TANATOS12

Su frase me provocó una punzada en el estómago. No solo por revelarme que sabía mi juego con María si no por ese juicio de valor que llevaba implícito. “Así OS lo sacáis de la cabeza”, o sea no yo, si no también María. Aquella frase era un golpe duro y yo no la creí con derecho a decirla.

-Que los deje solos –dije en alto aunque realmente lo había dicho para mí.

Paula pareció marearse al haberse recostado y se incorporó rápidamente. Llegué a pensar que se iría al baño a vomitar.

No me salió preguntarle si estaba bien. Se acabó por poner en pie y correr torpemente la cortina. Tras hacerlo retrocedí un par de pasos y, mientras ella se tumbaba en la cama, me sorprendí agudizando el oído, intentando escuchar cualquier sonido que proviniera de la habitación de Edu. ¿Qué pensaba escuchar? No tenía ni idea, pero cuánto más afinaba el oído más se me oprimía el pecho.

Paula se tumbó en el lado de la cama más cercano a la ventana, boca arriba, medio de lado y se tapó la cara con un brazo como si la luz aun la molestase. Retrocedí otro par de pasos. ¿Qué opciones tenía? ¿Irme solo a mi hotel? ¿Intentar dormir al lado de Paula? ¿De verdad podría sabiendo que Edu y María estaban casi en frente? Finalmente el ansia de escuchar algún sonido proveniente de la habitación de Edu me hizo salir de la habitación de Paula, arrimar su puerta y caminar infartado y lentamente por el pasillo. Tenía un agujero terrible en el estómago, la boca seca y un mareo tremendo por el alcohol, me parecía como si realmente no estuviera allí, como si me estuviera viendo desde fuera.

Llegué a la puerta, que seguía arrimada, tal como yo la había dejado, y la empujé sutilmente, y en aquel momento desee, a pesar de sentir un tremendo pavor, un incontenible pánico, desee que sí, que María y Edu se estuvieran entregando a lo que era evidente que sentían… No sabía hasta que punto, pero ya a estas alturas, yo, como seguramente ellos, necesitaba ese paso más.

Sin embargo lo que uno desea puede llegar a ser demasiado fuerte hasta convertirse en casi insoportable, una vez ha tenido lugar.

Crucé el umbral de la puerta y lo vi. En un instante vi toda la imagen. Y fue un impacto para el que no estaba preparado. María, de pie, con su culo apoyado contra la mesa recibía con los ojos cerrados los besos y casi mordiscos de Edu en el cuello, y entrelazaba sus dedos entre la media melena de éste, que también estaba completamente vestido a excepción de que estaba descalzo y sin la chaqueta puesta. La otra mano de María estaba sobre el pecho de Edu y las manos de él manoseaban sus tetas sobre su camisa. Pero lo que me mató de verdad fue la boca entre abierta de María, una boca que demostraba un gemido contenido… Sus ojos cerrados, su boca abierta y sus piernas ligeramente separadas que permitían que la entrepierna de Edu empujara entre las piernas de ella…

Yo, a dos metros, creí morirme, y no por lo que veía, si no quizás por lo que era evidente que se venía. Dos, tres, cuatro, cinco segundos en los que siguieron igual, y ya mi polla comenzó a decirme que no entendía de miedo ni de bloqueo alguno al contrario que el resto de mi cuerpo.

Y pasó lo que era imposible que no hubiera pasado ya, si es que no había pasado, y es que los labios de Edu fueron de su cuello a la boca de mi novia, y ella con los ojos aun cerrados recibió sus labios con ansia. Sí, con ansia, y fue ella la primera en abrir la boca para recibir con su lengua la lengua de Edu, vi las dos lenguas tocarse antes de quedar ocultas por sus bocas… El beso era tremendo, tan tórrido como seguramente deseado. Edu besaba a mi novia en mi presencia y a mí se me partía el alma al tiempo que no podía apartar mi mirada de ellos y mi polla daba signos de desesperación.

Edu empujó más fuerte con su cintura, como si se la follara vestida, y ella no soltó la mano de su pelo y la mano que estaba en su pecho fue a su espalda, pero fue temblando… demostrando estar completamente superada, demostrando que seguramente, al igual que yo, quería estar allí, quería que estuviera pasando aquello, pero a la vez que no lo quería o le daba pánico.

Fue él quien dio por finalizado el beso y volvió a su cuello, y entonces María abrió los ojos mínimamente, pero lo suficiente como para atisbar mi presencia. Con su cara girada hacia mi facilitaba que Edu la siguiera besando y mordisqueando el cuello a la vez que me clavaba una mirada llorosa… No era de sorpresa. Parecía que su estado de excitación hacía que no pudiera sentir nada más. Finalmente susurró:

-Pablo… por favor… vete…

Me quedé petrificado.

La mirada clavada de María sobre mí no duró más de un par de segundos, pues un pequeño mordisco de Edu la obligó a cerrar los ojos. Y aquel cabrón no pudo fingir más que no se había enterado de mi presencia, y le susurró en el oído, aunque se pudo escuchar nítidamente: “Déjale… que mire y se haga una paja…” Tras decir eso abandonó el cuello de María para mirarme y dijo: “Aunque más bien parece que se va a poner a llorar”.

Edu se retiró un poco y comenzó a sacarse la corbata y la camisa, y María aun más sonrojada y con un tenue hilo de voz insistió:

-Pablo, por favor, vete… ya hablaremos…

Yo, de nuevo, como en el pasillo, sentía que no era yo exactamente, que no era dueño de mis actos, como si no estuviera realmente allí. Conseguí retroceder un paso, pero tras darlo, Edu se acercó de nuevo a María y encontró rápidamente la cremallera de su falda, y en dos segundos esta había caído al suelo, anudando sus sandalias. Las piernas largas de María salieron a la luz, imponentes de por sí y más al estar subidas a los tacones. Y también había salido a la luz el torso perfecto de Edu, con los pectorales perfectamente delineados y el vientre marcado. Moreno como nunca, con los brazos fuertes, con aquella mirada clavada en María, entendía porqué casi ninguna le negaba nada.

Las manos de María se agarraban a la mesa. Sin saber qué hacer con ellas, sin saber qué hacer en general o sin atreverse. Miraba al torso de Edu a la vez que no lo quería mirar, a veces desviaba la mirada y casi resoplaba, nerviosa, terriblemente nerviosa.

Pero cuando se puso realmente tensa fue cuando una mano de Edu fue a uno de sus muslos y empezó a subir lentamente. Ella se limitó a cerrar los ojos y se apreció como sus manos intensificaron su fuerza para agarrar el borde de la mesa. Edu lo notó, como yo, y retiró su mano en una caricia, y le susurró: “Shh tranquila…” y ella abrió los ojos y se dieron un pequeño pico en los labios. Edu le acarició la cara y le colocó la melena a un lado del cuello con hasta algo de ternura. Yo no sabía si era un papel o si de verdad sentía afecto real por ella.

Después de apartarle el pelo le dio otro pico que mutó en beso y luego en beso otra vez bastante caliente, un beso largo durante el cual ella no movió sus manos mientras que las suyas fueron a su camisa y comenzó a desabrochar lentamente, uno a uno, todos los botones. Al notar ella aquello llegó a poner sus manos en el pecho y el abdomen de él, palpando su piel, el relieve de sus abdominales… Y Edu, una vez le abrió todos los botones se retiró un poco y le abrió la camisa, apartando sutilmente la seda blanca a uno y otro lado de sus pechos, recreándose en algo que seguramente él tenía en mente desde hacía tiempo, y era descubrirlas, desabotonar él aquella camisa y contemplar con calma sus tetas. Enormes, colosales, emergieron, y me parecieron más grandes y más bonitas que nunca, como si supieran que tenían que, no solo estar a la altura, si no demostrar una seguridad que el resto del cuerpo de María no estaba mostrando. Las areolas extensas y los pezones como salidos de su cuerpo hicieron que hasta Edu se dijera a sí mismo un “joder…” que pudimos oír los tres.

María en sandalias, la camisa abierta y las bragas mostraba una imagen brutal. Y yo me sentí totalmente inferior, recordando aquel pensamiento de meses y meses atrás que consistía en que yo físicamente no me merecía a María, que su cuerpo merecía algo más, mucho más. Aunque solo fuera una vez aquellos cuerpos se merecían, para que hubiera realmente un equilibrio, para que hubiera un orden natural.

Me iba a ir. Todo aquello era tan morboso como doloroso. Y entendí lo que me pasaba, y es que ni si quiera los besos habían sido lo más duro, si no el hecho de verla tan expuesta. Claudicando. Su mirada hacia él, hacia su cuerpo, de rendición, de no poder ya negar lo innegable, me producía tal mareo que me obligaba a apoyarme en la pared. Y sentía que no podría soportar el siguiente paso que dieran.

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