ANA MARÍA OTERO

Esa noche, una vez se hubo dormido, se vio en el lugar con el que había soñado la anterior. El sitio exacto donde había estado antes de desaparecer.

—Hola—escuchó a su espalda. Se dio la vuelta y se encontró con Lorena—. ¿Tú otra vez?

— ¿Qué haces aquí?

—Se supone que es mi sueño.

—Nada de eso, este sueño es mío.

—No vamos a discutir ahora por esa tontería. Compartiremos el sueño. Será nuestro sueño, ¿de acuerdo?

—Está bien.

—Me gustaría disculparme por la contestación que te di esta mañana en clase.

—No importa.

—Sí que importa. Te debí parecer una perfecta estúpida.

—Todo menos eso—ella sonrió y los dos comenzaron a caminar.

—Este sitio es muy raro—enunció Emilio.

—Tienes toda la razón. Pero ya se sabe: este es el mundo de los sueños y la imaginación es lo que manda.

Caminaron durante un buen rato sin dejar de hablar. Era un lugar estupendo. Solitario y tranquilo.

Escucharon el sonido de un riachuelo y caminaron hacia él. Cuando lo alcanzaron se sentaron en la orilla

—Emilio, ¡te pasa lo del otro día!

Sintió un extraño hormiguero.  Miró hacia sus manos y vio como éstas se difuminaban, al igual que el resto de su cuerpo.

—Por la noche te esperaré aquí—pudo escuchar antes de despertarse.

El reloj marcaba las cinco menos veinte. Nunca conseguía dormir más de cinco horas seguidas. Trató de dormirse de nuevo. Tal vez siguiera soñando con Lorena, pero era imposible: estaba totalmente desvelado.

Se metió en la ducha dispuesto a prepararse para el día que comenzaba.

 

 

Cuando llegó de clase, su nuevo papá le preguntó:

—Emilio, ¿has tenido algún percance en la escuela?

— ¿A qué te refieres?

—Ya sabes a lo que me refiero.

¿Tendría algo que ver con la pelea que habían tenido él y Richi con Joe y Dani? Suponía que la rojez de su pómulo derecho lo había delatado.

— ¿Me hablas de esto?—preguntó señalando su mejilla enrojecida.

—En efecto.

—Fue una chorrada—sabía que Pablo odiaba esa palabra, al igual que tantas otras que Emilio procuraba utilizar a menudo en su presencia—. Al subir al autobús, como estaban los escalones mojados resbalé y me golpeé contra el suelo.

— ¿Eso es todo lo que tienes que decir?—el chico asintió—. Emilio, esto ya pasa de castaño oscuro—problemas, problemas, no dejaba de repetirse—. Ya he asumido el hecho de que seas un vándalo, pero creí que eras sincero. El hecho de que practiques la falacia es una faceta tuya que desconocía— ¿falacia? Dado el contexto, Emilio intuyó que se refería a que era un  mentiroso. ¿Por qué no  era capaz de utilizar un lenguaje asequible para el ciudadano de a pie?—. No me mires con esa cara: lo sé todo. El director de tu centro de estudios me ha llamado por teléfono y me ha relatado que un compañero y tú tuvisteis una disputa con otros dos chicos y que llegasteis a las manos.

—Sólo me defendía.

— ¿Y no pudisteis hablar para solventar el conflicto?

—Cuando tienes un puño apuntando a tu cara, es poco aconsejable soltar el rollo, ¿no crees?

— ¿Cuál fue la razón del enfrentamiento?

—Asuntos personales.

— ¿Podrías relatármelos?

—No.

—Jovencito, no seas tozudo.

¡Jovencito! ¡Otra vez se lo había llamado!

—No soy tozudo. Solamente creo que si tengo una bulla con unos gilipollas es asunto mío y de nadie más.

—Escúchame, muchacho: es asunto mío en el momento que te peleas dentro del recinto escolar, y el director requiere hablar conmigo para contarme que tú has provocado una hemorragia nasal a uno de tus compañeros.

¿Hemorragia nasal? ¡Pero si apenas había sangrado un par de gotitas!

—Él también me pegó a mí.  Mi mejilla lo demuestra. ¿Y no te contó como el capullo de Dani le partió el labio a Richi sólo porque cuando Dani lo empujó por el pasillo le llamó caraculo?

—No hablamos de ese amigo tuyo, sino de ti.

— ¿Y qué pretendes que haga? ¿Que cuando me peguen ponga la otra mejilla?

—Estoy seguro de que si permanecieras impasible, tu actitud conmovería de tal modo a tu atacante que éste no te haría nada.

—Te aseguro que si no me rebotara, me cascaría hasta sacarme los hígados por la boca.

—Tal vez eso ocurría en el barrio donde tú vivías, pero no en éste.

— ¿Acaso crees que las pelas dan clase y educación? Te equivocas. Además, en mi barrio y en mi instituto nunca me pasó lo que me está pasando en este colegio de pijos.

— ¿Sabes lo que me está costando tu educación?

—Yo no pedí ir a un colegio de niños bien, donde hacen diferencias entre el hijo del que más tela dona y el de ese pobre hombre que se desloma para poder pagar las mensualidades.

—No desvíes la conversación del tema que nos incumbe. El director me ha comunicado que serás sometido a un castigo: durante dos semanaspermanecerás una hora y media más en clase cada tarde. Y por cierto, jovencito, cuida ese lenguaje.

Subió a su cuarto más que enfadado. La pelea había comenzado al salir de clase. Iban él y Richi por el pasillo, cuando Dani y Joe se acercaron por detrás y empujaron a Ricardo que cayó al suelo. Su carpeta se abrió y sus apuntes se desperdigaron por el suelo. Emilio le ayudó a recogerlos, mientras Dani y Joe miraban hacia ellos sonriendo.

— ¡Qué torpes son estos chicos!—exclamó Dani con arrogancia.

—Caraculo—insultó Richi.

En ese instante Dani arremetió contra Richi golpeándole en el labio. Emilio quiso meterse en medio pero Joe golpeó su mejilla. Sin pensarlo dos veces, Emilio le dio con todas sus fuerzas. Joe quedó sentado en el suelo. Él recogió sus cosas y ayudó a Richi a levantarse. Éste sangraba abundantemente por el labio inferior.

Encima de todo sunuevo papá le soltaba el sermón. ¿Qué pretendía? ¿Que se dejara zurrar por el primero que se le acercara y aún encima que le anima para que siguiera?

 

 

Cuando apareció junto al riachuelo Lorena ya estaba allí.

—Vi la pelea que tuvisteis con Joe y Dani.

— ¿Quién no? Una pelea en el pasillo es una representación que atrae a todos los presentes.

—Tienes la mejilla morada. ¿Te duele?

—No mucho.

En realidad sentía un dolor de mil demonios y la notaba arder bajo la piel. Lorena sacó un pañuelo de su bolsillo, lo mojó en el  riachuelo y lo puso sobre la magulladura de Emilio.

—Esto te aliviará.

—Gracias, Lorena— dijo rozando la mano de ella al sujetar con la suya el pañuelo mojado—. ¿Qué te parece si nos vamos de aquí? Tal vez encontremos un pueblo.

—Como quieras—comenzaron a caminar—. Emilio, ¿te das cuenta de que ésta es la tercera noche consecutiva que se repite el sueño? Nunca me había pasado antes.

—A mí tampoco. Tal vez sea porque tengo un fuerte deseo de estar contigo.

—No lo sé. Tal vez sea eso.

Después de caminar durante un buen rato, llegaron a un poblado. Las casas eran bien de madera, bien de piedra. Entraron en una especie de taberna. Estaba vacía. Se acercaron al mostrador y al poco rato salió un hombre rechoncho y colorado.

—Buenas.

—Hola—saludaron.

Emilio preguntó:

—Señor, ¿podría decirnos dónde nos encontramos?

—Este pueblo se llama Mereda. No  me digáis que alguno de vosotros es viajero del mundo exterior.

—Así es— se aventuró Emilio.

— ¿Cuál de los dos?

—Los dos—contestó Lorena.

El hombre abrió los ojos como platos y espontáneamente y sin saber porqué lo hacía, Emilio se echó a reír antes de tomar la palabra:

—Ay, Lorena, ¿os parece correcto asustar de ese modo a este hombre de bien? No le hagáis caso, caballero, que esta zagala no habla en serio, algo típico entre los durmientes.

Lorena asintió también sonriendo cuando sintió como Emilio pellizca sutilmente su brazo.

—Vuestro receptor tiene razón—reconoció el hombre—. Reconozco que ésta no es la primera vez que me cruzo con algún durmiente, pero nunca jamás con más de uno a la vez y deseo que eso siga siendo así.

—Uff, me dan escalofríos con sólo imaginar la situación. En fin, caballero, creo que es hora de que reemprendamos nuestro camino, deseando que esta durmiente a la que adoro no vaya sembrando el pánico por ahí—aseguró Emilio besando la mejilla de Lorena, antes de tirar de la mano de ésta hacia la salida, sin borrar la sonrisa de sus labios.

—No entiendo nada de lo que habéis dicho ese tío y tú—confesó Lorena una vez estuvieron en el exterior.

—Créeme: tampoco yo—aseguró Emilio que hacía unos instantes, inexplicablemente había sentido que era eso lo debía decir.

— ¿Una durmiente?—preguntó ella frunciendo la frente.

—Lorena, te aseguro que no sé qué significa todo eso que dije sin saber porqué lo hacía—reconoció Emilio—. Mira, sea como sea, podemos suponer que eso que me pasó nos ha salvado la vida y nos ha servido para averiguar que aquí no está demasiado bien visto que coincidan dos durmientes.

—Así que aunque los dos lo seamos y para evitar problemas, a partir de ahora yo seré la durmiente y tú mi receptor.

— ¿De qué tipo de receptor hablamos?—bromeó Emilio.

— ¿Y eres tú el que me lo pregunta a mí, una desinformada zagala durmiente?—los dos rieron—. ¡Oh! No me digas que ya te vas…—se entristecido ella al ver como Emilio se desdibujaba.

— ¡Mierda!—gritó al darse cuenta de que estaba nuevamente en su habitación.

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