ANNABEL VÁZQUEZ

La verdad

La lluvia se hizo tan intensa que me costaba ver la carretera. Todo eran sombras tras una tupida cortina de agua.

El coche giró hacia la derecha, desde ahí podía ver el edificio del hospital, pero la enorme caravana nos imposibilitaba llegar antes a nuestro destino. Además, la lluvia había convertido las calles en ríos y la gente se resguardaba bajo los soportales, esperando a que amainara. Los vehículos, sin embargo, habían decidido salir todos a la vez, desafiando las condiciones climatológicas.

Después de veinte largos e interminables minutos, llegamos al parking del hospital. Me incorporé acercándome al asiento del conductor.

—Espérame aquí, Philip. No tardo nada.

—Pero ¡está lloviendo muchísimo! ¿No prefieres esperar a que…?

—Creo que he pasado mucho tiempo esperando y ya no puedo más. No te preocupes, solo es agua –dije restándole importancia.

—Pero…

Intentó reprenderme una vez más. Le dediqué una mirada censuradora para que no lo hiciera y entendió perfectamente lo que quería decir.

Me puse la chaqueta sobre la cabeza y corrí por los amplios jardines ignorando el aguacero, incluso el barro que me impedía ir más rápida, ya que se adhería a las suelas de mis zapatos intentando retenerlas.

Cuando entré en el hospital, al fin respiré tranquila. Recorrí a paso ligero el largo pasillo hasta llegar al mostrador de información.

—Necesito hablar con el doctor Steve Masters, por favor. Es urgente.

—¿Steve Masters? ¿El cirujano? –preguntó con incredulidad.

—El mismo –asentí.

—¿No tiene cita concertada?

Tragué saliva y emití un suspiro de hastío, cansada de tantos formalismos.

—Soy un familiar –mentí–. Dígale que Diana le busca y es urgente, por favor.

La recepcionista meditó mi argumento, no sabía si acatar el protocolo y obligarme a concertar una cita o llamar a Steve y anunciarle mi llegada. Por suerte, eligió la segunda opción.

 

—¡Diana! –exclamó Steve transcurridos varios minutos, dirigiéndose a mí a toda prisa– ¿Dónde está Edgar? –preguntó nervioso– ¿Se encuentra bien?

Su pregunta me desconcertó tanto como su rostro velado por una preocupación palpable.

—Edgar no ha venido, solo yo –le aclaré–. Necesito hablar contigo.

—Pero ¿está bien?

Le miré extrañada. Ya no me cabía ninguna duda: estaba perdiéndome algo importante, otra vez.

—Venga, vayamos a mi despacho –me propuso sin rebajar un ápice su preocupación. Miró nervioso a su alrededor y me acompañó colocando suavemente una mano en mi espalda.

En el ascensor, nos miramos sin hablar hasta llegar a la octava planta, donde se encontraba su despacho.

Una vez más volvió a guiarme por el pasillo y abrió la puerta dejándome entrar primera. Al cerrar, me invitó a sentarme. Me pareció un poco asustado, tal vez intimidado por mi presencia, y eso era algo que no me encajaba con su personalidad, al menos con lo que había visto de él hasta el momento.

Tomé asiento frente a él sin dejar de observar sus movimientos.

—¿Cuál es el motivo de tu visita? –decidió preguntar primero.

Le miré suspicaz.

—¿Por qué has creído que venía por Edgar? ¿Qué está pasando, Steve?

—Bueno –carraspeó y desvió la mirada, nervioso–, sé que últimamente sufre de fuertes jaquecas y… –se mordió el labio inferior– Dime, Diana, ¿qué te trae aquí con tanta urgencia, qué necesitas de mí?

Negué con la cabeza, intentando ordenar mis pensamientos.

—Steve, sabes que Edgar sufre jaquecas casi a diario, ni siquiera me hubiese molestado a venir si solo se tratase de eso.

—¿Entonces?

—No me has contestado –le interrumpí– ¿Por qué te has alarmado tanto al pensar que venía por Edgar? ¡¿Qué pasa?!

Steve cogió un bolígrafo del escritorio y empezó a hacerlo girar entre sus dedos, desviando parte de mi atención.

—Como sabes llevo un exhaustivo seguimiento de Edgar, además, soy quien le administra la medicación y pensé que lo más lógico era… –interrumpió su discurso, parecía que tenía miedo de hablar de más.

—Ahora que lo dices, sí, reconozco que he venido por Edgar y por una conversación que tenemos pendiente tú y yo.

Frunció el ceño, obviamente no se acordaba de nuestro acuerdo.

—Pues tú dirás… –me invitó a continuar, curioso.

—He estado observando: las llamadas, las ausencias prolongadas, las recetas de medicamentos… Además, Edgar lleva más tiempo de lo normal encerrado en su despacho, se niega a ver a nadie, apenas nos encontramos y no entiendo por qué. Al principio creí que era por algo que había hecho, en fin… –gesticulé con la mano–, él es así. A veces consigo que se abra, que muestre mínimamente sus emociones y al día siguiente vuelve a cerrarse en banda, se aparta todo lo que puede de mí. De hecho no es la primera vez que lo hace, pero luego me dio por pensar… ¡No tiene sentido que me trate así! No después de tanto tiempo, si lo hace es por algo ajeno a mí. Entonces recordé la llamada del aeropuerto y la promesa que me hiciste.

Steve empalideció.

—Me prometiste que si regresaba y daba otra oportunidad a ese enorme cabezota, me contarías todo lo que sabías de él si este no lo hacía, y bien, creo que ya ha llegado el momento de que me digas qué es lo que sabes de él realmente. ¿Por qué habláis a escondidas y os ausentáis sin dar explicaciones? Quiero saberlo todo y quiero saberlo ya.

Fui tan rotunda que Steve se quedó sin palabras, a continuación, tragó saliva. Apuesto a que no estaba acostumbrado a que alguien mostrara una postura tan tajante sin dejarle más opciones. También sabía que fuera lo que fuese lo que se traían entre manos, no podía posponerlo más.

—Diana, no sé si es buen momento para hablar de eso. Tengo pacientes por atender y…

—No me importa –intervine con calma–. Esperaré el tiempo que haga falta, pero de aquí no pienso moverme. Hoy, por primera vez en mi vida, me he dado cuenta de que algo grave le pasa a Edgar, tengo esa intuición, y soy plenamente consciente del esfuerzo que invierte en ocultármelo, así que debe de ser algo más fuerte, incluso, que su traumática infancia.

Steve se acercó hacia la mesa con repentino interés.

—Edgar nunca me ha hablado de su infancia. ¿Fue traumática?

No quise entrar en detalles, y menos cuando acababa de descubrir que Steve tenía otro fragmento del enorme rompecabezas que intentaba unir, un fragmento diferente al mío.

—¿Qué sucede, Steve? Merezco conocer la verdad.

Él suspiró y se recostó en su silla de cuero haciéndola crujir.

—Edgar me matará en cuanto se entere de que he hablado contigo de esto, pero por otra parte, no imaginas las ganas que tengo de hacerlo. Tal vez así consigas que ese tozudo entre en razón.

—Pues bien, soy toda oídos –le aclaré cargando de aire mis pulmones, no podía negar que estaba nerviosa por conocer su versión.

Steve también cogió aire y me miró con intensidad, luego, giró su silla hacia el archivador de su izquierda y lo abrió con energía, de su interior extrajo el historial médico de Edgar.

Extendió unas radiografías sobre la mesa, a simple vista me parecieron todas iguales, aun así no aparté la vista de ellas.

—Edgar sufrió un accidente en un taller con veinte años –empezó sin alzar la vista de los documentos–. Al parecer hubo una fuerte explosión, un bidón de gasolina o algo parecido estalló a escasos metros de él y le produjo quemaduras en el rostro, además de la ceguera del ojo derecho.

Asentí, hasta ahí estaba al tanto.

—Pero eso no fue todo –le contemplé con mucha atención–, una esquirla del bidón se incrustó en su cerebro alcanzando el lóbulo occipital. Por alguna extraña razón, esa esquirla alojada en su cerebro, está colocada de tal manera que le permite ver con normalidad por el ojo izquierdo, pero a cambio le ocasiona fuertes dolores de cabeza que debemos paliar con  antiinflamatorios, analgésicos y antibióticos para que pueda seguir llevando una vida relativamente normal. Debemos controlar mucho las dosis, pues no debemos olvidar que su cerebro está alojando un fragmento de metal.

Me revolví inquieta en la butaca, incrédula por todo cuanto me estaba contando.

—¿Estás diciendo que Edgar lleva más de quince años con una esquirla clavada en su cerebro? ¿Eso es lo que le provoca las jaquecas?

Steve asintió.

—¿Por qué no se la extraen?

—Ahí va la segunda parte –asintió señalando la radiografía de su cerebro y el pequeño tozo de metal que se veía en ella–. Si se le extrae el fragmento hay un noventa y nueve por ciento de probabilidades de que pierda la visión completamente. Le provocaría una ceguera cortical irreversible.

Abrí la boca por la impresión.

—¿Y eso es lo que hace que no quiera operarse?

Steve se rascó la cabeza con nerviosismo.

—Edgar no quiere ni oír hablar de la posibilidad de perder la visión, ya le costó aceptar perder la visibilidad en el ojo derecho, así que prefiere soportar el dolor y esperar a que con la medicación se rebaje un poco, antes de aceptar una ceguera total –Steve suspiró y sus ojos mostraron una profunda pena–.  Lo peor de todo es que pueden ocurrir dos cosas: la primera es que finalmente pierda la vista de todas formas, aún sigue siendo un misterio para la ciencia que Edgar pueda seguir adelante albergando un cuerpo extraño en su interior. La segunda…, es la muerte.

—¡¿Cómo?! ¡¿Edgar puede morir?!

—Estamos luchando contra fuertes jaquecas, fiebres, infecciones… ¿cuántos años más crees que un cuerpo humano puede soportar eso? Desde mi punto de vista ya es toda una proeza que haya sobrevivido quince años. No alcanzo a imaginar el enorme sufrimiento que supone para él soportar ese dolor diario. A veces conseguimos mantenerlo a raya, pero pronto debemos cambiar la medicación y volver a empezar porque su metabolismo se acostumbra a los fármacos y pierden su eficacia. Es muy difícil lidiar con eso. Pero Edgar prefiere morir antes que operarse y perder la vista. Siempre he pensado que la culpa de su obstinación la tiene la falta de aliciente. Le falta algo por lo que merezca la pena luchar y salir adelante, y él no lo ha encontrado todavía.

Empalidecí, fui incapaz de decir algo al respecto.

—Verás, seré completamente sincero contigo, Diana. Edgar solo tiene una opción: operarse y convivir con las secuelas. No puede prolongar esta situación mucho más, porque de un tiempo a esta parte su estado ha empeorado notablemente. El día que te llamé en el aeropuerto… –divagó– lo único que pretendía era que estuvieras con él, que se forjara algo bueno entre vosotros, ¿entiendes? Que le dieras un motivo por el cual valiera la pena luchar, operarse y seguir adelante. Llevo años insistiendo para que pase por el quirófano y no quiere escucharme. Parece que tiene tan asumido que morirá joven que ha decidido vivir a toda prisa los años que le quedan. Me consta que tiene al día su testamento, tu llegada, sus negocios… está cerrando capítulos de su vida para dejarlo todo bien atado. No lo ha hecho hasta ahora, lo que me hace suponer que él ha visto que esto se le está yendo de las manos, que el dolor que sufre se ha intensificado y que le queda poco tiempo. Es la única explicación que encuentro para todo esto.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo haciéndome temblar; no daba crédito.

—No puede ser, él no… él también tiene momentos buenos, tranquilos, parece como si…

—A veces consigue estabilizar un poco el dolor, que sea soportable. Pero esa situación no dura mucho, ¿verdad? Dime, ¿se encierra a menudo en su despacho? Su despacho es su refugio, un lugar oscuro, sin sonidos, ajeno a todo, donde consigue neutralizarlo.

—Yo pensaba que ahí trabajaba y atendía sus negocios, sus hobbies…

—Poco a poco ha ido recluyéndose ahí de forma permanente, haciendo de ese lugar oscuro una segunda vivienda dentro de su propia casa, cuando la única realidad es que no quiere mostrar su sufrimiento frente a los demás.

Los ojos se me llenaron de lágrimas.

—¡Esto no puede ser! Debemos hacer que se opere, no queda otra. ¡No puede morir por algo que tiene solución!

El llanto salió sin previo aviso, invadiendo mis mejillas. Me afané en restañar las lágrimas con la mano.

—Ese es el problema, para él la ceguera no es una solución.

Empecé a revolverme en la butaca, incómoda.

—¿Estás seguro que no hay una pequeña posibilidad de que pueda operarse sin perder la visión?

—Si la hubiera, por pequeña que fuese la hubiese encontrado, créeme, llevo años estudiando su caso, buscando alternativas… Pero debo ser sincero en esto y decir que por muy bien que lo haga, por mucho que me esfuerce, es casi imposible que pueda conservarla. Nadie lo siente más que yo.

Miré a Steve con una profunda pena.

—¿Qué puedo hacer?

Steve se encogió de hombros.

—No puedo decirte lo que debes hacer, Diana. Sé que no le amas, puede que sientas cariño, incluso que quieras ayudarle. Pero tarde o temprano te irás y él tendrá que convivir con sus problemas solo. No estoy seguro de que pueda soportar todo lo que se le viene encima.

Le miré incrédula.

—¿Te das cuenta de la enorme responsabilidad que recae sobre mí? ¡La vida de un hombre está en mis manos! Si me quedo y seguimos como hasta ahora, fingiendo que esto no está pasando, se quedará ciego y tendré que continuar a su lado para ayudarle o morirá y me azotará ese enorme pesar. Si le convenzo para operarse, vivirá, pero ¿a qué precio? Yo no quiero esto, no porque se quede ciego, sino porque… –me toqué el pecho con la mano–. ¡No sé qué hacer!

Steve asintió poniéndose en mi lugar. Extendió la mano para sostener la mía por encima de la mesa en señal de apoyo.

—Perdóname por querer que te quedaras, en su momento pensé que era una buena opción, pero ahora me doy cuenta de que he metido la pata. El único consejo que puedo darte es que pienses en ti. Haz lo que quieras, por una vez. Vete. Regresa a España y no te preocupes por Edgar porque nunca estará solo, yo me quedaré con él, estaremos juntos, ¿de acuerdo?

Negué con la cabeza y aparté mi mano de las suyas con brusquedad. Irme no era una alternativa factible.

—¡No puedes decirme que me vaya después de todo lo que sé! No soy tan fría para eso, no podría alejarme sin más dejando las cosas así.

—Pero todo esto no es asunto tuyo, no lo has provocado tú. Era algo irremediable.

—En cualquier caso debe haber algo que yo pueda hacer… Necesito hacerlo, necesito… –me quedé en silencio unos segundos pensando, buscando en mi mente una salida a semejante embrollo– ¡Ya sé! –exclamé con alegría.

—¿Qué? –Steve me miró esperanzado.

—Hasta donde tengo entendido, a efectos legales soy su mujer.

Me miró sin entender.

—Sí… –respondió sin saber por dónde iba.

—Podemos alegar, de alguna forma, que él no está actualmente en plenas facultades y como su esposa apruebo la operación que es de vital importancia para su supervivencia. Puedo ser yo la que la autorice.

Steve abrió la boca, alucinado. Seguidamente esbozó una fugaz sonrisa.

—Podría funcionar, puedo buscar algún pretexto que te permita a ti tomar la decisión por él, incapacitarle de alguna forma…

Sonreí en respuesta.

—El problema es que le vamos a obligar a hacer algo que no quiere, se enfadará conmigo, me acusará de ser la única responsable de su infelicidad, de haberle dejado ciego… –seguí analizando lo que mi implicación ocasionaría.

—Pero para entonces tú estarás lejos de aquí, podrás regresar a tu hogar sabiendo que le has salvado la vida. Yo me encargaré de que recupere las ganas de vivir, no cesaré en mi empeño de conseguirlo.

Mis ojos se cristalizaron una vez más por las lágrimas que amenazaban por salir. La idea me parecía buena, pero al mismo tiempo me dolía que Steve diera por sentado que realmente quería alejarme de Edgar. No podía culparle, desde su punto de vista lo único que me unía a él era mi perseverancia por querer descubrir sus secretos más ocultos y devolverle parte de la deuda que había contraído. Lejos de eso existía una pequeña semilla de sentimiento, plantada tiempo atrás, que había empezado a echar raíces en algún recoveco de mi infranqueable corazón. Nuestros momentos vividos, el tiempo que hacía que estábamos juntos… todo había causado un efecto en mí, lo que hacía que mi cabeza estuviese dividida en dos mitades.

No podía llamarlo amor, no le había elegido. Nuestros inicios fueron confusos, repletos de contradicciones, impotencia, peleas… pero en ese momento todo aquello me pareció lejano. Edgar había ejercido parte de su influencia sobre mí y había conseguido que el odio más profundo que sentía quedara relegado a otro sentimiento más fuerte. No sabría definirlo, en cualquier caso podía afirmar que no me había dejado indiferente.

Irme sin más no era una opción que planteara en ese momento, pero no quise contradecir a Steve, después de todo, no sabía lo que iba a hacer, navegaba en un mar de dudas, de confusiones. Debía esperar a que todo se esclareciera y solo entonces, estaría preparada para tomar una decisión.

La charla con Steve se prolongó un poco más de lo esperado. Quería sonsacarme lo que había descubierto de Edgar, que le contara aspectos que él me había confiado sobre su infancia. Sutilmente esquivé el tema, ya habíamos hondado en diferentes aspectos que él quería mantener ocultos, no era el momento de hacerle transparente frente a Steve también, después de todo, yo era su mujer (por más que me costara reconocerlo), tenía derecho a saber todo acerca del hombre con el que estaba casada, con el que convivía. Esa teoría no era aplicable a un amigo, por muy buen amigo que fuese.

Me encaminé hacia el aparcamiento, la lluvia no había cesado todavía y agradecí que me bañara entera mientras me dirigía hasta el coche. El agua fría era como un bálsamo que neutralizaba el hervidero de pensamientos que invadían mi cabeza, eso me permitió regresar a la realidad de mi circunstancia y meditar acerca de los pasos que debía tomar a continuación.

No sería un camino fácil. Conociendo a Edgar, sabía que sería todo un reto para mí lograr que él cediera a una petición de tal calibre, así que debía ser más astuta que él y llevarlo a un callejón sin salida, sabiendo que mis decisiones eran las adecuadas para él.

Al llegar a casa, me quedé sentada en el interior del coche unos minutos más. Mi cabeza no dejaba de dar vueltas, era mucho lo que tenía que analizar y me daba la sensación de que disponía de poco tiempo. Sin saber por qué, volví a llorar por Edgar. Tal vez ahora entendía un poco más su irritable humor, su aislamiento, las cosas que hacía y por qué las hacía… Poco a poco dejé de verle como una persona con innumerables defectos para convertirse en alguien con múltiples cualidades. ¿Quién de nosotros sería capaz de aguantar en silencio todo lo que había vivido, salir adelante, forjar un espléndido futuro, controlar su propio sufrimiento, pensar en las personas que estaban a su alrededor y mantenerlas al margen de su realidad para evitar sufrimientos innecesarios? ¿Quién de nosotros sería lo suficientemente fuerte para sobrellevar eso solo? Ahora todo tenía una explicación, una raíz, un motivo, y conocerlo, hacía que cada pieza encajara.

Jamás imaginé que viviría algo así, que descubría la extraordinaria fortaleza y personalidad que un hombre enterraba bajo varios metros de vanidad, prepotencia, osadía, provocación y autoridad. Todo eran mecanismos de defensa, estrategias con las que conseguía difuminar lo que él consideraba flaquezas.

Mi deber hasta ahora había consistido en desenterrar la parte más humana de Edgar, esa que había mantenido oculta al mundo en su propio beneficio, pero ahora mi labor era mucho más importante, debía conseguir que se despojara de todos esos sentimientos negativos y apostara por vivir un nuevo comienzo. Debía proporcionarle un aliciente, tal y como había mencionado Steve, que le hiciera desear, tanto como yo, ese comienzo.

Me encaminé hacia la casa sin prestar atención a la lluvia; nada me importaba. El agua borró mis lágrimas justo antes de abrir la puerta.

Puse un pie dentro y choqué de bruces contra la cara confusa de Edgar. Podía apreciar la duda, la confusión, el miedo… todo eso concentrado en la parte sin cubrir de su rostro.

No me atreví a pronunciarme todavía, ambos sabíamos que había ido al hospital y lo que había hecho. Seguramente Philip le había puesto al corriente del destino de nuestra escapada.

Fruncí fuertemente los labios, deseando no mostrar ninguna emoción, aunque dudo que realmente lo consiguiera. Estaba demasiado afectada como para disimularlo. Sin decir una sola palabra, llevé mis manos hacia la máscara negra que escondía parte de su rostro. Estaba cansada de ella, la odiaba con todas mis fuerza y no deseaba otra cosa más que hacerla desaparecer.

Con cuidado la retiré de su rostro desatando la goma que llevaba atada por detrás.

—¿Qué haces? –preguntó cubriéndose esa parte con la mano, intentando alejarla nuevamente de mí.

Tiré la máscara al suelo y me afané a retirar su mano de la cara.

—Se acabaron las máscaras –sentencié tocando sin miedo sus profundas cicatrices.

Parecía confuso mientras le acariciaba el rostro, tal vez incómodo. No se esperaba para nada mi actitud. Eso me impulsó a ser todavía más impredecible.

Los ojos de Edgar brillaban con gran intensidad, uno envuelto por la niebla y otro azul turquesa, capaz de hipnotizar a cualquiera.

Era muy guapo. A mis ojos había cambiado de forma inimaginable, casi no prestaba atención a sus heridas, el conjunto en sí me parecía hermoso.

Aprovechando que mi mano seguía soldada a su rostro la deslicé hacia la nuca, para acariciar su suave cabello oscuro, y sintiéndome dominada por un deseo superior, del que hasta ahora desconocía que existiera, atraje su rostro hacia el mío con decisión.

Me cuadré frente a él, separada tan solo por escasos milímetros. Podía advertir su nerviosismo, pero por alguna razón yo no lo estaba. El cariño más absoluto, ese que había conseguido despertar en mí, invadía cada centímetro de mi cuerpo y no pude más que dejarlo fluir; solo quería que supiera que entendía por lo que estaba pasando.

Con súbita decisión acerqué mis labios a los suyos sin pensar realmente en lo que estaba haciendo, no me apetecía seguir analizándolo todo, solo quería actuar, hacer lo que dictaba mi corazón sin pensar en nada más.

Con suavidad acaricié sus labios rígidos y distantes con los míos, intentando hacer que respondieran a la demanda de mi beso, pero necesité ser más insistente para que me correspondiera. Utilicé la otra mano para soldarme a su cuello y volver a intentarlo.

Entonces, por fin, se produjo el cambio. Tomó mi cara entre sus manos, casi con rudeza y me besó de verdad, moviendo sus labios insistentes sobre los míos.

Realmente no había excusa para mi comportamiento. Ahora lo veo más claro, como es lógico. De cualquier modo parecía que no podía dejar de comportarme de forma incoherente. Mis brazos se apretaron más fuertemente a su cuello y me quedé de pronto pegada a su cuerpo, fuerte como una roca. Suspiré y mis labios se entreabrieron, invadiendo los suyos con más intensidad.

El beso hizo que mi corazón se disparara y un pellizco alojado en lo más profundo de mi vientre me estremeció convirtiendo la piel de gallina.

Me di cuenta de que deseaba más, quería seguir experimentando esa extraordinaria sensación, para mí era algo nuevo, inexplorado, y no quería que terminara.

Animada por las mágicas sensaciones que aleteaban en mi vientre, retiré sus manos de mi rostro y las acompañé descendiendo por mi cuerpo, el cuello, los pechos y las caderas para dejarlas ahí.

—Estás empapada –constató al percibir mi ropa mojada a causa de la lluvia.

Le miré una vez más, su urgencia había descendido un ápice, pero no la mía.

Con determinación sostuve su mano, que seguía flácida, sin vida sobre mi cadera y tiré de él para subir las escaleras.

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