ANNABEL VÁZQUEZ

Plantando cara

La luz me atravesó los párpados de un modo desagradable mientras me desperezaba. Gruñí, volviendo la cabeza en la mullida almohada, mucho más blanda que la mía.

¿Dónde estaba?

Recordé de golpe la noche anterior con todo detalle y abrí los ojos. La niebla mental se disipó cuando vi que estaba en el dormitorio de Edgar.

Pero ¿dónde se encontraba él?

Busqué mi ropa arrugada en el suelo de la habitación y me apresuré a enfundarme la camiseta, a continuación, miré a mi alrededor, desconcertada.

Entonces escuché un sonido que provenía del baño y me encaminé con parsimonia hacia él. Edgar tosía con fuerza y pude intuir que vomitaba en el retrete, eso me alarmó. No esperé más y abrí la puerta de golpe.

Le encontré aferrado a la taza del váter, vomitando un incalificable líquido amarillo. Me miró con fugacidad y sus ojos se abrieron por la sorpresa, apenas tuvo tiempo de mover la mano indicando que me fuera cuando su vientre volvió a contraerse y se vio obligado desviar la mirada.

—¡Edgar! –corrí y me puse a su lado, no dudé en sostener su cabeza mientras vomitaba.

Al terminar me apartó de mi lado con cierto desdén. Me molestó su actitud, pero no reprobé su actitud. Se dirigió hacia el grifo y se lavó los dientes sin decir nada, ni siquiera me miró en el espejo.

No salía de mi asombro.

—¿Estás bien? –pregunté alarmada por su extrema palidez.

—¡Claro! –dijo sin prestarme demasiada atención– Solo estaba algo mareado, ahora ya estoy bien– me dedicó una fugaz sonrisa carente de emoción.

—Pues yo no lo creo –me afané en decir–, voy a llamar a Steve ahora mismo.

—¡No! –gritó, mirándome con rabia– Ni se te ocurra hacer tal cosa.

—Pero, es obvio que necesitas a un médico…

—Mira, Diana, no empieces –escupió las palabras con asco.

Su brusquedad, condescendencia y la forma en la que se dirigía a mí me ponían de mal humor, casi borraba el maravilloso recuerdo que guardaba del día anterior. No obstante, decidí tener paciencia e intentar retenerle.

—¿Puedes sentarte conmigo en la cama un momento, por favor?

—¿Y para qué? –espetó abriendo su armario y sacando la ropa informal que pensaba ponerse.

—Para halar…

Suspiró.

—Tengo trabajo que hacer. Estaré en mi despacho todo el día, así que no tenemos tiempo para eso –zanjó sin mirarme–. He dicho a María que te prepare el desayuno.

Abrí la boca, me dolía su indiferencia, su actitud… hacía que me sintiera ridícula después de todo lo que le había entregado la noche anterior.

—Edgar, por favor, quédate conmigo, te necesito… –imploré, al borde del llanto.

—¡No seas cría!

La rabia ascendió por todo mi cuerpo, sentí un calor abrasador en las mejillas y me resultó muy difícil disimularlo. Antes de que cruzara la puerta, corrí y le desvié bruscamente de su objetivo, obligándole a mirarme. Quería decirle muchas cosas, hacer que me tuviera en cuenta, que me contara qué le pasaba… pero él no parecía estar por la labor. Sin saber por qué, toda la frustración que sentía me impulsó a abrazarle con una fuerza desmedida, solo quería atraparlo, impedir que me dejara y puse toda mi fuerza y voluntad en ello.

—Diana… –intentó separarse de mí, apartándome con delicadeza– ahora no es buen momento.

—¡¿No es buen momento?! ¡Solo te pido que te quedes, que hables conmigo!

Suspiró y volvió a hacer fuerza para despegarme de su lado. No paró hasta conseguirlo.

—Tal vez luego –terminó, y dedicándome una última mirada, me dejó sola en su habitación.

 

Pasé el resto de la mañana llorando, ni siquiera quise bajar a desayunar. Me resultaba difícil poner nombre a mis sentimientos en ese momento, despechada se acercaba bastante.

Cuando recobré las fuerzas, me vestí eligiendo simples prendas negras que había en mi armario. Me peiné y bajé al vestíbulo.

María también parecía preocupada y nos comunicamos perfectamente con la mirada, parecía tan afectada como yo del estado de Edgar.

Entonces descubrí que todo me daba igual. Iba a saltarme sus normas una vez más.

Me cuadré frente a la puerta del sótano y descendí las escaleras sin hacer el menor ruido. Sabiendo donde se encontraría, crucé la sala de las reliquias y entré decidida en su despacho.

Edgar no había advertido mi presencia. Estaba tumbado en el sillón reclinable que había tras la mesa. Tenía la cabeza recostada sobre el respaldo, los ojos cerrados y una mano cubriendo su frente; le dolía la cabeza, una vez más. Me pregunté cuánto tiempo iba a prolongar esa situación.

—Edgar… –susurré acercándome a él.

Retiró la mano de su frente y me miró con los ojos entrecerrados.

—¿Qué ocurre? –preguntó incorporándose en la butaca, sus ojos reflejaron cansancio.

Me cuadré frente a él y me senté en la mesa. Haciendo alarde de valor, cogí sus manos y las coloqué delicadamente sobre mis rodillas cubiertas por unas finas medias negras.

Suspiré y, sin añadir nada, atraje su cabeza hacia mi vientre para abrazarle con ternura, acariciando su lacio cabello oscuro. Me resultó curioso que no intentara deshacerse de mi abrazo como había hecho en la habitación, eso solo quería decir que estaba peor de lo que me imaginaba.

—Tenemos que hablar… –intervine en voz muy baja pasados unos minutos– es importante –enfaticé.

Suspiró en respuesta, sin fuerza para llevarme la contraria.

—Ya sabes que lo sé todo. Ayer hablé con Steve… –empecé, prudente.

—Diana…, tú no –dijo con un gemido incómodo.

—Mira –le separé un ápice para, a continuación, ponerme en cuclillas frente a él. Quería tenerle cara a cara, mirarle a los ojos. Puse mis manos en sus muslos y los acaricié de arriba abajo para masajearlos–, lo entiendo. Solo quiero que sepas que lo entiendo y lo comprendo, pero estás llevando todo este asunto demasiado lejos, hay que hacer algo.

Sonrió con amargura.

—Me consuela pensar que esto acabará pronto.

Fruncí el ceño, molesta por sus palabras.

—Egoísta hasta la última molécula de tu ser, ¿verdad?

Hizo un rictus contrariado con el rostro.

—No sé qué quieres decir, no soy egoísta.

—Lo eres, Edgar, ya lo creo que lo eres –chasqueé la lengua y suspiré una vez más antes de continuar–. Ahora hay algo, ¿de acuerdo? Hay algo bonito entre nosotros, algo que yo no esperaba que sucediera, pero ha ocurrido, y no quiero que acabe. Me gustaría que juntos hiciéramos frente a esto.

Negó con la cabeza y masajeó sus sienes.

—Es algo que no podré superar y eso bonito que dices que hay entre nosotros, acabará de todas formas, entre otras cosas porque yo no volveré a ser el mismo. Jamás.

—No te niego que será difícil al principio, como lo fueron mis inicios aquí, pero ahora es distinto, te conozco y eso cambia las cosas.

—Crees conocerme, –rebatió– que es distinto. No tienes ni idea de cómo soy en realidad. No soy como piensas, ni siquiera me acerco –me miró enfadado y acto seguido retiró la mirada.

—Pues si no te conozco, quiero hacerlo, estoy dispuesta. Solo depende de ti.

Negó frustrado con la cabeza, esquivándome una vez más.

—No es tan simple.

—¡Pues haz que lo sea! –grité– ¿Tanto te cuesta ser sincero conmigo? ¿Hablarme sin reservas? No voy a juzgarte, si es eso lo que te preocupa.

Rió con malicia, sacando a relucir su escepticismo.

—¿Eso crees?

—En lo que a ti se refiere, ya hace mucho que me he prometido tener la mente abierta.

Volvió a alzar el rostro para mirarme. En cuanto nuestros ojos se encontraron aprecié una profunda pena en ellos.

—No soy una buena persona, Diana. Creo que te has formado un concepto erróneo de mí.

Fruncí el ceño, preocupada por el giro inesperado que estaba tomando la conversación.

—Deja que yo confirme o desmienta eso –añadí.

—¿Sabes el verdadero motivo por el que estamos juntos?

Negué con la cabeza. Mi corazón empezó a latir embravecido.

—En cuanto te vi en esas fotos…, te estudié y simplemente me obsesioné. Lo único que me importaba era estar contigo a toda costa, sin tener en cuenta tus sentimientos. Todo lo demás no importaba. Si te sentías atraída hacia alguien, el apego hacia tu familia, los estudios que habías iniciado, tus amistades…  Quería tenerte para mí solo porque eras la chica más hermosa que he visto jamás y tenías que ser mía. Una vez me acusaste de haberte comprado como a uno de mis cuadros, tal vez sí fue así. Hubiese pagado cualquier precio para alcanzar mi objetivo –la constatación de ese hecho me puso triste–. Por eso para mí, mirarte es tan importante. No quiero perderme un solo detalle –suspiró con frustración–. Hace tiempo me preguntaste por qué coleccionaba, pensabas que era algo que me hacía feliz, pero lo cierto es que no es así. Lo hago porque sé que llegará un día que ya no podré contemplar con mis propios ojos tanta belleza, no podré apreciar las sutiles pinceladas de un cuadro, ver el esmero con el que han sido talladas esculturas de mármol o la delicadeza con la que ha sido bordado un tapiz mucho antes de que existieran las máquinas. Todo eso se acabará tarde o temprano. ¿Y dime? ¿Qué importancia tendrá mi vida entonces, cuando esté privado del sentido más importante de todos? Prefiero morir a tener que pasar por eso, a ver como todo lo que me importa se desvanece, incluida tú.

Las lágrimas se derramaron por mis mejillas. Su discurso me había provocado infinidad de sentimientos, cuál de ellos más distinto. Me quedé callada, analizándolo todo en silencio durante un tiempo, entonces supe cuál de sus argumentos me había herido más. Ciertamente Edgar no me quería, nunca lo había hecho. Era una mera atracción física, el deseo de tener en su posesión algo que consideraba hermoso. No había nada más. Lo peor de esa aplastante realidad era que yo sí empezaba a sentir algo que no me atrevía a calificar y me dolía que no fuera recíproco. A partir de ahí no tenía nada que hacer, no era lo bastante fuerte para hacerle cambiar de opinión, pues en realidad, no significaba nada.

La más profunda decepción quedó reflejada en mi rostro y Edgar fue consciente de ella. Me miró con gran intensidad, pero no tenía fuerzas para hablar, mi ánimo estaba por los suelos.

Me alcé despacio. Edgar me siguió con la mirada.

—¿Qué quieres de mí? –pregunté extendiendo los brazos –¿Me voy? ¿Me quedo? ¿Qué?

Edgar se llevó las manos a la cabeza con frustración.

—Me gustaría que te fueras, esto no ha salido como yo pensaba, por alguna razón creí que tenía más tiempo, pero mi dolencia me está ganando el pulso.

Tragué saliva. El dolor que me producían sus palabras se aferraba a mi pecho como una soga de espinas, ciñéndose un poco más cada vez.

—Pero –continuó sin atreverse a despegar la vista del suelo–, tienes razón, en el fondo soy un egoísta, y la sola idea de tener que separarme de ti, me destroza.

Di un golpe seco contra la mesa, cansada de tanta divagación. Obtuve un respingo en respuesta.

—¿Eso qué significa? ¡Habla claro, maldita sea! No has contestado a mi pregunta, Edgar ¿qué quieres de mí?

Se quedó en silencio, mirándome con atención. Las lágrimas no tardaron en brotar de sus ojos enrojecidos.

—Solo quiero que me quieras –concluyó con melancolía, y en ese momento, mi corazón reaccionó de forma inesperada a la impronta de su deseo.

Por desgracia no me vi lo bastante segura para decir las dos palabras que él deseaba escuchar en ese momento. Seguía demasiado afectada por todo lo que me había dicho. Aunque no fuera nada que no supiera, escucharlo de sus labios fue más doloroso de lo que pensaba.

Mis sentimientos eran un caos difícil de descifrar.  Miré a Edgar y, con energía, volví a ponerme a su altura. Decidí dar una tregua a mis emociones y me concentré en abrazarle con fuerza; dejé fluir toda la rabia, los sentimientos encontrados, la comprensión y la impotencia que me invadía en ese abrazo. Era lo único que podía hacer para ofrecer un mínimo de consuelo a un hombre que estaba sufriendo. Lo que no vi venir, y eso sí resultó ser una sorpresa, fue que en ese instante nuestros sentimientos se sincronizarían por primera vez y mi inesperado brote de afecto conseguiría reconfortarnos a ambos.

Me separé con cuidado y redirigí la conversación.

—No me importan cuáles fueron los motivos iniciales que han hecho que nos encontremos. Tenemos que centrarnos en el ahora, así que a menos que quieras, no me moveré de aquí –Tragué saliva sin dejar de mirarle atentamente a los ojos–. Así que voy a pedírtelo.

Edgar encajó fuertemente la mandíbula, intuía lo que iba a añadir a continuación.

—Opérate. No lo prolongues más.

Se puso repentinamente tenso.

—¿Sabes lo que me estás pidiendo?

—Lo sé muy bien. Te recuerdo que ayer, sin ir más lejos, dijiste que harías cualquier cosa por comprar el momento en el que estábamos juntos, despreocupados, dejándonos llevar… Y creo que la única manera de “comprarlo”, de hacer que vuelva a repetirse, es sometiéndote a esa operación.

Edgar se puso en pie de un salto y empezó a gesticular con las manos.

—¡No tiene sentido! ¿Te estás oyendo? ¿Qué persona en su sano juicio querría estar con alguien como yo en una situación así? ¿Alguien que nunca volverá a estar completo?

—¡No digas tonterías, Edgar! –le encaré– No eres el único ciego que hay en la faz de la tierra y no todos son tan derrotistas. Aún te quedan tus manos –dije sosteniéndoselas con firmeza–, también puedes seguir escuchando mis desvaríos y diciéndome lo mucho que te incomoda que diga palabrotas, eso –remarqué con energía–, aún no se ha perdido.

—¡Pero no volveré a verte! No podremos debatir sobre una película o descubrir juntos un país lejano, no seré más que un lastre en tu vida.

—¡Edgar! ¿Me estás escuchando? Te estoy diciendo que me importas por encima de todo eso y estoy dispuesta a asumir las consecuencias, ¿no es suficiente para ti?       –los ojos se me llenaron nuevamente de lágrimas– ¿Sabes una cosa? Lo que más me molesta de todo es que tú sigues centrándote en la carcasa, le das más importancia a eso que a todo lo demás y así me lo has hecho saber más de una vez. Sin embargo, a mí me importas tal y como eres, con tus cicatrices y las secuelas que quedarán tras la operación, estoy dispuesta a afrontar eso y me duele que tú no seas capaz de hacer lo mismo. Si fuese al revés, si yo padeciera una repentina enfermedad y perdiera la visión, estoy segura de cuál sería tu reacción, y eso me produce dolor. Ni te imaginas cuánto.

Me deshice de él decepcionada, le había plantado cara y a juzgar por su rostro contrariado, había conseguido calar hondo.

—Te equivocas, Diana. Yo cuidaría de ti, no te dejaría por algo así.

Negué con la cabeza.

—Pero ya no sería lo mismo, ¿verdad?

Edgar suspiró.

Nos volvimos a mirar pero ya no quedaban más palabras que dedicarnos. Había sido una conversación intensa y teníamos mucho en lo que pensar.

Le dejé solo en su despacho y regresé a mí habitación para encerrarme en ella.

 

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