ANA MARÍA OTERO

Aún medio dormido apagó el despertador. Todavía no eran las siete, pero a partir de ahora tendría que madrugar si quería llegar a tiempo al nuevo colegio, lugar en el que empezaría aquella mañana, unos días después de lo supuesto a causa de su aterrizaje forzoso una semana antes.

Se levantó y abrió la persiana. Para estar en febrero se auguraba un día estupendo, pero sin duda debía hacer un frío de mil demonios.

Se fue al cuarto de baño. Se miró en el espejo y agradeció que el moratón en su frente fuese ahora apenas perceptible. Desde luego, comenzar sus andaduras por el nuevo colegio con una seña tan distintiva que llevara a sus nuevos compañeros a conocerlo como el del morado en la frente, no resultaba en absoluto atractivo.

Antes de meterse en la ducha, arrimó la puerta del baño. Que éste estuviera en su propia habitación era buena cosa, la única de la nueva casa. Bueno, la verdad era que la piscina cubierta tampoco estaba mal, pero pijotadas como aquella no eran suficientes para cambiar  su opinión respecto a Pablo, el segundo marido de su madre.

Se duchó pensando en ese primer día. Empezar en cualquier centro a mediados de febrero no era muy corriente, así que llegaría a su futura clase escoltado por algún profesor que lo presentaría al resto de los alumnos, los cuales mirarían hacia él como si fuese un extraterrestre verde y con antenas en lugar de pelo. Él lucharía por no ruborizarse, pero al final sucumbiría y su cara se pondría más que roja. Después ocuparía un sitio vacío, probablemente al final de la clase y detrás de todos. Pasaría aproximadamente media hora siendo duramente examinado por los ojos de sus compañeros, que se referirían a él como el nuevo durante un par de meses y sería él quien tendría que tomar la iniciativa ya que no se le acercaría nadie de modo espontáneo.

Sabía todo esto no por haber vivido aquella experiencia antes, ya que ésta era la primera vez que le pasaba, sino porque eso era precisamente lo que hacían él y sus antiguos compañeros cuando alguien nuevo llegada a mitad de curso.

 

 

—Chaval, creo que hoy estás irresistible-exclamó satisfecho cuando tras peinar su cabello apreció la imagen que se reflejada en el espejo.

Cogió sus libros y bajó las escaleras. Nunca en su vida había pensado que acabaría viviendo en una casa con dos pisos, jardín, piscina, garaje y sin vecinos  al lado, encima o debajo. Y allí, en el comedor, estaba el responsable: su nuevo papá, como solía llamarlo él peyorativamente. Vestido y arreglado, impoluto, perfecto, saboreando el contenido de una taza de café mientras ojeada el periódico. A su padre también solía encontrarlo así por las mañanas, aunque en lugar de vestir americana él llevara una camisa corriente, en vez de café seleccionado tomara del que estuviera de oferta en el supermercado mientras, ignorando la sección de bolsa, le echaba un vistazo a la de deportes.

—Qué jovencito, ¿preparado para comenzar en tu nueva escuela?

Jovencito, odiaba que lo llamara así.

— ¡Qué remedio!—exclamó por lo bajo.

—No te muestras demasiado ilusionado con el hecho.

¿Por qué hablaba así? Parecía que estaba recitando el guión bien aprendido de un melodrama cualquiera.

Sacudió los hombros.

—Estoy seguro de que todo será de tu total agrado. Enseguida te veras integrado en ese grupo compacto de jóvenes. Incluso puede que conozcas a alguna muchachita que te conquiste.

—Se dice una piba—contestó con tono no demasiado cortés y se fue a la cocina.

Le crispaba, aquel hombre le crispaba. Su verdadero padre no era el súmmum de las virtudes, pero su madre se había lucido con  éste, un pijo adinerado al que era incapaz de soportar.

Desayunó en la cocina y salió de la casa.

Esperó al autobús. Pasaría a las menos veinte y después de media hora de trayecto, lo dejaría a escasos metros de la entrada al nuevo colegio. Se sentó a esperar al número ocho.

Con cinco minutos de retraso llegó a la parada. Se subió y se sentó al fondo. Un par de asientos delante de él estaban sentados un grupo de chicos a los que el uniforme que los cuatro llevaban, idéntico al que él estrenaba aquel día, identificaba como estudiantes  del mismo centro en el que él comenzaría aquel día. Tendrían aproximadamente su misma edad e iban hablando de las notas. Por lo visto  sólo uno  de ellos había  aprobado todo,  y  casualmente era  repetidor como  él.

Su nuevo papá le había echado una bronca de ésas que hacen siglo, cosa que nunca antes había hecho su verdadero padre. ¿Quién se había creído?

A las ocho y cuarto bajó del autobús y evidentemente los chicos también aunque él no siguió el mismo trayecto que ellos, algo que a partir del día siguiente sí haría, tal vez integrado en aquel grupo.

Se acercó a la portería y se dispuso a identificarse:

—Buenos días, hoy empiezo en este colegio y…

Una mujer bajita y regordeta lo interrumpió bruscamente.

—Sí, sí. Ya me dijeron que hoy vendría uno nuevo. Espere aquí.

Y allí se quedó planteado y cortado, sin saber qué hacer. Al poco rato la mujer se acercó acompañada por con hombre estirado.

—Éste es su tutor, el señor Ibáñez.

—Imagino que me encuentro ante el señor Sastre, ¿cierto?—Emilio asintió al tiempo que estrechaba la mano que aquel hombre tan almidonado extendía ante él—. ¿Quiere acompañarme, jovencito?

Jovencito, ¡lo odiaba!

Lo condujo por un pasillo y se detuvieron ante una de las numerosas puertas cerradas.

— Éste es el aula en el que a partir de hoy recibirá clase. Me gustaría que siempre tenga presente  que la disciplina, el orden y la puntualidad es algo que caracteriza a este centro, por lo que puedo asegurar sin temor a equivocarme que en breves instantes dará comienzo la clase de filosofía, a cargo la señora Ribalta—Emilio asintió en silencio y el señor Ibáñez llamó a la puerta para abrirla e indicarle con una mano que entrara tras él—. Buenos días. Disculpen mi interrupción, pero antes del inicio de la clase me gustaría presentarles al señor Emilio Sastre–veinticuatro pares de ojos lo miraron—. Es nuevo tanto en el centro como en la comunidad, por lo que les pido que sean amables con él y le muestren el espíritu solidario de nuestra escuela.

Emilio pensó que toda la  clase comenzaría a aplaudirle y a vitorearle. Espíritu  solidario de nuestra escuela. Sonaba como su nuevo papá. Probablemente sería igual que él en todo.

Se fue de la clase y Emilio escuchó una voz de ardilla que desde el otro lado lo llamaba.

—Su nombre es Emilio, ¿verdad?

—Sí —respondió.

—Yo soy la señora Ribalta. Venga y siéntese aquí.

¡No! Primera fila, delante del profesor: el pupitre de los condenados. Se sentó angustiado.

—Sus nuevos compañeros y yo estábamos a punto de adentrarnos en el interesante tema de la dimensión ética del ser humano. ¿Ha visto algo al respecto en el centro del que provine?

—Sí.

Sí, sí. Se sentía como un autómata programado para sólo decir sí, cuando en realidad en esta ocasión no tenía ni idea sobre lo que ella estaba hablando.

Cuando la ardilla se dio la vuelta, el chico que estaba sentado a su lado le estrechó la mano y se presentó:

—Soy Ricardo Jiménez. Bienvenido.

—Gracias.

¿Pero qué pasaba? No se había ruborizado, no se había sentado detrás de todos y sin haberlo pretendido ya conocía a alguien. Sus predicciones habían fallado.

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