ALBERTO MORENO

 

¡Comadre,vengo a invitarle a mi entierro!, ¡traigo un regalo para que no se olvide!

¡No se indigeste ese día, espurrearé tierra de mi huerto sobre tu caja!, añadió la comadre.

Virginio Barriga introdujo la mano en el cesto de pita que traía y extrajo la gallina sacrificada que tendió a la comadre.

¡Tendré mucho gusto en asistir, no me olvidaré!, volvió a replicar la mujer.

La sacó cogida por las patas, boca abajo. En el pico, un bozal de tela de pita anudado al cuello con una cuerda de esparto, impedía las gotas de sangre que hubieran caído al suelo del zaguán de la casa de la comadre.

¡No se olvide!, volvió a repetir el hombre cuando salio a la calle.

Llevaba otra en el cesto, también degollada y con la tela en la cresta, la última de las treinta gallinas que había regalado aquella semana.

Cruzó la calle, anduvo unos pasos y se detuvo en la puerta de otra vivienda, tocó la aldaba con fuerza. No obtuvo respuesta, insistió. No había nadie.

Se quedó meditando unos instantes, después se dirigió a la plaza.

Empujó la puerta de la casa del cura y desde el portal gritó su nombre:¡Padre Julián, esta ahí!

El cura salió arrastrando sus pies cansados de anciano y le inquirió: ¿Qué quieres Virginio?.

-¡Le traigo una gallina, para que no se olvide de ir a mi entierro!

Sacó la gallina, dejó el cesto en el suelo y con las dos manos se la ofreció.

¡Que boñiga eres Virginio, cuando te mueras, si lo haces antes que yo, tendré que oficiar tu funeral, yo soy el único que no voy a faltar! ¡Entra y déjala en la cocina!.

La manía había entrado en los sesos de Virginio hacia dos meses, cuando vio pasar el entierro de Mariano Sanjuán.

Delante, el féretro llevado en la carreta de un compadre y detrás, el cura, dos monaguillos y tres vecinos del finado.

¡Que desgracia morirse solo!, repetía una y otra vez Virginio Barriga  hablando para sí.

Mariano Sanjuán, el finado, había llegado al pueblo hacía seis años. Vino solo, el carromato que traía sus cosas lo aparcó a la entrada de San Cristóbal, el caballo que lo arrastraba lo ató a uno de los árboles que precedían las casas.

Comenzó a preguntar a la gente por Vicente Ciempies y por su prima Asunción.

Nadie sabía darle norte de los mencionados.

Fue al Registro del Consistorio y allí el alguacil mas de memoria que de consulta le aclaró que Vicente había muerto en la plaga del escorbuto hacía quince años y la prima Asunción se casó y abandonó San Cristóbal con su marido hacía como diez.

¿Y el río?, inquirió Mariano al alguacil, ¿Dónde está el río?.

-¡Qué río!, ¿de que río habla usted?, ¡Aquí en San Cristobal no hay río, está la Barranca de los Murciélagos, que se secó cuando el Gobierno hizo la presa allá arriba! ¡Mire la panza de agua y el muro que une los dos montes!

Mariano Sanjuán, treinta años antes, cuando sirvió a la patria como soldado en el cuartel de Las Riochas conoció a Vicente Ciempies oriundo de San Cristóbal, que compartieron litera y mantas durante los tres años que duro el servicio militar.

Trabaron amistad y Vicente en las molicies de las guardias, en los entreactos del servicio que eran muchos, le hablaba a Mariano de su pueblo, de su prima Asunción y del río, donde algunas tardes desnudaba a su prima y le hacia cosquillas en las ingles. A la prima Asunción le gustaba y le producían ataques de risa tonta.

El río tenía peces y la prima, por dentro,desnuda, era blanca como la espuma de mar, como la almendra o como el nácar.

De aquellas pláticas, Mariano construyó en su memoria un San Cristobal legendario, mítico, un paraíso terrenal, que solo imaginarlo le producía arrebatos de paz y de placer.

Cuando se jubilo de pasante en la oficina de arbitrios de su ciudad, soltero, sin apenas familia ni allegados, convino consigo mismo en marcharse retirado a San Cristóbal.

El viaje duró tres días.

El alguacil del Registro del Consistorio que le atendía, hombre de su edad, de cierta instrucción, indagó en la trastienda de la mirada de Mariano, que en aquellos momentos parecía confundido y derrotado, al comprobar que sus amarres ya no existían.

El alguacil le disparó una salva de fuegos artificiales.

¡No se desanime, la casa contigua a la mía está vacía, es barata, puje, la sacará por poca plata!.

A las tres semanas Mariano Sanjuán se había instalado en ella.

Inició de la mano del alguacil su nueva vida.

Sus posibles eran escasos, su paga de jubilado le hacía llegar con estrecheces a fin de mes.

Mariano, hombre pulcro, ordenado, en público siempre mostraba pantalón planchado, camisa limpia y el bigote signo de distinción, lo recortaba con fruición y esmero delante de un espejo diminuto, que apoyaba en la mesa de la cocina , con paciencia y unas tijeras, lograba cada semana, darse aspecto de procer o coronel.

A la cantina, por las tardes, iba tres veces a la semana y a la iglesia, los domingos, a la misa de las once.

Era afable y saludaba a la gente.

Pero era como una gota de aceite en un vaso de agua, no conseguía trabazón con los del pueblo, gente burda  que intuían sus apuros y su aspecto cuidado lo despreciaban y no le daban valor.

Por eso el día del entierro, al cementerio solo le acompañó el cura, dos monaguillos y tres compadres familiares de Vicente Ciempies y de la prima Asunción.

Virginio Barriga, el protagonista de esta historia, después de regalar las treinta gallinas, no se murió. Es mas, paso un año de aquello y su salud se resistía.

¡Que triste morirse solo!, no podía evitar el machaqueo en el cerebro. ¡La gente olvidara mis gallinas!

En aquellos días de primavera tuvo una idea peregrina, sembraría melones que serían muchos mas que las treinta gallinas y podría regalar a todo el pueblo.

Mimó y cuidó los melones como si fueran hijos suyos. Cuando las plantas florecieron y la bayas diminutas desvirgaron las flores, Virginio tomaba empeño en contarlas.

Andaba paralelo a los surcos y encorvado, con los dedos, contaba los frutos.

Era una tarea ardua, que al final abandonaba incapaz de echar la cuenta.

El agua y el calor engordaron los melones y entonces consiguió censarlos todos. ¿Seiscientos justos, si no se pudre ninguno!

Daban de sobra. A finales de Agosto, con la carreta de un compadre, comenzó el reparto.

¡Para que no se olvide de ir a mi entierro! Aquella cantinela la repitió seiscientas veces durante tres semanas.

La salud se resistía y Virginio mostraba un aspecto sano y vigoroso.

¡La madre que me parió!,llego a exclamar fuera de si. ¡También se olvidaran de los melones!.

La noche vieja, justo al terminar el año, tuvo una premonición: “Al día siguiente, a las once, se moriría”, el primer día del Año Nuevo. Ya estaba acostado cuando llegó el aviso.

Se levantó y volvió a cenar, de paso se lavó los pies, se acostó y volvió a levantarse.

Tendría que vestirse con traje y corbata y debería llevar zapatos puestos.

Los lustró y los limpió, se tendió sobre el lecho, boca arriba, cruzo las manos y el sueño lo dejó traspuesto.

En un desliz de su letargo, oyó que roncaba y esto le indicó que seguía vivo.

No se preocupó, todavía no eran las once, volvió a dormirse.

Sobre las diez de la mañana del día siguiente, un estruendo gigantesco sorprendió la quietud de San Cristóbal, una lengua de agua desenfrenada avanzaba estrepitosamente por la Barranca de los Murciélagos, luego, en unos instantes, la lengua era un mar salvaje que avanzo sobre las casas de San Cristóbal y las cubrió en pocos segundos.

Arboles, piedras, lodo, todo como un averno sepulto al pueblo.

Un olor hediondo inundó el aire, como una réplica del aire de Pompeya, solo que aquel olía a lava y a azufre y el de San Cristóbal, a barro, a vacas y burros muertos.

La presa, allá arriba, había reventado, toda la panza de agua en unos instantes se había precipitado sobre el pueblo.

Cinco días después, un batallón de zapadores, fue colocando los féretros en orden en la plaza derruida del pueblo inexistente. Se pusieron en marcha camino del cementerio. Este, en la loma contraria a la presa, se había salvado.

El ataúd de Virginio Barriga presidia la comitiva.

Los zapadores colocaron los atúdes al lado de cada zanja. El teniente ordenó el entierro, descendieron con cuerdas los féretros al fondo de cada zanja.

Doscientas palas afanadas, voltearon la tierra a los hoyos.

Luego, sobrecogidos, solemnes, fueron clavando las cruces con los nombres en cada tumba.

Los seiscientos vecinos de San Cristóbal acompañaron aquel día a Virginio Barriga a su entierro.

Incluidos, el padre Julián y la comadre.

No faltó nadie.

Un comentario sobre “Virginio Barriga

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