DESMOND EUTAND

 

Era muy viejo. Estaba casi ciego y las patas traseras apenas le respondían, pero se mantenía erguido, con toda la dignidad que podía. Cuando llegué hasta él comenzamos a olfatearnos. Luego me habló. Me puso sobre aviso. Si me veían cruzar el puente, los soldados tratarían de atraerme hacia ellos. Me intentarían embaucar ofreciéndome comida. Luego, cuando se hubieran ganado mi confianza, me atraparían, romperían mi naturaleza y me usarían para ayudarles en sus vilezas. Me transformarían en un perro malo. Lo había visto hacer ya varias veces.

Me mantuve pensativo unos segundos. Giré la cabeza y apunté mi trufa hacia el otro lado del puente. Me llegaba un apetitoso olor a carne estofada. Luego volví la vista hacia el perro viejo, pero ya no estaba. Se alejaba caminando muy lentamente, hasta que se perdió en la oscuridad. Relamí la vieja herida de mi pata y me puse en marcha.

Avanzaba por uno de los lados del puente, tratando de no ser visto. Dando cada paso con sigilo. Intentaba no hacer ruido, pero no podía evitar el sonido de las pezuñas golpeando contra el asfalto. Clac, clac, clac… El corazón me latía con fuerza. Supongo que en esos momentos estaba “cruzando las líneas enemigas”.

Entonces una luz blanca iluminó el puente. Uno de los soldados apuntaba con un enorme foco que me cegó. Le oí decir a sus compañeros que era sólo un perro y bajó la intensidad de la luz. Cuando mis ojos pudieron volver a enfocar vi al fondo al soldado haciéndome gestos con la mano. Detrás de él, al lado de un armatoste de hierro, dos soldados más se acercaban con un plato de comida y me silbaban cariñosamente.

El olor impregnaba mis fosas nasales. Llevaba mucho tiempo sin probar bocado, mucho más sin comer algo caliente y del plato emanaba un aroma irresistible. Todo mi ánimo se desvanecía ahora y mi instinto sólo pensaba en comida. Hacer desaparecer de un bocado aquel plato de carne estofada y relamerme ruidosamente durante un rato. Tumbarme con la tripa llena y echar una siesta tranquila, poblada de sueños felices.

Hambre… era lo único que tenía en la cabeza.

Hambre… el olor de la carne me hacía aspirar con tanta intensidad que irritaba las rendijas de mi trufa.

Hambre… los soldados se acercaban ofreciéndome el plato y yo me mantenía en tensión, sin saber qué hacer, si esperar, acercarme o retroceder.

Hambre… ya estaban cerca.

Hambre…

A sólo un metro de distancia se pararon. Dejaron el plato en el suelo y se alejaron unos pasos. Yo me acerqué con cautela. Casi reptando hasta que mi hocico rozaba el borde del plato. Luego di un paso atrás y vi cómo los soldados simplemente esperaban en cuclillas. No parecían amenazantes y empecé a dudar. ¿Y si el perro viejo estaba equivocado? ¿Y si eran del tipo de hombres que yo conocía? ¿Aquellos a los que yo me debía? Los hombres, hasta que comenzó la guerra, me habían tratado siempre bien.

El olor de la comida y aquellos soldados que respetaban mi espacio me hicieron confiar. Volví a acercarme al plato y empecé a olfatear antes de probar bocado. Ensimismado con el olor noté una caricia en mi lomo. El soldado se había acercado sin que pudiera darme cuenta y ahora estaba junto a mí, apoyado sobre una de sus rodillas tocándome las orejas. Luego su mano pasó a mi cogote. Después bajó hacia el cuello. Entonces noté el tacto del metal. Yo seguía absorto por el olor de la carne, aunque aún no había empezado a comer. Escuché un “clic”. Levanté la vista y observé cómo el soldado intentaba ponerme un collar de castigo.

Todo sucedió después en una fracción de segundo. Le propiné un mordisco en el brazo que le hizo retorcerse de dolor. A su compañero, que se abalanzaba sobre mí, le despaché con varios bocados, esta vez en la pierna, hasta que conseguí hacerle caer de espaldas. Luego eché a correr como una centella, escabulléndome entre piernas de soldados, ruedas de coches y alambradas metálicas. Los disparos silbaban a mi lado mientras galopaba, tan rápido que mis pezuñas apenas tocaban el suelo. Luego escuché ladridos. Varios perros – perros malos – salían de todas partes, persiguiéndome como una presa. Las fuerzas me flaqueaban, pero el miedo tomaba las riendas de mi cuerpo y me impulsaba. Notaba las dentelladas de mis perseguidores en mis patas traseras y en mi cola y avanzaba en la oscuridad, sin saber muy bien a dónde dirigirme. Me vi de repente entrando en un enorme patio, notando el aliento de los otros perros casi a mi lado. Estaba atrapado y mis pulmones no podían con un gramo más de aire. Tal vez era el momento de rendirme, de parar antes de que me atraparan y empezaran a coserme a bocados. De entregarme. De abandonar mi búsqueda…

No… Nunca.

Aminoré un poco el paso buscando una salida cuando la luz del amanecer se dejó ver por el cielo de aquel patio. Le acompañaba una brisa fresca. El viento se arremolinó bajando hasta el suelo y se metió en mi trufa, llenándola de nuevo de un dulce olor que conmovió mi espíritu. Penélope.

En una de las paredes del patio, un agujero que parecía un desagüe fue mi salvación. Sin pensármelo dos veces me colé por aquel sumidero, dejando atrás a mis perseguidores, que ladraban furiosos al ver cómo escapaba.

Salí al cabo de unas horas por otro agujero similar. Me encontraba en la orilla de un río, alejado de la civilización. Mi escuálido cuerpo estaba tan lleno de porquería que ni siquiera me atrevía a limpiar con la lengua. Me sacudí para intentar quitarme algo de suciedad de encima y eché a andar de nuevo siguiendo el rastro de Penélope. Volví a cruzar vías de tren, recorrer carreteras interminables, adentrarme en bosques y campos… Casi dos años – unos veinte años humanos – pasé buscando mi hogar. Buscando a Penélope.

Y una mañana, la encontré.

Continuará.

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