MANGER

Dirigió su vista hacia el desconocido andén y acabó ruborizado: todos estaban desnudos, sin una mala maleta. Unos blancos, otros negros, algunos entreverados, muchos matices en tez, pero todos muy humanos en su propia desnudez. Dos piernas, una sola cabeza con dos brazos y dos pies; ellos con el colgajo, ellas contentas sin él. Mas notó que todos iban tan desnudos como él y, avergonzado, pensó en pasar por taquilla y abandonar el andén.

Dicho y hecho…

Pero lo encontró cerrado y, al cabo de dos segundos, el tren comenzó a silbar anunciando la llamada a su particular cuartel y su inminente partida. Abrió el arrugado billete que llevaba entre las manos, leyendo con impaciencia y cierto temor insano:

Infierno-Tierra. (Sin apeaderos. Ida y vuelta). Ciento treinta en este tren”.

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