ALBERTO ROMERO

El encuentro
Antonio y Marta llevaban una semana de locos en la pastelería. No daban a basto
de encargos para bodas y comuniones. Un montón de tartas esperaban para ser
creadas antes del fin de semana. Algunos días se estaban quedando un par de horas
más en la pastelería, tras el cierre, porque sino no llegarían a tiempo. Habían
contratado a dos ayudantes en el obrador, y a una dependienta para que atendiese
las ventas, mientras ellos se encargaban de la cafetería y los pedidos.
A las ocho en punto de la tarde invitaron a los pocos clientes que quedaban a
terminar sus cafés porque había llegado la hora del cierre. La gente estaba agusto
en el local, pero entendían que había una hora de cierre. A Antonio le encantaba
estar de cara al público, y tratar a los clientes con educación era una de sus virtudes.
Deyan y Ana se habían pasado a última hora a ver a sus respectivos, y se marcharon
juntos para dejarles acabar de limpiar el local antes de salir.
Desde la acera de enfrente, sentada en un banco con buenas vistas, les observaba
una señora de pelo rizado pelirrojo, y bolso granate. Ni los empleados que
salieron puntuales a la hora, ni Deyan y Ana, que salían hablando de sus cosas, se
fijaron en aquella señora que les observaba desde lejos.
Antonio bajó la persiana de «El Horno de Marta» hasta la mitad de su altura y
apagó las luces del escaparate. Ambos se pusieron a recoger los últimos restos de
vajilla que quedaban por lavar, y barrieron y fregaron para dejar la tienda perfecta.
Antonio estaba trasladando las tartas de la vitrina a la cámara frigorífica del interior
del obrador, y Marta realizaba el arqueo de la caja de espaldas a la entrada,
cuando sonó la campanilla de que la puerta del local se había abierto.
Marta se giró diciendo que estaban ya cerrados al mismo tiempo que levantaba
la vista.
Cuando sus ojos se cruzaron con los de Josefa sintió que las piernas le fallaban.
Allí parada, delante del mostrador, estaba Josefa quitándose la peluca, y dejando
ver su verdadera cara bajo el maquillaje excesivo que se había ido retirando
en el banco de la calle. Josefa sonrió orgullosa, mirando altiva a Marta a los ojos,
satisfecha por la sorpresa que acababa de darle. Avanzando a cámara lenta, flipando
ante la aparición que ya estaba borrando de su memoria, apareció Antonio.
Tragando saliva se paró junto a su hermana.
Ambos petrificados la miraban sin reaccionar.
—¡Qué ganas tenía de veros a los dos, hijos de la gran puta! —dijo Josefa sonriendo
como una hiena ante una presa indefensa—. Os habéis hecho muy populares
en el barrio con vuestra pastelería.
—Voy a llamar a la policía ahora mismo —dijo Antonio reaccionando por fin.
—No lo vas a hacer. Tenemos una conversación pendiente y este momento me
parece ideal —dijo Josefa sin borrar su siniestra sonrisa de la cara—. Por cierto, enhorabuena
por el bombo que le has hecho a mi hija. Sabes que ese bebé también
te lo voy a quitar, ¿verdad?
Mientras Josefa se reía a carcajadas Marta por fin recobró el habla.
—¿Qué cojones quieres? La policía sabe todo lo que has hecho, y te van a pillar
más pronto que tarde.
—La policía no tiene ni idea, bonita. Ni tú tampoco —dijo Josefa hablando muy
despacio.
Agarró su bolso con la mano izquierda, y con la derecha sacó el enorme cuchillo
que se había convertido en su fiel acompañante.
—Ha llegado vuestra hora. Vais a dejar de darme problemas. Os voy a abrir en
canal a los dos, y quizás me haga un collar con vuestras calaveras —dijo Josefa
mientras volvía a reírse mirando al cuchillo que llevaba en todo lo alto.
Antonio y Marta se miraron con los ojos desencajados. Por la frente de Antonio
caía una gota de sudor frío.

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