ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

Al rosal que crece sin invierno, protegido del frío por los mismos plásticos que le multiplican el sol y le abrigan las navidades, le ha nacido una flor nueva, que en apenas un par de días se ha abierto al calor y a la vida del invernadero, ajena al mundo de fuera, feliz en su inconsciente cautiverio y en la maceta de barro que limita las raíces que la alimentan.

Afuera el otoño barre las hojas secas, que revolotean entre los esqueletos durmientes de los rosales que tienen toda la tierra para ellos, pero a los que no les alcanza el sol de noviembre para mantener despierta su belleza y, despojados de sus atributos, duermen los fríos meses del invierno, mientras su alma descansa bajo tierra, esperando la llegada del calor para despertar de nuevo a la vida en las florecientes tardes de primavera, fortalecidos, descansados, renovados y dispuestos para regalar sus flores al sol de mayo. Mientras, el rosal de invernadero, con sus flores casi imperecederas, habrá transitado un invierno amable, sin frío, y habrá llegado a la primavera sin un descanso para su alma, atrapada en unas raíces sin tierra, confundidas por el calor artificial de los plásticos lacrimales que le apartan del mundo de verdad, de sus sueños y despertares.

https://antoniolopezvallejo.wordpress.com

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