ANNABEL VÁZQUEZ

Nuevas sensaciones

Sin pensar demasiado lo que estaba haciendo, entré en la habitación de Edgar. Miré la lujosa cama de madera, con cuatro majestuosas columnas. Había visto esa cama en numerosas ocasiones pero hasta ahora no le había prestado demasiada atención.

Tragué saliva, nerviosa. Estaba loca, debía reconocerlo, pero al mismo tiempo no me desagradaba esa sensación.

Dejé de analizar su habitación cuando sentí el calor de su cuerpo contra mi espalda, las yemas de sus dedos deslizarse con suavidad sobre mis brazos cubiertos por la camiseta mojada, que se adhería a mi piel como un envoltorio, y el hormigueo de su cálido aliento contra mi nuca. Mi corazón siguió su frenético bombeo, alterado por el rumbo que estaba tomando la situación.

Con delicadeza, las manos de Edgar agarraron la parte baja de mi camiseta, subiéndola al tiempo que los nudillos pincelaban la desnudez de mi vientre. Por primera vez me dejé llevar y alcé los brazos para que pudiera quitármela sin impedimentos. Mi ropa interior quedó al descubierto, al igual que mi nerviosismo, visible en cada poro de mi piel.

Me di la vuelta muy despacio. Él me miró atentamente a los ojos, esperando, tal vez, a que me echara atrás, que volviera a cubrirme y me alejara. Es algo que hubiese hecho antes, pero no ahora. Ahora lo sabía todo de él y tenía la sensación de que no estaba frente a un extraño, sino frente al hombre con el que quería estar, al que quería entregar mi virginidad.

Me quedé quieta, paralizada, esperando su siguiente movimiento. Estaba tan insegura que tenía la sensación de que si perdía la concentración en algún momento me pondría a hablar y lo fastidiaría todo, como hacía siempre.

Edgar llevó una mano hacia mi cuello y apartó con delicadeza el pelo para acercarse con sutileza. Su proximidad me intimidaba tanto que no pude sostener su mirada y descendí el rostro para esconderme de él. Entonces sus labios tomaron el control y los sentí cerca de la oreja. Fue imposible no cerrar los ojos al mismo tiempo que el alma huía de mi cuerpo.

—Eres preciosa, Diana –susurró contra mi oído.

Sus palabras me arrancaron un gemido de placer y me pegué literalmente a él, apretándome contra su cuerpo. Pude percibir la dureza de su erección contra mi vientre y eso me puso aún más nerviosa. Lo único que deseaba era que él no pudiera apreciar mi inexperiencia e inseguridad en ese momento.

—No me canso de mirarte –sentenció cubriéndome el cuello de delicados besos.

Sus palabras me hicieron volver a cerrar los ojos.

—Edgar. –Yo hervía de deseo y notaba su calor entre los muslos.

Me puso otra vez las manos en las caderas y el aire frío susurró entre nosotros cuando retrocedió un paso para contemplarme.

Y me contempló, desde luego que lo hizo.

Con ligeras caricias memorizó el aspecto de mi cuerpo al tacto. Fue como un masaje erótico. La prometedora dulzura de sus manos no hizo sino aumentar mi excitación.

Sentí la tentación de huir de él, de la presión de su inquisitiva mirada azul, y volví a darme la vuelta con mi corazón latiendo a mil por hora. No obstante, no me alejé de él, permanecí lo más cerca que pude para seguir sintiéndole.

Con su calor de nuevo en la espalda y su erección contra las nalgas, me quitó el sujetador y me sostuvo los pechos.

Suspiré, eché la cabeza hacia atrás y la apoyé sobre su hombro arqueando la espalda. Sus manos jugaron con mis pechos, sosteniéndolos y acariciándolos con mucha suavidad. Los  pezones no tardaron en convertirse en un duro botón. Pronuncié su nombre con breves jadeos mientras él adaptaba el movimiento de sus caderas al ritmo de las mías.

—Bésame –me pidió, con su boca pegada a mi oreja, en un ronco susurro.

Volví la cabeza y nuestros labios se encontraron. Le abracé el cuello, y abrí la boca invitando su lengua a entrar. Me besó con profundo y lento abandono. Me tragué un gruñido de satisfacción mientras bajaba su mano por mi vientre plano, desencadenando otra oleada de deseo. Dejó las manos sobre la cinturilla del pantalón y sus dedos buscaron el botón para desabrocharlo. Seguí besándolo para no pensar en lo que estaba haciendo, lo que sabía que venía a continuación. Tenía ganas de hacerlo, de dejar que él me tocara como nadie había hecho hasta ahora, pero al mismo tiempo, me daba miedo. Miedo de lo que podía llegar a sentir o de lo que sentiría él, miedo de no estar a la altura, de que no le gustara, de que ahora que había decidido dar el paso él huyera… Intentaba con todas mis fuerzas dejarme llevar, pero entonces me azotaban pensamientos negativos que me infundían una enorme inseguridad.

No quise mostrárselos, pero por la lentitud y cuidado de sus movimientos supe que podía intuir parte de mis sentimientos contradictorios sin necesidad de decírselos.

Me desabrochó el pantalón y tiró de él hacia abajo. El vaquero estaba mojado y pegado a mis piernas, lo que hizo que tuviera que acompañarlo en todo su recorrido, acuclillándose mientras los deslizaba por mis piernas hasta dejarlos a los pies. Luego ascendió acariciándome con la yema de los dedos, produciéndome un escalofrío apreciable en mi piel. Cuando se irguió, me cogió de la mano para ayudarme a salir de ellos. Así lo hice, sin perder detalle de sus movimientos, intentando averiguar qué significaba para él todo lo que estábamos haciendo.

¿Sabía que esto iba a pasar? ¿Tenía tantas ganas como yo o estaba dejándose llevar por mi deseo? ¿Cuáles eran sus expectativas? ¿Sería capaz de cumplirlas? Suspiré y me mordí el labio inferior, frustrada.

—¿Quieres ir a tu habitación? –preguntó de improvisto, dejándome paralizada.

—¡¿Qué?! bueno, –dudé– no. A menos que tú quieras, no sé… –me encogí de hombros– ¿Nos estamos pasando?

Edgar sonrió, su sonrisa me pareció la de un niño despreocupado, hacía mucho que no le veía así.

—Estamos casados –constató–, llevamos conviviendo juntos unos diez meses y nunca nos hemos tocado. Ya que lo preguntas…, no. No creo que nos estemos pasando, pero tal vez es algo pronto para ti.

No pude reprimir una risilla nerviosa.

—Verás, Edgar –tragué saliva, ya había iniciado la conversación, grave error por mi parte. Sabía que ahora no podría callar, era irremediable, siempre divagaba de un tema a otro cuando estaba nerviosa–, es que todo esto es nuevo para mí, tú eres un hombre con experiencia que igual espera ciertas cosas. Yo no había planeado esto, para serte sincera no entraba en mis planes, pero ha sucedido. Todavía no sé cuál ha sido el desencadenante pero no me arrepiento, es decir, no era algo que quisiera hacer en un inicio pero ahora quiero. A ver… –bufé–, podría pasar perfectamente sin eso, no es algo prioritario, de hecho sería mejor que lo dejáramos porque realmente no creo poder cubrir todas tus expectativas. Tienes que saber que no seré ni la mitad de buena que la mujer pelirroja, aquella que te atraía tanto, entre otras cosas porque me faltan unos cuantos años de experiencia, experiencia que no voy a adquirir de la noche a la mañana y menos teniendo en cuenta nuestra circunstancia, así que…

—¡Para el carro Diana! ¿Por qué has tenido que incluir a Clare en esto? ¡¿Te das cuenta de la cantidad de sandeces que estás diciendo?! –intervino irritado.

Ya está. La había cagado; solo era cuestión de tiempo.

—Es imposible no sacarla a colación, después de todo ella seguro que sabía satisfacerte, a juzgar por la cantidad de veces que venía a casa…

—¡Esto es increíble! –espetó con gesto de incredulidad, llevando sus manos al aire.

—Increíble. Eso mismo pienso yo –reforcé su argumento–. Aunque lo que es aún más increíble es que esté desnuda hablando delante de ti, con las tetas al aire, esto no es serio.

Edgar me miró crispado, no pareció intuir mi broma por lo que se agachó para recoger mi camiseta del suelo y entregármela con brusquedad.

—Sí, deberías taparte. Esto ha terminado.

—¡Ves! ¡Ese es tu problema! A la mínima contradicción te das por vencido, no eres capaz de entender la globalidad de las cosas. Estoy nerviosa, Edgar, ¡¿Cómo no voy a estarlo?! Nunca he estado sexualmente atraída por alguien y es normal que tenga momentos de debilidad. En lugar de entenderme y ponerte en mi lugar, te limitas a hacerte el ofendido cuando he mencionado un hecho de tu pasado reciente que está ahí, pese a que ya no sea relevante.

—Te entiendo muy bien, Diana, al menos eso intento. Te he visto cohibida y te he preguntado si querías dejarlo ahí, no he podido ser más comprensivo dado que yo no quería hacerlo.

—Así que tú querías continuar –repetí–, pero no es eso lo que me has transmitido. Más bien me ha parecido que te cansabas, si hubieses querido continuar no me hubieses dejado hablar y hablar sin parar, me hubieses detenido con un beso volviendo al punto de partida, por ejemplo.

—¿Y arriesgarme a recibir un mordisco? –preguntó exaltado– ¿Eres consciente del carácter que tienes?

Edgar no bromeaba, aunque su argumento incitara a soltar una pequeña carcajada. Suspiré, apoyándome contra la pared, sosteniendo la camiseta con las manos.

—Eso es que no me conoces, creo que nunca te has molestado en hacerlo, ahora que lo pienso.

—No dices más que tonterías –prácticamente escupió las palabras.

—No son tonterías, son realidades como puños. Siempre que hablamos pregunto yo, intento conocerte, en cambio tú no sabes ni cómo tomo el café. No llevas nunca la imitativa, Edgar.

—¡Alto ahí! –negó con la cabeza– para empezar tú no tomas café, te limitas a diluir media cucharadita de descafeinado en sobre en la leche, cosa que es de agradecer. Solo Dios sabe los estragos que podría causar la cafeína en tu metabolismo, ya de por sí nervioso. En segundo lugar, tengo más iniciativa de la que crees. Pero he decidido ser paciente contigo, dejarte espacio.

Me quedé en silencio, desafiándole con la mirada. Entrecerré los ojos dejándole claro que con su argumento no convencía a nadie, al mismo tiempo crucé mis brazos, remarcando así mi actitud.

—Está bien, ¿quieres iniciativa? ¡Pues vas a tenerla! –exclamó con rotundidad.

Se acercó a mí con determinación y me cogió en volandas dejándome descolocada.

—¿Qué coño haces? –protesté intentando resistirme.

Me arrojó sobre la cama sin ningún tipo de delicadeza y se colocó sobre mí, en cuestión de segundos se acercó lo suficiente para morderme el labio inferior.

—¡Esto no funciona así! ¡No puedes encender y apagar el interruptor cuando te venga en gana! –protesté.

—Haz el favor de callarte de una vez, no digas nada. Seguro que ya te han dicho que cada vez que abres la boca sube el pan.

—Esa es una expresión muy española –recalqué riendo.

—Lo sé.

Edgar volvió a besarme con insistencia, pese a mi poca participación. Esta vez sentí su apremiante necesidad en cada beso, caricia o gruñido que me dedicaba y mi cuerpo se convirtió en gelatina.

En poco tiempo volví a encenderme, a anhelar sus caricias, sus besos…

Edgar empezó a besar mis pechos, mientras su mano descendió por mi vientre para situarse encima de las braguitas. Las acarició y me sujetó más fuerte cuando notó que estaban húmedas.

Pasado un rato dejó de besarme, con los párpados entrecerrados de deseo. Me presionó sutilmente el clítoris y el encaje de la ropa interior me causó una sensación deliciosa.

—Aaah –jadeé, colocando mi mano sobre la suya impidiendo que continuara, estaba tan excitada que tenía miedo de llegar más lejos.

—Eres tan guapa… –me dijo, mirándome a la cara y metiendo la mano bajo el encaje. Me pilló desprevenida notar su pulgar en el clítoris y me sacudí en respuesta.

—Edgar –susurré, dándome por vencida mientras me movía al compás de sus dedos.

Cerré los ojos cuando la presión creció en mi interior.

—Mírame –me pidió.

Abrí los ojos y me quedé atrapada en su mirada.

—Por nada del mundo quiero perder de vista esos hermosos ojos tuyos.

Intenté concentrarme en mantener los ojos abiertos, en mirarle, pero cada vez que se movía haciéndome estremecer, me resultaba más ardua esa tarea.

Sus manos siguieron explorando mi sexo, acariciándolo sin dejar de estudiar mis reacciones. Me sentía lánguida y me dejé llevar, me resultó más fácil de lo que creía mantener la mente en blanco, para no pensar en todo y centrarme únicamente en experimentar todas estas sensaciones y las reacciones de mi cuerpo. Deseaba que Edgar me tocara como lo estaba haciendo, sentir su deseo en cada caricia, la enorme excitación que sentía al tenerme entre sus brazos. Cada detalle de ese día lo atesoraba en mi mente para revivirlo de nuevo más adelante. Quería que el mundo se detuviera, que los problemas se desvanecieran y tan solo perdurara ese presente.

De algún modo encontré las fuerzas necesarias para levantar las caderas cuando Edgar me quitó las braguitas. Las lanzó al suelo con el resto de mi ropa y me sujetó los tobillos. Me acarició la piel de los pulgares mientras nos mirábamos con un denso silencio cargado de electricidad.

Dejó un instante de acariciarme para quitarse la camisa y los pantalones. Ser testigo de su perfecto cuerpo hacía que me sintiera estúpidamente inferior. Suspiré intentando reprimir esos dañinos sentimientos y me distraje observando la erección que se marcaba en sus calzoncillos, intenté no hacer ningún comentario al respecto para no estropear las cosas y regresé al punto de partida, perdiéndome una vez más en sus ojos claros.

Sus dedos me acariciaron los tobillos antes de subir en un sensual sendero por mis pantorrillas. Cuando llegó a las rodillas me las separó, obligándome a separar las piernas.

Sentí una vergüenza decadente expuesta a su escrutinio.

Por ningún otro hombre me había colocado en una situación tan vulnerable.

Pero Edgar hacía que me sintiera atractiva, pecaminosa…, seductora.

Me moví un poco, balanceando los pechos.

Con los ojos brillantes, paseó las manos por la cara interna de mis muslos.

—Ojalá pudiera comprar este instante para que durara siempre –susurró con la boca espesa, ávido.

—Deberías saber que no todo se puede comprar –contesté recobrando momentáneamente la lucidez.

Acarició mis pechos con los pulgares y se recostó, el olor familiar de su colonia me provocó otra oleada de placer. Sus labios acariciaron los míos mientras susurraba contra mi boca.

—Pues yo lo daría todo, sin dudarlo, para no perder nunca esto. A lo que hemos llegado.

La emoción se interpuso al deseo y cerré los ojos para reprimir la euforia.

Como si también él estuviera eufórico, pero no supiera cómo reprimirse, me besó. Fue un beso mucho más salvaje que el anterior. Solo se apartó de mi boca para besarme el cuello y el pecho.

Me apreté contra sus caderas cuando cerró los labios alrededor de mi pezón. Chupó con avidez, causándome un dolor placentero cuando se pegaba a mí. Como había hecho con las manos, empezó a jugar con los senos con su boca caliente hasta que estuve de nuevo al borde del orgasmo.

—Edgar –le supliqué, clavándole los dedos en la espalda–, quítate toda la ropa.

Alzó los ojos, esta vez su mirada me pareció oscura.

—Todavía no.

Y bajó más. Sus labios pasaron de mi vientre a mi entrepierna. Me hundí en el colchón cuando acercó la boca a mi sexo. Me lamió el clítoris, lo presionó con la lengua y la sensación me traspasó.

—Aaahhh –me arqueé en la cama, temblando por dentro. La espiral de mi vientre se estaba desenrollando, hasta que la tensión se volvió insoportablemente eléctrica, buscando su liberación.

—¡Sí! –Grité cuando llegó a la culminación. Vi destellos de luz mientras me corría, arrastrada por intensas oleadas de placer.

Mientras trataba de recobrar el aliento, el calor me llegaba hasta los dedos de los pies. Me pareció que la cama se movía. Cuando pude por fin abrir los ojos, vi que Edgar se estaba despojando rápidamente de la ropa interior. Había una fiereza, una aspereza en su deseo que me excitó. Lo admiré. Impresionada.

Antes de todo esto había estado con chicos, chicos que a su manera me habían hecho sentir atractiva…, pero ninguno me había hecho sentir tan necesaria, tan vital. No como Edgar. Era como si de no haberme tenido en aquel preciso instante, el mundo se hubiera hundido a su alrededor y eso me hizo sentir poderosa y valiente a la vez.

Fue en ese instante cuando dejé de sentirme insegura; estaba haciendo lo correcto con el hombre adecuado.

Puso una rodilla en la cama, con el pene grueso y palpitante. Me pasó las manos por debajo de las rodillas y solté un gritito de sorpresa cuando tiró de mí hacia él con brusquedad. Me colocó las caderas sosteniéndome por los muslos y me mantuvo con las piernas separadas para colocarse. Entonces me miró.

No sabía si estaba pidiéndome permiso, aunque en realidad no hiciera falta, en ese momento estaba dispuesta a darle cualquier cosa que quisiera de mí.

Yo tenía la respiración agitada. Notaba el calor de Edgar. Su miembro se posó en la entrada de mi vagina con suavidad, percibí una leve presión mientras su boca buscaba la mía. Excitada, abrí un poco más las piernas y gemí sobre sus labios, deseosa de que continuara.

Empujó con delicadeza, penetrándome con excesivo cuidado. Abracé su espalda, pegándome más a él, impresionada por la presión que su miembro ejercía sobre mi sexo. Sus manos también se aferraron a mis caderas y de un último empellón sentí toda su verga dentro. Sus ojos pestañearon de placer cuando le di la bienvenida en toda su longitud.

Reprimí un gemido al sentir un pequeño pellizco de dolor que me produjo cuando llegó hasta el fondo, e intuyendo mi incomodidad, permaneció así, quieto, sin mover un solo músculo, sintiendo como mi cuerpo le oprimía, le abrazaba desde dentro hasta sentirse seguro.

Con una ternura que me dejó sin aire, poco a poco buscó su ritmo. Miraba cómo entraba y salía de mí y su pecho se movía al ritmo de sus jadeos mientras el placer iba en aumento. Me mordí el labio inferior e hice un nudo con mis piernas en sus caderas para apresar ese placer. Sus manos seguían acariciando mi cuerpo y pronto percibí un cambio. Su miembro me embestía con movimientos más profundos e intensos, al tiempo que uno de sus dedos me acariciaba el clítoris. En cuestión de segundos consiguió que mi cuerpo se moviera buscando una nueva liberación.

—Córrete, –me pidió, acelerando el ritmo de sus embestidas, con la mandíbula apretada para posponer al máximo su orgasmo–. Córrete conmigo, Diana…

Dejó de hablar, a punto de correrse, y la necesidad que vi en su cara fue el definitivo empujón para mí.

Me dejé ir, abrazándole todavía más fuerte y dejando mis manos marcadas en su espalda.

—¡Dios! –abrió mucho los ojos notando el apretón de mi orgasmo en él, y se quedó inmóvil un segundo antes de entrar en mí en una larga liberación.

Me soltó las piernas y se dejó caer sobre mi cuerpo exhausto. Lo abracé y lo estreché contra mi cuerpo, esta vez sin tanta fuerza. Su pene todavía latía dentro y sentí una última oleada de placer.

—Guau –susurré, recordando su cara en el momento culminante–, así que es esto lo que se siente.

Edgar rodó hacia un lado deshaciéndose de mí, pero en ningún momento soltó mi mano, que mantenía agarrada con decisión.

—¿Todo bien, Diana? ¿De verdad? –preguntó con aire preocupado.

Sonreí en respuesta.

—Todo bien –constaté.

Me incorporé débilmente. Me sentí algo mareada pero decidí ocultarle ese detalle.

—¡Oh, vaya! –exclamé con preocupación.

—¿Qué? –preguntó girándose en mi dirección.

—¡Qué vergüenza! No mires, lo limpio todo en un minuto.

Edgar no me hizo caso y desvió la vista hacia las sábanas, descubriendo la mancha roja de mi virginidad en ellas.

Sonrió y, en un brote de espontaneidad, muy poco común en él, me abrazó con fuerza. Sin previo aviso me alzó para conducirme hacia el baño.

Me dejó en el umbral de la puerta y se dirigió raudo a la bañera para llenarla. Le observé con parsimonia, cubriendo como podía mi desnudez, ahora que había pasado la excitación me sentía cohibida. Sin embargo Edgar se paseó por el baño como si nada, exhibiendo su cuerpo con total naturalidad mientras cogía el gel y las toallas. Intenté no reírme del balanceo de su miembro, para mí seguía siendo algo nuevo.

—Ven –dijo tendiendo la mano en mi dirección.

La cogí sin rechistar y dejé que me acompañara a la bañera.

No podría describir la sensación de comodidad, alivio y bienestar que me transmitió al sumergirme en el agua, con Edgar a mi espalda rodeándome con sus brazos y piernas. En mi vida me había sentido tan querida y protegida, tan despreocupada de todo.

Edgar cogió la esponja y me enjabonó empezando por el cuello y descendiendo por los pechos, el estómago, mi intimidad… La suavidad de sus caricias me hacían sentir en el paraíso.

Me confié a él, recostándome sobre su hombro, dejando simplemente que me cuidara como nadie había hecho jamás.

Confieso que podría vivir así para siempre, y si Edgar hubiese mostrado en algún momento que podía llegar a ser el hombre sensible, cariñoso y dulce que tenía al lado, me hubiese entregado a él mucho antes.

Sin saber por qué, pronto sus caricias volvieron a excitarme. La forma en la que me tocaba hacía reaccionar a mi cuerpo, adormecido durante años.

Poco a poco empecé a jadear, a mover débilmente mis caderas orientando mi cuerpo a las caricias que me proporcionaba, y cuando sentí que ya no podía aguantarlo más, me di la vuelta. El agua de la bañera se calló por los lados cuando lo hice.

Sus ojos dulces y amables me miraron con admiración, seguía viendo el deseo en ellos, un deseo profundo, oculto los primeros días pero siempre latente, a la espera. Su paciencia y devoción eran sus cualidades más destacables y hacía, incluso, que me arrepintiera de lo mal que lo había tratado en el pasado.

Me acerqué más a él y me incorporé sentándome a horcajadas sobre sus piernas. Sentí nuevamente la excitación en su miembro, al igual que yo, deseaba volver a experimentar el placer de unirnos.

Le abracé atrayéndolo más a mí y dejé que poco a poco su miembro invadiera mi interior. Entró mucho más fácil esta vez, y apenas sentí un leve ardor del todo soportable. Jadeé al sentirme llena y él correspondió mi jadeo con un gemido ahogado. Me afané en besarle mientras mi cuerpo se movía, buscando más. Sus manos me rodearon la cintura y me correspondió con una pasión desmedida mientras yo marcaba el ritmo de la penetración. Esta vez nos movíamos mucho más lentos, no había la misma urgencia, tan solo la necesidad de prolongar el placer lo máximo posible. Me moví con dulzura, dejando que llenara mi cuello de besos, de caricias… seguí así un rato, pero pronto necesité más y me apreté a él todo lo que pude.

Su cara se enterró en mi hombro y me mordió produciéndome un excitante cosquilleo.

Dejándome llevar, me corrí una vez más. Edgar se aferró a mi cintura y me ayudó a moverme hasta alcanzar el clímax.

No quería parar. Ahora que había descubierto el sexo quería seguir así toda la noche.

—Diana –susurró sonriendo junto a mi cuello–, ha valido la pena la espera, ha hecho que te desee más.

—¿Cuándo podemos repetir esto? –pregunté impaciente por volver a sentirle entre mis piernas.

Se echó a reír.

—¿Quieres matarme? –reímos al unísono.

Sus manos sostuvieron mi rostro y volvió a besarme, en cuestión de segundos mi corazón volvió a bombear con fuerza contra las costillas. Acababa de descubrir que era insaciable.

Edgar gimió, separándose lo justo para contemplar mis ojos.

—Calculo que de aquí diez minutos –confirmó con humor.

Ambos estallamos en carcajadas; no podíamos dejar de hacerlo.

Nos secamos y nos metimos en la cama. Por primera vez dormiría con él, ni siquiera valoré la posibilidad de ir a mi habitación. Por alguna razón, quería estar pegada a su cuerpo toda la noche, sentirle cerca.

Mis expectativas de sexo durante toda la noche se truncaron rápido. Nada más tumbarme en la cama junto a Edgar, mientras esperaba esos diez minutos de rigor, me quedé profundamente dormida y él no quiso despertarme.

 

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