DESMOND EUTAND

Se hacía de noche cuando llegué a la cima de una colina, completamente exhausto. Por un momento pensé que las fuerzas me estaban abandonando, ya para siempre. Me tumbé y empecé a relamer la herida de la pata, que apenas era entonces piel y hueso, como el resto de mi cuerpo. Apoyé la cabeza sobre mis patas delanteras y el sueño se apoderó de mí. Esa noche no me desperté ni una sola vez. La pasé entre terribles pesadillas, espasmos y temblores. Soñaba con Penélope, pero ya no era como antes. En mi sueño la encontraba y ella, en lugar de alegrarse, me ignoraba. Se daba la vuelta y me dejaba solo. Cuando la aurora, de rosados dedos me despertó, mis ojos estaban bañados en lágrimas.

Me puse en pie a duras penas y comencé a caminar en dirección al rastro de Penélope, que hacía ya semanas que era clarísimo. Subí a unas piedras para tratar de percibir con la mayor claridad posible los olores. Penélope debía de estar increíblemente cerca. Entonces giré mi cabeza y vi un paisaje desolador allí abajo. Una muchedumbre inmensa se concentraba en el valle. Rodeados por una valla metálica, miles de tiendas de campaña. Gentes yendo y viniendo. Un olor putrefacto lo impregnaba todo.

Bajé por el otro lado de la colina hasta llegar a la entrada de aquella especie de campamento. Lo recorrí siguiendo mi olfato, aunque el olor a miseria me despistaba cada poco y tenía que desandar frecuentemente sobre mis pasos para volver al rastro. Me arrastraba entre las piernas de los cientos de humanos que vagaban por allí buscando algo que comer. Temía ser para ellos un bocado apetecible, aunque mi aspecto sucio, mi piel raída y mi delgadez no parecían llamar su atención. Pasé por diferentes sectores del campo, que los humanos habían organizado, quién sabe en base a qué criterios. Sector Atenas, sector Micenas, sector Creta… Me fallaba el olfato, posiblemente por el cansancio y la desnutrición, pero algo en mi interior, mi instinto, tiraba de mí y guiaba mis pasos. Me encontré frente a un nuevo cartel: sector Ítaca. Penélope tenía que estar aquí.

Recorrí cada una de sus calles, husmeando con mi hocico en la entrada de cada tienda de campaña hasta que su olor estalló en mi trufa. Como si alguien hubiese abierto una ventana, una bocanada de aire cargado de su esencia vino a mí. Eché a correr hacia la tienda que desprendía su olor, pero la puerta estaba cerrada. Ladré, aullé, arañé la puerta con mis garras. Hice todo lo que pude para llamar su atención. Por fin estaba en casa. En un segundo Penélope me abriría y volvería a sentir su tacto, sus caricias en mi cabeza. Veinte años de perro esperando este momento. Pasando por cientos de calamidades que ya no tenían importancia porque al fin la había encontrado.

No fue ella quien abrió, sino un desconocido. Era un hombre. Un hombre malo. Yo ya no era aquel cachorro que servía como lazarillo. Y aunque mi alma de perro seguía intacta, ya no podía evitar percibir que los hombres – algunos hombres – habían dejado de ser buenos. Y ese hombre era uno de ellos. Sin mediar palabra me dio una patada en las costillas que me hizo salir despedido. Se rió al verme rodar por el suelo embarrado. Entonces me levanté y me acerqué de nuevo a él. Amenazante, pero cauteloso, enseñándole mis colmillos. Me enfrenté a él y le gruñí, pero no parecía asustarle y sus carcajadas se hacían más intensas. Fue en ese momento cuando vi a Penélope al fondo de aquel sitio. Estaba rodeada de hombres malos que le estaban haciendo unas cosas horribles. Se me hizo un nudo en el estómago. No entendía lo que veía, pero sabía que no era bueno.

Lo más sensato habría sido preparar un plan. Una encerrona para deshacerme de ellos, pero al fin y al cabo yo, aunque fecundo en ardides, sólo era un perro, así que sin pensármelo dos veces me lancé hacia ellos como una Furia. Repartí dentelladas a diestro y siniestro. Me lancé a sus piernas, a sus brazos y a sus cuellos y uno a uno me deshice de todos ellos. No sé qué fue de ellos, porque salieron despavoridos al comprobar como aquel saco de huesos se había convertido en un animal temible que les hería cada vez que se acercaba. Salí ladrando tras ellos hasta la puerta asegurándome de que no volverían. Luego me gire y corrí hacia Penélope, ladrando con todas las fuerzas que aún podía reunir. Al escuchar mis ladridos me llamó desde el suelo, tratando al mismo tiempo de levantarse – “¿Uli? ¿Eres tú?”. Me abalancé sobre ella, tirándola de nuevo al suelo y empecé a besarle en la cara. No podía contener la emoción y ella apenas podía reaccionar. Me abrazaba y me daba caricias sin parar. Me agarró contra su pecho y estuvimos horas así hasta que caímos rendidos.

Un vocerío me despertó. Instintivamente me relamí la herida de la pata, que ya era sólo una cicatriz. Hacía tiempo que ese gesto era sólo un recuerdo de los muchos que me había dejado la guerra. A Penélope también le dejó otros. Supongo que ya nunca nos desharemos de ellos.

Sé que no era el primero de mi especie que hizo algo así. Recorrer el mundo. Enfrentarme a lo desconocido en busca de mi ama… de mi amada. Otros perros caminaron años, algunos durante toda su vida sin que su búsqueda diera ningún fruto. Yo puedo decir que tuve suerte. Volvería a repetirlo mil veces. No es mérito mío, es que soy un perro y alguien nos programó de esa forma. Es nuestra naturaleza. Nuestro modo de generar amor.

Salí de la tienda y la encontré sentada en una silla. Tenía una mueca de tristeza en la cara, pero al notar cómo me metía por debajo de sus piernas y le daba besos en los tobillos sonrió y apoyó su mano sobre mi lomo. Entonces me senté y apoyé la cabeza en su regazo. Sabía que esto le reconfortaba. Penélope me acariciaba y yo notaba sus lágrimas cayendo sobre mi hocico. La guerra por fin había terminado.

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