ALBERTO ROMERO

Noticias de Bélgica
Aguirre recibió por la mañana una información que daba pistas sobre Josefa en
Bruselas, Bélgica. Como había huido hasta allí era un misterio. Quizá fue en el breve
espacio de tiempo en que su orden de búsqueda fue tramitada. Josefa era mayor,
pero parecía moverse con rapidez. El rastro de billetes de avión desde el aeropuerto
de Loiu, en Bilbao, estaba presente, pero no había rastro alguno de alojamiento
en la ciudad, ni tampoco en el resto del país. Lo más probable es que se
alojase con un nombre falso, y allí pasase desapercibida.
La duda del inspector era si seguiría en Bélgica o había vuelto a España. Por
las llamadas anónimas hacía pensar en que había vuelto a terminar el trabajo que
había empezado, asesinar a Antonio, pero todo eran conjeturas.
De momento seguiría activa la vigilancia con una patrulla en el domicilio de
Ana y Antonio, y otra patrulla que haría lo mismo en casa de Marta y Deyan.
Josu Aguirre se sentía un poco frustrado por lo escurridiza que estaba resultando
ser aquella señora. Todo estaba bastante claro en la investigación, pero faltaba
pillarla, para poder acusarla de asesinato, y cerrar el círculo. Las pruebas estaban
encima de la mesa, y los testigos dispuestos a declarar.
Valoró marchar a Bélgica a buscarla, pero coordinarse con la policía de allí era
un trabajo duro y lento por temas burocráticos. Y además la duda de que estuviese
de vuelta, y que él estuviese ausente si actuaba, le echaba para atrás del todo.
Dedicó el día a organizar papeles, a escribir en limpio todas las declaraciones
y a darle sentido a todas sus conclusiones sobre el caso. Habló con Marta y con
Antonio y todo parecía seguir tranquilo.
Decidió darse un homenaje aquella noche, y salir a cenar y tomarse un par de
copas. Una noche de descanso no podía hacer mal a nadie. Recogió la habitación
del hostal y guardó los papeles en la caja fuerte que había disponible. Ahora que
todo estaba en orden, tanto en su cabeza, como en su alojamiento, se sentía capaz
de desconectar un rato.
Salió por el centro en busca de un buen restaurante donde le diesen de cenar
un chuletón de los que estaba acostumbrado a comer en su tierra. El festín en el
Restaurante Dantxari, de la calle Ventura Rodríguez, fue épico. Se sentía como en
casa, con aquella decoración de caserío, y aquellos platos que un buen vasco sabe
apreciar por su calidad y cantidad. Comió y bebió sidra hasta perder un poco la
orientación, pero salió satisfecho y feliz como hacía tiempo.
De camino al Hostal regó la cena con un par de cubatas de «Gin Tonic» y se
entretuvo viendo gente pasar. Esta afición le venía desde pequeño, cuando se sentaba
con su madre en un banco de la Herriko Plaza de Barakaldo, y veían a la gente
ir y venir. Él los miraba y dejaba volar su imaginación inventando sus vidas, qué
harían, a donde iban, o de donde venían.
Cuando llegó al Hostal se metió en el baño a ducharse pensando en lo agusto
que iba, y en lo bien que pensaba descansar aquella noche. Por una vez no era necesario
madrugar.
De repente escuchó ruido en la habitación, como si alguien hubiese entrado
mientras se duchaba. Salió tal cual estaba, cubriéndose con la pequeña toalla de
tocador, y no vio a nadie, pero la puerta de la habitación estaba sin cerrar.
Se asomó al pasillo y le pareció ver una sombra alejándose rápido por el fondo.
Sin pensarlo corrió tras la sombra y bajó por las escaleras hasta la entrada del
portal del edificio, tan rápido como pudo. Miró a izquierda y derecha, pero no había
nadie en la calle a aquella hora.
Consciente de que llevaba una toalla que no le daba ni para cerrarse alrededor
de la cintura, y que la recepcionista del hotel le miraba con cara de susto, dio
media vuelta y volvió a la habitación, tratando de disimular que llevaba todo el
culo al aire. Dio las buenas noches a la recepcionista de cara de susto y se metió
en el cuarto jadeando por la carrera. ¿Quién coño había entrado en la habitación?
Aquella noche ya no durmió tranquilo como había planeado.

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