas sus desdichas y deseos.

El corazón de él se aceleraba por estar ante esa extraña presencia; Una jovencita de su edad que temblaba de miedo y frío: ¿Qué hacía una bella flor en medio de la inmundicia?

Ella, sintió un nudo en el estómago acompañado de una sensación de inseguridad. De pie, ante ella, estaba un hombre andrajoso que personificaba el miedo de muchas mujeres.  Por instinto, se recargó en la pared y se abrazó protegiéndose.

— ¡No me hagas daño! —, suplicó.

—Sería incapaz… — dijo él tan asustado como Ella. Valentina sintió en su tono, la voz de un niño.  Vio la ternura en sus ojos, y concluyó que el rubio guapo era un tigre desalmado en comparación del pobre vagabundo, quien proyectaba un alma limpia, aunque su exterior demostrara lo contrario.

Él sentía un temblor involuntario, sutil, que sacudía todo su cuerpo. Los nervios se apoderaron de su ser cuando la mirada de Ella, antes asustada, ahora lo atrapaba como si fueran las garras de un halcón. No sentía miedo, no era el peligro, sino, algo. Algo que conocía a la perfección, un secreto enterrado en lo más profundo de su alma. Era como si Ella lo escaneara y supiera que Él nunca había explorado los territorios femeninos.

— ¿Quién eres?—, preguntó Ella con voz queda y nerviosa, aderezada con un  timbre sensual que se elevaba dejando una especie de aroma desconocido.

—Yo aquí duermo — contestó inquieto. — ¿Tú, quién eres?

—Valentina — contesta, para después callar y dejar oír al viento que comenzaba a soplar con mayor intensidad afuera en la calle, a la vez que se colaba al interior de la casa por las ventanas  sin vidrios y puertas inexistentes.

Una fuerte ráfaga helada barría de súbito levantando polvo y papeles, los cuales revolotearon y golpearon el rostro de él y los brazos de ella.

—Yo soy Valentín —, se presentó con timidez, con la voz entrecortada.

Los dos ojos negros lo miraban con interés, y Valentín se dejó llevar por su magnetismo sintiendo una fuerte oleada que acariciaba su piel, provocando que su vello corporal se erizara electrizado.

—Ven, acércate —, dijo Valentina con una dulzura hipnótica, y Él se aproximaba lento como quien escucha el canto de las sirenas.  — Valentín, tengo frío y a la vez un poco de miedo. Siéntate y abrázame… qué curioso, tienes mi nombre, y el de mi cantante favorito, que en paz descanse. Qué cosas.

Valentín se dejó llevar y se acurrucó sentándose a su lado. Hombro con hombro. Tuvo el impulso de abrazarla al sentir el contacto de su piel a través de su camisa. Pero tenía temor de alzar su brazo y deslizar su mano rozando y sobrevolando el territorio de ella. Tembló nuevamente de forma involuntaria y Ella lo percibió.

—¡Abrázame tonto, que no me rompo!… ¡no seas tímido!

Valentín obedeció pasando el brazo por detrás de su nuca y abarcócon su manaza el menudo hombro, sintiendo su piel, suave y desnuda. Le pareció extraño que en esa hora de la noche y con ese viento frío que lloraba como hiena, llevara puesto una especie de top sin abrigo alguno.

Giró su rostro al sentir cómo era examinado con curiosidad. Los ojos de ella se encontraron nuevamente con los de él. Ambas miradas danzaron con la complicidad de unos amantes temporales que se abrazan y susurraban ante el espejo. Él era Ella y Ella era El; eran unos desconocidos que se habían encontrado para conocerse. Quizá ya se habían visto en algún lugar, en algún tiempo, en algún limbo que precedía a las puertas del Paraíso.

— ¿Por qué estás aquí?—, quiso saber, a la vez que la apretaba con ternura contra su cuerpo trasmitiendo su calor y recibiendo el de ella. El viento arreciaba y la temperatura bajaba  implacable.

Ella comenzaba a contar su historia y Valentín escuchó con atención los sueños y ansias de una mujer que abría su flor ante el sol de primavera. Ella estaba lista y hoy era su noche, y aunque era negra y fría combinada con un viento inclemente, estaba decidida. Mientras, las brasas de una pasión deseada quemaban su interior con el combustible de su juventud. Le dijo que acababa de cumplir los dieciocho años y El recordó que también los tenía. Sorprendido, asoció maravillado y feliz que eran de la misma edad, o eso recordaba.

Valentina siguió hablando, sacando todo su coraje y frustración de haberse sentido desechada como un objeto. Le dijo que nunca pensó que algo así le fuera a suceder. Y por último, arremetió contra el príncipe que la abandonó en ese lugar de tinieblas.

— ¡Algo me echó en la bebida!… comencé a sentirme mal. Y después, ¡me quedé paralizada, no podía moverme! Asustada, le dije que me llevara a un lugar seguro, a mi casa; pero no escuchaba, estaba más confundido que yo. Le insistí, le hablaba y le gritaba. Aterrada, me di cuenta que no podía mover mis labios, mi voz la escuchaba sólo en mi mente. Volví a gritar, pero mi supuesto galán tenía los odios tapados. Éste sólo repetía que tenía que deshacerme de mí. Y me dejó aquí… en este rincón, donde seguí con mis gritos silenciosos que sólo yo escuchaba. Mientras, el muy cobarde hablaba alarmado consigo mismo: en la madre, me voy… el muy estúpido se largó abandonándome aquí… y lo peor, se robó mi celular el muy hijo de la chingada…

— ¡Maldito! — maldijo Valentín en un susurro. Ladeó su cabeza y apoyó su sien sobre la frente de ella. Decidido, con su otro brazo libre la abarcó por delante para tomarla por la cadera y apretarla contra su cuerpo envuelto en harapos. –Yo no te hubiera echo eso… ¡jamás!

— ¿Neta?

  • La neta — le confirmó con una voz de hombre de tres décadas.

Ahora, acostumbrados a la oscuridad, se miraban con claridad como si se conocieran de toda la vida. El observó los finos rasgos de ella; era una hermosa jovencita de grandes ojos y facciones angulares, labios carnosos y pómulos ruborizados. Contrariamente, Valentina  miraba a un hombre con alma de joven, o quizá era un joven con apariencia de viejo. Un joven golpeado por la vida, malquerido por sus padres y marginado por una sociedad injusta.

Sentía lastima, no por él, sino por todos aquellos que lo hubiesen rechazado. Decidió en ese momento que él era el indicado. Estaba con ella, en medio de esa oscuridad donde apenas se miraban. Él, quien estaba ahí, abrazándola, protegiéndola y hasta queriéndola, sentía sus palpitaciones vibrar a través de su piel, transmitiéndole un lindo amor de adolescente.

— Eres lindo.

— No es cierto. Soy feo.

— Mientes —, se giró zafándose de su brazo para levantarse y sentarse a horcajadas sobre los muslos de Él. Valentina clavó su mirada en los atónitos ojos de él. Y entró en ellos explorando su interior, buscándolo, invitándolo a que se dejase llevar. Él se dejó atrapar y absorber permitiéndole  ponerle grilletes en su cuello, manos y pies. Entregándose completamente prisionero en el calabozo de ella.

Valentina acercó su rostro, lo suficiente para sentir el aliento caliente de él. Puso la punta de su nariz sobre sus labios. Los exploró olisqueándolos, para después sentir como temblaba nervioso y de euforia, con sus manos hacia arriba sin saber qué hacer, si abrazarla o no. Comportándose como el amigo que teme dar el paso y ser rechazado…

Y sin avisar,  ella lo besó…

Los hombros de Valentín se aflojaron. Sus brazos cayeron, y animado a acarició con sus manos callosas los lisos y suaves hombros de ella. empujado por la emoción, la abrazó fuerte, rejuntándola contra su cuerpo. Ahora, como quien tiene el derecho de lo que le pertenece.

Valentina, sin pedir permiso, metió su lengua dentro de las comisuras de él, tocando con su punta el paladar de su elegido. Los labios de Valentín estaban secos por los nervios que impulsaban una euforia para él desconocida. La lengua de ella jugueteaba mojando donde tocaba y él se dejaba acariciar entre mantos fogosos de saliva femenina; gustoso tragaba el fluido que se deslizaba por su paladar, el cual degustaba por primera vez el sabor de una mujer.

Extasiado, su corazón galopaba con ferocidad, queriendo salir desbocado dispuesto a quebrar costillas. La presión aumentaba a la par del placer y la felicidad antes negada, llegaba abrupta sin avisar. Ahora,  Él vivía con intensidad el presente.

El viento aulló incrementando su intensidad y frío, entrando nuevamente por todos los accesos de la casa. Una casa en ruinas, pero que por dentro era el núcleo latiente de un nuevo comienzo: El de un futuro, donde él soñaba despierto imaginando dormido.

El viento arrollaba como si fuera una ola gigantesca, levantando del piso papeles de periódicos amarillos. Papel de baño usado. Hojas de cuadernos arrancados. Pedazos de carteles rotos de comercios. Páginas de revistas pornográficas arrugadas y salpicadas por sus antiguos dueños; toda esa basura era elevada en el aire la cual giraba arremolinándose, danzando como mariposas alrededor de los dos amantes que se fusionaban mediante un largo beso, intenso y erótico. Y cuando la ráfaga se alejaba a los demás rincones de la casa, dejaba una estela donde los papeles caían lentamente al suelo como copos de nieve.

Rodaron por el suelo, bañados y cubiertos por la lluvia de pedazos de ilusiones; trozos de papeles sanitarios que flotaban como burbujas, machadosen color marrón  como recuerdo de un desecho voluntario, y ente esos trozos descendía una hoja de cuaderno, donde un poema en varios cuartetos, un poeta había dejado un pedazo de su alma solitaria.

Dieron un giro sobre el suelo y ella quedó debajo de él. Y cubiertos bajo el manto estelar de papeles, fusionaron sus ardientes labios convirtiéndose en un solo ser ajeno al exterior; ajenos y ahora distantes al viento que gemía por una ciudad ya perdida. Al frío que helaba y al peligro latente que se movía por las calles encarnado en delincuencia. Toda calamidad ambiental y social era ignorada por los dos amantes que viajaban por su propio cosmos, al compás de sus cuerpos calientes que transmitían una inconmensurable pasión.

Valentínabarcó con sus  manos los pequeños y firmes montes, apretujando con desesperación sin lastimar la blanda carne. Ella gimió y suspiró con los ojos cerrados, sentía cómo sus pezones se endurecían rápidamente y cómo el clímax llegaba a la cúspide,cuando sin pedir permiso, él metió sus manos por debajo del top y éstas tallaron con sus superficies callosas los suaves  montículos.

Valentín se percataba con delicia cómo su sangre fluía hacia su entrepierna, engrosando su miembro, poniéndolo duro y firme como una piedra afilada dispuesta a cortar y penetrar. Excitado, pegó su miembro todavía oculto detrás de su pantalón contra el área triangular de ella. Con placer y vergüenza caviló que era como estarse masturbando. Pero la necesidad fue superior y  movió su cadera involuntariamente hacia atrás y hacia adelante, bombeando y tallando con dulzura. No podía evitarlo, era el instinto. Quería poseerla de ya. Quiso meter la mano debajo de su ropa para extraer su miembro a la vez que lanzaba un largo y profundo gemido primitivo, de macho que bramaba para poseer a la hembra. Y después, su grito fue de dolor y placer al sentir las uñas de Ella clavándose en su espalda. El dolor lo transportó a un limbo donde olvidó su intención de sacar su pene, el cual se debatía como serpiente en busca de su madriguera.

Otra ráfaga, y nuevamente otra bandada de basura arremolinaba  alrededor de ellos. Valentín, al borde de la locura, se levantó quedándose de rodillas y comenzó a quitarse el trapo sucio que era su camisa. Ella hizo lo mismo, bajando su top de un tirón para dejar al descubierto dos senos perfectos que se dibujaban en la penumbra.

El no pudo más y se  echó sobre Ella para probar nuevamente su sabor de mujer. Besó y lamió frenético sus labios, sus mejillas, su cuello y pezones. Deslizó su manaza abierta hacia la puerta del paraíso, abarcando su entrepierna caliente dispuesta a ser abierta y penetrada con violencia si era necesario.

El sentía cómo su miembro se engrosaba estirando su piel a límites inimaginables, llenándolo de suplicio y gozo. Estaría dispuesto a soportar ese tormento aunque estallara, se desangrara y muriera. No cambiaría ese momento por nada del mundo. Estaba enamorándose de Valentina, la mujer de sus sueños y pesadillas húmedas. Unas pesadillas donde la sexualidad era ausente como el vacío, en donde le habían vaticinado con símbolos y calamidad: la virginidadeterna. Pero eso se desvanecía en el hoy presente. Valentina había aparecido para amarlo y despojarlo, y  convertirlo en un hombre realizado.

Valentina con los ojos cerrados, saboreaba el acre olor de su piel. Él se reclinaba nuevamente sobre ella y al hacerlo, dejaba caer una cascada líquida de ilusiones y feromonas.  Ella, gustosa, probaba el sudor que caía sobre su cara, el cual escurría por su cuello y pecho.

Ella sabía que era su noche, y que había llegado el momento. Al sentir el miembro duro de su amante elegido, su parte baja se humedeció. Estaba lista para recibir a una bestia dispuesta a embestirla en sus entrañas. Se sentía dispuesta, emocionada, totalmente caliente. Su lasciva estabaa punto de ebullición conforme él se aceleraba con la fuerza de un huracán libidinoso. El momento de la carne había llegado.

Él le abrió las piernas y estuvo a punto de arrancar el vestido cuando instintivamente Ella las cerró. Dejó de acariciarlo a la vez que despegaba sus labios. Se sentó de súbito y comenzó a sollozar nuevamente como una niña desprotegida y abandonada a su suerte.

— ¿Hice algo mal? — preguntó asustado, más que desconcertado.

— No, soy yo — Valentina sentía cómo las lágrimas le caían dejando un largo río cristalino sobre sus mejillas, mezclándose con el sudor de él. Con voz entrecortada le dijo: —  escucha… el viento se está calmando, pero ha dejado su frío.

Valentín observó en la penumbra cómo el polvo y los papeles estaban quietos, dormidos como seres nocturnos que sabían sobre la pronta salida del sol. Y el sonido del viento que se alejaba abandonando las calles, llevándose su canto de alma angustiada. Después, transcurrieron unos minutos que parecieron siglos por el espacio de silencio entre ambos. Luego, segundos amargos para él, interpretando ese intervalo como una frustración más en su acervo de fracasos.

Valentina lo miró, sonriendo y entornó sus ojos con ternura. Acercó sus labios y le dio un beso en la mejilla.

— Eres muy lindo Valentín. He estado sola y has venido a protegerme. He sentido tus brazos y besos, y sé que eso es amor. Esta noche estaba dispuesta a ser mujer, y lo soy. Me has convertido en una  mujer con la fuerza de tu pasión. Sentía frío y me lo has quitado con tu calor. Me sentí desdichada y sin vida y me la has devuelto… te amo. Y aunque estemos en este lugar oscuro, sé que estás conmigo dándome tu luz…

Valentín recibía la nueva esperanza. Estaba dispuesto, la esperaría hasta el fin de los tiempos si era necesario, porque sabía que Ella ya le pertenecía.

Valentina lo miró con dulzura y le dijo.

— ¡Llévame afuera, que quiero ver y sentir los primeros rayos del sol!

Se acomodó el top hacia arriba. Y después secó sus lágrimas y aspiró profundamente, llevando a sus pulmones el olor áspero del lugar. Y después suspiró.

Valentín, quien mantenía el miembro tieso por debajo del pantalón, se levantó con dificultad para tomarla en sus brazos. La alzó, como quien levanta a la novia para llevarla al dulce hogar de la felicidad y esperar en el tiempo las cosas buenas y malas destinadas para ambos.

Ellos notaron que al salir del rincón, la penumbra se disipaba dando paso a la claridad del amanecer. El daba gracias a Dios por haber entrado esa noche y haberla encontrado, y tenerla en ese momento en sus brazos, sintiendo cómo sus extremidades colgaban con soltura como la niña que duerme en brazos del padre. Ella, se sentía afortunada por haber conocido a un patán que la había abandonado, para dar paso al héroe que ahora la protegía profesándole un amor sincero.

Cruzaron un pasillo y entraron al área de la sala. Miraron el recibidor iluminado tenuemente por la luz natural que entraba por las ventanas desprovistas de marcos y cortinas. Antes de partir, dieron un fugaz vistazo a los obscenos y sucios grafitis que decoraban grotescamente las arruinadas paredes.

Salieron por la entrada principal y se detuvieron en la terraza. Ella le dijo que la bajara y que se sentaran sobre los tres escalones para recibir al astro rey.

Valentín la bajó con mucho cuidado y amor, como si ella misma fuera de porcelana. Al quedar sentada, El hizo lo mismo y se pegó junto a ella tomándola por la cintura. Ella inclinó su cabeza sobre el ancho hombro  y sonrió feliz.

Frente a ellos la calle se contemplaba desértica. Sólo llegaba el rumor de algunos autos a la distancia. Cruzando la calle una larga barda color blanco mostraba con letras mayúsculas y toscas en grafiti: NI UNA MÁS, VECINOS VIGILANDO.

Valentín volteó hacia el poste de luz y miró el cartel con el rostro de la joven. Curiosamente, la muchacha de la fotografía tenía un singular parecido a Valentina.

Después, la primera luz solar comenzó a asomarse por arriba de la barda. Primero fue un brillo, como el destello del oro. Y luego un rayo, y después un arco dorado que lanzaba su luz brillante y amarilla que sonreía a una ciudad sumida en la tragedia.

Cuando Valentina recibió la luz del sol sobre sus ojos, se despidió arrastrando sus palabras, como si ella misma fuera succionada hacia un profundo abismo.

  • ¡Adiós mi amor, y muchas gracias!

Valentín se giró alarmado, asustado. Su mano que sujetaba la cintura de ella, se soltó instintivamente al percatarse de algo irreal. En vez de sentir la cálida piel de su amada, ésta se endureció volviéndose fría. Y la miró, con horror: los ojos de Valentina se quedaron fijos y El contempló con angustia cómo el iris de sus ojos se abría dilatándose como cámaras fotográficas, para dar paso a  dos grandes pozos oscuros sin vida. Valentina estaba inmóvil y tiesa como una piedra.

La luz del sol se asomaba con rapidez saltando la barda, y bañó con su resplandor el rostro de Valentina, tornando su piel en un tono excesivamente pálido, blanco, transparente. Los brazos de ella cayeron rígidos como varillas de acero, quedando totalmente inertes. El, al borde de la desesperación y sin entender lo que sucedía, gritó pidiendo ayuda.

Valentín se encontraba en shock, contemplando con horror cómo su amada presentaba un insólito rigor mortis. Había visto morir a muchos vagabundos, ya sea por sobredosis o porque simplemente quisieron morirse. Al irse, no se convertían en estatuas frías en segundos, esa rigidez aparecía un par de horas después…

…Y después se quedó sin habla, por la impresión de saber de que tenía un cadáver en sus brazos. Un cadáver que tenía un bello nombre y al cual había amado.

— ¡ASESINO! — gritó una mujer vieja con vestido y rebozo negro, con el cabello gris y encrespado saliéndosele, estaba de pie en medio de la calle. — ¡NI UNA MAS! — volvió a gritar alzando su voz como si fuera un llamado de guerra, a la vez que elevaba sobre su cabeza un largo cuchillo de carnicero, el cual lanzaba un maligno destello de luz solar sobre la superficie metálica.

Valentín regresó a la realidad rompiendo el hechizo del shock y miró a esa mujer que había aparecido como si fuera un ánima en pena, quien lo señalaba con su dedo acusatorio. Y después, atónito,  observó a gente que llegaba desde ambos costados de la calle, quienes salían de sus casas con sus rostros impávidos y miradas frías. Algunos llevaban palos, piedras y otros instrumentos de cocina.

— ¡Suéltala degenerando! — gritó de nuevo la anciana, agitando el cuchillo  y arengando a la muchedumbre a avanzar en pos del asesino.

Diez, veinte, treinta… Perdía la cuenta: hombres, mujeres y jóvenes, y hasta algunos niños, se agruparon en el centro, acorralándolo y caminando hacia él, alzando sus rústicas armas. Insultándolo, clamando justicia; un pueblo harto de tener miedo, que se convertía en un monstruo engendrado por una ciudad apática.

Una piedra surcó el aire y golpeó la frente de Valentín, provocándole una profunda fisura y un baño de sangre que le cubrió el rostro como la figura de un Cristo católico.

-¡YO NO FUI! – gritó aterrado soltando a su amada, la cual caía de costado hacia el otro lado, para reposar ausente sobre el piso.

-¡NI UNA MAS, NI UNA MAS, NI UNA MAS! – vociferaba la muchedumbre llena de rabia, tapando simbólicamente sus oídos y actuando en pos de la venganza, en nombre de muchos padres y madres que lloraban a sus hijas.

Y el viento regresó mágicamente… levantando arena, tierra y basura que venía de todos los rincones del barrio.

Valentín sintió cómo decenas de manos lo tomaban por los cabellos y sus extremidades; quiso forcejear, pero la bestia ciudadana y sus tentáculos eran mucho más fuertes. Fue arrastrado hacia el centro de la calle y allí comenzó a recibir golpes, patadas, puñetazos, pedradas, en medio de insultos y escupitajos.

Casi ciego por la sangre, pudo abrir un poco su ojo hinchado. El otro ya estaba cerrado completamente y miró nuevamente otros destellos de luz entre el gentío. Machetes, hachas y cuchillos.

Gritó con todo su ser que Él no había sido. Que él  la amaba, que era el amor de su vida, que él era incapaz de cometer un acto abominable. Pero fue inútil. La horda estaba enloquecida y catalizada por la ira, el frenesí y el deseo de destruir el mal, sin saber que ahora ellos eran el mismo mal. Sabiendo fatídicamente que su suplica era inútil, pidió al viento que se lo llevara con él y que lo dejara en un lugar de medianoche donde estuviera Valentina esperándolo con sus brazos abiertos, para perderse en ellos, llorar y amarla eternamente.

En los últimos segundos, quiso creer que todo era una pesadilla y pronto iba a despertar. Su mente se negaba, pero su cerebro lo regresaba a la realidad cuando sintió un dolor extremo y enloquecedor. Una hoja de cuchillo se enterraba en su vientre. Un machete le volaba una oreja y la hoja de un hacha partía su rodilla, dejando un cuajo de tendones y articulaciones sanguinolentas.

-¡NI UNA MAS, NI UNA MAS!– gritaba como poseída por mil demonios la muchedumbre que ignoraba a un coche patrulla, quienes sus ocupantes sólo observaban, con los brazos cruzados y con actitud impotente; no se arriesgarían a detener a la fiera de los mil colmillos.

Valentín, resignándose a su muerte, olvidó el dolor porque su sangre había escapado de su cuerpo mutilado.Antes de perder la conciencia, pensó con rabia: y saber que el verdadero asesino anda suelto… y habrá más desaparecidas… Y en su última esperanza e ilusión, invocó a Valentina, y la miró esperándolo en el otro lado. Cerró su ojo, soltó su cuerpo y el viento arreció con una fuerza sobrenatural,  e hizo el resto llevándose su alma.

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