MOISÉS ESTÉVEZ

David se quitó los guantes de vinilo y se quedó observando al infortunado que yacía en la mesa de autopsias, sin vida, con poco que decir ya. A veces, lo cadáveres cuentas muchas cosas, pero este no era el caso. Un tiro certero, a larga distancia, por un profesional, sin duda. Nada de rastros, ni huellas, ni ADN, sólo la bala extraída, que casi con total seguridad, tampoco a los técnicos le aportará algo que iluminara la investigación. Sería improbable por lo visto hasta ahora, dar con el arma, para poder cotejarla. Empezaba a especular sobre un terreno que competía a sus compañeros de balística. Antes de plasmarla por escrito, telefoneó a Mark para transmitirle la escasa información que tenía, cosa, por otro lado, que no sorprendería a su futuro marido. – Esta bien David, muchas gracias – Dijo el inspector al colgar el teléfono.
Sentados uno frente al otro en sus respectivas mesas, Jones y Mark, cruzaban miradas y pocas palabras. Las primeras, cansadas y pesimistas, de las segundas se podría decir que sonaban desanimadas, acompañadas por débiles ademanes. De ambas se intuía cierta rendición. En pocos casos se habían dado tantos acontecimientos, violentos, con múltiples víctimas, varios escenarios, y sin embargo ningún hilo del que tirar. Pocas pistas, un móvil difícil de demostrar, conjeturas, hechos intangibles que a los que aferrarse sería demasiado arriesgado, testigos inexistentes, en fin, los astros se habían alineado para que la investigación se viera en un callejón sin salida. La experiencia le decía a Mark que, o con un golpe de suerte aquello daba un giro de ciento ochenta grados o en pocos días, lo poco que tenían acabaría metido en cajas marcadas con rotulador indeleble y apiladas en las estanterías de ‘casos por resolver’.
Nuestra pareja de inspectores se había visto envuelta en homicidios más corrientes, si pudiéramos denominar así, frívolamente, el quitarle la vida a alguien, consiguiendo con tesón y profesionalidad, sin rozar la desesperación y la impotencia, llegar hasta el final, pero claro está, siempre con unas pesquisas sólidas en las que apoyarse. – ¡Es que el maldito sicario este no deja ni un cabo suelto! – Se quejó Jones. – Me duele reconocerlo, pero el hijo de puta es bueno…-

Final

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