ANA MARÍA OTERO

Había pasado una semana desde su comienzo en el nuevo colegio. Todo iba sobre ruedas. El chico que se había presentado como Ricardo Jiménez se había convertido en su amigo inseparable. Y estaba ella. Su nombre era Lorena: de pelo largo y negro,  ojos azules… Se sentaba unas mesas a la derecha de Emilio. Éste se había fijado en ella el primer día de clase mientras la señora  Ardilla  Ribalta hablaba sobre teorías éticas. Pero lo cierto era que a pesar de sus intentos no había conseguido  arrancarle más que un  indiferente hola el miércoles por la mañana. Pero también se había ganado algún que otro enemigo. Precisamente los chicos con los que iba en el autobús por las mañanas, ésos que ingenuamente aquel primer día había imaginado como futuros amigos.

Todo había comenzado de la forma más absurda, cuando una mañana de lluvia, Emilio no pudo evitar salpicar a uno de ellos llamado Joe, al bajar del autobús y caérsele un libro sobre un enorme charco. La gabardina del susodicho había quedado más que sucia, y no digamos sus pantalones. Joe, enfurecido, se la juró a Emilio, al que aquel grupo de cuatro no dejaba en paz en los viajes de casa al colegio y del colegio a casa, llegando un día a sacarle entre todos el plumas y rebozarlo posteriormente cual rodaja de merluza por el barro.

—Si es que ese Joe es un estúpido—explicó a su  madre—y por una mierda de gabardina me está amargando la vida.

—Cuida tu vocabulario. Sabes que a Pablo no le gusta que hables así.

—Por cierto, ¿dónde está ahora?

—Está a punto de llegar. Hoy cenaremos fuera.

En  ese instante se escuchó como un coche entraba en la finca y en pocos segundos el anteriormente referido apareció por la puerta.

—Hola Emilio. ¿Lista, cariño?

—Dame unos segundos, ¿eh?—pidió guiñándole un ojo a su marido y subió por las escaleras.

—Esta noche saldremos a cenar.

—Ya me lo ha dicho mi madre.

—No estés hasta tarde viendo la televisión, mañana tienes que ir a clase —no contestó—. ¿Cómo te van las cosas?

—De fábula.

— ¿Y de qué modo es ése?

Estaba a punto de contestarle de puta madre, cuando su madre bajó por las escaleras diciendo:

—He tardado poco, ¿no? Anda vámonos. Emilio, hijo, acuéstate pronto. Duermes muy poco y tienes unas ojeras tremendas.

Se marcharon. Emilio se sentía como un niño que pasa su primera noche sin canguro. Su madre no dejaba de darle consejos como si no se diera cuenta de que ya había crecido suficiente para saber lo que se hacía. Estaba claro que ésas eran las consecuencias de aquella magistral caída que había protagonizado.

Se acercó al teléfono y marcó el número de Ricardo.

— ¿Richi? Soy Emilio.

— ¿Qué cuentas?

—Me la han hecho.

— ¿Qué? ¿Cómo ha sido?

—Cuando bajé del autobús no me fijé en que ellos también habían bajado, algo que nunca hacen en esa parada. Me llamaron y cuando me di la vuelta, Héctor y Dani me agarraron, uno por los brazos y el otro por la cintura, mientras David me sacaba el plumífero para pasárselo a Joe. Se pusieron a jugar al fútbol con él sobre el barro.

— ¿De verdad? ¿Y qué hiciste?

—Esperar a que se cansaran, sacar mi plumas del fango y traérmelo a casa.

— ¿No hiciste nada más?

—Bueno, le di una paliza a cada uno antes de irme. ¿Eres tonto? ¿Qué iba a hacer yo sólo contra los cuatro? Pues aguantarme y largarme.

—Tengo que colgar. Me llaman para cenar.

—Buen provecho. Adiós.

—Hasta mañana, entonces podremos hablar sobre el asunto.

Colgó y se fue a la cocina. Se preparó un bocadillo y subió a su habitación. Estuvo leyendo en la cama hasta tarde.

Eran las dos de la mañana y aún estaba solo. Apagó la luz. No tenía sueño, pero sólo le quedaban cinco horas para tener de que levantarse y aunque no era demasiado dormilón, intentó dormir.

Cuando abrió los ojos se encontró tumbado a los pies de un árbol, alumbrado por la luz de la luna llena.

Se puso en pie y empezó a caminar. Al cabo de unos minutos comenzó a llover. Parecía que estaba en medio de un bosque. Caminó durante mucho tiempo hasta que a lo lejos vio una luz. Se acercó. Se trataba de una especie de taberna en cuyo interior vio a un grupo de personas vestidas de modo extraño, hablando y bebiendo

Esto tiene que ser un sueño—se dijo—. Estoy soñando con otra época a juzgar por su forma de vestir—se miró a sí mismo. Llevaba unos vaqueros gastados y una camisa de cuadros—. Pero aunque sea un sueño, me estoy muriendo de frío con esta ropa mojada. Tengo que cambiarme. 

Se acercó a la parte de atrás de la taberna y allí encontró unas prendas de ropa tendidas. Se puso unos pantalones y una extraña camisa. Entró en la taberna deseando que ninguno de los presentes reconociera como propias las prendas que ahora él llevaba puestas. El que atendía a los clientes se le acercó.

— ¿Qué desea?

— ¿Podría utilizar el teléfono?

— ¿Lo qué?

—El teléfono.

— ¿Qué es eso?

—Es ese aparato para llamar cuando uno va a llegar tarde o cuando no tiene ni puñetera  idea de dónde está—contestó con sorna.

—A mí no me tome  el pelo, caballero. Le ruego que abandone mi taberna si no quiere que avise a la Guardia.

— ¿A la Guardia Civil por pedir un teléfono?—el individuo hizo un gesto y tres hombres que acercaron a él—. Tranquilos tíos que ya me largo.

—No seas tan duro con él, Tombo. ¿No ves que no es nada más que un durmiente despistado?  —escuchó como alguien decía mientras completamente desconcertado él salía del local.

No comprendo nada. Aunque bien pensado, ¿hay algo que se pueda entender en los sueños? Porque esto no puede ser nada más que eso, un sueño.

Continuó en la misma dirección que antes. Caminó y caminó.

Parecía que ya amanecía. Entonces vio una silueta a lo lejos. Corrió hacia ella. Era una mujer.

—Perdone —gritó.

La muchacha asustada miró hacia atrás. Emilio se quedó de piedra. La joven era Lorena.

— ¡Lorena! ¿Qué haces aquí?

—Lo mismo te digo.

—Éste es mi sueño—exclamó.

Entonces comenzó a sentirse extraño. Su cuerpo se iba difuminado poco a poco, hasta casi desaparecer. Ya estaba casi desintegrado cuando abrió los ojos y se encontró en su habitación.

—Maldita sea. ¡Ni en sueños puedo estar con ella!

En ese instante el reloj comenzó a sonar. Hora de ir a clase.

 

 

En la puerta del colegio coincidió con Ricardo.

—Buenos días, Emilio.

— ¿Qué hay?

—A juzgar por tu cara, muchas ganas de dormir. Parece que llevas meses sin pegar ojo.

—Pues no tengo ni pizca de sueño.

Entraron en clase y continuaron charlando.

— ¿Has pensado en la venganza?

— ¿De qué hablas, Richi?

—Vengarnos de Joe y los suyos por lo que te hicieron.

—Mira, no quiero problemas. Yo manché su gabardina, él manchó mi plumas. Ahora estamos empatados, mejor dejarlo así.

En ese preciso instante Lorena se acercó a la ventana. Emilio no podía quitarle el ojo de encima. Ella, al darse cuenta, lo miró molesta y le preguntó:

— ¿Qué estás mirando, imbécil?

— ¿Yo?—contestó tímidamente—. Nada.

—Pues sigue así—se dirigió a su pupitre y se sentó.

Acababa de llegar el señor Dalma, el profesor de inglés.

Lo que más le reventaba era ese tratamiento de señor, señora, señorita del centro. Además todo eran formalismos. Tanto de alumnos a profesores como viceversa, el trato era de usted. Típico de su  nuevo papá. No podía haber escogido un instituto público normal, no. Tenía que ir a un colegio privado donde todo el mundo le llamaba jovencito.

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