ALBERTO MORENO

 

– ¡Mi amol, yo querel velte esta noche!, a las nueve en Palque Colon!
– Así era el mensaje que me envió Angi, a las cuatro, aquella tarde
calurosa de septiembre.
El Parque Colon, delante de la majestuosa Catedral de las Américas, en la
Zona Colonial de Santo Domingo, lucia en su epicentro una estatua de
Colon, omnipresente en toda la ciudad.
A la plaza, la configuraban unos diez árboles centenarios, que gozaban de
una lozana salud, a pesar de su edad.
Dos centenares de palomas, veinte zánganos que intentaban vivir de los
turistas con poco éxito, cuatro o cinco voceadores de taxis, un suelo sucio
de inmundicias, que las palomas despreciaban, unas obras de
soterramiento de cables que duraban ya cuatro o cinco años y los bancos.
Treinta o cuarenta ejemplares de hierro, fijados al suelo y repartidos por
el cuadrado de casi doscientos metros de lado.
De noche, los más codiciados eran los situados lejos de las farolas,
ofrecían una penumbra que las parejas apreciaban.
Era donde
Antes de continuar este relato, aclaro que Angi era haitiana, llevaba en RD
un año escaso, vivía con su hermana mayor en una habitación compartida
con otra hermana y el hijo de Damaze.
Su cara le permitía decir que tenía veinte años, pero no era cierto.
– ¡Mi amol yo tenel, 29 años, y dos hijos!, ¡Yo cumpleaños el once de
diciembre!.
Parecía irreal, pero era verdad, Angi existía y con su candidez y con el
precoz sentido del amor que había practicado y mantenía, sobrellevaba
una miserable pobreza, que en su rostro de animal acosado, no se
percibía.
Procedía de un mundo ignoto, donde la supervivencia se dirimía día a día.
Donde los sentimientos se degradaban por el acoso de una brutal
precariedad que rodeaba su existencia.
No hablaba español y su idioma era el creole, una lengua de un francés
diluido y transformado en otro idioma, todavía en construcción.
– ¡Mira mi barriga, golda!, yo quiero una faja.
Llevaba con esta cándida vaina una semana. Estaba hecha una sílfide, pero
al retreparse, sentada en el banco de hierro me decía:
– ¡Mira toca, estoy golda!.
En realidad había una incipiente tripita, que tocaba y que luego desnuda
era de una insignificancia total.
Constantemente, se retrataba con su celular o el mío, luego desechaba
varias y otras las enviaba a un archivo en el que guardaba centenares de
instantáneas, casi todas con su posición preferida: de cuerpo entero con
su culo respingon, salido y un rostro lánguido y evocador. Miraba el
objetivo preguntándole : ¿te gusto?, ¿estoy atractiva?.
Angi, era narcisista, su pelo, sus uñas, su maquillaje eran la parte de su
mundo, que le preocupaba.
Llegue a creer que se sentía una muñeca, a la que peinaba y maquillaba.
– Angi, ¿que pedimos de cenar?
– ¡Mi amol, no tengo hambre!, algo pequeño, una salchicha.
En el ”LU-LU”, la preciosa terraza contigua a la plaza, en la manzana
siguiente , solíamos llegar sobre las diez de la noche, el calor ya había
menguado considerablemente, pedíamos una jarra de sangría y dos
salchichas de ternera, que compartíamos.
– ¡Mi amol, yo decil a mi amiga que tu eres mi novio!, ¿No te impolta
veldad?.
– ¡ Me encanta Angi!,contestaba yo. ¡Me siento muy orgulloso!.
No era para menos, le doblaba la edad, y en las fotos que compartíamos,
procuraba estirarme, dinamizar mi rostro y disimular en lo posible mi
aspecto de hombre maduro con chica joven de color.
La verdad, es que las formas y el sentido de lo ecuánime en aquellas cosas
,entonces y ahora, no me importan en demasía.
– Mañana iremos a comprar la faja, vienes a mi casa en un concho ,
desde allí cogemos un taxi y vamos al Mall San-Bill.
Aquella conversación le encantó. Luego, aprovecho el momento y
comenzó a hablar de su hijo, que cuidaba una tía suya en el lejano Haiti.
– ¡Yo querel ir a verlo, pero no tengo “cualtos”, quielo llevarle ropa y
comida!.
– ¿Cuántos años tiene?, le pregunté.
– ¡Nueve!.
Abrío la memoria del celular y me enseño un negrito espigado de ojos
saltones, asustados, con una camisita roja, mirando un algo desconocido
allá en la distancia, como si viera su propia existencia.
– Se llama Miguel, dijo.
– ¿Lo echas de menos?
– ¡Si mucho, lo quielo mucho!.
– ¿Y el otro donde esta?
– ¡Con su padre, tiene cinco años!. También lo quielo mucho, se llama
Jonathan, como su padle. Yo me llamo Mari Angi Francoise!, mi
hermana mayor es Damare Pierre y mi hermana pequeña Rosa
Louise.
– Tu mama tuvo tres maridos?.
– Si, cada una tiene una padle diferente.
– ¡Oh, así es la vida!.
Conocí a Angi a través de su hermana mayor Damaze.
Cuando llegue a este país me aloje en un hotelito en la zona Colonial, de
ocho habitaciones, que hacia trescientos años o más había sido un
Convento de monjas. Los dormitorios actuales, debieron ser las celdas de
las hermanas.
Tenía un patio central pequeño, donde crecían alguna palmera y decenas
de macetas con plantas trepadoras.
Damaze atendía la recepción, era una mulata atractiva, con instrucción,
estudiaba en la universidad a distancia y construimos una buena amistad.
Una tarde, yo había vuelto de mi país. Apareció Mari Angi, venia de la
calle, Damaze nos presentó. Yo saque de mi bolso, un tarro de crema y se
lo ofrecí.
No hubo más.
Esta primera vez, me pareció muy oscura,como algo chamuscada.
No llamo mi atención, debí fijarme mal.
Volví a ver a Angi mes y medio después. Su hermana, a la que seguía
visitando , me hablaba de ella.
– Pone extensiones de pelo en la calle Duarte, a la entrada del barrio
chino, le pagan 25% de porcentaje, algunos días no gana nada.
– ¡Es un trabajo malo, a veces como está de pie y aborda a las clientas
que transitan por la calle, la confunden con una puta, los hombres
le hacen proposiciones!.
– ¡Ni su instrucción , ni el idioma que no lo habla bien, ni su situación
legal, que no tiene residencia, le permite otra ocupación. Y volver a
Haití, ¡es peor!, aclaró Damare.
Fue ella quien me llamo, después del intervalo del mes y medio
transcurrido
– ¿Cómo estal?, yo querel verte.
Aquella primera vez vino a mi apartamento. Pidió prestado el importe del
taxi, que luego junto a otros pesitos le reembolsé cuando se iba.
Estuvo como tres horas. Nos reímos, prepare la merienda.
Yo vivía solo en un apartamento, con una cocina diminuta, que sin
embargo tenía de todo. En un momento, debió de ser como el que no
quiere la cosa, en el salón , Angi, me dijo:
– ¡Mi amol!: ¿tú me besas en mi boca?.
Así era Angi, espontanea, naif, confiada, ausente de malicia, como si
estuviera en el primer día de la Creación, de cuando , no había sido
inventada todavía la mentira ,se iba de frente y el amor se prodigaba por
doquier, abundante y lo encontrabas como el agua o el aire, a todas
horas y en todas partes.¡ “Qué tiempos aquellos”, añadia Alonso
Quijano,¡ De cuando no existían las palabras mío y tuyo”.
Después, justo después, se desnudo, y como no estábamos en el parque
Colon y ningún transeúnte podía mancillar el momento, Angi hizo el
amor, como en aquel remoto principio de los tiempos: demorada y
apresurada, como si amaneciera o el día fuera a concluir.
– ¿Mi amol, quiero terminal, ¡pero que no se acabe!!.
La historia interminable, se fue sucediendo, incluso cuando caían por las
tardes, aquellos inclementes aguaceros, que no avisaban, como el: ¡¡agua
va!!” de los tiempos de Felipe segundo en el Madrid de los austrias.
Unos tirabuzones líquidos, descendían de los cielos y nosotros
cruzábamos, la plaza de Colon sin paraguas, raudos, corriendo, gozosos,
como si nuestros cuerpos repeliesen la lluvia.
Una tarde, que habíamos quedado, Angi no apareció.
Al principio, no me preocupe, ella tenía una noción muy peculiar de
quedar a una hora. Podía no aparecer o llegar una hora antes, o una hora
después,que era lo que ocurria en general. En su cerebro el orden y el
tiempo, tenían otras dimensiones, existían pero de otra forma.
Pasada la primera hora, me preocupe. Llame a su celular y no contesto. No
sabía qué hacer, no podía llamar a Damaze, Angi me había advertido:
– Mi amol, tu no decir nada a Damaze, que eres mi novio, ella quiere
algo contigo, lo sé.
Yo ¡si que no sabia nada!. Y no sabía que hacer.
Deje pasar el tiempo, la llame varias veces sin conseguir contactarla.
Conocía su dirección, en la calle El Conde junto al supermercado Nacional.
Iría me presentaría y preguntaría por Damaze, al fin de cuentas la relación
de amistad con ella se mantenía. Solo tenía que encontrarle a la visita un
motivo .De paso preguntaría por Angi.
Me encaminé.
Luego desistí, lo encontré rebuscado. Decidí irme a la cama, mañana
pensé, seguro que todo se aclararía.
No conseguía conciliar el sueño. Seguro que su candidez, le habría
conducido a algún percance. Imaginaba, una agresión o un atropello: ¡Que
se yo!.
Pasaron las horas, mitad despierto, mitad semidormido.
De pronto, sonó el telefonillo instalado en la pared del salón. Yo vivía en
un cuarto piso. Pulse el botón que abriría abajo la entrada al edificio. Mire
el reloj, iban a ser las seis, de hecho la claridad había empezado a
despuntar. Estaba extrañado, no conocía a nadie que pudiese venir a esas
horas, habría sido algún vecino que había olvidado la llave, o ¿guardaría
relación con Angi?.
No volví a la cama, permanecí de pie en el salón. Segundos después, el
timbre de la puerta sonó.
No abrí de inmediato, pregunté con voz seca:
– ¿Quién es?.
– Soy yo mi amol, ¡ábleme!.
Abrí la puerta: Era Angi, traía una maleta en la mano.
A su lado el negrito espigado de la camiseta roja que vi en la foto de su
celular, le acompañaba.
– Este es Miguel, está muy guapo ¿veldad?. Ayer fui al pueblo a
recogerlo.
– Venimos a vivir contigo mi amol!, ¿ Tu estal feliz mi amol de vivil
juntos!, verdad?

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