MANGER

La conversación mantenida a solas con él me ha dejado bastante preocupado.

Ahora creo que quizá me haya equivocado, que no debí ponerme de nuevo en sus manos, expuesto como estaba a que ese sicario rompiera su promesa en el último momento dejando de cumplir mi particular encargo. Pero estaba harto de aquel tipo cobarde y necesitaba eliminarlo de una vez por todas; nadie mejor que él para quitarle de en medio, su presencia tan cercana se me había vuelto vomitiva, imposible de soportar…

Pero hago mal en dudar… Lo conozco perfectamente y sé que es un gran profesional. Seguro que más tarde o más temprano se encargará de “él”.

Me había dicho que su palabra sería inquebrantable mientras yo cumpliera con mi parte del trato. Tan sólo tengo que limitarme a abrir el balcón, apoyarme en la barandilla y observar la gran ciudad con los ojos bien abiertos. Pero no me fiaba del todo de sus palabras. Quizá fuera la forma irónica en que lo dijo, sonriéndome cara a cara como siempre lo hacía, pero esta vez con un rictus de cierto desprecio…

─«Cuenta con ello, amigo… Nada ni nadie me lo impedirá mientras pueda oír los latidos de tu corazón y palpar ese odio que sientes…» ─me susurraba al oído.

O puede que ya no creyera en aquella mirada cruel, tan centrada y fija en mi rostro, desnudando siempre mis ideas y analizando los tortuosos caminos que seguían las gotas de sudor que dejaban escapar en mi piel cada uno de los poros de mis pómulos.

Sé que estas sensaciones no fueron provocadas por las dos pastillas que mezclé con los tres últimos whiskys… No estaba “colocado” esta vez… No sé… Todavía le veo moviendo sus gruesos labios, abriendo la bocaza y empapando con su respiración el cristal con ese fantasmal vaho que casi impedía comunicarnos.

Me dan escalofríos pensar que se echará atrás.

Son las tres de la madrugada. He dejado mi “Seis Tiros” sobre la mesita de noche. No hace falta la contundencia de su pólvora. Sería como un crimen pasional demasiado vulgar. Tengo preparada la tramoya de este último acto, tal como él me ha indicado: sólo tengo que abrir los batientes del balcón, centrar la vista en el horizonte, dar tres pasos y… esperar la ejecución de la sentencia. Desde ahí, Nueva York se ve pletórica de esas vigilantes luciérnagas del sueño que siempre me intrigaron, acogedor y distante a un mismo tiempo, un lugar ideal desde donde cumplir su promesa. Espero que esta vez no me falle, que el hombre del espejo consiga salir por fin tras el cristal en que se esconde y tenga las suficientes agallas que yo no tengo para darme ese misericordioso empujón al vacío. Quiero confiar en sus palabras. Yo no soy más que un vil cobarde y él un perfecto asesino, un fiel reflejo de mi puta existencia desprovisto de miedos, frío, profesional, calculador y carente de estos absurdos complejos de autoestima que siempre me superan.

3 comentarios sobre “Autoestima

  1. Si, los buenos profesionales se definen por su desenvolvimiento, no importa el porcentaje que el manager gane, siempre y cuando su trabajo sea eficiente, eso cubre la seguridad personal y privacidad de los elementos del contrato que se suscriba
    a con este, es por ello que no abundan los empleados tan eficientes.

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