JORDI MARCOS

A los pocos días, paseando con el grupo turístico, alcanzamos un paseo que conducía por diferentes prados que estaban decorados de abundante verde y pequeños toques de gualdo. El cielo estaba sereno, ornamentado -por momentos- de alguna gigantesca nube que circulaba apacible y sin demasiado tráfico, por el firmamento.

Las palmeras erguidas y estáticas, parecían observar perseverantes, nuestro lento pasaje por las aromáticas hierbas húmedas, posiblemente, a causa de las lluvias del anochecer anterior. La gente al caminar, iba cerrando los ojos mientras respiraban hondamente toda aquella fragancia de la que parecían colocarse con arrebato.

Todo aquello me hacía reír, pues parecían contagiarse de uno al otro, como el que produce un bostezo en un lugar público. Era algo ridículo y de gran encanto, caminar juntos como un rebaño y estar unidos por una misma causa y condición por aquellos prados frondosos que, si no eran dotados de esmeraldas, de su color si eran galardonados.

Pensando en otras cosas, me acordaba de la musa asiática que vi resplandecer en la orilla, como el sol que amaneció de fondo aquella mañana. ¿Dónde estará…la volveré a ver?

Confuso, pensaba que ella no era como yo, un turista.

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