ALBERTO ROMERO

La vecina Maripaz
Josefa cogió a la mujer y la arrastró por los pies hacia el interior del piso.
—Como pesa la «hijaputa» esta, me cago en su madre —dijo en voz alta mientras
la soltaba en mitad del pasillo y se apresuraba a cerrar la puerta.
Corrió al interior, en busca de una fregona y salió al rellano a limpiar la mancha
de sangre que había quedado fuera del piso.
Más tranquila, ya en el interior del piso de la vecina, se quitó la peluca y la dejó
en la mesa de la cocina de Maripaz. Se miró el vestido y al verse las manchas de
sangre maldijo al cuerpo tirado en mitad del pasillo.
Se acercó a la vecina, que estaba poniendo todo perdido de la sangre que le
salía por todas las heridas, y comprobó con cuidado de no mancharse, ni de pisar
la mancha, que no tenía pulso. Muerta, desangrada. Sonrió para sus adentros pensando
que a esta no la iba a poder pasar por ataque al corazón.
Buscó la lavadora en la cocina y comprobó que la vecina, aunque muy clásica
en su decoración, tenía lavadora, secadora, y todo tipo de productos de limpieza.
Se quitó el vestido y frotó las manchas con un jabón especial bajo el chorro de
la fregadera. Cuando terminó de dejar el vestido como si nada hubiera pasado lo
metió en la secadora y se marchó a curiosear el piso. Rebuscó en los armarios del
dormitorio en busca de ropa que le sirviese. Todo era demasiado oscuro y clásico,
nada que le pegara con su nuevo estilo más moderno y juvenil. Tampoco le hubiese
valido de talla, porque aquella señora era más baja.
Mientras terminaba el ciclo la secadora arrastró el cuerpo de la vecina hasta el
baño. Se había equipado con unos guantes de fregar que había encontrado bajo
el mueble de la fregadera. La metió en la bañera con cuidado de no mancharse y
resoplando por el esfuerzo. Buscó un cuchillo grande en la cocina y se lo insertó
en una de las heridas.
—¿Qué has hecho Maripaz? —dijo hablándole al cadáver—. ¿Te has suicidado
por la soledad que sufres desde que tus hijos se marcharon de casa? Pobrecita
mía.
Limpió con la fregona todos los restos de sangre del pasillo y la aclaró con lejía,
dejándola en el mismo sitio donde la había encontrado. Recuperó su floreado
vestido de la secadora y se vistió de nuevo, volviendo a encarnar a la joven pelirroja
y alegre.
Sacó las llaves de la vecina de la parte trasera de la cerradura y cerró al salir,
dándole dos vueltas para que la puerta quedara bien asegurada. Buscó las llaves
de su casa en el bolso y entró a su vivienda, que tanto había echado de menos en
su larga huida por Europa.
Dejó el bolso en la encimera de la cocina, junto al cuchillo que acababa de utilizar,
y recorrió la casa en busca de indicios de visitas no deseadas. En su dormitorio
comprobó que todo estaba como ella lo había dejado cuando salió corriendo.
Las prendas seguían tiradas por encima de la cama, y los armarios seguían abiertos.
Solo había una cosa diferente, que hizo apretar los dientes de rabia a Josefa, la
caja fuerte estaba abierta, y vacía.
—¡Maldito seas, Diego Salas! —dijo mirando al cielo y apretando los puños—. Te
vas a enterar, hijo de la gran puta.
Arrancó como un huracán de fuerza cinco, encaminándose hacia la salida del
piso y por el camino agarró el bolso. Mientras cerraba la puerta guardó en el interior
del bolso el cuchillo con el que iba repartiendo justicia por donde pasaba.
Bajó las escaleras echando sapos y culebras por la boca, con los ojos inyectados
en sangre, y respirando como un toro cabreado.
Se paró ante la puerta del portal y respiro profundamente, cambiando el gesto
hostil por una sonrisa suave y tranquila. Salió del edificio atusándose la peluca y a
ritmo tranquilo. La rabia seguía ardiendo en su interior, pero por fuera parecía una
señora madura que se resiste a envejecer.

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