PSIQUE W

El detective privado Erik Holberg camina con las manos a la espalda por la espaciosa biblioteca que hasta hace tres semanas perteneció a Alexander Ibsen, doctor en física y profesor de la Universidad de Oslo. La habitación está decorada con muebles e los años setenta: un sofá, dos sillones y un escritorio. También cuenta con varias estanterías llenas de libros, una pared llena de diplomas y una vitrina con premios y medallas.

Mientras el detective Holberg pasea de un lado a otro de la habitación lo miran con detenimiento el inspector Gaarder, de la policía; la viuda, la señora Ibsen; el cuñado del asesinado, el señor Skram; la cocinera de la casa, la señora Borgen y el señor Hoel compañero de trabajo en la universidad del señor Ibsen.

Tanto la policía como la viuda requirieron los servicios de Holberg dadas las extrañas circunstancias en las que Ibsen apareció muerto. Lo encontraron enterrado en un bosque a varios kilómetros de la ciudad, estrangulado. El asesino o asesina lo asfixió y lo trasladó después al bosque para deshacerse del cadáver. Lo extraño es que no faltaba nada entre sus pertenecías, ni había cambiado recientemente su testamento, llevaba la cartera encima y no tenía enemigos.

Aparentemente, el asesino o asesina del Ibsen había desaparecido y, lo que resultaba más extraño aún, no tenía móvil para matarlo. Holberg atendió entonces los requerimientos de la policía y la viuda, que le pidieron que colaborara en el caso. Tras una semana de investigaciones, entrevistas, revisión de los objetos y lugares donde se movía el muerto y, sobre todo, el lugar donde fue encontrado; el detective privado tenía algo que comunicarles a los allí presentes: la identidad del asesino de Alexander Ibsen.

–Ustedes cuatro tenían motivos suficientes para matar al señor Ibsen, sin embargo únicamente uno tuvo el valor de hacerlo. Bien por venganza, celos, dinero, avaricia u odio –comienza a exponer el Holberg deteniéndose delante de los congregados mientras se desabrocha la chaqueta de su traje gris y lleva las manos a los bolsillos del pantalón. Los mira detenidamente, uno a uno, el cuñado, la cocinera, la viuda y el compañero de trabajo se amedrentan ante la ojeada del detective privado–. Solo uno de ustedes lo asfixió, lo mató y lo enterró a varios kilómetros de Oslo. Lo que seguramente no esperaba es que la víctima se defendiera. El señor Ibsen murió en el mismo bosque donde apareció dos días después de que su esposa denunciara su desaparición. La persona que lo llevó allí lo convenció para que fuera por voluntad propia y fue entonces cuando lo estranguló. El señor Ibsen se defendió y consiguió que su agresor o agresora perdiera una pulsera –en ese instante, la viuda y la cocinera se sobresaltan ya que las dos llevan pulseras en sus muñecas–. Pero eso no nos dice nada, porque todos los aquí presentes llevan pulseras, ¿cierto? –entonces los cuatro sospechosos alzan sus muñecas, efectivamente todos llevan una o varias pulseras en la muñeca derecha–. Se da la circunstancia de que la pulsera del asesino o asesina era de oro –continua Holberg– por lo que podemos descartar a la señora Borgen, que aunque es una cocinera muy bien pagada, no puede permitirse llevar joyas de oro mientras tenga que pagar los estudios de sus hijos.

–¿Cómo sabe que la pulsera era de oro? –pregunta el cuñado de la víctima, el señor Skram.

–Muy sencillo señor Skram –responde el detective privado–, porque el asesino o asesina se dejó esto en el bosque –entonces saca su mano izquierda del bolsillo y sostiene una pequeña bolsa transparente con un broche de oro–. La persona que mató al señor Ibsen se percató de la falta de la pulsera en su muñeca, volvió entonces al bosque y recogió los restos. Su error fue olvidarse del broche de la pulsera de oro.

–¿A dónde quiere llegar con todo esto, Holberg? –pregunta el inspector Gaarder ceñudo.

–A que la persona que mató al señor Ibsen  debe tener una herida en su muñeca fruto del enfrentamiento con la víctima y de la perdida de la pulsera –responde el detective en tono autoritario.

Los allí presentes guardan silencio y aguantan la respiración. La tensión del ambiente se puede cortar, masticar. Todos se observan con los ojos muy abiertos, acusándose con la mirada. Rápidamente, la viuda, el cuñado y el compañero de trabajo del muerto se miran las muñecas. El inspector Gaarder exige que se las muestren pero no hay ninguna señal que indique la existencia de ningún corte, moratón o daño en sus muñecas.

–Intuía que nos podíamos encontrar con esta situación. Es lógico que la persona que mató al señor Ibsen se curara la herida y ya no quede ni rastro de ella –continua explicando el detective Holberg–. Por eso recorrí todas y cada una de las joyerías de Oslo para averiguar si alguien había llevado a reparar una pulsera de oro. Y así fue, me dieron un nombre… –el detective vuelve a guardar silencio. Se da la vuelta, dándoles la espalda a los sospechosos, para un segundo después dar un giro teatral sobre sí mismo y decir– el del profesor Gustav Hoel –un grito ahogado recorre la biblioteca–. El señor Hoel mató a Alexander Ibsen.

La viuda, el cuñado y la cocinera de la victima miran con sorpresa y confusión a Hoel, preguntándose cómo un apocado e inofensivo profesor universitario pudo matar a su compañero de trabajo durante tantos años y porqué. Cómo alguien, aparentemente tan insignificante, débil y callado, arranca la vida a un semejante sin motivo aparente. Lo mismo que hace el inspector Gaarder, que lo mira con desprecio mientras le exige:

–Confiese Hoel, ¿lo mató usted?

–Sí –responde Hoel con un hilo de voz.

–Pero, ¿por qué? Después de todo lo que habéis vivido juntos –le recrimina la viuda con lágrimas en los ojos.

–Quería su libro de apuntes, ¿verdad Hoel? –interviene el detective Holberg.

–¡Sí! ¡Sí! ¡Así es! –grita el asesino–. Lo odiaba, llevo todas estas décadas de trabajo conjunto odiándolo. ¡Los descubrimientos eran míos! ¡Yo compartía mis anotaciones y mis ideas con él! Sin embargo Alexander no hacía lo mismo conmigo, pero sí aparecía en primer lugar cuando cerrábamos en una investigación, en las investigaciones que yo dirigía y sacaba adelante. Por eso lo maté, por ladrón. Y sí, detective Holberg, lo maté para robarle su libro de apuntes como él me ha estado robando todos estos años.

–Ha echado su carrera por la borda, señor Hoel –le señala Holberg encarándose con él.

–Pero Ibsen ahora está muerto, ya no me quitará lo que es mío nunca más –puntualiza Hoel.

El asesino del profesor Alexander comienza a reírse con carcajadas histéricas y maléficas, mientras el inspector Gaarder lo esposa y se lo lleva detenido.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s